Este mes hablaré del libro que me ha llevado realmente a querer iniciar esta sección: El pozo del alma, de Gustavo Martín Garzo. Al igual que la reseña anterior, dedicada a Cien años de soledad, en esta ocasión intentaré llevar a cabo un breve comentario sobre qué me ha parecido este ensayo literario. Su extensión es considerablemente menor a la de una novela, por lo que la reseña será igualmente proporcional.
Sin embargo, considero que es una obra de la que debe haber algo más que una sinopsis de librería en internet, y es lo único que encontré de ella hasta ahora. Esa es la razón por la que escribo estas palabras dedicadas al autor y a su enternecedor ensayo sobre la literatura.
¿Qué me ha llevado a leerlo?
Aunque parezca que junio y julio fueran meses de vacaciones para los profesores, lo cierto es que nos encargamos, entre otras cosas, de ordenar nuestros departamentos y de programar el curso siguiente. Este año coincidió, además, con una reestructuración de los espacios del instituto que obligó a los departamentos lingüísticos —castellano, catalán, inglés y francés— a someterse a una tortuosa, aunque justificada, mudanza.
A lo largo de este proceso de mudanza iban surgiendo nuevos y antiguos libros, y entre esa marabunta se había escondido este. Habían unos diez o doce ejemplares bajo la mesa de la Jefa de Departamento, y parecían haberse usado como lectura prescriptiva en alguno de los cursos de secundaria durante una época en la que yo aún iba al colegio. En nuestro desapego por los recuerdos ajenos, los docentes más jóvenes estábamos impulsados en el arte de tirar cosas, pero este me llamó la atención porque su autor, Gustavo Martín Garzo, había escrito un libro que me encandiló el verano pasado: El país de los niños perdidos, así que salvé una copia y me la quedé para leer.

Contexto del ensayo
El pozo del alma es un pequeño ensayo de no más de cuarenta páginas en el que Gustavo Martín Garzo intenta aproximar al lector al concepto de literatura. Lejos del academicismo de los estudios literarios, Martín Garzo hilvana sus memorias infantiles con sus lecturas de infancia, y recuerda cómo estas lo ayudaron en momentos de desasosiego.

