Una pequeña pluma realmente oscura cayó sobre su nariz. Entreabrió ligeramente sus ojos y no alcanzó a ver la luz del día. Pero llevaba tanto rato durmiendo que no podía seguir siendo de noche, y esto llevó a la ratoncita a una de sus muchas conclusiones precipitadas. « ¡Estoy ciega!» gritaba al mismo tiempo que se levantaba de un salto, «mi madre tenía razón, demasiado queso me iba a dejar ciega». Y al llevarse sus diminutas manos a los ojos se encontró algo obstaculizando el gesto, algo reposado en su gran y majestuosa nariz.

No recordaba haber dormido con una pluma ahí, de hecho eso le habría provocado un estornudo temprano, pensó. Ante tal imprevisible evento sólo pudo llegar a una lógica conclusión. «¡Me he convertido en pájaro, por fin podré volar!» y así la aún roedora comenzó a mover sus brazitos como si de un pato tratando de volar se tratase.

Puede que no se hubiera despertado del todo, lo que suponía un gran riesgo, teniendo en cuenta que se encontraba en el tejado de un establo, y su correteo en círculos, tratando de coger impulso para volar, estaba cerca de llevarla a probar de forma irreversible su nula capacidad para surcar los cielos. Estaba realmente cerca de precipitarse y despertar del todo con un fuerte dolor de cabeza como mínimo. Y así habría sido si no fuera porque un gran puñado de plumas impactó contra ella. Esta vez en forma de pájaro, el cual rodó al menos un metro tras chocar con la ratoncita, quien cayó hacia atrás desplomada y desplumada. Fue ésta, recién bienvenida al reino de las criaturas despiertas, la que se percató primero de lo sucedido.

Primero se guió por su olfato, y aquel pájaro parecía vivo, entonces observó que tampoco había líquido rojo de ese que sale de las heridas. Pero ni sus patas ni su cabeza respondían, tan sólo un leve movimiento de su cuerpo hacía prever un ser vivo allí. La roedora tuvo que hacer acopio de coraje, porque no pocas veces había tenido que correr, a toda velocidad, para encontrar un escondite donde pájaros tan negros como aquel no pudieran hincarle el pico. Un cauteloso paso tras otro, tratando de no hacer rechinar aquel tejado que apenas se sostenía sobre un establo antiguo hecho de maderas mal cortadas. Al tocar lo que para ella era un amasijo de plumas, se limitó a mecerlo mientras susurraba un escueto «hola». No tardó en rodar hacia ella y abrirse de alas. El pájaro respiraba lentamente sin mucha fuerza, y pronunciaba de forma casi imperceptible la palabra «agua». Repetía ese único sonido, mientras la ratoncita pensaba en cómo ayudarle.

Haciendo rodar al ave como si de un rodillo se tratase, llegaron al pasadizo secreto. Levantó una madera del tejado, y una serie de pequeños montones de paja aparecieron amontonados en forma de escalera para servir de descenso hacia un minúsculo habitáculo. Allí, unos trapos hacían las veces de cama, otros guardaban restos de comida, y había una inestable mesita junto a lo que parecía un taburete, todo ello hecho con pequeños trozos de madera. Sobre la mesa, unos hilos y una aguja en forma de astilla habían dado forma a lo que parecía un peluche. Realizado con envidiable precisión, había tejido un ratón de larga cola rosada, aunque sólo tenía un ojo. La ratoncita, la de verdad, acomodó a su huésped y de detrás de la mesita y los víveres que estaban a simple vista sacó una jarra llena hasta arriba de agua. Ayudando como pudo al exhausto ave, éste alcanzó a beber unos cuantos sorbos y volvió a lo que ya sí parecía un plácido sueño.

Cuando el plumífero durmiente abrió los ojos, delante tenía un buen acopio de insectos: diferentes tipos de mosquitos y pulgones. La ratoncita, que estaba en su mesa de tejer, se percató y saludó de inmediato.

—Hola hola, pajarito. ¿Qué te ha traído por aquí? ¿Añoranza por la vida rural?

—Eres… ¿eres una rata? —la incredulidad podía sentirse tanto en la voz como en su rostro.

—¡Un poco de respeto! Soy una ratona. Misha, para ser exactos, soy Misha. Y estás en mi humilde morada. No suelo tener muchas visitas, espero sepas perdonar el desorden, el polvo y bueno que te he traído un tentempié, tienes pinta de necesitarlo, dale sin miedo.

Estaba terminando el invitado de engullir los últimos restos, cuando Misha continuó.

—¿Te gusta mi morada? No es que vaya a vivir aquí siempre, tengo que salir al mundo exterior porque hay muchas aventuras que necesitan de una valiente roedora. Es sólo que me gusta lo acogedor, y mi madre me enseñó muchas cosas para hacer de cualquier lugar un sitio donde vivir cómodamente, aunque eso fue antes de que el horrible tigre… —su tono cambió súbitamente— por cierto, ¿no tienes madre o padre? ¿Dónde están los demás montones de plumas?

