Las diez estrellas me devoraron con el ansia voraz de un millón de cuervos. Sin esperanza para un futuro próspero, el congreso decidió que era correcto intervenir en el proceso. No caerán sobre mí los pesares de una hambruna que diezmará nuestro pueblo, o de una ignorancia que desligará nuestras endebles raíces. No ha nacido un estigma de culpabilidad con el que esté decidido a continuar mi empresa. Mis huesos servirán como sumidero del fango de nuestra civilización, si así ha de ser.

Faer

Han pasado cien eras al menos. No éramos más que polvo flotante en su mente inabarcable. Me han nombrado como Faer, el destinado a hacer valer la memoria. Pertenezco a las creaciones de Sei, poseedora de La Nada. Hermana de Maran y Zhalek, envueltos en luz la primera, y en oscuridad el segundo.

En aquel entonces los tres hermanos vagaban por los hilos de la eternidad, pero por alguna antigua razón, decidieron crear vida. Vida mortal y perecedera. Fascinados por la fragilidad de sus creaciones, Maran y Zhalek vieron pervertidas sus intenciones naturales. Al principio fueron los árboles de Maran, que hacían hervir de envidia a Zhalek y sus inertes montañas. Después, entre los primeros vestigios de vegetación, pequeños cuerpos vivos comenzaron a mostrar habilidades motrices. Mientras tanto, de las elevaciones terrestres retorcidas y desmesuradas, el calor brotó como descendiente natural de la frustración. Cuando el poseedor de la oscuridad se vio incapaz de crear una vida pacífica, comenzó a dotar de movimiento propio a rocas volcánicas.

La poseedora de la luz presenció durante años cómo aquellas rocas vivas arrasaban con los primeros bosques. El verde se teñía de rojo para morir junto al color ceniza. Fue tras mucho sufrimiento cuando Maran encontró su fórmula. Gestó las primeras pieles con arena y restos de hierba, guardó la esencia de la vida entre trozos de roca y madera, y las cubrió con un vello tejido de los reflejos del alba. Bípedos, con otras dos extremidades superiores, un cuerpo de corta altura, un rostro esbelto y una fuerza colosal. Poseídos por un único sentimiento, un impetuoso amor por la vida pacífica que había creado Maran. El apego hacia los bosques de estos seres, posteriormente llamados vergur, era tan intenso como la luz que cohesionaba su piel. Creados quienes serían los guardianes de la espesura durante largo tiempo, tras las montañas comenzó a extenderse el mundo.

Algunos vergur demostraban su valor cruzando el horizonte y volviendo con pruebas de lugares muy diferentes. Piedras preciosas que atraían a los más desbocados, trozos de metal que jamás habían podido imaginar, acostumbrados a servirse de la madera. Fue entre aquellos primeros realmente vivos donde conocí a Evan, un valiente aventurero de pequeña envergadura. Afable con los desconocidos, quiso ofrecerme techo y comida, algo que rechacé sin poner en su conocimiento mis motivos.

Se tomaba la molestia de facilitar nuestro encuentro con frecuencia. Pude descubrir que no eran conscientes de su origen ni destino, así como no debían serlo de mi identidad. Se encontraba preparando una expedición hacia más allá de las montañas, pues el bosque en su profundidad parecía impenetrable. Encontraron unos seres voladores poco antes de partir. Éstos parecían dirigirse hacia los árboles de mayor altura, hasta adentrarse más allá de donde alcanzaba la vista. Poco más tarde casi la mitad de la expedición de Evan renunció a su cometido y comenzaron a preparar otras incursiones. Divididos, pronto dejarían sin guía a la ciudad primigenia de su estirpe.

Eran todos de facciones muy similares, sobre todo al principio, tanto que costaba diferenciarlos. Apenas forjaban lazos afectivos entre sí, se amontonaban en multitud de grupos a discutir acerca de un futuro sobre el que reconocían no saber absolutamente nada. La mente de mi pequeño amigo se abría a medida que conversábamos, y las verdades se mezclaban con la complejidad del relato, sin que por ello cayeran en la mentira. El desarrollo de su inteligencia se interponía en la supervisión de los creadores. Lo que sus ojos veían no era lo que mi naturaleza deseaba transmitirle, y paulatinamente se dificultó la tarea que originalmente se me había encomendado.

