Basado en hechos reales es un reclamo de muchas películas, series, libros y videojuegos. Trata de decirle de manera meridiana al espectador que aquello que va a consumir ocurrió en algún momento. Y, como ocurrió, es verdadero. Y, al ser verdadero, la impronta que debe dejar en nosotros, las ideas y enseñanzas que recopilemos de la obra han de ser más y mayores.

Pero lo cierto es que esa coletilla es una herramienta más de mercadotecnia. Porque el arte no habla de la realidad; el arte interpreta la realidad, la procesa y la devuelve en forma de verdades. Absolutamente todo producto artístico, desde los movimientos pictóricos vanguardistas hasta el documental cinematográfico que pretende la imparcialidad absoluta, están procesados por personas con unas ideas, unos talentos, unas preferencias y unos objetivos concretos. En cine, en el mismo momento en el que el director decide que la escena se va a grabar con un plano secuencia y no montando tres planos a corte, está decidiendo sobre el mensaje que quiere mandar y cómo lo quiere mandar. Si un libro se dice histórico, podrá describir con precisión hasta la más escondida fachada de la casa más recóndita de la ciudad más extraña de la Europa medieval, pero la estructura de las escenas, la escritura de los diálogos, la construcción de los personajes son cuestiones sujetas a un interés creativo que no refleja ninguna realidad en el sentido estricto de la palabra.

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Pero la imposibilidad de representar de manera fiel la realidad no impide trasladar todo tipo de ideas. Es más, en ocasiones es más efectivo alejarse de cualquier pretensión de realismo para transmitir las ideas de manera más directa. El expresionismo, por ejemplo, es un movimiento pictórico que pretende representar sentimientos de la manera más exacerbada. Para ello, la distorsión de la realidad se hace evidente, pero a su vez mana de las obras una verdad subterránea que hace imposible que cualquiera de nosotros no vea algo en El Grito (Munch, 1893), aunque no sepa qué, de la misma forma que cuando vemos Un Chien Andalou (Luis Buñuel, 1929) comprendemos que algo está funcionando, sin saber exactamente cómo.

En el comienzo de Ulrica, un relato incluido en la antología El Libro de Arena (Jorge Luis Borges, 1975), Borges nos habla de la naturaleza del relato: «Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis». Podemos extrapolar estas afirmaciones al arte en general: al escribir, al montar, al diseñar, al tocar no contamos cómo es la realidad, contamos qué nos parecen ciertos aspectos de la realidad. Es la razón por la que dos directores de cine, con el mismo guion, pueden hacer películas extraordinariamente diferentes, que llegan al espectador de formas completamente distintas.

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En videojuegos es difícil encontrar interés por el realismo estricto, probablemente por su tendencia histórica a lo hiperbólico y lo despreocupado, pero sí nos pueden servir muy bien como ejemplo los juegos del Team Ico para demostrar justamente la otra vertiente. Ninguno de ellos pretende parecerse lo más mínimo a ninguna realidad más allá de una realidad mitológica. De hecho, Fumito Ueda trabaja en base al diseño por substracción: elije unos cuántos elementos de diseño, los que a él interesan, para construir una experiencia sobria y sencilla, sin artificios; y son videojuegos que encierran verdades tan evidentes que penetran con facilidad la conciencia del espectador. El hecho de diseñar, es decir, de elegir qué elementos van a formar parte de la experiencia y cuáles no, supone digerir y deglutir la realidad que el autor ha procesado anteriormente, sus vivencias y experiencias previas.

No hay, por tanto, ninguna realidad que el arte deba mostrar. La realidad se muestra a sí misma, no le corresponde al autor hacérnosla llegar. Al autor le corresponde empaparse de ella y ofrecernos las verdades que nacen de sus inquietudes.


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2 thoughts

  1. Es verdad que la verdad verdadera, en verdad, no es cierta, xD. Todos contamos nuestra verdad, la que se encalla en nuestro filtro. La que percibimos. En ocasiones, incluso adecuándola a nuestros intereses; la que nos conviene. Hay quien incluso va modificando su verdad cada vez que la cuenta, de modo que, para el oyente que la escuchó la primera vez, resulta chocante descubrir que en la última versión expuesta, el mismo narrador ha ido añadiendo matices, cambiando detalles, exagerando datos. Creo que, en la práctica, la verdad se pierde un segundo después de haber sucedido. Por tanto, una verdad contada, difícilmente se mantenga intacta. No importa el medio artístico empleado; ya sea el simple boca a boca, el guión de un libro, una filmación… Y coincido contigo en que en una adaptación artística residirá, necesariamente, el principal interés de contar “la verdad”, y recaerá en el talento del comunicador-narrador-artista-guionizador… Sin duda, el responsable de dotarla de interés artístico, que es de lo que realmente se trata.

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    1. Me recuerda a algo que decía Orson Welles. En alguna entrevista iba a contar una anécdota y dijo: “¡Ya no recuerdo cómo la conté la última vez!”, a sabiendas de que él era, sobre todo, un mago y un cuentista, y la realidad como tal importaba poco.

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