Aprovechando que da comienzo un nuevo año, 2026, voy a estrenar una breve sección a petición propia en la que llevaré a cabo un comentario sobre la lectura de un libro. Procuraré que la tirada sea mensual, durante el primer domingo de cada mes, e intentaré ser breve y superficial, pero a la vez útil para entrever la naturaleza del libro y mi relación con su lectura. En esta ocasión empezaré con una obra magnífica para asegurar un poco el modelo de publicación: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
¿Qué me ha llevado a leerlo?
En primer lugar, el renombre de la novela. En segundo lugar, y con una razón más específica, la publicación de En agosto nos vemos. Durante la carrera tuve que leer El coronel no tiene quien le escriba y aborrecí a Gabriel García Márquez, pero en Bluesky leí un pequeño fragmento de su novela póstuma que me encandiló.
Habían dado las dos cuando la despertó un trueno que sacudió los estribos de la casa, y el viento forzó el pestillo de la ventana. Se apresuró a cerrarla, y en el mediodía instantáneo de otro relámpago vio la laguna encrespada, y a través de la lluvia vio la luna inmensa en el horizonte y las garzas azules aleteando sin aire en la borrasca.
Fui a la biblioteca municipal, pero alguien ya lo había tomado prestado, así que decidí esperar leyendo Cien años de soledad. Al cabo de unas semanas se liberó En agosto nos vemos y lo leí, pero ya había caído en la magia que exhala Macondo en cada rincón de su mundo.
Contexto de la novela
Cien años de soledad se publica en 1967 en Argentina, aunque Gabriel García Márquez lo escribe desde México debido a su exilio. En Colombia habían sucedido ciertos eventos que aparecen en la novela, como la masacre de las bananeras y los enfrentamientos entre conservadores y liberales. La época llamada como «La Violencia» en Colombia —entre 1940 y 1950— lo obliga a exiliarse.



En Cien años de soledad podemos ver el ejemplo perfecto del conocido movimiento literario Realismo mágico, nombrado así por el autor venezolano Arturo Uslar Pietri. En la lectura de la novela no hay nada mágico ni irreal, pero sí que lo parece para la mirada europea. Los múltiples eventos y personajes de la novela existieron en realidad, y lo único que hace Gabriel García Márquez es hilarlos con las palabras.
¿De qué trata?
En Cien años de soledad seguimos a la familia Buendía-Yguarán, fundadora de Macondo, una tierra ya extinguida en el municipio de la Ciénaga, en el Caribe colombiano. Aunque parece ser una lectura exigente por la cantidad de personajes que aparecen, cada uno tiene, en realidad, su propia personalidad y rasgo característico. Esto permite que la novela extienda todo un colorido muy poco frecuente en la literatura.
¿En qué destaca? Tiempo, personajes, estilo
Tiempo
Su mayor virtud quizá es el tiempo narrativo. Cien años de soledad es una novela que debe leerse seguida, es decir, no puede estancarse durante un largo tiempo porque, en caso contrario, se pierde la continuidad. Aunque pueda parecer que el tiempo es lineal, pues la historia comienza con la fundación de Macondo y la primera generación de habitantes, José Arcadio Buendía y Úrsula Yguarán, en realidad el tiempo es espiral.
Es una estructura narrativa peculiar que podría asemejarse a lo que en el cine conocemos como flash-back y que en literatura se conoce como analepsis. La novela va continuamente de adelante para atrás y viceversa mientras genera grandes pozos de tiempo. A diferencia de la función original de una analepsis, que es entender brevemente el contexto de una acción, en Cien años de soledad logra estirarse hasta más de la mitad del libro.
Recursos
Hay tres grandes analepsis a lo largo de la historia:
- El fusilamiento del Coronel Aureliano Buendía. El libro comienza así:
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Este inicio es, en realidad, el inicio de la analepsis. A partir de aquí, en las próximas 155 páginas se explicará desde los orígenes del mundo hasta el momento en el que el Coronel está recordando la remota tarde en que su padre lo lleva a conocer el hielo. Personalmente, esta primera parte es de mis preferidas.
