La realidad que nos rodea está construida a base de ficciones. No, no estoy queriendo decir que la tierra sea plana. Me refiero a los conceptos que generamos los propios seres humanos y determinan nuestra forma de vivir. La ficción más aceptada como real es el dinero. Como sustituto del trueque, en busca de un concepto que pudiera dar utilidad práctica a eso que entendemos como el valor de las cosas. Dicha abstracción intermediaria tiene todo tipo de nombres y formas físicas diferentes, dependiendo del lugar en el que estemos, pero se convierte en algo real únicamente porque así hemos decidido creerlo. Es un acuerdo narrativo que no podemos obviar, porque lo que antes era mera ficción ahora tiene un efecto real, el cual está vinculado a la práctica totalidad de nuestras acciones.
El poder de las narraciones puede haber condenado a la humanidad a ser esclava de una fantasía, e incluso haberse convertido ésta en su perdición. No obstante, esto no quiere decir que contar historias produzca monstruos, ni necesaria ni habitualmente. El poder primigenio de narrar, mucho antes de llegar a la creación de cultos, es el de generar emociones. Puede parecer algo tremendamente simple, pero cuando una gran cantidad de personas transita sentimientos similares gracias a una historia, ésta se transforma en cultura popular, inspirando a su vez a otras personas a expresarse mediante la creatividad.

Es cierto que el pro wrestling —también conocido por nuestros lares como lucha libre profesional, o pressing catch— en sus inicios trató de aparentar ser un deporte de combate real. La forma en la que se difundía la información de semejantes eventos deportivos permitía mantener la impresión sin mucha dificultad. En consecuencia, resultaba fácil poner a prueba los límites de la credulidad del público. De la misma forma en la que los profesionales de la magia no necesitan probar que desafían las leyes de la física, ni tampoco admitir explicación lógica alguna que justifique lo que el espectador ve. La lucha libre profesional es un espectáculo real, en sentido práctico, y su razón de ser reside en disfrutar de lo que los wrestlers hacen, tanto a la hora de luchar como interpretando su papel. Si alguien tiene la necesidad de aclarar que no es “real”, está yendo a un espectáculo de magia a explicar cómo el mago no ha desaparecido, sólo se ha escondido.
Antes de llegar a la narración, la lucha libre profesional comienza como un entretenimiento que requiere por parte de los luchadores un desarrollo atlético nada común, así como voluntad de dejarse sorprender por parte del público. El trabajo necesario para producir los combates de wrestling a nivel profesional requiere una dedicación similar a la de cualquier disciplina deportiva de élite. Tras la exigente base de entrenamiento físico, está la parte de aprendizaje donde la mayoría abandona: aprender a encajar los golpes —recibir bumps—; porque su trabajo es tratar de hacerlo de la forma más segura posible, o incluso engañar a la vista si es posible, pero en la mayoría de ocasiones los golpes simplemente son absorbidos de formas que han requerido años de entrenamiento —y lesiones, probablemente—. Para aplicar esto, es necesaria la comunicación entre wrestlers. Al mismo tiempo que realizan los movimientos, hay multitud de señales que el público nunca detectará por sí mismo. Estas indicaciones y señales sirven, por ejemplo, para saber si el salto, golpe o técnica debe ejecutarse al completo o ser contrarrestado. Cuando estas fases están dominadas, todavía queda la parte narrativa, que es la culpable de que el espectador tenga un motivo continuo para emocionarse cada vez que un personaje u otro aparece en escena.

Y es que, efectivamente, los luchadores profesionales se transforman en personajes. La ficción narrativa permite ir allí donde la mera realidad no podría, y gracias a ello cada luchador y luchadora puede desarrollar su carisma a través de la creatividad. En ocasiones la inspiración puede provenir de lo fantástico, como ocurrió con The Undertaker y Kane; otras, de la historia familiar, como ha ocurrido a través de generaciones con la cultura samoana; y a menudo, lo que transforma al personaje es lo que ha ocurrido en su carrera, como es el caso de CM Punk, o la relación entre Kenny Omega y Kota Ibushi.
Si alguien tiene la necesidad de aclarar que no es “real”, está yendo a un espectáculo de magia a explicar cómo el mago no ha desaparecido, sólo se ha escondido».
Al igual que cualquier deporte o espectáculo audiovisual, el objetivo último es poder ser retransmitido por canales de televisión, generando de forma periódica eventos de pago por visión. Las retransmisiones semanales funcionan de forma idéntica a una serie. En este caso podríamos decir que estamos ante una serie de acción, comedia y drama, porque aunque las luchas son la atracción principal, todo tiene cabida. Así se forman shows como Raw, Smackdown, AEW Dynamite, AEW Rampage o TNA Impact, cada uno con sus propios personajes y tramas, que continúan el hilo conductor de los sucesos cada semana. Esta es la razón principal por la que el trabajo de wrestler también requiere de desarrollar habilidades con el micrófono. No basta con la forma física y el trabajo dentro del ring, ser capaz de crear un personaje que logre contar una historia que enganche al público es el objetivo del personaje.


La lucha libre profesional tiene forma de deporte de combate, mientras que el fondo es de relato épico. Ya a la forma en sí se llega a través de la herramienta creativa que es jugar, pero es en el fondo donde esto se desarrolla al completo. Pelearse “de mentira” es algo que suele ocurrir de forma natural donde se genera una confianza que dé lugar a ese espacio para “jugar”, y en cierto modo es lo que los wrestlers han de conseguir entre sí. Pudiera parecer menos competitivo por el hecho de tener un resultado predefinido de antemano, pero por otra parte esto hace que el wrestling requiera de una solidaridad y empatía inauditas dentro de cualquier ámbito deportivo. Parte de su trabajo es ayudar a otros a ganarse al público, sacrificarse uno mismo para beneficio del compañero. En el mundo de la lucha libre profesional, aprender a ejecutar tu rol conlleva controlar actitudes como la egolatría y el egoísmo, tan propias de círculos competitivos.





El control de lo que ocurre es lo que permite que la capacidad de narrar se ensanche hasta dar cabida, o aspirar, a lo épico. De la misma forma que en la Antigua Grecia se creaba a Hércules a través de un relato de hazañas sobrehumanas; o a día de hoy historias de videojuegos cuyas mecánicas principales son de acción, pueden llegar a construir épica basándose en la victoria y la derrota. El molde con el que se da forma a los personajes de la lucha libre profesional, no es ajeno al modo clásico de contar historias que lleva siglos con nosotros.
Todo esto funciona porque, como decíamos anteriormente, las emociones generadas por estas narraciones son compartidas por multitud de personas. El wrestling es cultura popular en expansión desde hace décadas. Hoy día, gracias —o por culpa de— la facilidad para grabarlo todo, es imposible ser ajeno a la realidad tras la ficción, y el aficionado no sólo disfruta de la magia del espectáculo, sino de los entresijos tras las cámaras del show. Cuando se ha entendido el objetivo de la ficción, ser consciente del andamiaje que lo permite, incluso explorarlo, no rompe la ilusión, sino que le da valor. Es emoción por las proezas atléticas, por el carisma de los personajes, por sus historias, y por todo lo que esta disciplina es capaz de crear alrededor de un ring.

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SOBRE EL AUTOR


Tengo 13 años: Me gusta el pro wrestling porque es irreal y ridículo
Tengo 17 años: Odio el pro wrestling porque es irreal y ridículo
Tengo 29 años: Amo el pro wrestling porque es irreal y ridículo
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