Galena

No pudimos frenar el eclipse a tiempo. La historia estaba plagada de profecías que nunca se cumplían, por lo que no tuvimos el miedo suficiente cuando debimos. Poco a poco, todos y cada uno de los planetas se alinearon, frenándose en seco en el lugar indicado. Lentamente, durante días, la sombra iba consumiéndonos y no pudimos hacer nada. Todo sucedió después del primer viaje a través de un agujero negro. Sabíamos que algo había salido mal, aún no sabemos el qué, pero sí algunas de sus consecuencias.

Han pasado casi tres siglos, o esa es la percepción que tenemos. Tratamos de medir el tiempo como hicimos en nuestra etapa en la Tierra, pero lo cierto es que aún estamos aprendiendo a sobrellevar la situación. Le cuento el principio de nuestra nueva historia a los niños y niñas de primer curso cada año, en el inicio de su educación elemental. Tienen la edad suficiente para comprender que no estamos aquí por voluntad propia, y que salimos adelante como podemos, pero tratamos de no entrar en detalles sobre aquello que aún nos resulta incierto.

No hubo evacuación, a pesar de estar en fase de pruebas, sencillamente cuando la oscuridad que cubría todo dio paso a la noche del completo silencio, una fuerza nos absorbió y nos condujo aquí. Lo llamamos Venus, supongo que en un atisbo de sentir cierta familiaridad con la composición o apariencia del lugar. No debería importarnos demasiado, porque hace tiempo que el conocimiento del otro plano dejó de servir. En este, cada día podemos ser sorprendidos por lo que habita o reside en el planeta. El conocimiento y la incertidumbre están en pugna para decidir si hay un futuro para los más pequeños del lugar.

Nuestro padre murió poco después de decidir que su última hija se llamaría Galena, dejando en conocimiento de nuestra madre su última voluntad, una que deberíamos llevar a cabo tanto yo como mis dos hermanos mayores. No será un viaje turístico, ni tampoco tengo claro si se tratará de una petición absurda de un hombre que debía estar delirando. Todo lo que sé es que no hay otra opción.

Aeterna

Puso la mano en el fuego, con el fin de detener la petrificación de su alma, y la paz se reflejó en el hielo de sus ojos, convirtiéndose en humo. Cometido terminado, se alejó de las llamas, cubriéndose así la mano con la larga extensión de las mangas de su vestido. Aeterna, que así era su nombre, caminaba lentamente hacia la salida. Sin apresurarse, a pesar de que podía sentir en las finas precipitaciones arenosas que caían sobre ella, cómo el lugar se derrumbaba sin remisión. De ser sepultada allí, al menos eso la excusaría de su responsabilidad con Dae Vaste, para siempre.

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Acababa de sacrificar a su hermano en el ritual de la postergación. Cada nueve fases glaciares, el linaje de la familia debe romperse y comenzar de nuevo. Las paredes del templo perdían paulatinamente su color y entereza, mientras el aire se hacía más pesado a cada paso. A pesar del ritmo lento de sus pies al avanzar entre los escombros, alcanzó la puerta principal que la llevaría de nuevo a seguir con su misión. Los Shari no dejarían que abandonara fácilmente, eso era algo que ella ya había asumido, no sin antes oponer resistencia.

Cuando la luz de los soles se reflejó en sus níveas y doradas ropas, los guardas dejaron paso. La catedral de Minerva fue un lugar sagrado tiempo atrás, se decía que en la festividad de Fin de Era las almas perdidas encontraban refugio entre sus muros, y recibían una nueva oportunidad, reencarnándose en nuevas y más afortunadas vidas. La escultura de Minerva, tallada en roca antigua, presidía el salón central y recibía ofrendas de familias cuyos seres queridos no habían regresado de las guerras civiles que asolaban la región.

Naturalmente, el sacrificio que acababa de tener lugar no tenía nada que ver con las viejas costumbres y esperanzas de la gente común.

Aeterna fue recibida a la salida por el obispo del Este. Puso su mano, aún humedecida por finos hilos de sangre, sobre las páginas de la Erentalia, y tras ello exclamó:

Faterna maslava na sura.

Faterna maslava na sura, madre —replicó el obispo.

Retiró la mano del libro, contuvo el aliento para medir sus siguientes palabras, y sentenció:

—Está hecho. Ahora puedes liberarlo.


Espada y Pluma te necesita


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