I.
Papá se fue a un viaje de trabajo. Esto suponía un gran alivio para ella, su hija, porque papá y mamá discutían cada noche. Ella tan sólo quería dormir abrazada a su gato, en calma.
La primera noche, mamá estuvo hablando por teléfono con papá, pero no alzó la voz, no parecía discutir en absoluto. El gato ronroneaba tranquilo. La segunda noche, de nuevo mamá estuvo pegada al teléfono. La niña terminaba su cena, mientras el gato dormitaba en el sofá y su madre continuaba absorta.
La tercera noche, el tono de mamá era más serio. La cena sabía un tanto más amarga. El gato no parecía alterado. Los días transcurrían con un silencio y una tranquilidad que resultaba extraña y poco común en su pequeña familia. La cuarta noche mamá casi olvida hacer la cena, obsesionada con el teléfono. Cuando empezó la llamada adoptó un tono muy serio; la niña apuró la cena lo más rápido que pudo y fue a buscar al gato para irse a la cama con él.
La quinta noche mamá no cenó, sentada en el sofá inmersa en su llamada con papá. En ocasiones apartaba el teléfono mientras suspiraba. Adoptaba un tono de seriedad y tristeza que perturbaba a la niña, que mirando de reojo pudo ver cómo el teléfono móvil no estaba realizando ninguna llamada. Cayó en la cuenta de que escuchaba a su madre, pero del teléfono no provenía ningún sonido. El gato no estaba en su sitio. La niña dejó la cena sin terminar, se fue a buscar al gato y ambas se introdujeron entre las sábanas, esperando dormir cuanto antes.
La sexta noche, mamá comenzó a gritarle al teléfono. Un teléfono que permanecía con la pantalla apagada y un silencio abrumador. La niña no tenía apetito, cenó de forma apresurada y buscó al gato, que estaba dando vueltas por la casa, para llevarlo consigo a su habitación.
La séptima noche, la niña no quería cenar. Su madre estaba gritando y maldiciendo al teléfono, en su larga llamada de cada noche. La niña dejó la cena sin empezar y fue a buscar al gato, que no aparecía. Buscándolo, de pronto vio cómo salía de la habitación de sus padres, maullando para captar su atención. La niña se asomó a la habitación, y el gato rápidamente se coló dentro, yendo hacia debajo de la cama de matrimonio. La niña sólo quería irse a acostar. Se agachó para atrapar al gato, y vio cómo este jugaba con un teléfono móvil. Un teléfono móvil sostenido por las manos de su padre, que yacía bajo la cama con los ojos desencajados y la piel completamente pálida.
La niña salió corriendo hacia el salón, donde su madre continuaba discutiendo a gritos. Le tiró suavemente del hombro, para que girara la cabeza hacia ella, y le dijo:
“Mamá, papá ha venido a cenar”.

II.
Cuando la muerte se hace hábito, los poros de la piel se cierran. Vagaba en incesante línea recta por la completa oscuridad, leyendo la pared con el tacto de sus ancianas manos. Pronunciaba a su vez en voz baja las palabras que sentía. La vida emanaba de las rocas y se diluía en las grietas de sus labios. En busca de la luz guía caminaba y caminaba, sintiendo que las rodillas desfallecían. Sin poder respirar desde hacía siglos, era el susurro de la pared aquello por lo que su corazón latía.
No había eco ni lejanía. Cual fuera su identidad había quedado atrás, en las primeras huellas, endebles e indecisas, aún joviales e inocentes. Allá cuando dibujaba los primeros planos y calculaba cuántos cuerpos podían arrojarse en cada estancia. Momentos en los que el aire era necesario para separarle del mundo que él creaba.

Al tratar de gritar en busca de ayuda, su espalda se estremecía. El frío y el miedo eran uno, y recorrían su columna vertebral así como él lo hacía por el eterno pasillo. Si recordaba algo de los libros de arquitectura que todo le enseñaron, era vago y confuso. Había pasado tanto tiempo. Por más que trataba de recuperar el aliento, éste ya no era suyo, pues pertenecía a la redención.
Comenzó por fin la pared a rasgarle la yema de los dedos, como señal de piedad. Si su penitencia remitía, lo ignoraba y probablemente nunca lo sabría. Era la esperanza de morir lo que caminar, a duras penas, le permitía. Morir por una vez, hacerlo para sí mismo y abrazar la calma del letargo. Huir de la tortura que movía sus talones con la ayuda de miles de brazos. Hundirse por fin en aquel suelo formado por cuerpos en estado de constante descomposición.
Cada brisa era un relato proveniente de antiguas escrituras, y aunque no podía escuchar cómo el viento pasaba las páginas, se apresuraba a imaginar las líneas de despedida. Cómo termina la búsqueda del faro —en sus pensamientos se decía— ; sin costa no hay destino, y vago y vuelvo a vagar, siempre en vano.
Qué era el recuerdo de los años, comparado con el renovarse de la arena. Sus heridas eran como un desierto, en constante movimiento sobre su propia inmensidad, hechas del calor de la sal. Se sabía perdido, pero continuaba caminando.
Podía aún sentir aquella multitud de ojos vacíos atravesándole el pecho. Ensartándole un ancla entre los pulmones y tirando de él hacia el mar. Llevándole hacía la luz. Pero no hubo luz, sino anochecer.

Imágenes: Untitled Figures (R Megre, 2015)
The Lighthouse. Vol.1 (Mark Shemarov, 2023)
ESSENCE (huleeb, 2021)
Espada y Pluma te necesita

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