Pensad en la forma de una pera. Ahora, intentad definirla. Imposible, ¿verdad? Pues eso es el amor.

Por algún motivo incomprensible, los seres humanos tenemos necesidades amorosas. Por otro motivo aún menos comprensible, ciertos seres humanos han tenido la inquietud para expresar todo eso en forma de películas, y antes en novelas, y antes en canciones.

Y perspectivas sobre el amor hay tantas como culos; cada uno tiene el suyo. Por tanto, el amor en el cine se ha tratado de miles de formas distintas. Cada autor tiene encerrada una verdad distinta del fenómeno amoroso. Se han hecho desde comedias a melodramas, se ha vertido desde la visión más trágica y pesimista hasta la versión más ideal y clásica del amor eterno como culminación de la búsqueda cuasi infinita del amante. Se ha hablado de crushes, noviazgos, matrimonios, rupturas, viudos y viudas, de gente que se siente sola y no sabe si rascarse el reloj o darle cuerda al culo… Ninguna película por sí sola va a reunir el significado completo del amor, porque el amor es un monstruo con muchos tentáculos y nunca sabes por dónde va a atacar.

Es decir, que este texto ni mucho menos pretende ser un repaso a todo el cine romántico, ni siquiera al mejor. Trataré que sea un mosaico variado donde tengan cabida distintas perspectivas del amor y el desamor de pareja; quizá si juntamos todas podamos sacar algo en claro sobre todo este calvario.

Breve encuentro (David Lean, 1945)

David Lean es uno de los directores ingleses más importantes y aclamados de la historia del cine. Suyas son Oliver Twist (1948), El Puente sobre el río Kwai (1957), Lawrence de Arabia (1962) o Doctor Zhivago (1965). Pero antes, en uno de sus primeros largometrajes, nos dejó una película absolutamente brillante como es Breve encuentro. Es una obra mucho más rupturista de lo que pudiera parecer a primera vista: en 1945 era difícil ver plasmada de manera positiva una infidelidad. El breve encuentro que sucede en esta película es el de dos personas absolutamente conectadas entre sí, pero cuyas circunstancias les impiden culminar su relación: ella es una mujer casada con un buen hombre, al que quiere y respeta, pero cuya vida se ha vuelto monótona y fría, viéndose atrapada en un lugar lejano al de sus sueños. Se enamora de un médico con el que se encuentra casualmente en una estación de tren, y sus encuentros se convierten casi en ensoñaciones, en refugios donde aparece esa pizca de felicidad que ambos buscan.

No sólo su planteamiento es fascinante y distinto al de la mayoría de obras de la época, sino que David Lean deja una clara impronta en términos formales. Su puesta en escena es fascinante, creativa y precisa; deja que unos actores absolutamente brillantes hablen y se relacionen entre sí hasta que cada una de las emociones que pasan por su mente lleguen y golpeen al espectador. ¿Cómo captar con la cámara la complejidad de una mirada entre dos personas enamoradas pero que han de ocultar su relación al resto del mundo y, además, sabiendo que en cierto sentido están haciendo algo con fuertes implicaciones morales? Ahí está lo más fascinante de la película de Lean, en poner todo al servicio de las emociones, los sentimientos y la violencia de una relación casi imposible.

Annie Hall (Woody Allen, 1978)

Woody Allen es un director peculiar. Con el tiempo hemos asimilado su obra de una manera casi natural y hoy en día la película que estrena cada año nos parece más de lo mismo, o nos recuerda a aquella otra que hizo en los 80. En cierto modo, hay algo de verdad en todo esto, y es que la obra de Allen es bastante reiterativa y no tiene problemas en pasar por las mismas inquietudes una y otra vez. Por eso es especialmente interesante indagar en los orígenes de todo esto, que probablemente estén en Annie Hall. No es su primer largometraje (antes tuvo varias películas de diversa índole, algunas de naturaleza muy extraña), pero sí es el que va a marcar buena parte de su estilo para siempre. Aunque, y aquí entramos en valoraciones personales, quizá nunca después haya conseguido ese nivel de ingenio cinematográfico y la fuerza humorística que tiene en esta película.

