En 20101, recién comenzado el instituto, me abrí mi primera cuenta en un foro, pese a no tener internet en casa. Mi familia pasaba por un bache económico muy serio, fruto de la crisis de 2008, que duraría casi una década, prácticamente empalmando con la siguiente crisis sistémica. No me podía permitir ningún lujo: ni consolas de nueva generación, ni smarthphone, ni siquiera un ordenador con algo más que Windows XP, el buscaminas y pantallazos azules recurrentes. Tenía una PlayStation 2 y una PSP, compradas ya en los últimos momentos de su vida útil, cuando eran mucho más asequibles. Compraba los juegos a cuenta gotas y de segunda mano, aprovechando que el Cash Converters de Albacete en aquella época tuvo a bien poner juegos relativamente antigüos por unos pocos euros, y por eso acabé jugando desde Silent Hill 2 a Metal Gear Solid 3. Era una época de pocos estímulos, y cualquier ventana hacia otra realidad suponía para mí una salvación en el sentido casi literal.
La primera ventana a otra realidad fueron los videojuegos; la segunda, a raíz de estos, fueron los foros. No tenía internet, recalco, pero me abrí mi primera cuenta en un foro en 2010: el de Hobby Consolas. La que entonces era todavía referente de la prensa escrita dio el salto al formato digital y abrió Hobbynews, su versión online. Pronto sus foros se llenaron de actividad y yo fui uno de los pioneros que participó de aquello. Sorteaba la ausencia de internet yendo a casa de una amiga a la que le pedía un ratito su ordenador para poner un post o dos o, peor aún, utilizaba mi PSP desde un rincón de mi balcón en el que llegaba algo (muy poco) del WiFi sin contraseña de algún vecino. Mi incursión en los foros fue a duras penas, pero con el entusiasmo de quien descubre un mundo asombroso y totalmente nuevo. Valoraba cada segundo de internet que tenía. Supongo que esa misma experiencia fue la que mucha gente vivió una década antes, pero yo, por suerte o desgracia, la estaba viviendo entonces, cuando todo aquello estaba ya bien asentado.

En los foros compartía lo que compraba, opinaba sobre lo que jugaba (pese a ir con retraso respecto al resto encontraba ahí un espacio para hablar de juegos de pasadas generaciones) y poco a poco tejí incluso fuertes amistades. Descubrí que la gente te contestaba cuando nunca antes nadie me había contestado con tanto entusiasmo al hablar de videojuegos. Cuando por necesidad académica me pusieron internet en casa aquello ascendió varios órdenes de magnitud y lo que comenzó en el rudimentario navegador de una consola portátil se convirtió en una rutina de escritorio. Los videojuegos siempre habían ocupado la gran mayoría de mi tiempo de ocio desde que era pequeño; entonces ese tiempo se empezó a repartir con los foros y chats. Aquello era placentero, agradable y un lugar seguro del que no había motivo para irse, en definitiva. Estuve en Hobbynews (ahora ya Hobbyconsolas.es) muchos años, hasta la universidad, y tengo recuerdos difusos pero bonitos de esa época. Era un refugio que permitía guarecerme de todo aquello más feo y desagradable que tenía mi vida.
Me lo empecé a tomar en serio. Escribía posts elaborados recopilando toda la información de una saga o artículos de opinión intentando ir más allá de lo que planteaba la prensa generalista del videojuego. Era muy fan de sagas como Kingdom Hearts y Metal Gear, y le dedicaba mucho tiempo e ilusión a escribir sobre ellos una suerte de página de Wiki en el propio foro. Quería mejorar mis conocimientos y hacerme un hueco y mejorar mi imagen de forero. Nunca tuve las formas de un forero al uso, y en general en esos foros pocos la tenían, lo que sirvió como el germen de otras muchas cosas.
