Los documentales no son lo mío. Me mantienen constantemente con la duda de cuánto hay de real en lo que veo, no logro estar tranquilo. ¿Y si todo fuera una obra de teatro? Sí, ya sé, es complicado que un León protagonice Hamlet, pero qué me decís de un pingüino. Hace un tiempo recuerdo ver un documental sobre esos animales tan bien trajeados, al calor del brasero, cerca del invierno. Era el salón de mi casa, con mi madre y mi abuelo prestando no mucha atención a la televisión.

Yo estaba emocionado por la cantidad de especies diferentes que había, cuando mi madre dijo asustada que cómo podía haber tantos animales por ahí, en el mundo. ¿Tantos? ¡Si apenas eran unos cientos! Mi abuelo estaba en cierto modo ausente, así que proseguí la conversación en mi propia consciencia. No puede ser que a mi madre le parezca eso una barbaridad, sólo son unos cuantos pingüinos tratando de sobrevivir. En mi pueblo hay diez veces esa cantidad en personas, eso sí que es bárbaro.

No tengo la más remota idea del punto geográfico donde estaba rodado todo aquello, pero había costa por todas partes. Un baño por aquí, otro por allá; parecían felices. Mi abuelo se estaba quedando dormido en el sillón, y mi madre reiteraba con recurrencia su estupefacción. La pared tenía un gotelé clásico blanco, que aún debe conservar. El frío en aquel edificio estaba particularmente presente, cosa que no habrá cambiado. Mi abuelo estaba en cierto modo ausente, pero ahora lo está completamente.

A veces un hospital es como el mar, tanto en el agua como en la vida las profundidades son un misterio. El cordón umbilical con la muerte no se corta jamás, nos une en nuestra fragilidad y nos recuerda que la marea tarde o temprano nos llevará. Hay mares, como vidas, que nunca están en calma; que no conocen el buen tiempo.

Sobre el autor, pongamos que hablo de Hideo Kojima, conocemos las obras. Su vida es otra cosa. Él es otra cosa. Puede que ni siquiera él se conozca, y nos mire a nosotros esperando verse reflejado. Deja una ola que roza nuestros pies, levemente hundidos en la arena, y de las huellas podrá intuir. Debe ser similar a cuando cuentas una historia de tu pasado, teniendo en cuenta tus sensaciones. Nunca será transferible, sino que el receptor creará su propia historia. No existe un Hideo Kojima, existen tantos como personas conocemos su obra.

Estás creando ahora mismo, por si no te habías dado cuenta. Te lo digo por si acaso no estuvieras viendo el brazo tendido. Esto no puedo hacerlo yo solo. El vínculo interpersonal es lo único que tenemos, al fin y al cabo, mientras hacemos como que existimos.

No sabemos cuántas veces habrá llorado el creador de la obra, pero ha visto la lluvia más de una vez. No creo que llorar sea otra cosa, salvo ver llover. Puede incluso que de pequeño haya caminado solo a casa sin paraguas, y haya caído en la cuenta de que, si tuviera uno, podría ir de un lado a otro sin que el peso del agua le sumergiera en el asfalto. No somos tan distintos.

Hay tierra de por medio entre quienes jugamos, pero compartimos universo y silencios. Ya sabéis, cuando callas para poder caminar. En ocasiones toca centrarse en el destino al que nos dirigimos y no hacer mucho ruido. Pisar el acelerador no conviene y llegar al final, sea cual sea éste, es lo que cuenta. A quién no le gusta sentirse un poco menos en soledad.

Sí, sé que a menudo la compañía molesta. De algún modo, estar solo está bien. Quiero decir, físicamente hay un espacio finito, el número de pingüinos que entran en un lugar es limitado. Sin embargo, como el frío o el calor, todo se va, es difícil permanecer. La lluvia cesa y ni siquiera hace falta que salga el sol para que nos alivie sentir a alguien a nuestro lado.

No hay futuro sin mirar hacia los lados, aunque a veces estemos un poco ausentes. Puede que el trozo de corazón que nos falte lo haya recogido alguien, o que tengamos en el bolsillo un poco de ánimo útil para esa persona a la que no vimos cruzar. Siempre podemos confiar en los demás, aunque a veces nos fallen; aunque a veces les fallemos. Lo contrario a una confianza ciega, quiero decir. Una confianza alerta, que no pierde de vista cuándo va a llover. Y es que no sabes cuántas veces ha llorado quien está al otro lado, pero el agua cae en todas partes y cerrar los ojos no sirve de nada.

Me pregunto si el buen tiempo hace o se hace, entre oleaje y oleaje. Si el rumor de las aguas trae la tempestad, o es un tropiezo como otro cualquiera, a lo largo de un camino, con las sombras que deberíamos cruzar. Si creando lazos podemos llegar a crear algo más que una red salvavidas. Sé que el mar sigue con su marea nos lleve o no, pero nada más.

Enfrentarse a las profundidades nunca es plato de buen gusto. Incluso si vuelves, el aire nunca vuelve a ser el mismo. El paso del tiempo es abrasivo y el equipaje se va perdiendo a cada paso en falso. Nunca sabes cuándo un instante es desperdiciado, sólo puedes continuar. Si todo sale bien, al final seremos. Sea todo una actuación o no, es.

Probablemente la mayoría de aquellos pingüinos también estén completamente ausentes hoy. Lo que importa es que nos vimos en el mar, así que nos veremos en la orilla.


Espada y Pluma te necesita


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