Annie Hall es una historia sobre la imposibilidad del amor y la imposibilidad de la felicidad; nos describe el mundo como absolutamente arbitrario, donde nada responde a causas lógicas ni rutas marcadas. En este sentido, es absolutamente rupturista con las historias clásicas de amor romántico, donde parece que la mano del destino arregla todo para que dos medias naranjas se junten en una sola. Woody Allen con esta película nos dice que probablemente eres una naranja entera, pero igual puedes acabar en casa de un marqués o acabar atropellado por un camión de camino a la frutería. Todo es arbitrario, nada tiene sentido y somos seres que nos movemos en un mundo buscando felicidad y dándonos de bruces con la realidad. En estos términos se mueve la primera gran obra de Allen, en la tensión entre la realidad y los deseos, entre lo que debería ser la vida y lo que realmente es.

Además, aquí empezamos a ver al personaje que Woody Allen creó para sí mismo, y que posteriormente se ha podido ver de manera casi invariable en distintas películas. Una suerte de bohemio desarraigado y egocéntrico, que cuando habla con los demás realmente habla consigo mismo, con tendencia a los debates existencialistas y el humor intelectual; un tipo que fascina a los de su alrededor, pero del que a su vez nadie querría ser amigo. La interpretación de Allen es brillante, y tiene verdadera fuerza actoral y sentido del ritmo.

Por otra parte, la puesta en escena en esta película es absolutamente creativa y desacomplejada. Tenemos una miríada de recursos cinematográficos fascinantes, que hacen única a cada escena: el protagonista no tiene problema en hablar directamente al espectador, se producen diálogos absurdos con gente que encuentra de manera azarosa por la calle, aparecen personajes famosos en escena cuando el protagonista lo pide para reafirmar sus ideas… La frontera entre realidad y la idealidad se desdibujan en esta película, mostrando el enorme truco de magia que es el cine.

Y, al final, lo que nos queda es que nada de esto tiene sentido, tal y como acaba dejando claro el final de la película:

“Y recordé aquel viejo chiste. Aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina. Y el doctor responde: ¿pues por qué no lo mete en un manicomio? Y el tipo le dice: lo haría, pero necesito los huevos. Pues eso es más o menos lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿sabe? Son totalmente irracionales, locas y absurdas; pero supongo que continuamos a mantenerlas porque la mayoría necesitamos los huevos.”

Two Lovers (James Gray, 2010)

El amor no siempre es cosa de dos. Es cosa de muchos, de hecho. En nuestra perspectiva del amor no sólo influye nuestra pareja actual o aquella persona que te gusta; en nuestra perspectiva actual de amor influyen todas nuestras relaciones tóxicas, las veces que nos dejaron, las decenas de amores platónicos que tuvimos, las historias que hemos leído y los ideales que nos hemos forjado. Y, en muchos casos, todo se enreda hasta el punto de que son varias personas a la vez con las que se tiene perspectiva amorosa.

Lo de los triángulos amorosos, vaya, pero Two Lovers va un paso más allá en su tratamiento. La película de James Gray (La Ciudad Perdida de Z, Ad Astra) abre con su protagonista, Leonard Kraditor (Joaquin Phoenix) lanzándose al agua en un supuesto intento de suicidio. Poco después de revelará que padece un trastorno bipolar desde que su prometida le dejó de la manera más traumática posible: sin decir nada. Leonard acaba de volver a casa de sus padres, en Nueva York, donde trabaja en una tintorería. Por una parte, sus padres intentan juntarlo con una hija de sus amigos; por otra, Leonard se enamora de la vecina de enfrente.