Mi época en los foros coincidió unos años después con el auge de canales de YouTube de contenido muy elaborado sobre videojuegos y cine, y empecé a descubrir prensa del videojuego con un corte mucho más afín a mí. Estos pequeños descubrimientos me permitieron ir un poco más allá respecto a mis pensamientos inevitablemente adolescentes sobre el videojuego. Aquello fue el origen de lo que hoy en día soy, y sin duda de aquello se deriva Espada y Pluma: cuando el foro de HobbyConsolas cayó y estos espacios dejaron de ser tan frecuentados, abrí mi primer blog, que se acabó convirtiendo en una revista cultural, con unos colaboradores sensacionales, publicaciones en formato físico y muchas más cosas impensables para un chaval de 12 años que se abrió una cuenta con el nickname de Jorge12GM. Al final, eran mis necesidades adaptándose a los tiempos: lo que al principio era un chaval escribiendo en foros, luego fue un chaval escribiendo en un blog que leían tres personas, y luego fue un chaval a la cabeza de una revista cultural que compaginaba con su carrera académica. Cambiaron muchas cosas, pero lo que no cambió fue la necesidad casi vital de querer escribir y compartir.

Lo que aquel chaval no imaginaba (aunque quizá podía atisbarse) es que comenzaba una lenta pero inexorable caída de los foros. El foro de HobbyConsolas cerró y, hace poco, también los de páginas tan veteranas y mastodónticas como Meristation. La conversación comenzó a desplazarse a otros lugares y bajo otras reglas. El tablero de juego ya es totalmente diferente. En tiempos donde la mercantilización de la nostalgia es el A-B-C de gran parte de los productos culturales no quiero mandar el mensaje de que todo tiempo pasado era mejor ni desear un estado pretérito idílico e inalterable. No obstante, creo que, aún usando todas las herramientas posteriores a esas primeras generaciones de internet, quizá se hayan perdido (o dificultado) ciertas formas de compartir y conversar.
Y es que estos días he echado de menos la sensación de compartir y, con ella, esa época donde el motivo último de mi cotidianeidad era precisamente ese: compartir. Por motivos de trabajo y quehaceres de la vida me he visto envuelto en una época donde tengo muy poco tiempo libre y, el poco que tengo, está lleno de ansiedades. Uno aprende tarde o temprano a lidiar con todo eso, pero todavía estoy en el proceso de conciliación entre lo ocioso y lo productivo. Escribir siempre ha sido una parte fundamental de mi rutina y siento que me falta algo cuando no lo hago con regularidad. Lo que me falta, en esencia, es compartir mis opiniones, debatir con gente, mostrar lo que hago y que haya un feedback importante. Todo eso da peso y complementa la experiencia artística. Existe un hilo conductor que une a las señoras del pueblo que se juntan en la plaza a comentar el episodio de la tarde de Amar en tiempos revueltos, a los señores de barbas excelsas que se juntaban en cafés ilustrados para hablar de alta cultura, y a los jóvenes foros de internet: nos gusta compartir lo que nos gusta, narrar nuestras experiencias y casi arrancarnos las opiniones de dentro. Es lógico que surjan cada vez más podcasts entre amigos y pequeños streamers: buscamos excusas para hablar de lo que nos gusta para así darle fisicidad y presencia.

Ahora tenemos una cantidad abrumadora de herramientas para compartir: Twitter, Twitch, YouTube, TikTok… Sin embargo, no acabo de encontrarme en un espacio completamente confortable. Noto tiranteces de forma constante cada vez que piso cualquier red social. Todas estas herramientas me acaban pareciendo esencialmente generales y volubles. En Twitter un tuit se lanza al aire y lo que dices si bien tiene potencial para que lo vea todo el mundo, seguramente llegue a muy pocos; en este espacio inmenso pero inmediato cada uno de nosotros resuena más bien poco. Una opinión sobre una obra de hace cinco años (o cinco meses, incluso) se pierde en el espacio y en el tiempo y no llega a quien tiene que llegar. En los foros la gente iba buscando aquello en específico que le gustaba, y no era raro que los hilos sobre Red Dead Redemption siguiesen vivos años después de su lanzamiento. Además, eran una fuente importantísima de información que quedaba labrada en mármol en el espacio y en el tiempo. Era menos voluble, menos inmediato y más flexible, a su vez, mientras que Twitter es un todo difuso y laxo en el que sólo importa el hoy y los trending topics.
