Harold Bloom ha muerto recientemente, y el mundo de la crítica literaria está en shock. ¿Quién creará larguísimas listas con autores que deberíamos leer para tener un mínimo de decencia humana? ¿Quién alabará a Shakespeare como El Escritor, El Único, El Magnífico? ¿Quién nos hablará de la angustia de las influencias, de la escuela del resentimiento? ¿Quién? 

Estamos desolados. Nos han dejado a la deriva. 

De manera que va siendo hora de que cojamos el timón y guiemos el barco. Si es que esto alguna vez fue un barco y si conseguimos encontrar un timón entre tanto hombre blanco muerto canonizado.

Siendo menos cínica debo decir que las aportaciones de Bloom a la crítica y la teoría son importantes, que es evidente que nos ha hecho pensar, y todo aquello que haga pensar a la gente, me parece bien. Pero hay muchas cosas muy discutibles en lo que aportó, y desde luego hay mucho que criticarle a él como persona. A este respecto la verdad es que me parece impensable no tener en cuenta ambas cosas, porque cuando un crítico habla de un movimiento que busca poner el foco en las perspectivas de género y poscoloniales y lo llama “escuela del resentimiento” está claro que su ideología está transparentando más de lo estrictamente necesario. Sin embargo, es posible que yo tenga una cruzada personal con Bloom, de manera que prefiero centrarme en uno de sus temas estrella. 

El canon debe morir. La concepción que tenemos asimilada como canon debe ser desterrada, apalizada y sacrificada, porque no hay forma de avanzar de otro modo. No podemos seguir planteando que hay un canon y que todo a lo que debe aspirar un autor es a ser introducido en él. El pensamiento de que es necesario pasar los filtros que hagan falta para quedar en el pedestal del canon es absurdo. ¿Por qué alguien iba a querer estar en el canon? ¿Tiene beneficios fiscales? Hasta donde yo sé, no, y ni siquiera podemos decir que realmente los libros del canon resulten interesantes para todo el mundo. Ni siquiera podemos asegurar que más allá de la Europa blanca tenga demasiado interés. Quizá en la Norteamérica blanca, esa que es, en definitiva, sobrina de la Europa blanca. La lista de autores canónicos dejó de tener sentido cuando la literatura de masas le pegó una patada. Y, quizá, eso fuese mucho antes de lo que pensamos. 

El canon no deja de ser una lista mínima de imprescindibles, pero toda lista es elaborada por alguien, y ese alguien tiene una cosa llamada gustos personales e influencias. Si te has pasado la vida escuchando que Shakespeare es el autor universal, el único que llega a todo, el único que lo abarca todo, que habla con la voz de los hombres y que es el autor total, por supuesto que tienes predisposición a defender a Shakespeare. Y si lo has leído y te ha llegado especialmente, es totalmente comprensible que lo introduzcas en el canon y saques uñas y dientes contra cualquiera que pretenda lo contrario. Pero quizá yo siendo hija del siglo XXI tengo una mente suficientemente individualista como para pedir que esa lista de imprescindibles, de mínimos, se adapte. No podemos seguir considerando un canonizado a Wordsworth e ignorar a Ursula K. Le Guin. 

“Si Terry Pratchett podía hacer fantasía con dragones flatulentos y hablar al mismo tiempo de problemas sociales y de la concepción que tenemos de la vida, no es porque fuera un iluminado.”

Pero como no tengo ningún problema para criticar y destruir, considero que debo aportar algo, y construir también. Deberíamos empezar a considerar el canon individual, la lista de imprescindibles personales, como algo cambiante, que se adapta, crece y mengua con cada uno. Mi canon personal puede que implique a Goethe, pero mi trayectoria personal y vital no tiene nada que ver con la de otras personas de mi entorno, por lo que pretender ajustar una única “lista de imprescindibles” a todos, es absurdo. Si lo que pretendemos es que la literatura no deje de existir, que siga formando parte de las vidas de la gente, debemos acercarla a la gente. Por suerte, a día de hoy la literatura está muchísimo más cerca de los lectores de lo que lo estuvo nunca. Claro que tiene competencia a la altura de las circunstancias: hay mucha más oferta cultural en el campo audiovisual. Y como somos hijos bastardos del capitalismo y de la teoría de la evolución, eso solo puede significar una cosa para nosotros: que la literatura debe adaptarse o morir. Así pues, si la literatura se adapta, se acerca, seduce y deja de ser tan pedante como para pedir listas de imprescindibles con nombres que tienen doscientos años y poco interés hoy en día, seguramente sus posibilidades de éxito aumenten. Puede incluso que la gente deje de mirarla como algo que no le pertenece y deje de tenerle miedo. 

Y lo mejor es que eso ni siquiera tiene por qué hacer que la literatura se vuelva algo plano y sin dobleces. Los buenos autores pueden hacer ambas cosas. Y no quisiera yo ser obvia, pero si Terry Pratchett podía hacer fantasía con dragones flatulentos y hablar al mismo tiempo de problemas sociales y de la concepción que tenemos de la vida, no es porque fuera un iluminado. Es porque era un autor que trabajaba sus obras, que tenía un conocimiento amplio y una panorámica del mundo. Creo que ese debería de ser el objetivo de autoras y autores: llegar a tener esa panorámica y plasmarla en sus obras, y no hacer obras que pasen filtros. Al fin y al cabo, la literatura es para contar historias, y para contar una historia hay que tener algo que explicar.

Así pues, para ir terminando esta disertación un tanto gratuita, quiero recuperar la idea del canon personal. Porque me parece que es realmente necesario. Quien lee tiene un canon personal. Unos libros preferidos que recuerda (o guarda) por algo especial, y creo que si pudiéramos comparar esa listas sí se podría llegar a alguna conclusión respecto a un canon más general, pero probablemente esas obras serían, casualmente, literatura de masas. Probablemente encontrásemos mucho más Harry Potter que Ajmátova, más Crepúsculo que Wordsworth. Y, la verdad, debo decir que la idea de incorporar Crepúsculo al canon me tiene totalmente seducida. 


Espada y Pluma te necesita


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