El inconfundible cantautor Daniel Johnston comienza su Story of an Artist con los siguientes versos:

“Listen up and I’ll tell a story
About an artist growing old
Some would try for fame and glory
Others aren’t so bold

Everyone and friends and family
Saying, “hey, get a job
Why do you only do that only?
Why are you so odd?

We don’t really like what you do
We don’t think anyone ever will
It’s a problem that you have
And this problem’s made you ill”

Identificar efectos siempre es más sencillo que rastrear causas. Sabemos que, por alguna razón, a lo largo de siglos de producción artística uno de los tópicos más explorados, explícita o veladamente, es el de la vejez y la soledad asociada. Es posible que los artistas, conforme se va acercando el momento de decir “adiós”, impriman en su obra el producto de su enfrentamiento interno con la muerte venidera, su proceso de racionalización y asimilación de aquello que es inevitable.

Dos de los últimos discos de dos de mis músicos favoritos, Leonard Cohen y David Bowie, son prácticamente testamentos en forma de canciones. Cohen publicó póstumamente You Want it Darker, disco que grabó en el salón de su casa en un estado físico que prácticamente le impedía desplazarse grandes distancias, y producido por su hijo Adam. El disco de Cohen abre con una canción homónima que es prácticamente una conversación con Dios:

If you are the dealer, I’m out of the game
If you are the healer, it means I’m broken and lame

[…]

I’m ready, my lord”

El último disco de David Bowie, Blackstar, fue publicado apenas dos días antes de su fallecimiento, esta vez tras casi dos años sufriendo un cáncer de hígado. La tercera canción del disco, Lazarus, es un explícito y reconocido autoepitafio del propio Bowie, que quería dejar impreso en acordes y versos sus sentimientos durante las postrimerías de la muerte:

“Look up here, I’m in heaven
I’ve got scars that can’t be seen
I’ve got drama, can’t be stolen
Everybody knows me now

Look up here, man, I’m in danger
I’ve got nothing left to lose
I’m so high it makes my brain whirl
Dropped my cell phone down below
Ain’t that just like me?”

Dos discos terriblemente personales, en buena medida alejados de lo que anteriormente habían hecho ambos (en especial, Bowie) y donde se vierte absolutamente todo hasta que no quede nada.

John Carroll Lynch estrenó en 2018 Lucky, la última película de Harry Dean Stanton, actor nonagenario que prácticamente se interpreta a sí mismo. La opera prima de Carroll Lynch es una reflexión de tintes abstractos sobre el enfrentamiento de un viejo hombre ante la muerte. Lucky, el protagonista, pese a su edad, no es capaz de asimilar que su vida se acaba, niega la mayor y se aferra a la vida con el ceño fruncido hasta que se da cuenta de que lo que hay que hacer es liberarse de ella con una sonrisa.

Este texto es también resultado, en buena medida, del visionado de El Irlandés. La última (por el momento) película de Scorsese es, sin duda, fruto de la observación del propio envejecimiento. No sólo todos los actores son viejas glorias (Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel) sino que la propia naturaleza de la historia, una vez despejadas las eventualidades de una trama de gángsters, revela la necesidad de todos ellos de mostrar sus pensamientos, sea a través de la cámara o con su propio cuerpo, de aquello que están viviendo, que es la vejez tras el éxito. La película abre con el personaje principal de la película, Frank Sheeran (De Niro) hablándonos en pasado de aquello que ha vivido, de manera que la cinta de Scorsese se convierte en una conjunción no lineal de flashbacks. Sheeran, tras ser uno de los brazos armados más importantes de la mafia, acaba en una residencia de ancianos lidiando consigo mismo y con sus errores del pasado, sin capacidad alguna para solucionar ni aprender más de lo que ya ha aprendido. No hay redención ni expiación, sino simplemente una mirada al abismo que no devuelve más que un reflejo prístino de lo que uno es.

El Irlandés es cine crepuscular; muestra orígenes, ascensos y caídas. Es cine de gángsters, pero creo que eso no es más que el contexto, el envoltorio. Muestra la vida en sí misma, y el cómo pese a orígenes muy distintos, todos acabamos en lugares muy parecidos. Quiero pensar que aquella residencia de ancianos como un metafórico lugar común al que a todos nos tocará ir tarde o temprano, como unos años de olvido ajeno en el que tocará hacer balance de la vida propia y, bien arrepentirse, bien mirar al interior de uno mismo y asimilar lo que uno ha sido.

Es una constante: la vejez, la soledad y la muerte. El artista imprime en su obra aquello que recibe del mundo y de su vida, aquello que lo nutre. Las obras surgen de la inquietud y la necesidad de contar al mundo algo, aunque muchas veces no se sepa qué. Pese a que pueda parecer descorazonador, es en cierta medida apacible poder observar el crepúsculo artístico de los autores, porque en casi todos ellos se pueden rastrear verdades que son de interés común. La vida del artista es, al fin y al cabo, la vida de un ser humano con especiales capacidades para comprenderse a sí mismo y al mundo. Así, en estos casos se enciende una luz de especial interés en mí, pese a la aparente lejanía del tema. Pero nada golpea más fuerte que un autor que se vacía cuando ya es lo único que le queda por hacer.


Espada y Pluma te necesita


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