Una guitarra española rasguea sobre un fondo negro en el que unas letras de un rojo carmín chillón agradecen el haber hecho posible la existencia de la obra que tiene que ocurrir a continuación. Cuando el texto termina su última frase, la pantalla en negro desaparece junto al ritmo pausado de la guitarra española que se convierte ahora en un ritmo flamenco acompañado de segundas guitarras, congas y pailas, coros, palmas y un cajón que dan color a la imagen de un barrio obrero, marginal, pobre, por cuyos tejados un chaval con camiseta de tirantes y gorra le dice a un amigo que baje. El destino es una vieja nave abandonada con sus paredes pintadas de graffitis y el suelo cubierto de cascotes en el que quedar para fumarse un porro. A las imágenes de este paseo se le superponen otras de otro par de chavales jóvenes, algo más crecidos que los dos primeros, que caminan por en medio de las calles de su barrio con un pitbull atado a una cadena y que terminan con otro fondo negro en el que se puede leer en letras grandes y rojas: “CRIANDO RATAS”.

Hace cosa de unos tres años (2016) se estrenaba en Youtube España “Criando ratas”, el primer largometraje del director y compositor musical Carlos Salado. Con casi tres millones de visualizaciones en la plataforma, los críticos de cine la calificaron como el punto de partida para el renacer de lo que debía conocerse como el género neoquinqui, un género cinematográfico que, como el propio Carlos Salado cuenta, se nutría de “gente de la calle, escenarios naturales. Era coger eso y renovarlo, con los chavales de ahora, el argot… pero con un estilo realista, un poco Dogma¹, renunciar a todo artificio para que sea auténtico”.

El cine neoquinqui suponía entonces recuperar la tradición de un género dentro del cine que se desarrolló exclusivamente en España y que vivió su máximo esplendor en un espacio de tiempo relativamente corto, durante finales de la década de 1970 y 1980: el cine quinqui

Aunque en las décadas posteriores se hiciesen pequeños intentos por rescatar su estética y forma de hacer con pequeñas piezas que tomaban prestados algunos elementos del género —el pasado año por ejemplo C. Tangana recuperaba esa ornamentación y espíritu quinqui para su videoclip “Bien Duro”—, este nunca volvió a tener un impulso creativo tal como el que lograron principalmente entre Eloy De la Iglesia y José Antonio de la Loma, este último considerado el padre del cine quinqui.

Extrarradios marginales, armas blancas, delincuencia, drogas… Son los escenarios, elementos y temáticas de estas historias de los más olvidados donde los guiones muy elaborados, las composiciones preciosistas y las actuaciones de Oscar eran sustituidos por el realismo crudo con actores que no eran tal cosa, tragedias, sexo, porros, cocaína y caballo que ayudaban a seguir adelante a esa clase social abandonada y desprovista de toda esperanza, cuya única perspectiva de futuro era buscarse la vida como fuese, tal y como reflejaban estas películas.

Entre sus características más habituales se encontraban el contar historias biográficas (o pseudo-biográficas) con actores que eran delincuentes reales que se interpretaban a ellos mismos o a otros delincuentes con los que habían tenido contacto, dotando a las historias de más realismo retratando sus vidas, entornos y delitos. Pese a ser delincuentes el cine quinqui presenta a sus protagonistas como héroes con rasgos positivos como la nobleza y fidelidad a sus amigos, la entrega a la mujer de la que se enamoran, y sometidos a las desigualdades sociales, la corrupción y el abuso de las fuerzas represivas del Estado. Es también común que aparezcan escenas explícitas de sexo y de consumo de drogas, robos de coches y persecuciones policiales, y argot callejero propio de barrios bajos mezclado con el uso de algunas palabras del caló².

El género quinqui era una fotografía tan descarnada de las historias reales de sus protagonistas que incluso ordenó a sus actores y cantantes por orden de fallecimiento.

LALY ESPINET (EULALIA ESPINET BORRÁS)

Después de cuarenta años de dictadura franquista en los que la defensa de ciertos valores tradicionales, nacionalistas y religiosos dieron lugar a la censura sistemática no sólo de ideologías o lenguas cooficiales como el catalán o el euskera, sino también en actividades de ocio como el cine, comienza un periodo de apertura que pretende, poco a poco, desterrar esos fantasmas y avanzar a una sociedad más progresista y de mente más abierta.

