Vivimos en tiempos de superhéroes. Sí, hablo del éxito de Marvel en taquilla, pero también de nuestra realidad a este lado de la pantalla. Idolatrar es una forma de vida o de sobrevivir que nos mantiene con la esperanza de que hay algo mejor. Nos convencemos de que hay pureza más allá de la mediocridad humana, necesitamos esa luz al final de las cloacas. Héroes y heroínas no bastan, porque al fin y al cabo son como nosotros, son sólo personas. Hace falta algo más.

Hace más de una década que el cómic de The Boys comenzó a publicarse, por lo que sería desacertado explicar su existencia mediante el auge actual del superhéroe en el medio audiovisual. La serie, producida por Amazon, tampoco es fiel al desarrollo y esquema que sigue el cómic en cuestión. Cierto es que toma su base argumental, así como personajes esenciales, pero en ningún momento se circunscribe a lo que dictan las viñetas que le han dado origen.

No es mi intención engañaros, ni soy un ávido lector de cómics, ni creo que vaya a serlo nunca. La fuerza de cada medio es propia e intransferible, con sus virtudes y defectos. La serie que hoy nos ocupa es autosuficiente, no necesita de ningún conocimiento del material original, incluso me atrevería a decir que es favorable desconocerlo. En cualquier caso, su independencia hace que vaya predispuesta a dar más de una sorpresa a quienes vengan con la lectura hecha. Está preparada para ambas situaciones, aporta ciertos matices para crear una estilo propio y a partir de ahí todo fluye. Desde el primer episodio, de hecho, la maquinaria funciona a todo gas hasta el final.

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Todo comienza con Hughie Campbell haciendo su vida normal, su trabajo poco esperanzador, sus planes de futuro junto a su pareja Robin, y su poca seguridad en sí mismo. Un acontecimiento que descubrimos enseguida cambia su situación para siempre, dejando que las piezas vayan cayendo por su propio peso hasta unirse. Poco tarda en hacer acto de presencia un Karl Urban, que en estado de gracia interpretará a Billy Butcher, quien comenzará a involucrar a Hughie en la historia que hay detrás de The Boys. Cualquier tipo de sorpresa está permitida, ya que partimos de base con un mundo donde hay superhéroes sirviendo a los intereses de la nación.

Los Siete son una suerte de elegidos por la gracia de Dios, a pesar de ser superhéroes destinados a servir a Vought, la empresa que los adopta como justicieros divinos. Asumimos el escenario con total naturalidad, ya que por suerte no hay explicación de cómo hemos llegado a semejante despropósito. No es el mundo ideal que podríamos presuponer antes de presenciarlo, sino uno donde el caos y el cinismo comparten espectáculo con una impecable sonrisa adornando un discurso patriótico. Butcher y Hughie, junto a otro elenco de personajes a cada cual más disparatado, tendrán como principal objetivo desafiar ese orden, donde la heroicidad es un valor en bolsa.

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Los superhéroes protagonistas del casting son un reflejo deformado de viejos conocidos como Superman o Wonder Woman, lo que da un nuevo significado al ‘valle inquietante’, que aquí no inquieta por la delgada línea entre humano e inhumano, sino entre héroe y villano. Desde el principio se establece una ambigüedad que la serie tratará de explorar, sirviendo así un menú donde podemos elegir con qué quedarnos, para el disfrute de una amplia gama de público. Ese quizás sea el secreto de su éxito, pero no estamos aquí para hablar de campañas de márketing, de esas ya hay bastante en la propia The Boys.

No hay un reparto de grandes estrellas mediáticas. Destacan Karl Urban (Xena, El Señor de los Anillos, Star Trek) y Simon Pegg (Zombies Party, Misión Imposible), pero el peso de los capítulos recae sobre un reparto coral donde cada pieza aporta momentos muy diferentes entre sí. Elisabeth Shue, quien fuera nominada como actriz principal en los Oscars de 1996 por su papel en Leaving Las Vegas, ha aprovechado la oportunidad para brillar de nuevo; esta vez al mando de gigantesca corporación Vought. Jack Quaid se aleja de su papel en Los juegos del hambre, dando vida aquí a Hughie, para ser el eje principal de esta historia, sorprendiendo ante todo por su capacidad para crear un personaje tan cómico como complejo. El neozelandés Antony Starr carga con el que a priori sería el papel más caricaturesco de todos. Homelander, líder de Los Siete y Superman ‘deformado’ de turno, recae sobre este actor no demasiado conocido, y logra convertirse en un icono tanto estético como espiritual de la propia producción en sí. Es uno de tantos casos en los que el guion podría sobrepasar al reparto, quedando desaprovechado o limitado, pero no ha sido así.

Si bien este texto está dedicado a una primera temporada que ya ha confirmado una segunda, la historia en sí podría ser lo de menos. Hay mucho asco y odio en el mundo que The Boys nos presenta, y no es uno tan lejano al que tenemos delante, a pesar de los poderes y la ficción. Es fácil sentir propia la estupidez de ciertas relaciones personales, si nos sinceramos, al mismo tiempo que miramos a un futuro incierto donde buscamos ejemplos a seguir. Siempre hay un lado oscuro en aquello que brilla demasiado, y la excelencia no tiene por qué ser una virtud. The Boys es, ante todo, una fotografía en negativo de la cultura pop actual. Un mundo donde la heroicidad tiene como sombra a un monstruo que se alimenta de nuestras debilidades.

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El ídolo ha dejado de ser una estatua representativa de un Dios, para ser de carne y hueso. Ahora el ritual es mediante cualquier interacción con una plataforma que tenga acceso a internet. No hay nada de malo en ello, somos así. Un ejemplo a seguir siempre debería ser positivo, ¿no? El aspecto negativo es que mirar hacia delante sin ser capaz de ver lo que hay a nuestro alrededor puede llevarnos a estrellarnos sin saber por qué. La búsqueda de la perfección es un mal endémico, pero no desde ahora, quiero creer. Ser algo más de lo que somos, como si eso fuera a solucionar que, al fin y al cabo, la vida se nos escapa de las manos mientras pensamos en cambiarla. En The Boys todo se cuestiona, sin por ello echar el freno.

Me gusta que una obra escarbe en nuestra inseguridades, porque incluso mientras escribo esto puedo sentirme la persona más inservible del mundo. Yo sólo puedo escribir, si fuera un superhéroe supongo que esto no me pasaría. Eso es lo que pensamos a menudo, supongo, de nuevo manejados por la incertidumbre. Ojalá “ser algo más”. No podemos quitarnos de la cabeza que una versión mejorada de nosotros mismos podría con todo. Para qué ser mejores es parte de la cuestión. Me gusta pensar que el término “mejor” está errado, porque la escala que mide ese valor, qué es mejor y qué es peor, es tan real como la inteligencia emocional de prácticamente cualquier empresario millonario. No os deseo que seáis más fuertes, porque implicaría que ser débil es malo. No quisiera que fuerais más que nadie, porque al final siempre seremos menos. No seáis mejores. Sed humanos, por favor.


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