
—Si yo soy creyente, pero no he podido evitarlo.
El comisario O’Phan no parecía convencido. De hecho, se quitó las gafas, se estrujó los ojos con el índice y el pulgar, y se dedicó a ver lucecitas para calmar los nervios. Lo que fuera por no seguir con la vista fija en aquella detenida. Le estaba poniendo los nervios de punta.
El comisario tenía un montón de experiencia en ese tipo de casos. Había visto de todo. Creyentes que no creían. Creyentes que creían mal. Creyentes que creían creer pero no. Lo que al parecer le había faltado hasta el momento (y ya podía apuntarlo en la lista de cosas vistas que ocultaba en el cajón de su escritorio) era un creyente que creyera pero le diera igual. Suponía que sencillamente se había dejado llevar demasiado. O que su fe no era realmente fuerte. O cualquier cosa, si es que ya no podía dar nada por sentado. Notó que la detenida se removió en la silla, al otro lado de la mesa.
—Señorita Muffin… —empezó a decir, sin dejar de mirar las lucecitas que se movían justo ante sus retinas.
—Mefis… —le corrigió ella, con su vocecita suave.
—Lo que sea. Señorita, me dice usted que pese a ser creyente no ha podido evitarlo. Y esperará que me lo crea, supongo.
—Me gustaría mucho, señor.
—Ya. A mí me gustaría que su historia no fuera una mierda. Y que su excusa fuera un poco más sólida que “no he podido evitarlo”. Es que con esto me va a saber mal hasta llamar al fiscal, ¿sabe?

—Bueno, pero es que es la verdad. Mi abuelita siempre me dijo que no debía mentir a la policía. Eso está mal —el comisario apartó la mano, renunciando a la felicidad que le proporcionaban las lucecitas y, sin ponerse las gafas, miró a la chiquilla que tenía delante. Parecía tener doce años, pero el comisario sabía (porque lo habían anotado en la ficha policial) que tenía casi sesenta.
—Ya. Pero contarles una historia de mierda también. Y habría estado bien que su abuelita le hubiera dicho que el culto de Zalde prohíbe explícitamente las relaciones con… Ya sabe, con esas criaturas.
—Tonegas —puntualizó la joven. Sesenta años para una seguidora de Zalde no era nada, la esperanza de vida del colectivo estaba por los doscientos. Tenía una larga vida por delante. Una vida llena de relaciones que le traerían problemas con las fuerzas del orden.
—Mire, es que las tonegas son una especie protegida.

—Me da igual. Son capaces de razonar igual que usted y yo. Y tienen una psicología apasionante. ¿Sabía usted que el primer instinto que tienen al ver un nigripes es el de cogerlo y acariciarlo? ¡Sólo quieren hacer sentir bien a la criatura más pequeña y mortífera que podrían encontrar!.
El comisario dio un respingo.
—Señorita, me da igual. El caso es que no puede ir usted por ahí intentando reproducirse con esas criaturas, porque le traerá problemas. Con su culto y con la ley.
—Zalde predica el amor y la libertad sexual —dijo ella, torciendo el gesto.
—Sí, pero no entre especies. Ande, rellene este formulario y podrá volver a su casa. Y, por lo que más quiera, manténgase alejada de las… tonegas.
Le acercó una hoja de papel de alga y un lápiz. La joven alargó dos de sus diez brazos para rellenarlo. Tenía cara de mal humor. Pero es que las cosas no se podían hacer a las bravas. Eso podría traer consecuencias horribles para las especies. Y además, eran tonegas. ¡Tonegas, por todos los dioses! Que eran casi como desastres vivientes pero con extremidades, criaturas tan estúpidas que se divertían buscando su autodestrucción. Había sido necesaria la cooperación de varias razas para frenar su suicidio masivo, y había costado milenios que se recuperaran, así que las razas seguían teniendo que intervenir periódicamente para evitar desastres. Eran un pozo de fondos galácticos, buena parte de los presupuestos centenarios de cada raza iba a parar a evitar que aquellas criaturas se matasen entre sí, porque eran tan estúpidas que, por mucho que una generación aprendiese que matarse entre sí estaba mal, la siguiente lo había olvidado ya. No servía de nada. La detenida dejo la hoja y el lápiz sobre el escritorio.
—Venga, vuelva a casa —la joven se levantó, alisándose la falda. Justo antes de salir del despacho del comisario Celestino O’Phan, se giró, y le dijo algo que el comisario no olvidaría en bastante tiempo.
—¿Sabe? Son criaturas fascinantes. Incluso tienen una palabra para nombrarse a sí mismos… Humanos
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