Durante la época de la Transición Española son aprobadas por la extinta UCD las películas clasificadas “S”. La “S” con la que el público bautizó a esta calificación probablemente provenía del hecho de que estas cintas solían contener sexo —aunque obras como “Mad Max” o “Las colinas tienen ojos” obtuvieron esta clasificación también— o por el anuncio que se proyectaba antes de su inicio en el que se advertía que podían herir la sensibilidad del espectador. Como fuere, desde la primera película española que obtuvo esta letra “S” en 1978 (“Una loca extravagancia sexy” de Ricard Reguant) se creó un subgénero que vivió una explosión de popularidad entre los espectadores que llenaron los cines españoles y produjo sus propias musas.

En ese subgénero se inició Eulalia Espinet Borras “Laly Espinet”, una joven nacida en 1960 en Barcelona, jugadora de baloncesto, nadadora hasta que lo dejó para que no se le pusieran las espaldas anchas, y dependienta en una tienda de lencería hasta que un día contestó a un anuncio para “Las alumnas de madame Olga” de José Ramón Larraz, se tiñó de rubia y adoptó el pseudónimo de Andrea Albani con el que empezó su carrera en el cine erótico, saltando a la fama un año después en 1981 con “La caliente niña Julieta”, dirigida por Ignacio Iquino. Descrita por ella misma como «barriobajera, tímida y muy habladora, trasnochadora y con las orejas bonitas», quería estudiar fonología, declamación y expresión corporal precisamente para combatir esa timidez de la que hablaba.

Entre 1983 y 1984 alcanza sus mayores éxitos en el cine en “El pico” y “El pico 2”, ambas de Eloy De la Iglesia, donde interpretaba a Betty tras haber aparecido anteriormente con Pajares y Esteso y ya con su color de pelo y nombre originales en “Agítese antes de usar”  de  Mariano Ozores. La fama le trajo también una adicción a la heroína que la llevó a pasar por la cárcel Modelo de Barcelona por tráfico de drogas. Algunas fuentes fechan su muerte en 1988 a causa de una sobredosis o en 1990 por complicaciones derivadas de contraer el SIDA, esta última versión parece ser algo más exacta —una meningoencecefalitis aguda provocada por el VIH— aunque el día exacto sería un 18 de Enero de 1994 en el Hospital del Mar de Barcelona, lo cual parece coincidir con lo que aparece en una lápida en el cementerio de Montjuic con el nombre de Laly Espinet Borrás grabado en ella.

EL PIRRI (JOSÉ LUIS FERNÁNDEZ EGUIA)

José Luis Fernández Eguia nace en Madrid un mes de Febrero de 1965, aunque algunos dicen que fue en el 66 ó el 67. Abandonado por su madre en la Unidad Vecinal de Absorción de Pan Bendito donde le dieron a luz y por su padre cuando se fue con otra mujer, pasó su infancia con sus abuelos paternos. Lo de “El Pirri” vino después, por José Martínez Pirri, jugador del Real Madrid con el que compartía dorsal.

Su pelo rubio y ojos azules, atípicos en su entorno, hicieron que algunos periodistas dijesen que en realidad era hijo de un americano, palabrería y rumores de los que se quejaba su abuela en un piso del barrio de San Blas donde lo llamaba “mi niño”.

El Pirri nunca fue un actor al uso en realidad. Aunque sus personajes tuviesen nombres distintos muchas eran las veces en las que se interpretaba a sí mismo. Llegó al cine casi por accidente: según una versión, Eloy De la Iglesia buscaba chicos de barrio para dar más realismo a su película “Navajeros”, por lo que convocó un casting al que fueron más chavales de los que necesitaban. Los que no fueron seleccionados pidieron que se les pagase el dinero que les había costado el desplazamiento y en medio del tumulto y los destrozos el guionista Gonzalo Goicoechea Luquin enganchó al Pirri por los hombros, a lo que el niño lo amenazó con “currarle”, reacción que le valió que lo seleccionasen para salir en la película. Otras versiones dicen que el guionista vió al niño robando algo (una moto o un paquete de tabaco, según quién lo cuente) y por eso lo escogió.

A caballo entre los platós y las cárceles, Pirri probó las drogas desde muy joven como reconocía en El País Semanal: «Luego, sin darme cuenta, estaba enganchado. Hasta que vi que eso no era plan. Estaba hecho polvo y me encontraba fatal. Y luego, mis abuelos, siempre amargados, siempre sufriendo por mí. Todo lo contrario a lo que veo ahora. Es que la droga te guía todo. No eres persona. Quien esté en esto y diga que es persona, miente.» Y en el 87, ya siendo un adulto, fue detenido por atraco, tras lo que intentó cortarse las venas con el cristal de unas gafas estando en la propia comisaría.