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El planteamiento es casi decimonónico (se inspira, de hecho, en Noches blancas de Dostoyevski), pero el tratamiento de las escenas nos lleva a lugares muy subterráneos y desenmascara los miedos, traumas, fallos y estupideces de unos personajes que intentan agarrarse a un clavo ardiendo con tal de estar con la persona que quieren estar. Tenemos a tres personas amando, pero a ninguna totalmente correspondida. Two Lovers es una película de una violencia abrumadora; no una violencia física, sino una latente que permea al espectador a través de miradas y frases que esconden varias capas de significado.

En esta película James Gray se muestra mucho más contenido que en trabajos posteriores, trabajando desde los planos cerrados y los sencillos travellings, pero ajustándose perfectamente a la naturaleza de una historia que cambia su enfoque tantas veces como lo hacen las relaciones de los protagonistas. Al igual que Annie Hall, pero de otro modo, Two Lovers nos habla de la imposibilidad de conseguir nuestros sueños, de la ruptura entre el mundo imaginado y el mundo real, del choque violento entre los ideales y la vida.

Carol (Todd Haynes, 2015)

Los amores pueden ser imposibles por muchos motivos. Pueden serlo, en primer lugar, porque no sean correspondidos; pero pueden también serlo porque la sociedad o la familia (normalmente como extensión de aquella) no los aprueben.

Es el caso de un amor entre dos mujeres de edades dispares en plena década de los 50 que, a priori, tendrá todo en contra para fructificar. El amor en Carol es un amor a contracorriente, uno que debe esconderse como aventura y que no permite mostrarse a la sociedad porque esta lo reprobaría.

En esta película tienen cabida algunas de las escenas más sutiles, deliciosas y emotivas que tengo el gusto de recordar, a la vez que otras tremendamente desasosegantes. Imagino que el amor fugaz y prohibido despierta esas mismas sensaciones: maravilloso cuando se vive, pero terrible cuando se piensa.

Si por algo destaca Carol, más allá de sus planteamientos literarios, es por su estilo y puesta en escena. Todd Haynes, que ya hizo un trabajo excelente con Lejos del cielo, es tremendamente hábil para construir las imágenes. Es una película que consigue epatar al espectador desde la limpieza visual, los sutiles movimientos de cámara y una fotografía que se ajusta como anillo al dedo al sentimiento de los protagonistas y la naturaleza de las escenas. Es difícil transmitir la complejidad de los sentimientos humanos sin recurrir a los personajes exponiéndolo con palabras; Todd Haynes es experto en hacerlo sólo con imágenes. Las verdades nunca está en qué dicen los personajes, sino en cómo lo dicen, y en su gestualidad, en qué aparece en el plano y qué deja de hacerlo. Son estas sutilezas, muy difíciles de exponer verbalmente, las que hacen de Carol una de las películas más sensibles a la hora de tratar el amor imposible.

Paterson (Jim Jarmusch, 2016)

Cuando se retrata el amor rara vez se hace desde la cotidianidad. El enfoque suele estar en las aventuras, las rupturas, el enamoramiento; en fases climáticas, de una forma u otra. Rara vez se retrata el amor desde lo más mundano, no desde el problema puntual sino desde la constancia diaria. Jarmusch apuesta todo, tanto en su guión como en su dirección, para retratar la cabida que tienen los sueños y la poesía dentro del marco de la cotidianeidad.

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Paterson se estructura en forma de diario, el del protagonista del mismo nombre, un autobusero estadounidense que lleva una vida perfectamente normal, tranquila y rutinaria; y, dentro de esta rutina, está su relación con su mujer. Una película lenta y sencilla, donde las imágenes flotan y a la vez pesan, cocida a fuego lento.

En el marco de la rutina más estricta, Paterson se proyecta al exterior cuando escribe sencillos poemas en los ratos libres que encuentra entre turno y turno. Paterson se vuelve poco a poco en una oda a las personas sencillas y los momentos pequeños, al encaje que hemos de hacer a nuestros sueños dentro de una vida para nada fuera de lo común.

