Desde hace varios meses mis estanterías se están llenando de una cantidad cada vez más inmanejable de DVDs de segunda mano. Estoy formando con particular entusiasmo una pequeña colección de películas de terror asiático que van desde lo desconocido a lo conocido, pero descatalogado: Pulse, Cure, Séance, Dark Water, Shutter, The Eye, Ju-On, Llamada Perdida… DVDs que busco y rebusco tanto en tiendas físicas como en páginas web de compra-venta. Disfruto el proceso pese al tedio que en muchas ocasiones supone; creo, realmente, que esa misma aspereza del proceso es lo que le da encanto, pues la búsqueda suele dar sus frutos a largo plazo y esos frutos son en última instancia una película que abrazo, disfruto y exploro con entusiasmo y ganas.

Nunca he sido un fetichista del formato físico, aunque tampoco un detractor. Supongo que siempre me ha gustado más que disgustado, y mentiría si no dijese que no miro con cierto orgullo mis colecciones de libros, películas y videojuegos. Tampoco siento una nostalgia excesiva por tiempos mejores, donde lo analógico era predominante. Curiosamente, mi entusiasmo por comprar DVDs es bastante reciente, precisamente cuando más marginal es hacerlo. Precisamente ocurre que mi entusiasmo no viene dado por el mero hecho de «coleccionar», sino que es una mezcla de razones prácticas y emocionales que poco tienen que ver con la nostalgia o la acumulación indiscriminada de productos para hacer lucir una estantería.

Empecé a recuperar DVDs de terror asiático por una cuestión práctica: son por lo general películas inaccesibles, descatalogadas y difíciles de encontrar en plataformas de streaming. La piratería, en este sentido, ha hecho mucho por la conservación de estas películas, especialmente de las más minoritarias. Así pude ver Pulse o Dark Water por primera vez, antes de saber que se convertirían en dos de mis películas favoritas. No obstante, piratear es a largo plazo ajetreado y estomagante: la mayoría de estas películas son difíciles de encontrar, tienen calidades pésimas, subtítulos incorrectos o mal sincronizados, y en ocasiones desaparecen y aparecen de internet y no sabes cuándo vas a poder volverla a ver. El DVD me da la posibilidad no sólo de tener la película (el disco y su caja), sino la posibilidad de verla cuando me plazca y en las condiciones que yo mismo cree. Me hace agente activo y decisivo. Aunque pueda parecer paradójico, me hace tener el control de mi tiempo a la vez que me obliga a dedicar más tiempo a la tarea de indagar y seleccionar qué ver, buscarlo y finalmente comprarlo. Las plataformas de streaming y la eterna conexión a internet hacen justo lo contrario: las plataformas, al menos las más comerciales, orientan mis visualizaciones en base a complejos algoritmos estadísticos y herramientas de mercadotecnia. Todo está disponible, y a la vez parece que nada lo está; son aparentemente ilimitadas en términos cuantitativos, pero profundamente pobres en términos cualitativos; seleccionan en base a la capacidad comercial de sus productos, generando un canon de lo mainstream que deja fuera a cientos de obras relegadas poco menos que a la deep web y las estanterías mohosas. Sin despreciar sus ventajas, ya que yo mismo veo muchísimo cine y series a través de ellas, asumir que son el alfa y el omega de la alfabetización cultural es claramente limitante. Por eso compro DVDs: porque realmente no hay muchas alterativas cómodas y decentes hoy en día de ver esas películas y, por tanto, expandir mi dieta cultural hasta donde yo quiero expandirla, es decir, más allá de los fluctuantes y sesgados horizontes de las plataformas.

En una era de contenido infinito que nos llega pasivamente, la búsqueda activa entre lo limitado puede resultar gratificante y edificante.

Este proceso de búsqueda y selección casi infinita también trae algunas ventajas emocionales más abstractas, pero creo que ampliamente compartidas: el hecho de ser uno mismo, como agente activo, el que busca qué ver y cómo verlo despierta un interés genuino e inocente de forma mucho más radical que el actuar simplemente como un consumidor pasivo, algo muy extendido en la actualidad debido no sólo a las plataformas culturales de suscripción mensual sino a las redes sociales que incorporan scrolling de contenidos verticales.

Por otro lado, además de lucir una estantería, creo que hay algo atávico en el formato físico. Las personas estamos estrechamente atadas tanto a los símbolos e imágenes inmateriales —por ejemplo, la película en sí misma— como a los tótems físicos que solidifican nuestras experiencias y aspiraciones. Por eso guardamos recuerdos físicos de seres queridos, porque de alguna forma son la canalización más obvia para los recuerdos inmateriales que representan. De la misma forma, una película o un libro que se puedan ver o tocar son capaces de generar una atadura mayor a la experiencia inmaterial que contiene. Ocupan un espacio físico que las hace más difíciles de olvidar, y acceder a ellas implica un pequeño ritual que sirve como preparación mental. Si bien estas ventajas emocionales pueden ser muy variables debido a las distintas sensibilidades personales de cada uno, sí resulta evidente que la proactividad derivada de lo físico-analógico y los límites que implican tienen una serie de ventajas que como mínimo son complementarias e irremplazables a otras formas de acercamiento a la cultura. En una era de contenido infinito que nos llega pasivamente, la búsqueda activa entre lo limitado puede resultar gratificante y edificante.

