Abejas grises
Título original:
Сурые пчёлы
Autor:
Andréi Kurkov
Editorial:
Alfaguara
Número de páginas:
416
Año de publicación:
2022

Serguéi Sergueich es un apicultor ucraniano que, cuando la guerra comenzada por Rusia en 2014 llega a su pequeña localidad, se niega a marcharse. Su mujer le abandonó, llevándose consigo a su hija en común. En su pueblo, Malaia Starogradovka, tan sólo continúan viviendo Serguéi y Pashka. Arrastran una peculiar mezcla de amistad y enemistad desde el colegio, y ahora las circunstancias han decidido que sean los únicos habitantes del lugar donde han crecido. Las condiciones no son propicias para permanecer viviendo allí, debido a la escasez de electricidad, recursos de todo tipo, y los constantes bombardeos. La decisión de vivir en un lugar así es algo difícil de comprender para quien nunca ha estado en esa posición, y quizás sea imposible transmitir esa experiencia de forma escrita.
Situar la acción de tu historia en pleno conflicto bélico conlleva llevar la política a un primer plano de los sucesos. Andréi Kurkov lo hace, sin duda, pero también logra que la narrativa y la fuerza de los personajes sean quienes dirijan su pluma. Al igual que ocurre en la vida de una persona corriente, una guerra es algo que escapa a nuestro control, a nuestra rutina de ser humano que trata de lidiar con los problemas cotidianos. Serguéi trata de centrarse en lo que es importante para él en esa situación: comida, sus abejas, y su casa. Pashka hace lo propio con sus quehaceres. Y es que, aunque puede resultar poco natural de leer, por cómo estamos acostumbrados a la retórica del personaje novelesco, una guerra no hace que los problemas simples de la gente normal dejen de existir.
De este modo, todas las personas a las que Kurkov da vida mediante sus palabras, resultan chocantes en primera instancia. Cuesta entrar en ellos porque no están jugando a interpretar un papel de una obra de teatro, sino que provienen de una experiencia más visceral. Cometen torpezas y realizan acciones que no tienen por qué servir a la historia misma, se limitan a ser tal como serían, en caso de existir; porque de algún modo existen, aunque sea con otros nombres y otras caracterizaciones.
El narrador, en este caso, se limita a servir de guía entre nuestros ojos y Serguéi. En una historia en la que está sucediendo algo tan global alrededor, esto provoca que transitemos las dificultades del protagonista con su misma fragilidad e incertidumbre. No saber cómo vas a calentarte en invierno, o si el sonido de las explosiones se detendrá antes del anochecer, son motivos para una tensión que las historias de Lovecraft no podrían conseguir. Cuando los miedos forman parte de la rutina, parece que debas normalizar el horror para tratar de sobrevivir, pero hay cosas que nunca pueden ni deben llegar a normalizarse.
En todo el elenco de personajes secundarios, podemos encontrar personalidades que abarcan y definen la complejidad del conflicto en el que se encuentran. Reacciones tan humanas como la confusión y el autoengaño son el pan de cada día, y en ocasiones ni ellos mismos se creen lo que están haciendo, porque ni siquiera tienen claro lo que está sucediendo a su alrededor. Somos pequeños, muy pequeños, y apenas podemos sobrellevar la magnitud de nuestra propia supervivencia. Lo que reflejan las acciones de las personas que habitan en esta historia es una realidad carente de color y seguridad. En lo que parecen líneas de diálogo simples, leyendo más de cerca acabamos encontrando a personas que tienen miedo incluso de decir una palabra fuera de lugar.
No debe haber sido una traducción fácil, ya que la forma de hablar de los personajes es parte de su carácter, y Esther Cruz Santaella hace un trabajo espléndido. El contexto cobra una gran importancia en una obra de este tipo, y el lector puede sentirse tentado de entrar en materia mediante otro tipo de libros provenientes del ensayo. Sin embargo, debido a la particularidad del conflicto, puede resultar más conveniente leer esta obra sin ningún tipo de conocimiento previo, antes de hacerlo con la información errónea.
La historia de Sergueich es una mezcla de miel y vodka, de mezcolanzas étnicas y dudas existenciales en mitad de una resaca. Fronteras y caminos cortados, sobornos y corrupción. En ocasiones puede ser difícil de comprender lo que ocurre si no se es capaz de ser benevolente con las contradicciones y lo absurdo del ser humano.
‘Abejas grises’ es una novela que no busca un filtro narrativo para ganar nuestra empatía, simplemente es una novela que sucede, como asomarse a la ventana y ver un avión que está apunto de dejar caer una bomba sobre tu edificio. Cuando se trata de contar lo inenarrable, hace falta que quien escribe lo haga con sinceridad, con el corazón más que con la cabeza. Kurkov puede no gustar al lector que se sienta atraído por la narrativa más envolvente y artificiosa, mientras que ofrece un testimonio y una naturalidad que difícilmente puede encontrarse en otra parte.
“La ansiedad se apoderó de Sergueich a primera hora de la mañana, quizá incluso aún durante la noche. Después de todo, se había despertado dos veces antes de que amaneciese y las dos por la misma pesadilla: que se retorcía de dolor intoxicado por el alcohol, que le temblaban los tobillos y tenía el estómago del revés, que alguien le había metido la boquilla de un inflador por la oreja y bombeaba aire con furia”.

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