2. Los 17 aurelianos. Durante el primer recuerdo se dice, de manera muy escueta, lo siguiente:
El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera los treinta y cinco años.
Cuando llegué a esta parte, sentí que me había perdido de repente porque la guerra había estallado en dos páginas y sin razón aparente. Además, pocos párrafos después habla sobre Arcadio, su hijo, y su dictadura en Macondo.
Sin embargo, no es hasta dentro de trescientas páginas donde se habla y se desarrolla la historia de los diecisiete aurelianos, y es como que la historia no es que se haya repetido, sino que ha avanzado en espiral, como si dentro de un círculo volviéramos a encontrarnos en un punto anterior pero que, a diferencia de la primera vez, en ésta nos hubiéramos sumergido aún más en la historia. Esto permite que, como lectores, nos ubiquemos mejor y le demos un sentido más unitario a la historia. En literatura esto recibe el nombre de anagnórisis, aunque aquí no la ha tenido el personaje, como es habitual, sino el lector, por lo que sería una epifanía.


3. La cola de puerco. José Arcadio y Úrsula, los fundadores de la familia Buendía y de Macondo, se impusieron una única condición para que el linaje familiar continuara para toda la eternidad: nadie de la familia podría tener hijos con parientes porque entonces saldrían mitad humanos y mitad animales.
Aunque su matrimonio era previsible desde que vinieron al mundo, cuando ellos expresaron la voluntad de casarse sus propios parientes trataron de impedirlo. Tenían el temor de que aquellos saludables cabos de dos razas secularmente entrecruzadas pasaran por la vergüenza de engendrar iguanas. Ya existía un precedente tremendo. Una tía de Úrsula, casada con un tío de José Arcadio Buendía, tuvo un hijo que pasó toda la vida con unos pantalones englobados y flojos, y que murió desangrado después de haber vivido cuarenta y dos años en el más puro estilo de virginidad, porque nació y creció con una cola cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta. […]
José Arcadio Buendía, con la ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con una sola frase: «No me importa tener cochinitos, siempre que puedan hablar.»
Este pasaje al inicio de la novela, antes del nacimiento de José Arcadio y de Aureliano Buendía, premoniza el final de la novela misma, pues el linaje de los Buendía se cierra con un hijo nacido con cola de puerco que se llevan las hormigas, dando por empezado y cerrado el ciclo no sólo de los Buendía, sino de Macondo entero.
Personajes
Otro punto muy interesante son los personajes. Hay muchísimos, y quizá sean demasiados, pero la gran mayoría están tan bien escritos que cobran entidad y presencia más allá del libro. El primer gran momento donde sentí esto fue con la llegada de José Arcadio, el hijo de José Arcadio Buendía fundador, a Macondo después de pasar años desaparecido con los gitanos. Se lo describe más como una bestia que como una persona, dibujada de cuerpo entero y como si su respiración retumbara en todas las paredes de la casa. Es una descripción cuya imagen solamente puede ser imaginada, porque cualquier representación visual mermaría su imponencia.
Otro gran personaje es Melquíades, el gitano que maravilla a José Arcadio Buendía. Es una figura recurrente y casi irreal, que empieza siendo un personaje casual y acaba convirtiéndose en el núcleo mismo de la novela porque es la representación física del deshacer y hacer de las cosas, que es el corazón mismo de la historia. Al principio comienza haciéndose viejo, muy viejo, y de repente logra rejuvenecer cuarenta años porque sus huesos han vuelto a crecer: ha inventado la dentadura postiza. En otra ocasión, los habitantes de Macondo caen en la peste del insomnio, una enfermedad que los obliga a olvidarlo todo, y en ese todo está la existencia misma de la rutina. Para solucionarlo, el pueblo entero se inunda de carteles explicativos, pero es Melquíades quien, con una pócima, les hace curar porque les recuerda la presencia constante de la muerte. Mucho tiempo después vuelve a aparecer, y así lo hace hasta el final de la novela, como si él mismo, iniciador del Todo, se encargara de convertirlo en Nada.

