Canción de Hielo y Fuego es, con toda seguridad, la obra literaria más importante de mi vida y, además, mi favorita. Con ella me aficioné a la lectura (y a otras muchas cosas) y, específicamente, a la literatura fantástica. En mi caso particular, primero fue George R.R. Martin y después vinieron Tolkien, Ursula K. Le Guin, Sapkowski, C.S. Lewis, Rothfuss, Abercrombie, Barbara Hambly, Naomi Novik y todos los demás.
Canción de Hielo y Fuego fue la que lo inició todo. He leído, por supuesto, los libros, incluyendo los textos pseudohistóricos (Fuego y Sangre, El Mundo de Hielo y Fuego) e historias cortas (Los Cuentos de Dunk y Egg). Por si fuera poco, los tengo en varias ediciones distintas (mis favoritas siguen siendo las de Gigamesh). He visto también varias veces las series de HBO, de las que además he escrito en varias ocasiones en esta misma revista. He pasado muchas horas escuchando podcasts, viendo vídeos y navegando por webs especializadas en el universo de la saga. Cientos, miles de horas acompañando a los personajes de Martin, creciendo con ellos y gracias a ellos, formándome como ser humano y lector.
Soy lo que probablemente podría denominarse un fan.
Y, como todos los fans, espero la salida de Vientos de Invierno.
Confundimos deseo con derecho: podemos desear cualquier cosa, porque el deseo es producto de las apetencias y la imaginación; pero no podemos tenemos derecho a cualquier cosa. Por tanto, podemos desear, y bien está, que G.R.R.M termine la saga; pero no podemos invocar el derecho a que la termine para nosotros.
El sexto volumen de la saga es probablemente la novela más esperada del mundo, tanto por la envergadura que le precede (cien millones de libros de la saga vendidos y otros tantos millones de espectadores de sus series) como por lo fundamental de su encaje dramático: sigue faltando el clímax de la historia de Poniente. Seguimos sin saber qué va a hacer Martin con Daenerys Targaryen, cuál será el destino real de Jon Nieve, si los Siete Reinos se sumirán en otra Larga Noche, o quién y cómo se sentará en el Trono de Hierro. Batallas inacabadas, personajes desaparecidos, profecías todavía por cumplirse… Mil incógnitas que serán respondidas en dos libros futuros, que llevan haciéndose esperar más de una década: han pasado casi quince años desde el lanzamiento de la quinta novela de la saga, Danza de Dragones, cuya trama corresponde aproximadamente con la temporada quinta de la serie (a partir de entonces, gran parte fue inventiva propia). El canon literario de Canción de Hielo y Fuego, por tanto, se encuentra encarando un nudo narrativo que se acerca hacia un final que se presupone apoteósico y climático.

Los motivos por los que GRRM no ha terminado Vientos de Invierno son variopintos. Primero, Canción de Hielo y Fuego es una saga de una complejidad dramática descomunal: son decenas de tramas complejizándose y entrelazándose continuamente, miles de detalles (nombres, casas, historias pasadas) que deben encajar a la perfección para mantener una consistencia interna que permita un mínimo de verosimilitud. Específicamente, el momento en el que se encuentra la saga al final del quinto libro es muy complicado dramáticamente: existen diversos nudos narrativos que implican a numerosos personajes cuya resolución satisfactoria, en tiempo y forma, es muy compleja.
Otro motivo importante por el que George R.R. Martin no ha terminado Vientos de Invierno es, probablemente, el gran trabajo que le ha llevado ser corresponsable y, en ocasiones, principal impulsor de algunas de las adaptaciones de HBO (Juego de Tronos, La Casa del Dragón, El Caballero de los Siete Reinos). El tiempo que requieren estas tareas, incluyendo también todas las promocionales y accesorias a la producción, debe no ser pequeño.
A ello se le suman varias cuestiones emocionales: muertes de amigos cercanos y diversos eventos traumáticos en la vida de un George R.R. Martin además muy preocupado por el estado del mundo. Porque recordemos (y es necesario recordarlo) que los escritores son seres humanos, sintientes y falibles, y no meras herramientas para colmar nuestros deseos.