Image by Andrzej Rembowski from Pixabay

Por tanto, no es nostalgia; al menos, no es lo importante. Las referencias culturales del pasado despiertan nuestra nostalgia en tanto que nos hacen retrotraernos a una época más cómoda, predecible y confortable para nosotros, normalmente la niñez, la adolescencia o la juventud. Es cierto que, para mí, esa época coincide con la de todas estas películas de los 90 y los 2000; pero no siento ninguna necesidad de volver a esa época, ni experimentarla de nuevo por el mero hecho de volver a hacerlo. La vuelta no debe ser al pasado, sino exclusivamente a aquellas bonanzas que hemos perdido, independientemente del contexto histórico en el que surgiesen y nuestra posición en él.

Curiosamente, algunas de las películas de terror que citaba antes abren la puerta al terror digital por primera vez, en una época —finales de los 90 y principios de los 2000— en los que el auge de internet, la interconexión digital y las nuevas vías de comunicación telemática abrían un horizonte inexplorado lleno de incertidumbre e inquietudes. En los albores de internet y lo puramente digital, todo era posible: lo bueno y lo malo. Era un contexto en el que la trayectoria exponencial del desarrollo tecnológico podía ir hacia cualquier lado. La tecnología de comunicación global era puro potencial, de forma que se abrían desde las vías más positivas en busca de un mundo mejor, más democrático y lleno de posibilidades; hasta las posibilidades de un apocalipsis tecnológico o un transhumanismo que se volviese en contra de la propia humanidad una vez superada ésta. Dentro de estas vertientes menos positivas, el género fantástico empezó a imaginar cómo los fantasmas utilizaban los móviles, se transmitían a través de disquetes o nos observaban a través de cámaras y pantallas. La incorporeidad romántica del fantasma se transformó en incorporeidad digital en la era del (viejo) nuevo internet. Los temores ocasionados por internet y la tecnología aparentemente imparable se destilaron en unas obras culturales preocupadas por las potencialidades de la intercomunicación global.

Hoy en día podemos cotejar algunos de esos temores que exponían esas películas del nuevo milenio. Aunque los fantasmas no se dispersen a través de archivos, sí que es cierto que las promesas prometeicas de aquel internet han acabado ampliamente incumplidas. Lo que debía ser una liberalización absoluta del conocimiento y una democratización de las capacidades humanas, ha acabado siendo un aparcelamiento para grandes magnates que utilizan las plataformas como mecanismos publicitarios y de cara al sofisticado control de la información social y los datos de los usuarios, con la rentabilización monetaria como condición necesaria y fin último. El internet democrático se ha convertido en un monstruo que nos atormenta, al menos parcialmente. Sin deslucir sus bondades inherentes (el acercamiento entre comunidades minoritarias, el conocimiento casi ilimitado en todos sus formatos, etc.), la balanza de internet está cada vez menos desplazada hacia el bien social y más hacia el beneficio económico de las grandes compañías, arrasando y rebasando todas las ideas puras y positivas que tenían los primeros usuarios y creadores de internet.

Por ello surgen ideas como los «jardines digitales», que sirven como refugio frente a la marabunta digital de la conexión permanente y el contenido fluctuante. Vuelven los blogs y las newsletter a la antigua usanza. O se crean redes sociales alternativas que, aunque minoritarias —o precisamente gracias a ello—, aparecen como opciones razonables, más sosegadas, personalizadas y seguras. Internet sigue siendo puro potencial; potencial que se usa para las más viles hazañas en los tiempos que corren; pero ese potencial puede seguir generando frutos positivos.

Entre tanto, lo analógico, lo físico y los elementos digitales que controlamos enteramente se están volviendo un pequeño refugio, no debido a la engañosa y fútil nostalgia, sino a una combinación de razones prácticas y emocionales. Reivindicar el DVD no es reivindicar el DVD, que es un objeto histórico superado y una tecnología inherentemente fungible; más bien, reivindicar el DVD es reivindicar las dinámicas más sosegadas, concretas y completas. Lo importante no es el DVD, porque podría ser un VHS o un Blu-Ray o un archivo en nuestro disco duro. Lo importante es tener la posibilidad de no depender de las recomendaciones de Spotify o Netflix, de no ser bombardeado con anuncios constantes, de no verte eterna y continuamente conectado a un enfermizo macroentorno global; el tener, en definitiva, agencia propia, ritmos más personales, espacios más amplios para la reflexión y la asimilación. Tener más límites, quizá, porque no necesitamos en absoluto más cantidad sino más calidad y espacio para discernir entre lo que la tiene y lo que no.

Reivindicar los espacios artístico calmados y las dinámicas culturales más saludables nada tiene que ver con la nostalgia, que de hecho es paralizante y profundamente conservadora; más bien, reivindicar lo analógico desde el presente es reivindicar potenciales paisajes alternativos una vez superado ese pasado nostálgico. Las dinámicas emocionales y prácticas que nos brindan lo analógico y lo digital desconectado de internet y sus dueños son reivindicables per se, y pueden informar para la construcción de un futuro mejor. No hay que volver al DVD ni los 2000; porque es el DVD, sino la experiencia que de él deriva; no es el pasado nostálgico, sino los visos de un futuro donde nuestra relación con la cultura sea nuestra, de cada uno, y de todos.


¡Espada y Pluma te necesita! Apóyanos en Patreon o Ko-Fi.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es patreon.jpg

SOBRE EL AUTOR

Deja un comentario