Otro personaje que me gustó mucho fue Fernanda. Es una mujer que fue criada para ser reina, pero acabó siendo reina de un baile de Carnaval que acabó en masacre. Eso hace que acabe como esposa de Aureliano Segundo, un organizador de parrandas gordo, borracho y libertino que frecuenta a su amante, Petra Cotes, y a las matronas francesas que su hermano lleva al pueblo para fundar un prostíbulo. Es muy interesante porque al principio es un personaje pintado desde la burla y la torpeza, incluso en el pensamiento, pero que acaba desbordando una rabia humana tan real que el lector siente lástima de haberse reído con las burlas que el autor le propicia a lo largo de toda la historia. Hay un desequilibrio en su persona entre lo que le enseñaron —la elegancia, los modales, la pulcritud y la castidad— y lo que se encuentra —insectos, tinieblas, borracheras y animales. Sin embargo, como si se le hiciera justicia, acaba siendo la reina de la casa.
Estilo de escritura
Quizá esto es lo más destacable, pues Gabriel García Márquez lleva a cabo un despliegue sublime del lenguaje. Tiene una capacidad poco vista para engarzar palabras y atinar en la expresión justa de una emoción desbordante sin caer en el barroco y sin dejarlo a medias. Destaca en las escenas de amor y color, aunque —como comentaré luego— no en el repaso de los eventos y las crónicas de guerra. He aquí mi fragmento preferido de la novela:
La casa se llenó de amor. Aureliano lo expresó en versos que no tenían principio ni fin. Los escribía en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquíades, en las paredes del baño, en la piel de sus brazos, y en todos aparecía Remedios transfigurada: Remedios en el aire soporífero de las dos de la tarde, Remedios en la callada respiración de las rosas, Remedios en la clepsidra secreta de las polillas, Remedios en el vapor del pan al amanecer, Remedios en todas partes y Remedios para siempre.
Simplemente literatura.
Aspectos limitantes: Detallismo, personajes, ritmo
Recreación exacta de los hechos
El primer momento de la novela es mi preferido porque todo es nuevo y todo está naciendo. Sin embargo, dentro de toda esta exuberancia hay un momento en el que estalla una guerra y todo deja de ser como es. En ese momento, Gabriel García Márquez detiene la narración para explicar detalladamente todas las características de los bandos políticos, sucesos bélicos, estrategias militares y reflexiones sobre la guerra y la política que rompen con la magia poética de las palabras y el amor.
En estas partes, que no son pocas, he deseado saltar un fajón de folios con la esperanza de volver a encontrarme con espíritus en la casa, gotas de sangre que pasean por las calles o talegos de huesos que rechinan por las noches. Sin embargo, por temor a saltarme una parte que exaltara los sentidos, no me he saltado nada y, tras acabar la novela, debo decir que me ha aportado poco.
Entiendo que la novela es a la vez una historia personal de la familia Buendía y la historia colectiva del pueblo Colombiano, y ésta es inentendible sin Francis Drake y la batalla en Riohacha o las guerras entre liberales y conservadores, pero quizá hay una atención excesiva en detalles militares que luego no afectan de manera significativa a la manera de ser de los personajes en toda su expresión. Me explico para evitar la confusión: dichos eventos sí que condicionan la manera de ser de los personajes, pero hay veces donde éstos se exceden una vez ya se ha entrevisto la relación. Con el Coronel Aureliano Buendía, por ejemplo, se entiende que las batallas forjan su naturaleza personal y psicológica, y dan un sentido al inicio de la novela y a su fusilamiento, pero luego de entender esto, el coronel vuelve a desaparecer y los detalles sobre paraderos y exploraciones militares por la ciénaga vuelven a la carga cuando ya se ha entendido el impacto de la guerra en el carácter de Aureliano Buendía.
