El siguiente texto habla de forma explícita de la historia de Juego de Tronos hasta el tercer capítulo de la octava temporada

Cualquiera que haya tratado de crear una historia sabrá de la complejidad de cerrarla. Muy pocos, sin embargo, habrán tenido que lidiar con una magnitud de guion semejante a la que ya acumula Juego de Tronos. Toca ir poniendo punto y final a unas setenta horas de serie a sus espaldas y varias decenas de personajes con historias entrelazadas; además de un guión enfatizado en el suspense y la sorpresa como apuntaladores de giros drásticos.

Llegar a la larga noche supone trabajar con un nudo argumental estructural de la serie. La propia Vieja Tata, narradora de cuentos por excelencia, narró a Bran en el tercer capítulo de la serie lo que terminaría encontrándose: “el miedo es para el invierno, cuando la nieve alcanza cuarenta varas de espesor; el miedo es para la larga noche, cuando el sol se oculta durante años y los niños nacen y viven y mueren siempre en la oscuridad. Ese es el tiempo del miedo, mi pequeño señor, cuando los caminantes blancos vagan por los bosques”.

El capítulo comienza tratando de mantener toda la tensión posible. La preparación de la batalla está ultimando detalles, el silencio es sepulcral porque sólo mientras éste dure hay certeza, cuando termine y dé paso al ruido ya no habrá nada seguro. Como un tablero con las piezas en posición, el primer movimiento es el que conduce la partida, pero hasta que no llegue ese momento, todo está en tablas. La cuestión es que ese primer movimiento parece dibujar un final prematuro.

Matthew Dessem desarrolla, en su artículo para Slate, la influencia del cine soviético de Serguéi M. Eisenstein, y su Alexander Nevsky (1938), en las cargas a caballo del cine. En cualquier batalla una carga previa sobre el enemigo desmorona sus planes. En el cine, la experiencia nos dice que la ofensiva a caballo, contra enemigos a pie, es la forma de iniciar con ventaja la contienda. La propia Juego de Tronos ya ha usado este recurso anteriormente, en el cuarto capítulo de la séptima temporada, cuando los Lannister plasman el miedo en la pantalla antes de sufrir una carga Dothraki.

Cuando Melisandre prende las armas de los Dothraki, las expresiones de los personajes, la música y el contexto parecen desprender vientos de esperanza. No son cualquier clase de guerreros, por lo que si además llevan en el filo de sus espadas ese fuego tan eficaz contra los muertos, qué podría salir mal. Las catapultas acompañan la carga, la percusión y las pulsaciones se aceleran. El plano muestra la luz chocando contra la más oscura nada. Se hace el silencio y las luces van apagándose, una a una. Es entonces cuando lo que parecía girar en torno a la épica se convierte en una película de terror.

Le toca al otro jugador mover pieza.

La oscuridad es tal que la carga de los muertos comienza a verse apenas unos metros antes de impactar. Daenerys pierde los nervios y los dragones surcan los cielos antes de tiempo. Se rompe definitivamente el silencio, a partir de ese momento surge el caos y todo plan se desmorona.

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Las muertes individuales no son el epicentro del capítulo, a pesar de tener presencia. Por norma, a lo largo de la serie los giros de guion, o sorpresas previo suspense, han generado impacto por contraste con su contexto. Asesinatos en bodas, condenas a muerte de personajes heroicos, o la celebración de una victoria convirtiéndose en derrota en el lapso de un segundo. Aquí, por el contrario, la muerte ya forma parte principal del contexto, generar un contraste es alcanzar la catarsis del éxito. Durante todo el episodio la derrota está presente, si se da un paso hacia delante, sólo puede ser hacia la victoria.

El desarrollo de Theon Greyjoy llega a su fin. Uno de los personajes que más ha sufrido a lo largo de su vida, pero que también marcó su destino con una decisión errática. Recibe la bendición simbólica de Bran, justo antes de luchar su última batalla, representando así el perdón de los pecados más mundanos. Traicionó a su familia adoptiva, los Stark, y debía cerrar el círculo de redención. Otras muertes, como es el caso de Jorah o Lyanna Mormont, sirven al propósito particular del personaje, pero no mueven engranajes en la narrativa. No es el caso del único Greyjoy con nombre propio en la batalla.

