Sin saber cómo había llegado hasta allí, agaché la cabeza y lo vi. La oscuridad espesa bramaba como las olas. Un conjunto de mil voces susurraba de manera ininteligible y profería sonidos guturales desde lo más profundo del abismo. La fuerza de aquellas voces me empujaba hacia abajo. No quería caer; no sabía qué estaba pasando. Pero no podía echar la vista atrás, ni adelante. Sólo podía mirar la negrura. La miraba de hito en hito hasta que se hizo extrañamente familiar; las voces se fueron aclarando y empezaba a escuchar. “Ven”, decían, cada vez con más fuerza. Poco a poco comprendí que esa negrura era parte de mí; era lo que me correspondía. Me pertenecía y yo le pertenecía a ella. Le hice compañía mucho tiempo, tanto como ella a mí. Había decidido ser uno con ella hacía tiempo.

 

Entonces la negrura desapareció de repente. Ante mí se alzaba una montaña. Un monte inmenso que tenía un claro inicio, pero cuya cima era imposible atisbar. Miraba atónito hacia arriba y en derredor, pero no había más que la montaña y yo. La elevación era de piedra viva, empinada de principio a fin y visiblemente escurridiza. Entonces supe que tenía que escalarla: no había otra opción.

 

Comencé con el vigor de un muchacho, profiriéndome gritos de ánimo a mí mismo y dando amplias zancadas. Los primeros metros, las primeras horas fueron especialmente sencillas. Fue entonces cuando encontré un saliente que me podría servir para descansar y guarecerme del frío que ya empezaba a sentir en los músculos.

Mi mayor error fue plantearme la situación. En un intento de racionalizar mi ascenso, supe que jamás lo lograría. Estaba sólo, y únicamente había subido unos cuántos metros de, probablemente, miles. Comencé a estar extenuado. Los nervios me recorrieron la espalda y traté de calmarme apoyando la espalda contra un muro vertical que había formado la montaña. Cuando me hube tranquilizado, anduve hasta el precipicio y observé el fondo: el abismo había vuelto a aparecer, ahora más negro que nunca. Rodeaba por completo la base de la montaña, lo cual me impedía por completo un descenso sin ser engullido inevitablemente por el abismo. Me armé de valor, pero no de fuerzas, y retomé la marcha. Ahora caminaba más lento. El cuerpo me pesaba horrores, cada vez me costaba más respirar y la cabeza me daba vueltas. Comencé a divagar en mi propia mente. Por aquí y por allá, aparecían y desaparecían sombras, seres que no sabía si eran fruto de mi propia imaginación u obra de la montaña. No sabía qué querían; no sabía si les era indiferente o estaban allí por mí. Pero me sentía observado, y la presencia de estos seres sólo acentuó mi soledad. Eché a correr hacia delante, con las pocas fuerzas que tenía. Cerré los ojos y confié mi destino a la suerte.

Cuando quise abrirlos me encontré en la más absoluta oscuridad. Giré sobre mí mismo hasta que alcancé a ver una tenue luz unas decenas de metros más allá. Comprendí que aquello era una cueva en el interior de la montaña. Me decidí a salir de ella cuando me paré en seco. Reparé en que el frío de fuera no penetraba en la cueva. El aire de su interior era cálido y amable. Me sentía relajado y fortalecido en aquel ambiente. ¿Tenía sentido volver?

No, no lo tenía. Me quedaría allí. Era mejor que el insufrible exterior. No vería nada: ni sombras, ni a mí mismo. Podía sentarme y, simplemente, permanecer.

 

Pasé meses en esa cueva. Me convertí en un ser indiferente al mundo. Mi mente al principio se nutría de recuerdos para procesar, pero poco a poco se fueron gastando y no había más estímulos con los que avivarla. El ambiente de la cueva consiguió hacer de mí un ser sin inquietud. Sólo un ser que espera no esperar nada.

 

Un día, aparentemente aleatorio, la oscuridad de la cueva comenzó a esfumarse poco a poco. Tanto, que comencé a ver la roca de las paredes, que me rodeaba por completo. Vi mis ropas y vi mis manos. Entorné mis ojos, inútiles tanto tiempo, para descubrir la fuente de tamaña luz: la entrada de la cueva brillaba ahora intensamente. Me levanté, ayudándome con las manos y la pared. Intenté correr, pero me trastabillaba con mis propios pies. Finalmente, llegué a la salida de la cueva y pude ver que, en lo más alto de la montaña, donde antes sólo había nubes, ahora se encontraba una luz blanca que iluminaba absolutamente todo. A su vez, desprendía una calidez indescriptible que me imbuía en esperanza. Yo, que había asumido el ser de piedra, ahora encontraba en mí retazos de una persona que tenía que reordenar. Aquella luz, fuera lo que fuera, me hizo despertar. Miré a mi alrededor y vi un palo junto a la entrada de la cueva, que no pude ver la primera vez que corría con los ojos cerrados. Lo agarré con decisión y tomé el camino de ascenso. No perdía de vista aquella luz: como el abismo, me hablaba sin decir una palabra. Deduje una hermosura etérea en ella, en su luz. Era una luz potentísima que, sin embargo, no me cegaba. Me hacía sonreír. Con una sonrisa tan pétrea como pétreo era mi corazón unas horas atrás. No sabía cuánto quedaba para la cima, pero la luz parecía dotarme de una fuerza infinita.

 

Entonces anduve, y anduve cada vez más rápido. El sendero era cada vez más ancho y llano.

 

Y la luz, la luz seguía mostrándome el camino.

 


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2 thoughts

  1. Es fácil verlo como un sueño, pero yo lo veo como un relato de superación, aunque no sé si hablas de la vida o sólo de ese instinto de seguir adelante, a modo simbólico. Yo he escrito algunos relatos con esa intención; más simbólicos de lo que aparentan ser, disfrazándolos de otra cosa.

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