Porque, por supuesto, hay un motivo especialmente importante: las presiones ejercidas por los fans. Daría un brazo, o una pierna, a elección de un tercero, por leer el sexto libro de la saga. Como todos. No obstante, lo que ha sucedido en estos últimos tres lustros, desde que se lanzó el último libro hasta hoy, ha sobrepasado muchos límites y ha derivado en un problema mayor al de la obra de Martin: la ponzoñosa relación de los fans con las obras que aman y los autores que las engendraron. Como Annie Wilkies en Misery de Stephen King, los fans de Canción de Hielo y Fuego han querido retener a GRRM como rehén, presionar para que escriba más rápido y, a ser posible, en los términos que ellos prefieran. Los fans, como masa informe y descabezada, han secuestrado la obra que aman y las fuentes de las que brota. Fruto de un infantilismo desorbitado, el fan promedio de las ficciones contemporáneas cosifica a los autores y simplifica las obras culturales hasta que quedan relegadas a meros productores y objetos de consumo, respectivamente. No sólo nuestro supuesto (e inventado) derecho a saber qué pasará parece ser mayor al bienestar personal de los autores, sino que anteponemos el placer cortoplacista a las propias dinámicas inherentes a la escritura literaria. En este sentido, habría quien prefiera una obra mediocre o una obra escrita por la IA que le satisfaga a una obra autoral inacabada, o incluso una obra acabada pero publicada a un ritmo lento.
Confundimos deseo con derecho: podemos desear cualquier cosa, porque el deseo es producto de las apetencias y la imaginación; pero no tenemos derecho a cualquier cosa, en tanto que los derechos son fruto de contratos sociales. Por tanto, podemos desear, y bien está, que G.R.R.M termine la saga; pero no podemos invocar el derecho a que la termine para nosotros.

George R. R. Martin and the Creative Process. ©Chad Lewis
Entonces: ¿qué nos debe George R.R. Martin? Nada. La producción de la obra es, como no se cansa en recalcar, suya. No quiere esto decir que la teoría de la muerte del autor no aplique en el caso de Martin, y precisamente aplican más que nunca en el caso de Martin: es una obra megapopular que ha sido ya interpretada y aprehendida de mil formas distintas más allá de las ideas originales de GRRM, tanto que su creación (su legado) ha permeado hasta la cultura popular y es una catedral que nos pertenece a todos. Pero sólo en cierto sentido, y aquí está el matiz importante: la muerte del autor es una cuestión casi inmaterial, en la que la obra, una vez nacida, se desliga del autor y toma corporeidad propia; la obra y su interpretación son algo que ya no queda en manos únicamente del autor y su intencionalidad. Pero es capcioso aferrarse a ese concepto filosófico para ejercer una presión desmedida sobre el proceso de escritura de un tercero, en este caso GRRM, que no debe su labor a nadie más que a sí mismo. Que, por ejemplo, Tormenta de Espadas sea desligado del propio GRRM y tome entidad propia y pública, siendo interpretable y creciendo horizontalmente, es algo muy distinto a que tengamos potestad alguna para exigir una nueva entrega por el mero hecho de que nos ha gustado mucho un libro o hayamos pagados unos euros por el derecho a leer ese libro y tener esas páginas en nuestra estantería.
La obra es de Martin en cierto sentido, y nuestra en otro sentido muy distinto: podemos hacer fanfics (aunque a él mismo no le gusten); nuestros libros físicos son, efectivamente, nuestros; podemos interpretar las ambigüedades de la trama o sus temas a conveniencia; es legítimo elaborar las teorías que nos apetezca. Pero no somos dueños del proceso creativo de Martin, ni señores legítimos de obras que todavía no han aparecido, ni tenemos derecho alguno sobre los autores.
Las presiones de los fans son, en cierto modo, un producto exacerbado por el capitalismo tardío en el que vivimos. Las obras de arte son consideradas objetos de consumo; los autores, poco más que mercachifles a nuestro servicio. El cliente siempre tiene la razón es uno de los lemas de la cultura capitalista. Este lema hace tiempo que permeó al mundo cultural: el lector, el fan, es un cliente que exige como un irracional mecenas, creyéndose poseedor no sólo de su ejemplar y su interpretación de la obra sino también del proceso creativo de los autores. Creemos que nuestra suscripción a HBO, nuestra estantería repleta de volúmenes o nuestras largas horas en internet teorizando sobre el final justifican todas nuestras presiones. Tanto como para hacer un change.org firmado por casi dos millones de personas para rehacer una temporada completa de una serie porque no nos ha gustado. Vivimos tiempos de escasez de paciencia, de exceso de estímulos y positividad comercial, de ausencia de fricciones artísticas: no queremos la existencia de nada que no sea para nosotros y como nosotros queremos; no nos podemos permitir que exista lo que no nos gusta; y queremos que exista siempre lo que nos gusta, a cualquier precio.