Que Bran dé su perdón, para que posteriormente a Theon no le importe morir, es el principio de lo que la serie lleva intentado decirnos desde que comenzó. El ya no tan pequeño Stark, ahora Cuervo de tres ojos, es la pieza más importante del puzzle. En la susodicha escena se ensalza su carácter divino; ya no sólo mueve los hilos, sino que está moralmente sobre ellos.

Por un lado, Bran representa los recuerdos de la humanidad, su legado y su presente, por lo que su existencia es similar a garantizar la del ser humano. Por otro lado, más importante aún si cabe, tiene un dominio sobre los acontecimientos que descubrió en el —a mi estricto juicio— capítulo más importante de la serie. El Portón, aquel donde se descubre la naturaleza de Hodor, debería ser el eje central de una historia que gira en torno a tramas circulares, conexiones pedregosas y la mitología de su mundo.

En ese ahora lejano quinto capítulo de la sexta temporada, Bran descubre por error que puede alterar el pasado, de forma que construya el presente conocido. Dicho de otra forma, no cambia el presente, sino que todo lo que ocurre en él ya está afectado por los actos que pueda cometer mientras viaja a través de la historia. Tras dar el perdón a Theon, se traslada al cuerpo de un cuervo y sobrevuela la batalla, sin dejarnos ver si tiene algún otro propósito. A fin de cuentas, no hay hilo que se mueva sin que él sienta su vibración.

En mitad de la batalla, Arya se ve golpeada en el rostro y superada en número, teniendo que huir hacia la librería. Brindándonos en su siguiente escena un tramo de terror genuino que define a su personaje por completo. Su evolución ha sido constante a lo largo de ocho temporadas, desde una chica inofensiva destinada a satisfacer los planes que la familia tuviera para ella, a una sombra letal e independiente. Arya ha trabajado más que nadie para ser lo que deseó tras la muerte de su padre: una asesina perfecta.

La figura de Bran cada vez se acerca más a la de un Dios, en términos religiosos. Él predispone las piezas, pero son las personas quienes ejecutan los actos. La daga de vidriagón que casi pone fin a su vida en la primera temporada, termina con la vida del Rey de la Noche a manos de Arya, quien la recibió del propio Bran. Nada ocurre sin tener un momento previo con el que conectarse, y nadie puede conectar el mundo tanto como el Cuervo de tres ojos.

No obstante, tal y como dijo la Vieja Tata en aquella primera temporada, “todos los cuervos mienten”.

Quizás la esencia de Juego de Tronos, en el sentido más emocional, se dibuja en el papel de Jon Nieve. Resucitado, heredero al trono y curtido en el combate contra los caminantes blancos, todo parecía indicar que su papel iba a ser protagonista. Así se suceden los hechos, llevándole a pocos metros de lo que hubiera sido el enfrentamiento decisivo. Una vez más, el guión le hace poner los pies sobre la tierra y le recuerda que, mientras no sea su momento, es un hombre más. En la cripta, Sansa y Tyrion están descubriendo que tienen más cosas en común de las que creían; aunque en cierto modo todo el reparto coral está descubriéndose a sí mismo. El papel de Melisandre se torna resolutivo, por fin, encontrando su cometido en usar la luz contra la noche misma; al mismo tiempo que guía proféticamente a Arya.

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La larga noche nos deja un aparente cierre para una de las dos tramas principales de la serie. Una fotografía propia de la gran pantalla, y una ambición a niveles de producción sin precedentes. No en vano el presupuesto de esta temporada alcanza cotas históricas. El resultado es la construcción de un belicismo subvertido, obligado a dar paso al miedo y la incertidumbre, en un mundo finalmente sometido a la mitología que lo ha visto nacer.

La última escena es la catarsis de la tormenta. El rayo silencioso en la lejanía previo al trueno ensordecedor. Tiene tintes de adiós, pero no es un final. Es el primer compás de una cadencia.


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