Un buen ejemplo, por el contrario, es el del tren. Con el habitual recurso de la analepsis se explica que uno de los diecisiete aurelianos decide que el tren llegue a Macondo para traer el cine, la electricidad y la modernidad. Tiempo después se entrecruzan las historias de la familia con las de una compañía bananera en la que están metidos Aureliano Segundo y algunos Aurelianos más, y esa información culmina el día en el que los trabajadores de la compañía bananera reivindican sus derechos y el ejército decide provocar una masacre con tres mil muertos, entre ellos, José Arcadio Segundo. Éste, sin embargo, sobrevive, y despierta en el tren sobre un manto de tres mil cadáveres de compañeros que son llevados al mar. Al regresar a Macondo, nunca ha existido ese tren de techos de cristal ni ninguna compañía bananera ni tres mil muertos. Es ahí donde José Arcadio Segundo regresa a casa y se encierra en el laboratorio que un día fue de Melquíades. El ejército parece buscarlo, y logran entrar en la casa de los Buendía y hasta llegar al laboratorio, pero cuando abren la puerta, los militares no ven a nadie. José Arcadio Segundo está allí como estaba en alma Melquíades, muerto desde los tiempos de la Fundación, pero los que no eran de la familia no eran capaces de verlo. El uso de la historia y la recreación de los hechos de manera detallada es magistral porque cobra un sentido unitario. El tren y los tres mil muertos quedan entonces como un recuerdo que acompañará al personaje y a su prole hasta la muerte.

Otros personajes
Si bien la mayoría son personajes fantásticos, quizá hay demasiados. Hay muchos militares que son nombrados una única vez, y personajes que realmente no aportan sino un matiz a una trama que podría haber avanzado sin ellos, como el caso de Nigromanta, el Sr. Brown o incluso José Arcadio, que se había preparado toda su vida para ser papa. También hay un desequilibrio en la profundidad de cada personaje. Quizá se me ha hecho excesivo el desarrollo de Fernanda y escaso el desarrollo de Mauricio Babilonia o Santa Sofía de la Piedad.
Luego también me ha parecido que ha envejecido mal el hecho de que las características de los personajes femeninos se midan únicamente por su relación con el sexo, mientras que los personajes masculinos son más plásticos. Pilar Ternera, pese a destacar por su lectura de cartas, fue violada por José Arcadio, y Remedios aún era una niña cuando Aureliano Buendía le propone casamiento. Personajes como Remedios, la bella, están rebajados a través de lo animal, y la belleza pasa a ser meramente objetual —por una parte los hombres mueren de amor al sentir su aroma, pero al mismo tiempo Gabriel García Márquez destaca de ella que juega con su propia mierda en un palo. Una belleza inocente, milagrosa, pero condenada por ello a ser una retrasada mental.


Ritmo
La estructura espiral de la novela hace que sepa más o menos cómo avanzará la trama, por lo que he ido esperando desvelamientos de palabras o sensaciones que rompieran con mi expectativa. Sin embargo, esto ha hecho que el ritmo de la novela me fallara varias veces. Algunos pasajes han sido trepidantes, y otros agobiantemente detallistas. Sobre todo hacia el final, donde ya estaba esperando lo que iba a suceder, la lectura se me ha hecho lenta por los momentos en los que se ha detenido para desarrollar de nuevo personajes y eventos históricos que se entiende, de algún modo, que acabarán dentro de poco. Los ires y venires de fertilidad de Petra Cotes, la relación entre Aureliano, Gabriel y el sabio catalán, e incluso el proyecto aeronáutico de Gastón me entorpecen un final apoteósico y fatal que se me acaba haciendo satisfactorio a la vez que abrupto.
Conclusiones y opiniones
Cien años de soledad es una novela magnífica a la altura de su reputación. Es, quizá, la mejor novela que he leído, y se debe al hecho de que abre y cierra un mundo entero como si se tratara de un sueño. La esencia misma de la historia está en el hacer y deshacer: el Coronel Aureliano hace y deshace pescaditos, Amaranta hace y deshace su mortaja, Úrsula hace y deshace los recuerdos y el propio Gabriel García Márquez hace y deshace la novela como si estuviera bajo el influjo de la soledad que atraviesa a la familia que ha creado.
Con estos parámetros, cualquier comentario negativo queda reducido a una simple apreciación puntual ahogada por el desbordamiento de colores, magias, fábulas e historias que son posibles gracias a la herramienta más poderosa de las personas: la palabra.

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