Descubrí Low Roar como la mayoría: por el primer tráiler de Death Stranding. Notas distorsionadas nacidas de un sintetizador florecían mientras se dibujaba en blanco sobre negro un fragmento de Auguries of innocence, uno de los poemas más célebres de William Blake:

“Para ver el mundo en un grano de arena
y el cielo en una flor silvestre
abarca el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora”
El poema de Blake nos dice que el Todo se encuentra en lo particular. Nos lleva a encontrar a Dios, el infinito o el sentido verdadero de las cosas en lo mundano; a conectar con algo que va más allá de lo inmediato. Estos versos, abstractos y obtusos en un primer acercamiento, sirvieron para elevar la poesía de un tráiler ya suficientemente enigmático e inaccesible por sí mismo. Una playa de arenas azabaches, crustáceos varados, una colección de huellas de un ente invisible, un cielo gris plomizo, un hombre y un bebé desnudos…
Todo bañado por la queda música de Low Roar. No fueron las palabras de Blake las que realmente dieron lucidez y empaque a uno de los tráilers más famosos de la historia del videojuego, sino el I’ll keep coming de Low Roar, constante por encima y por debajo de aquel tráiler. La verdadera cinética del vídeo, su verdadera poética, residía en los versos de Ryan Karazija y la música minimalista y extremadamente personal con la que rodeaba a sus letras.

Los versos de William Blake, la música de Low Roar y el propio Death Stranding son una tríada abstracta y obtusa; cada uno de ellos son piezas complejas e informes, y pese a ello (o gracias a ello), casan perfectamente entre sí. Los tres nos invitan a la substracción; a aprehender la realidad y explorar en nuestro interior desde una perspectiva despojada del ruido del ahora y los gritos de los demás.

Intentar definir a Low Roar desde lo técnico quizá sea reducirlo en exceso. La música de Low Roar en términos meramente formales es sencilla; las letras, abstractas y de escasa extensión. Y, con todo, es absolutamente única. Una mezcla de géneros, que se suele decir, entre ellos el electrónico y el folk, pero algo mucho más allá de eso: una mixtura de sensibilidades y de aprendizajes; una música desacomplejada volcada al servicio de las emociones. Algo pensado para conmover y abrazar. La música de Low Roar es un baño en la playa; un hundimiento y un ascenso; una purificación. Escuchar a Low Roar supone bajar a los infiernos para retornar más fuerte.
Desde aquel momento de 2016, tras el lanzamiento de aquel ya lejano tráiler, Low Roar estuvo omnipresente en mi vida. Me acompañó más que ninguna otra persona durante muchos años. Consiguió dar forma y fondo a momentos de incertidumbre; y cohesión al enjambre ruidoso que en ocasiones me rodeaba. En contra de lo que pudiera parecer, las canciones que ofrecen una visión inocentemente positiva de la vida son inútiles cuando te acontecen verdaderos problemas. Son estériles. No dan herramientas. Las canciones de Low Roar, muchas veces caracterizadas por un tono melancólico y de profunda tristeza, fueron en ocasiones las únicas que me entendieron. Son fuentes y herramientas; catalizadores que ponen de manifiesto nuestras incoherencias y nuestras verdades.
La música de Low Roar no apela a nuestro raciocinio, sino a nuestras emociones más profundas y etéreas. De alguna forma, Low Roar no quiere hablar con nosotros, sino con nuestra memoria, nuestra soledad, nuestras escasas fuerzas, nuestra humanidad más animal. La universalidad de la música y los sentimientos humanos solidifica en unos pocos versos, en unos pocos acordes, en una miríada de sonidos superpuestos que encienden interruptores en nuestro ser más subterráneo.
Ryan Karazija consiguió que fondo y forma se uniesen en una única cosa que nos lleva a entender el verdadero sentido de la vida mirando hacia nuestro interior. Sus canciones nos hacen vivir la soledad, la inmensidad, el paso del tiempo, la amistad, la ruptura y el desgarro de una manera pura, sencilla y melancólica. Más allá de rechazar con cinismo y despreocupada inocencia estos sentimientos, bebe de ellos para crear tonadas que arropan a quien necesite calor.
Low Roar no nos habla, sino que nos sumerge. Su música estará siempre ahí para entender a los golpeados, a los que no se entienden a sí mismos; a las cosas rotas, tullidas y olvidadas. Su música nos comprende, sabe cómo nos sentimos; nos dice que no estamos solos, porque las voces de los rotos han tejido canciones que resonarán en la eternidad.
Lost and never found
Seen but never heard
Buried underground
But I’ll keep coming

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