—Eso me gustaría saber a mí, pequeña criatura. Las estaciones están cambiando de forma extraña, intenté calmarles, pero todos huyeron hacia el sur antes de tiempo. Mientras tanto me descuidé, yo confiaba en que volverían antes del cambio migracional, que todo recobraría el orden al que estaba acostumbrado, pero no fue así. Una tormenta como nunca antes había visto llegó, traté de buscar el rumbo que tomó mi familia, y por más que trato de recordar cómo llegué aquí sólo me vienen imágenes confusas a la memoria.

—Pues yo estaba echándome una siesta matutina —interrumpió Misha sin miramientos— cuando casi me aplastas, querido… ¿cómo te llamas?

—¿Un nombre? Eso es para especies domesticadas, o particulares, o aquellas que viven bajo una jerarquía, yo soy simplemente un vencejo.

—Deja de refunfuñar, necesitas un nombre, o no sabré si le estoy hablando al caballo que me ha ayudado a conseguir tu desayuno o a ti. ¿Vencejo? Déjame pensar… Vence, serás Vence. ¿Te gusta? ¿Cómo puedo ayudarte, Vence?

—No creo que puedas, si no puedes subirme a un lugar alto pero seguro. No sé cómo reaccionarán mis alas —Misha se quedó pensando, y rápidamente pareció tener la clave.

—Bueno ya estamos en un lugar alto, pero no muy seguro, encima de un establo. Si no logras alzar el vuelo, muchas cosas nos podrían dar caza. También podríamos cruzar el río y buscar algún descenso al otro lado del valle. El peligro está una vez estemos pateando los alrededores de este establo y la finca del señor. ¿Te viene bien al anochecer?

—No, para nada. Pero creo que necesitaré todo el día para dormir, así que podríamos intentarlo.

—Eso estaba pensando, mi querido Vence. Ahora hay mucho ruido ahí fuera, no es seguro, nada seguro. Es mucho mejor dormir.

El uno por cansancio y la otra por pereza, ambos necesitaban descansar. Ninguno de los ruidos de alrededor pudo invadir sus sueños en lo más mínimo, y tan sólo el desperezo de Misha dio la señal de comenzar un nuevo día; o como era el caso, una nueva noche.

Salieron al tejado, donde la ratoncita tenía preparada una escalera de cajas de madera que, según ella, siempre habían estado ahí. Descendió con gracia y soltura, mientras su bolso de útiles, sin el que nunca salía al exterior, rebotaba en su costado. Una vez abajo, esperó con los brazos abiertos al intento de vuelo de su nuevo amigo. Éste hizo acopio de valor y tras una ligera carrerilla se impulsó todo lo alto que pudo. Alzó un tímido vuelo, parecía descender y al mismo tiempo trataba de estabilizar las alas. Misha le perseguía como quien intentaba atrapar una pelota de beisbol. Antes de estamparse contra la puerta de la casa del granjero, un giro forzado alcanzó para esquivar el impacto, y en el proceso remontó el vuelo. No tuvo tiempo ni ocasión de celebrarlo la roedora, que en ese mismo instante golpeaba dicha puerta con la cabeza.

A Misha le parecía que retumbaba aquel caserón, pero eran sus ojos dando vueltas sobre sí mismos. No se había recompuesto aún cuando un agudo maullido atravesó sus oídos. «¡El tigre, el horrible tigre!» gritó dando saltos. Así comenzó a correr, sin darse cuenta de que se dirigía hacia el río, justamente la dirección contraria a su querido refugio. Cuando Vence se percató, apenas podía darle alcance, y observó que un gato de gran barriga y pelaje le perseguía a una gran distancia, pero le iba ganando terreno poco a poco.

Misha ya ni siquiera podía mirar atrás, veía en el horizonte la inevitable caída hacia el agua, y era una caída temible. Vence cortaba el aire cada vez con más decisión, sus alas recobraban su fuerza natural. Llegó el momento del salto, la pequeña roedora usó todo el impulso posible que sus pequeñas patas le permitían, y apenas comenzaba a descender notó cómo unas garras atrapaban su cola. Con un esfuerzo impropio de un ave de su tamaño, cruzó el ancho del río con Misha colgando cabeza abajo. Ambos cayeron justo al borde del otro lado, y desde allí vieron al gigantesco felino, ya que su tamaño se ensalzaba en la distancia, maullando amenazante pero impotente.

—El único puente está muy lejos de aquí —se pronunció Misha aún jadeante—, y no sé si me apetece volver después de estas emociones tan fuertes. Quiero decir, ese tigre no me va a olvidar fácilmente en una temporada.

—¿Crees que puedes acompañarme a buscar a mi familia? O quién sabe si un nuevo hogar.

—Siempre le dije a mi madre que saldría a buscar aventuras, y creo que este es el mejor inicio posible. Tengo conmigo mi bolso y todo lo que necesito.

Con cautela, pero sabiéndose bien acompañada, la extraña pareja emprendió un nuevo camino hacia lo desconocido.

¡Espada y Pluma te necesita! Apóyanos en Patreon o Ko-Fi.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es patreon.jpg

SOBRE EL AUTOR

Deja un comentario