Fue escrito en 1997 y publicado por Anaya durante las navidades del 2000. Incluye, para engrosar un poco el libro dentro de la estantería, una entrevista donde el autor reflexiona sobre sus propias palabras. Este detalle, al que se suma también el ilustrador, Pablo Amargo, me pareció encandiladamente humano e íntimo, y me produjo, en su lectura, un acercamiento tan acogedor que me ha hecho ver una manera más artesanal de obrar la literatura.
¿De qué trata?
En El pozo del alma se reflexiona sobre la manera en la que las historias nos ayudan a crecer como personas. Para ello, hace uso de dos grandes recuerdos de su vida: el primero transcurre en su casa de infancia y está protagonizado por una madre ocupada en el cuidado de sus hijos, entre ellos, el propio Gustavo; el segundo sucede en verano, y aunque la madre sigue siendo la protagonista del recuerdo, en esta ocasión todo gira en torno al dulce de membrillo que preparaba y comían durante las vacaciones estivales.
Arraigado en estos dos recuerdos, Gustavo Martín Garzo recurre a cuentos de hadas de Hans Christian Andersen en los que el cisne tiene una presencia significativa —El patito feo, Los cisnes salvajes y La reina de las nieves— y a Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, para hablar de cómo la literatura permite contemplar la vida desde otros ojos, sentirla de otras maneras. Es interesante que su conclusión aborde los tres ejes que desde el academicismo siempre se han tratado de manera tan obtusa: el autor, el texto y el lector. He aquí un bello fragmento sobre esto:
Recuerdo que […] lo que más nos maravillaba era la escena de su preparación [del dulce de membrillo]. A mi madre en medio de aquel país de mondas y tristes despojos, y como una maga haciendo de ellos el dulce maravilloso cuya sola evocación todavía ahora hace que me chupe los dedos. Pues bien, ésa es la materia de la verdadera literatura, que no opera con grandes palabras o conceptos, sino con mondas, peladuras, restos que no parecen servir para nada. Coge esos restos y prepara con ellos un elixir, pues la literatura es el instante de la transfiguración. No es tan difícil de lograr, como bien lo demuestra la escena de la cocina. Basta con tener unos cuantos membrillos, un hornillo, y haberse tomado el esfuerzo de obtener las mondas y el corazón lleno de semillas. Luego, un poco de paciencia; y, a ser posible, un niño mirando. En seguida, y a poco que nos fijemos, veremos la cocina llena de plumas, señal inequívoca de que por allí van y vienen los cisnes.
¿En qué destaca? Análisis literario y hermenéutica
Interpretación de los cuentos de hadas
La bondad que más aprecio de este breve ensayo es la capacidad de análisis de los cuentos y cómo los interviene con su experiencia. Cuenta de los cisnes, por ejemplo, que son una representación del alejamiento, de lo que hay más allá. En El patito feo, la bandada de cisnes representa que el patito ha encontrado a sus iguales, pero también representa una ida sin vuelta, un abandono. Igualmente, La reina de las nieves rapta a Kai en un carruaje de cisnes que lo alejan del pueblo y lo llevan al Palacio del Fin del Mundo.
El cisne, para Garzo, representa la idea de la muerte, pero no simbolizada, sino contemplada. Es decir, su libro no trata de desentrañar e identificar los recursos simbólicos de los cuentos, como si se tratara de un quirófano, sino que contempla su pasado como si contemplara un cuadro o un poema, y es en su trance, en su pausa, que encuentra una forma de pensar su vida a través de la literatura.
Es con este sentido que el autor titula su ensayo, El pozo del alma, pues alude a ese momento en el que el marciano de Bradbury se encuentra en un pozo del que no puede escapar, y ve a humanos que puede poseer para salir de allí, pero al mismo tiempo siente la angustia de no poder abandonar ese pozo que ha sido su hogar durante toda su vida.
Supongo que los libros se parecen a ese pozo, que es el pozo del alma. Alguien nos espera dentro, alguien que inmediatamente a través de la lectura toma posesión de nosotros, se sirve de nuestros miembros, de nuestro propio cuerpo para existir.
La memoria: el arte de hilar la palabra con la vida
Estos análisis son, en realidad, secundarios ante el verdadero cometido del ensayo: hallar en la realidad una manera de vislumbrar la literatura. A lo largo de su primer recuerdo evoca un sueño en el que su madre lo llama y él no llega hasta sus brazos. Al despertar, su madre corre a abrazarlo y a acunarlo contra su pecho. Para Gustavo Martín Garzo, la literatura no se encuentra en el sueño de la dama, sino en la recuperación de la cara real de la madre que el niño abraza al regresar de sus sueños.
Esta escena contiene todos los elementos que constituyen para mí la esencia de la literatura: el sueño, la noche, el delirio, y el cuerpo real. La extrañeza y el reconocimiento.
La literatura no es en ningún caso imaginación, como se dice siempre, sino memoria. Es recuperar algo que creíamos perdido, un saber acerca de nosotros mismos que nos es regresado. Y esa es la razón por la que amamos leer, porque la lectura es asistir al regreso.
¿Qué aspectos lo limitan? Bagajes y tristezas
La concisión de este ensayo impide, a diferencia de lo que respecta a las novelas, que pueda destacar un aspecto significativamente negativo. Sin embargo, considero que no es una lectura escolar. Esto lo comento a raíz de mi encuentro con este libro e intuir que fue, en algún tiempo, lectura prescriptiva del instituto en el que actualmente estoy trabajando.

Para acercarse a este maravilloso ensayo no solamente hay que tener un marco literario relativamente extenso —pues cita obras cuyos comentarios son inentendibles sin haberlas leído antes—, sino que uno debe haber vivido cierto tiempo de vida para apreciar la relevancia de un recuerdo. En mi alumnado he notado cierta nostalgia infantil que yo también tuve a su edad, pero en la raigambre de emociones que constelan el universo de un adolescente no se encuentra la tristeza, sino la ternura. La tristeza, en su expresión más honda, se va conociendo a medida que uno va viviendo.
Y este ensayo —y este autor, porque con El país de los niños perdidos sucede lo mismo— no está dirigido al niño o adolescente que está viviendo, sino al adulto que ya ha vivido y quiere volver, a través de las palabras, a vivir su pasado nuevamente. No es un punto realmente negativo, pero es un libro infructuoso desde una perspectiva escolar.
Conclusiones y opiniones
Disfruté íntima y solitariamente con El país de los niños perdidos y lo he vuelto a hacer con El pozo del alma. Es una lectura extrañamente digerible, pues está escrita con palabras que le otorgan un ritmo ágil, pero con ideas que requieren un largo momento para ser pensadas. En catalán existe un verbo para describir esto, pair —sin tilde, pero como si la i tuviera una—, que significa digerir algo, pero no en un sentido gástrico, sino emocional.
De este modo, El pozo del alma pertenece a una de mis categorías literarias preferidas: una lectura sencilla y accesible que deja, sin embargo, un enorme poso en el centro del espíritu. No divaga innecesariamente, ni hace alarde de tecnicismos académicos para explicar aquello de lo que quiere hablar. Sin embargo, en cada palabra se respira su pluma, y como si el lector fuese un niño, Gustavo Martín Garzo lo sienta junto al fuego mientras conjura suspiros y colores que hacen vibrar el alma y el pensamiento.