Su temprana adicción a las drogas llegó a provocar que los días previos a rodar al Pirri lo controlasen poniendo a alguien a su cargo. El dinero que cobraba por jornada, para que no se lo gastase en heroína antes de llegar a casa, se lo daban directamente a su abuela, a la que llegó a agredir en alguna ocasión para robarle dinero de la pensión de su abuelo.

Famoso en el barrio después de aparecer en películas como “Navajeros”, “Maravillas”, “Colegas”, “El pico 2”, “La estanquera de Vallecas” o incluso un breve cameo en “The Hit” de Stephen Frears, a El Pirri se lo encontraron muerto un día en un descampado de la carretera de Vicálvaro a San Blas un 9 de Mayo de 1988, con 23 años y una aguja en el brazo. Una dosis adulterada de heroína que su abuela dice que ya no se metía y signos de violencia («Mi niño tenía arañada toda la cara») que llevaron a De la Iglesia a tildar de “vergüenza” la autopsia que se había realizado. El Pirri pasaba a mejor vida con un juicio de robo con intimidación pendiente por el que se le pedían dos años de cárcel. 

JOSÉ LUIS MANZANO

La biografía de José Luis Manzano está plagada de versiones y datos contradictorios entre sí, desde su fecha de nacimiento hasta cómo acabó en el mundo del cine. Nacido un 20 de Diciembre de 1962 según consta en los primeros documentos oficiales que se tienen de él —aunque algunos sitios web insisten en fechar su nacimiento en 1963, 64 o incluso 65—, José Luis Manzano tenía cuatro hermanos y cuatro hermanas, como él mismo explicó en una entrevista concedida a Interviú en la prisión de Yeserías en 1992. Sin educación primaria y casi analfabeto, a los doce años entra a trabajar como mozo de carga en una bodega de Vallecas donde se lesiona la columna, lo que le obliga a pasar meses inmovilizado en el Hospital de San Rafael. 

Su entrada en el mundo del cine sería de la mano de Eloy De la Iglesia. El director contaba que su primer contacto con el joven fue en el casting para “Navajeros”. Según Jorge Mira Benito, que hacía de policía corrupto en la misma película, la historia no fue del todo así y a José Luis Manzano se lo presentó él mismo a De La Iglesia cuando, a pocos días de empezar el rodaje, seguían sin protagonista. Jorge Mira recordó haber conocido a José Luis y con los datos que tenía de él —lugar de trabajo, su accidente laboral, que jugaba al fútbol, etc.— se fue hasta Vallecas y fue preguntando hasta dar con él para posteriormente presentárselo a Eloy en su casa, el cual, tras unas pruebas de cámara y hablar con el joven, decidió esa misma noche que Manzano sería “El Jaro”, el protagonista de su película. Sin embargo, el realizador Eduardo Fuembuena, en su libro “Lejos de aquí”, cuenta que director y actor se conocieron en el 78 en los billares Victoria (Madrid), donde los jóvenes se ofrecían a los gays por dinero, y allí se lo llevó a casa. Dos años más tarde, para el rodaje de “Navajeros” se acordaría de él.

Fueran como fuesen las circunstancias de su primer encuentro, ambos convivieron juntos desde entonces en casa de Eloy hasta 1988, etapa en la que el director contrató a un profesor particular que alfabetizó al joven —lo que explica que pudiese doblarse a sí mismo en sus siguientes películas, como no ocurrió en “Navajeros” donde le ponía voz Ángel Pardo— aunque el actor siempre mantuvo que seguía viviendo con su familia en la UVA (Unidad Vecinal de Absorción) de Vallecas.

Con “La estanquera de Vallecas” el género quinqui pega sus últimos coletazos y Eloy De la Iglesia pierde el favor del público, lo que provoca que Manzano, cuya carrera había estado irremediablemente ligada a la del director, caiga con él en el olvido. El actor, que debió de empezar a drogarse después de rodar “El pico” y que por su adicción a la heroína esnifada no había podido ni doblar su última película, consigue desengancharse un año después de abandonar la casa de su benefactor y gracias a la ayuda de Pedro Cid, un sacerdote del barrio de La Alhóndiga. En 1991, en una de sus recaídas, es acusado, según él injustamente, de atracar a un funcionario de un juzgado y entra en la cárcel de Carabanchel condenado a ocho meses. Desde prisión, totalmente desesperanzado y consumido por la droga, confiesa en una entrevista a Interviú que siente que su madre y Pedro Cid son las únicas personas que siguen a su lado. Al año siguiente, arrepentido de su drogadicción, termina de cumplir condena y se somete con éxito a un plan de desintoxicación de catorce días para entrar en el programa de reinserción de la Asociación Punto Omega que abandona voluntariamente enseguida.

