Hay comidas sencillas y que te cambian la vida para siempre, y si habéis probado una pizza de verdad, me entenderéis. La pizza en Italia tiene pocos ingredientes, es mucho más sencilla y efectiva en cuanto a lo que consigue, a saber: llenarte la tripa y ponerte estrellitas en los ojos. A veces, un poco de tomate, unas hojas de rúcula y un poquito de salmón ahumado es más que suficiente para convertirte en una persona nueva y, a veces, una historia antigua y sencilla que se pierde en los albores de la literatura, es más que suficiente para demostrarte por qué leer es un placer.

El poema de Gilgamesh es la obra épica más antigua que conocemos, una obra asirio-babilónica que se asienta sobre las tradiciones sumerias, y es una de esas obras a las que el paso del tiempo le da igual. Es una historia que nos llega fragmentada, en varias versiones, en diferentes idiomas y con varias traducciones. Tiene lagunas en las que el texto se ha perdido para siempre, y otras que podemos intentar reconstruir por las repeticiones o las otras versiones que se han encontrado. Pero en lo esencial, la historia de Gilgamesh y Enkidu nos devuelve la mirada.

No sólo tiene expresiones de un lirismo apabullante (¿era necesario expresar con tanta belleza cómo un hombre bebe agua junto a los animales? Probablemente no, pero aquí estamos), además muestra un retrato humano de un personaje de fácil mitificación. Gilgamesh es rey de Uruk, descendiente de dioses, y se convierte en héroe por sus acciones, pero son también sus acciones las que lo ponen en peligro de forma irresponsable, y es quien tras la muerte de su amigo se embarca en un viaje al fin del mundo, empujado por el repentino miedo a la muerte. Las aventuras de Gilgamesh son una masa de pizza estupenda, pero son solo la base sobre la que se alzan la complejidad emocional del duelo y la reconstrucción personal, de la búsqueda de la paz con uno mismo y con los dioses. El encuentro entre el equilibrio personal y los deberes como monarca.

El duelo de Gilgamesh es probablemente uno de mis elementos favoritos de la obra. La pérdida de Enkidu desquicia a su amigo (y utilizo esa palabra a mala fe, porque en mi opinión bien podríamos estar viendo una amistad particular, pero quién soy yo para decir nada). Gilgamesh, y él mismo lo explica, se niega a dejar el cuerpo de Enkidu durante días, y solo cuando de pronto es consciente de que su amigo realmente no va a volver, porque su cuerpo empieza el proceso de descomposición, lo entrega para los oficios funerarios. La visión de un gusano saliendo de la nariz de su amigo lo persigue, un detalle que le hace ver en ese momento que ni siquiera los dioses, a los que tan cercano era Enkidu, pueden evitar que la vida y la no-vida sigan adelante. El poema de Gilgamesh ha llegado hasta ahora, y creo que lo mínimo que podemos hacer es revisitarlo de vez en cuanto, para que nos vuelva a llenar el alma y a contar una historia casi tan antigua como el tiempo.


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