Hace bastante tiempo, tuve la oportunidad de leer algo similar a una biografía de Yoshitsune Minamoto. Se trata de un samurái de especial relevancia para los hechos acontecidos en las Guerras Genpei (1180-1185), tema que a su vez podemos encontrar en el Cantar de Heike. Lo que pude leer, sin embargo, era una novelización de su vida, escrita por Pamela S. Turner. Titulada Samurai Rising, nos acerca de forma amable a uno de los primeros guerreros emblemáticos de la historia japonesa. Incluso aunque nuestra lectura fuera inocente y superficial, es inevitable toparse con una idea central a lo largo de su corta pero intensa vida. Algo que puede extrapolarse a la forma en que la épica nipona trasciende a través de cualquier medio cultural.

Ese “algo” se trata en lecturas más concienzudas, como el libro Samurai from Outer Space de Antonia Levi. Lo que hace inmortal y enriquece la leyenda de cada guerrero japonés es cómo se entrega hasta el final de las consecuencias. El porqué de la batalla es secundario, que no irrelevante, y en todo caso iría de la mano del honor. Se alcanza la grandeza mediante el extremo, traspasando los límites racionales, llegando a donde el ser humano no podría llegar. En cualquier manga y anime donde el combate sea una herramienta narrativa constante, luchar hasta el final, alargando los límites físicos de cada contendiente, es una forma de dar sentido a la confrontación. Cualquier motivación y resultado es válido, siempre que haya una fantasía épica construyendo la batalla.

Creo que, si estás leyendo esto, conoces de sobra el término “musou”. Más correctamente escrito como musō, define a un tipo de videojuego creado y moldeado en las oficinas de Omega Force, compañía japonesa perteneciente a Koei Tecmo. Comenzó llevando la historia de Los Tres Reinos, período histórico chino por excelencia, al videojuego. Usando su contexto como base, resultó en un festival de acción, donde escogíamos un personaje que terminaría por destruir ejércitos enteros con sus propias manos. Como nos contaba Tomás Grau en Presura, a través de las palabras del director principal de la saga, Yoichi Erikawa: “exaltar la alegría que se produce al controlar a un ejército de un solo hombre” es el fin principal de este tipo de videojuego.

Desde nuestro análisis occidental, a menudo dado por válido sin miramientos, recaemos sucesivamente en el mismo juicio: se trata de videojuegos donde aporreas botones sistemáticamente y entrega tras entrega apenas hay diferencias sustanciales. A nada que tengamos conocimiento sobre cómo está visto el musō desde este prisma, sabemos que su percepción es negativa.

Uno de los mayores problemas que encontramos, a la hora de analizar una obra concebida en un contexto cultural que nos resulta completamente ajeno, es el de priorizar aspectos equivocados. Valorar Dynasty Warriors por su complejidad mecánica puede desviarnos de su intención. Sus herramientas jugables son un trámite placentero, en todo caso, que nos lleva directos hacia el verdadero fin: ser el ejército de un solo hombre.

Los mecanismos, como la noción del combo interminable, son vías para representar una energía que no puede crearse desde lo técnicamente comedido. No estamos al servicio de las limitaciones de nuestro personaje, sino que éstas están ahí para servir al propósito que rodea a la experiencia.

Su grandeza, o insignificancia, se mide por hasta dónde está dispuesto a llegar por la idealización del guerrero. Los mecanismos están a disposición de la estética, en su más amplia repercusión. Los hechos históricos son el utensilio para cocinar una nueva realidad. En lugar de establecer una delgada línea divisoria entre lo ficticio y lo verosímil, se opta por la primera de las opciones y se lleva hasta su máxima expresión. Incluso cuando no se trata de una adaptación con base histórica, como ha sucedido con Berserk, The Legend of Zelda o Dragon Quest, la verosimilitud del contexto se pone a disposición del fin: hacernos sentir especiales, incomparables al resto.

La idea de un combatiente sin igual, que por suerte es nuestro avatar, sólo puede trasladarse convirtiéndonos en algo similar a un ente terrenal todopoderoso. La misión última de un musō es la de hacernos sentir ese poder, aun siendo de carne y hueso. Tiene como meta introducirnos en una visión japonesa de lo moralmente bello. Una moralidad y una belleza que, tal y como sucedía en la historia de Yoshitsune, no se exalta mediante el porqué, sino a través de poner el límite tan lejano como alcancemos a concebir.


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