Al día siguiente Eloy De la Iglesia se lo encuentra muerto en el baño de uno de sus pisos y la autopsia revela un paro cardíaco múltiple y fallo respiratorio además de hallar restos de heroína en su organismo.

MARÍA SONIA MARTÍNEZ MECHA

Sonia Martínez nace en 1963 lejos del ambiente y las circunstancias contra las que habían tenido que luchar desde su más tierna infancia gente como El Pirri o José Luis Manzano, pero su final fue similar al de tantos otros. Subcampeona de natación en Castilla y también destacada corredora de atletismo en 800 y 1.500 metros durante su infancia y adolescencia, al terminar Bachillerato fue animada por su primo Roberto Alcázar, productor de TVE, a presentarse al casting de “3, 2, 1… contacto”, programa infantil con el que debutó en televisión en 1982. Al año siguiente sustituyó a Mayra Gómez Kemp como presentadora al frente de “Dabadabada” lo que impulsaría su popularidad y carrera. Rechazó un papel en “La vaquilla” de Luis García Berlanga y una oferta para ser azafata del “Un, dos, tres”, pero sí que entró al mundo del cine en los años siguientes gracias a cintas como “Epílogo” de Gonzalo Suárez, “Violines y trompetas” de Rafael Romero Marchent, “El rollo de septiembre” de Mariano Ozores o “Perras callejeras” de José Antonio de la Loma, aunque siempre reconoció sentirse más cómoda como presentadora que como actriz.

Ese mismo año su madre fallece a los 43 años por culpa de un cáncer y Sonia decide mudarse durante unos meses a Nueva York para cambiar de aires y aprender inglés. A su vuelta participaría en algunas series y programas como “En la naturaleza” del que fue despedida al publicarse en Interviú unas fotos suyas en topless tomadas durante un descanso de la grabación de un capítulo de la serie alemana Großstadtrevier”, en Ibiza, pues dicha publicación —según Sonia hecha sin su consentimiento— distaba del perfil asociado al público infantil que Televisión Española tenía de ella. Gracias a la intervención de Pilar Miró la joven fue readmitida, grabando ese año y el siguiente sus últimos trabajos (algunos programas de “La bola de cristal” y un papel en “Los invitados”) antes de pasar al ostracismo como tantos otros juguetes rotos. 

A finales de los 80 su adicción a la heroína se hace pública y desde entonces sus apariciones en televisión y prensa son para contar su experiencia con las drogas, cómo había entrado y salido de varios centros en su intento por desintoxicarse, cómo había ejercido la prostitución o cómo se había contagiado de SIDA.

María Sonia Martínez Mecha acaba siendo madre en 1991 y perdiendo la custodia de su hija un mes más tarde acusada de traficar con heroína y esconder las papelinas en la ropa del bebé. Si bien muchos rostros conocidos intentaron ayudarla a superar su adicción, Sonia pasó por la indigencia y acabó muriendo un 4 de Septiembre de 1994 por una cirrosis hepática producida por el virus del VIH.

EL TORETE (ÁNGEL FERNÁNDEZ FRANCO)

Barcelonés que llegó al mundo en 1960, Ángel Fernández Franco pasó por la adolescencia cometiendo varios delitos —como el robo de automóviles— aunque los juzgados nunca le castigaron con condenas excesivamente graves. Con diez años (1970) conoce a Juan Moreno Cuenca “El Vaquilla”, volviéndose dos conocidos delincuentes juveniles en Cataluña, donde la frecuencia de sus golpes, aunque fuesen pequeños delitos, causaron algo de alarma social.

En 1977, “El Trompetilla”, como era conocido por aquel entonces Ángel Fernández, salta a la fama al interpretar a El Vaquilla en “Perros callejeros”, película de José Antonio de la Loma que daría inicio al cine quinqui y donde era bautizado como “El Torete”, de ahí vendría el apodo que finalmente quedaría para Ángel.

