Título: Los tiernos lamentos

Título original: Yasashii Uttae

Autora: Yoko Ogawa

Editorial: Funambulista

Número págs.: 320

Año de publicación: 2013

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Sinopsis:

Esta historia nos lleva a través del escapismo personal de una mujer. Ruriko, dedicada a la caligrafía, huye de Tokio para dejar atrás ciertos problemas que están marcando su vida. En un chalé antiguo, donde pasó buena parte de su juventud, trata de recobrar la vitalidad que en algún momento ha perdido. Allí conocerá a Nitta y Kaoru, fabricantes de clavecines, y comenzará una lucha interior entre el pasado y el presente, con el futuro siempre en vilo. Lo que ha dejado tras de sí, junto a la incertidumbre de volver a sentir el trato humano como hacía tiempo no sentía, serán el grueso de esta obra.

Reseña:

Contado en primera persona, es un relato frío y anestesiado de una realidad dolorosa. Da la firme sensación de que las palabras son un témpano con el que cerrar provisionalmente las heridas. Es una fórmula en la cual hay que leer lentamente, siendo capaz de discernir dónde está lo impersonal y dónde está lo que aflige al personaje que narra.

Hay desamor, pero también maltrato en sus múltiples facetas, y fases de resignación representativas del estado vital en que a veces nos encontramos ante situaciones que no deberíamos permitir. No es de extrañar que el lado emocional pueda llegar a sentirse aletargado, y así nos lo hace sentir Ruriko con su forma de hablar. Es posible que su estilo al contar las cosas tenga una superficie aparentemente neutra, pero hay un fuerte componente de redescubrir el lado emocional poco a poco.

Se hace un constante uso de descripciones exhaustivas de elementos muy concretos, dibujando únicamente parte de un cuadro, pero delimitándolo hasta el último detalle. En esas secciones se viaja desde la indiferencia descriptiva hasta las analogías más inverosímiles. No hay nada dejado al azar en la forma de contar cómo es lo que está presente en las escenas, son un elemento clave a la hora de entender a la narradora.

Nitta y Kaoru, casi desde el comienzo, pasan a ser los personajes secundarios más importantes del relato. Su profesión, de hecho, es un elemento paralelo que da sentido a gran parte de la interacción entre Ruriko y dichos personajes. No es una historia con demasiados nombres, si además a esto le sumamos que está escrita de forma sencilla, se hace muy fácil de seguir. Incluso teniendo en cuenta que hay esporádicos saltos en el tiempo, idas y venidas temporales para hacer entendernos el porqué de ciertas cuestiones, sigue siendo tremendamente legible.

A veces, creo que a todo el mundo nos ocurre, una experiencia pasa rozándonos, como una leve e inocente brisa. Con el tiempo, nos damos cuenta de que ha ido causando estragos, poco a poco, en nuestra forma de pensar o sentir. La quietud del trauma, el envenenamiento emocional y psicológico de ciertos momentos, que tardamos años en visualizar. Todo eso es parte esencial de esta historia, y tiene sentido escuchar no sólo qué tiene que contarnos Ruriko, sino cómo.

En las conversaciones que plasma Yoko Ogawa hay siempre una densidad oculta, que trata de no molestar a quien lea. Ocuparnos con banalidades para que dejemos pasar a la tempestad de fondo, como si la viéramos a través de una ventana en una fría noche de invierno, con el calor de un hogar que no es capaz de salvarnos, no de nuestras grietas interiores.

Hay una sutileza en la forma de escribir que no podría contaros de ninguna manera que no fuera citando textualmente, palabra por palabra, el libro completo. La única forma de comprender a cada uno de los personajes principales es conectando todos sus momentos como si fueran uno solo. Su capacidad para construir un viaje emocional y personal, trabajando más en el núcleo que en las ramificaciones, bien merece ser leída.

Los tiernos lamentos es, a fin de cuentas, una forma de acariciarnos mientras una voz nos dice que todo irá bien, que no tengamos miedo. Existir es complicado, no pasa nada por equivocarnos a menudo.

Tenía el corazón saturado de una calma singular. Por mucho que los pájaros siguieran gorjeando en el exterior, por mucho que intercambiáramos algunas palabras, aquella calma pesaba como si se levantara una bruma espesa que parecía absorber los sonidos de los instrumentos musicales que Nitta fabricaba.

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