Man in an Orange Shirt (Michael Samuels, 2017)

Man in an Orange Shirt es una de las miniseries que acostumbra a producir la BBC. En este caso, se trata de un díptico a través del cuál se retratan dos historias de amor homosexual separadas entre sí más de setenta años.

La primera historia transcurre en 1940 y trabaja las mismas inquietudes que ya hemos hablado con Carol: el amor a contracorriente en una sociedad que lo desaprueba. No obstante, y aunque tiene ciertos aspectos interesantes, en este caso el tratamiento de la relación es bastante clásica y canónica.

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Me resulta más interesante la segunda historia. Mucho más cruda, realista y apegada a los problemas de los jóvenes actuales. El protagonista se mueve entre relaciones esporádicas que consigue a través de una app, mientras acumula en torno a su alrededor numerosos problemas de los que le será difícil despegarse. Finalmente conoce a otra persona con la que trata de mantener una relación estable, pero todo el bagaje acumulado acaba haciendo que fructifiquen numerosos problemas y sea incapaz de relacionarse adecuadamente en términos románticos.

Los dos capítulos cuentan con una dirección sencilla pero efectiva, empapada de esa elegancia propia de las producciones británicas, que juegan sobre seguro pero bajo unos esquemas que resultan adecuados a este tipo de historias de personajes.

Modern Love (2019, John Carney y otros)

En el torrente de series que nos llegan anualmente es imposible que todas destaquen; y pese a su discreta recepción, creo que Modern Love, la obra de John Carney (Once, Begin Again, Sing Street) para Amazon es una de las grandes series que nos dejó el pasado año.

Modern Love adapta distintas historias de amor y desamor que ya habían aparecido en las columnas del mismo nombre de The New York Times. A lo largo de 8 capítulos se consigue un mosaico complejo y completo del fenómeno amoroso, que nunca es tan sencillo y bipersonal como estamos acostumbrados a ver. En Modern Love tienen cabida historias muy dispares entre sí: un embarazo fruto de una relación esporádica, la adopción de un bebé por parte de una pareja gay, el amor en la vejez que acaba de manera trágica, la imposibilidad de una mujer para relacionarse con sus parejas debido a su trastorno bipolar… Creo que la serie de Carney capta muy bien el propósito de este mismo artículo: el amor en todas sus fases es un fenómeno extraordinariamente complejo y difícilmente puede ser abordado en su plenitud en una sola historia.

Los capítulos, pese a durar menos de 30 minutos, están llenos de ideas y están fabulosamente escritos. Hay, como suele ocurrir en casi cualquier serie, irregularidad entre episodios. Hay alguno muy poco imaginativo y poco interesante, pero se ve compensado por algunos que son una auténtica maravilla, en especial los que dirige el propio Carney. ‘Acéptame como soy, sea quien sea’ (1×03) encierra por sí solo escenas de musical y partes absolutamente duras, para representar (con mucho acierto) el trastorno de la protagonista; y ‘Cuando el portero es tu mejor amigo’ (1×01) es una bella historia de amistad entre una mujer embarazada y el portero de su edificio, que ya muestra recursos muy interesantes. Carney es un muy buen director, aunque sencillo en sus métodos. En esta serie destacada especialmente en la dirección de actores, que siempre otorgan verdad y ritmo a las escenas.


¿Y qué podemos concluir después de todos estos ejemplos? Ciertamente, estas obras no responden todas las preguntas, ni plantean discursos completamente cerrados, sino que, desde una perspectiva concreta, se dedican a dar herramientas para que cada cuál interprete todo este calvario.

He decidido no llenar esto de películas y series para no repetir demasiado en temas y formas. Creo que con estas seis obras se pueden sacar algunas conclusiones del fenómeno amoroso, alejando nuestra mirada de las historias más clásicas al respecto y pensándolo en toda su complejidad y explorando sus implicaciones (algunas bellas, algunas amargas).


Espada y Pluma te necesita


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