A “Perros callejeros” le siguen dos secuelas más en las que El Torete tendría un papel protagonista pero su adicción a la heroína consume todo lo ganado con el cine. Y en 1985, como favor personal a un Torete muy maltrecho por sus abusos con las drogas y con asuntos pendientes con la justicia, De la Loma le da un papel en “Yo, el Vaquilla” donde encarna al abogado del protagonista, pero la redención le llegaría al conocer a La Sole (Soledad García) que se acabaría convirtiendo en su mujer.

El Torete es detenido en 1987 en una playa de Alicante con una pistola y cuarenta o cincuenta gramos de cocaína encima y entra en prisión. Con su futura esposa (Sole) y su hijo (Ángel) esperándole fuera, pide su traslado a la cárcel de Murcia para poder estar cerca de ellos, pues la familia de Soledad García es originaria de Archena. Termina de cumplir su condena en 1991 y olvida su vida como delincuente y como actor para contraer matrimonio y mudarse a Murcia, pero la desgracia lo vuelve a alcanzar: se había infectado de SIDA —según dicen por compartir la aguja con la que se pinchaba heroína— y muere ese mismo año, a los 31 años.

EL MINI (JOSÉ ANTONIO VALDELOMAR)

Para cuando “Deprisa, deprisa” ganó en 1981 el Oso de Oro a la mejor película en el Festival Internacional de Cine de Berlín, Valdelomar ya era un drogadicto y un maleante.

Después de aterrizar en el cine, siempre intentó separar entre esas dos identidades que habitaban en él: José Antonio Valdelomar, el actor, y El Mini, delincuente. Había nacido en 1958, en Ciudad Real, más concretamente en Fuente del Fresno, pero cuando Carlos Saura lo encontró en un casting buscando actores no profesionales para su película él ya estaba en el barrio madrileño de Villaverde Alto y ya tenía varios antecedentes penales en su haber aunque aún no había pasado por la cárcel. Sí lo hizo el mismo año en el que se estrenaba la película en la que era protagonista —la única que rodó— pero nunca llegó a verla en los cines españoles: un par de semanas antes de aparecer en las carteleras del país, El Mini fue detenido junto a un compinche por robar un taxi y una sucursal del Banco de Vizcaya en la calle Río Rosas. El taxi lo empotraron contra otro coche y lo que duró la persecución con la policía fue lo que les duró el botín, entre 160.000 y 170.000 pesetas. Se los llevó la policía detenidos, a él y a su compañero, Jesús Arias Aranzueque, que también había sido su compañero de atracos en “Deprisa, deprisa” y que lo recuperó en el 87 José Luis Cuerda para un pequeño papel en “El bosque animado” antes de que muriese de sobredosis en el 92. La escena parecía sacada directamente de la película, pero ambos acabaron dando con sus huesos en una prisión de verdad.

El Mini se justificaría delante de los periodistas que se acercaron a visitarlo a la cárcel “Era una mañana que necesitaba dinero como fuera”. El vicio —ya consumía heroína en el rodaje de su película— y una tienda de discos que no aguantó mucho tiempo abierta se llevaron las 300.000 pesetas que cobró por protagonizar la cinta de Carlos Saura. Así sería su adicción que en el tiempo que pasó entre que acabó el rodaje y el estreno robó dos bancos: por el que lo detuvieron y otro del que sacó casi 470.000 pelas según Francisco Javier Gala Orgaz, que confesó después de ser detenido en la investigación por el atraco en la calle Río Rosas.

José Antonio Valdelomar fue abandonado en la cárcel de Carabanchel por el cine y por el mundo, que sólo volvió a saber de él en 1992: estaba en el ala especial de los seropositivos de Carabanchel; a los 34 años, se pensaba desahuciado de la vida por el SIDA y el día antes de su muerte su mujer, Genoveva López, le coló un chute en una visita. A la mañana siguiente El Mini decide que allí mismo se lo van a encontrar, carga la jeringa hasta los topes y se mata de una sobredosis.   


¹ Dogma (conocido en inglés como Dogma 95) es un movimiento fílmico iniciado en 1995 por los cineastas Lars Von Trier y Thomas Vinterberg que incluye entre los diez puntos de su manifiesto el utilizar localizaciones reales, el rodaje cámara en mano, la prohibición de utilizar efectos especiales, efectos ópticos, filtros, música extradiegética, etc.

² El caló es el nombre que recibe la lengua de los gitanos españoles.



SOBRE EL AUTOR

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s