Huelga decir que la comunidad del videojuego que conozco de Twitter, al menos la más cercana, es fabulosa; pero incluso a esa gente que aprecias es difícil interpelarla porque los tuits se lanzan al vacío y no sabes si los verán o si es la hora correcta para hablar de según qué cosas. Twitter se siente en ocasiones como miríadas de pequeños experimentos de marketing en el que cada usuario ha de hacer cabriolas para posicionarse y hacerse visible. No sólo se ha de opinar, sino que hay que hacerlo con creatividad, usando materiales multimedia apropiados y estando pendiente de los timings y picos de actividad. No parece dar las condiciones estructurales necesarias para compartir, debatir o sencillamente disfrutar hablando de lo que uno hace con gente que busca lo mismo que tú. Tenemos la gente y las ganas, pero faltan los espacios. Echo de menos la dedicación agradable y calmada que suponía el compartir horizontalmente en un espacio específico y abierto como un foro, como echo de menos el refugio que daba el no sentirte fuera de lugar ni tener que atender a una inmediatez a la que era imposible seguirle el ritmo.
Algo semejante ocurre con el resto de redes sociales. TikTok ofrece un marco poco propicio para el reposo, la permanencia y la horizontalidad, y aunque el algoritmo se entrene a sí mismo, el contenido que te llega es bastante aleatorio. YouTube requiere de mucho tiempo, medios y conocimiento para exponer de forma mínimamente elaborada lo que uno quiere. Twitch sí que puede garantizar un contenido más específico donde se puede ir a ver un videojuego o contenido concreto, pero las interacciones son asimétricas (está el streamer y está su público, en dos posiciones claramente distintas) y los mensajes en el chat han de ser rápidos y hasta cierto punto impersonales por definición. Además, en todas ellas parece primar la estética, el SEO, las formas y el ingenio mercadotécnico; parecen convenientemente diseñadas para hacernos competir entre nosotros, con las inevitables frustraciones que de ello se derivan.
Por otra parte, echo de menos lo específico de los foros. Había foros de literatura, de videojuegos, de jardinería y todo lo que uno quisiera. La información estaba fragmentada y las conversaciones muy alejadas unas de otras, pero uno estaba donde quería estar, hablando de lo que quería hablar y con quienes quería hablar. Las redes sociales han engullido todo el internet anterior a ellas y ahora son el centro neurálgico en el que recibimos la información y desde el que viajamos a otras webs. La búsqueda activa de información es cada vez menos frecuente y quedamos pasivos frente a la arbitrariedad de un algoritmo que podría parecer inteligente e imparcial pero que es fruto de las órdenes, caprichos y complejos de las megacorporaciones y sus cabecillas.
Evidentemente, los foros eran el caldo de cultivo de muchísimas situaciones horribles: machismo, bullying, insultos, acosos… Tampoco garantizaban la profundidad: la mayor parte del contenido seguía siendo superfluo y poco elaborado. Sin embargo, ninguna de las nuevas herramientas que han surgido ha solucionado nada de eso. En redes sociales sigue existiendo el acoso y la toxicidad y, por supuesto, el contenido elaborado no es el habitual. Siguen existiendo los bulos (probablemente más que nunca), se siguen extendiendo el fascismo y las pseudociencias… No parece que hayamos ganado más de lo que hemos perdido.
A nada más que a la frustración ayudaría que este texto fuese un alegato nostálgico como tantos otros. No quiero, necesariamente, que vuelvan los foros. Ni siquiera sé si los volvería a usar en las condiciones actuales. Lo que deseo es que que seamos capaces de crear (o siquiera imaginar) nuevos lugares, específicos y manejados por los usuarios, donde haya horizontalidad y pervivencia; donde uno no se sienta fuera de lugar, dejándose llevar por el torrente de información, sino justamente en el lugar que quiere estar. Quiero surfear menos olas y retozar más en la arena.
1Por contextualizar, el año en que se lanzó la tercera película de Crepúsculo, el primer Call of Duty Black Ops o Baby de Justin Bieber.
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