En un contexto donde buscamos desesperadamente contenido como placer cortoplacista, nuestro papel como lectores/espectadores ha cambiado.
Las empresas ligadas a lo cultural (productoras, editoras, firmas discográficas) lo saben; y saben que deben contentarnos, y adecuar el arte al molde del contenido, a algo consumible pero liviano en términos culturales. La Inteligencia Artificial generativa cumple exactamente esa misma función: la ausencia de intencionalidad autoral que caracteriza al arte es sustituida por productos instantáneos y hechos a medida de nuestros gustos, que no permiten ir más allá del placer cortoplacista, de apagar un cerebro castigado por los sinsabores laborales, la deriva autoritaria del mundo o la crisis ambiental. Queremos, en el fondo, más de lo mismo, más de aquello que nos da placer y refugio; en este caso, Vientos de Invierno es el eterno refugio que esperamos, el príncipe prometido que nunca llega y por el que agitamos las antorchas, por el que justificaríamos quemar aldeas y colgar a los gobernantes.

En un contexto donde buscamos desesperadamente contenido como placer cortoplacista, nuestro papel como lectores/espectadores ha cambiado. No buscamos en la lectura (la de Martin o cualquier otra) una escalera para construir nuestra afición a largo plazo, sino un modo de colmar nuestras expectativas a corto plazo.
Nos interesa el qué pasará, no el cómo, ni el por qué. El ejemplo de Canción de Hielo y Fuego es paradigmático: la saga es un enorme viaje, una vasta confluencia de arroyos que desembocan en un mismo cauce tras miles de kilómetros recorridos. En la saga de Martin lo importante es, sin duda, el camino, los procesos transformadores de los personajes y los nuestros con ellos. Al rey que gobierne Poniente al final de Sueño de Primavera le acabará sucediendo otro, y quizá dentro de 200 años la realidad de Poniente sea otra totalmente diferente. Y no leeremos eso, porque no tenemos por qué leer absolutamente todo; porque no es necesario. Y, por supuesto, quiero hacerlo, y no quiero restarle irracionalmente la importancia que tiene. El final es importante en tanto que da sentido al conjunto a nivel dramático y reformula mucho de lo anterior, más en una saga épica; pero no lo es todo, ni me atrevería a decir, donde deberíamos tener el foco. En una saga donde el viaje y los procesos erosivos y transformadores son el núcleo literario, estamos tan pendientes de los destinos particulares de los personajes que no vemos el camino ni dejamos respirar a quien lo hace posible. Nuestra obsesión por llegar a destino está contribuyendo a que nunca lleguemos a él. Martin está explícitamente atosigado por los fans y la presión de la industria cultural, incluyendo la de sus propias series de televisión. En un clima así de irrespirable, es difícil construir una novela de esa envergadura.
¿Cuánto se ha estado hablando, a lo largo de estos interminables quince años, del estilo de Martin, de las cualidades de su prosa o su gran capacidad de construcción de mundos? ¿Cuánto se ha hablado de sus otros libros, algunos de ellos excepcionales (Sueño del Fevre o Muerte de la Luz, por ejemplo)? ¿Cuánto tiempo estamos dedicando a la obra ya publicada de Martin y cuánto a nuestras ansiedades editoriales? ¿Dónde debería estar nuestro foco?
No sé si leeremos Vientos de Invierno o Sueño de Primavera alguna vez. Deseo y quiero creer que sí, pero igualmente quiero que pare esta bola insoportable que está haciendo irrespirable todo. En esta espera a lo largo de quince años el mundo está cambiando, los fans también, y en el proceso estamos descubriendo errores y horrores. Invito a la relajación, porque por muy fan que uno sea, debe ser consciente de lo irracional de sus propias ansiedades. No habrá forma de que Martin termine sus novelas si los fans no abren la mano y mantienen su apoyo a la vez que rebajan sus expectativas. Aunque no las terminase, y especialmente si no las terminase, cabe pararse a reflexionar sobre nuestro papel como fans y cómo nos relacionamos con el arte y los procesos creativos. Toca madurar como lectores y personas en el mundo.
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