La fábula de Los tres cerditos (Three Little Pigs) tiene sus primeras dataciones a mediados del siglo XIX, aunque, como la mayoría de historias folklóricas que tienen manifestaciones literarias decimonónicas, probablemente sea mucho más antigua y sobrevivió hasta entonces gracias a la transmisión oral. La terminó de popularizar Walt Disney con su cortometraje de 1933, con el que ilustramos este artículo. La fábula es muy sencilla y, quizá por ello, tan popular. Tres cerditos (evidentemente humanizados) se deciden a construir sus casas. El pequeño, muy holgazán, la construye de paja para así tener más tiempo libre. El mediano, un poco menos holgazán, pero todavía sin ser ningún ejemplo, la construye de madera y ramas. El mayor, el más responsable, la construye de ladrillo. Cuando los cerditos han construido sus casas, aparece el lobo. Consigue destruir la casa de paja, y el cerdito pequeño huye a la del mediano. Consigue destruir también la casa de madera, y el cerdito mediano huye a la del mayor. En la del mayor, viendo que esta no puede ser destruida por sus métodos previos, decide entrar por la chimenea, que se encuentra ardiente y vuelve raudo por donde ha venido.

La interpretación popular de esta fábula, y quizá la más intuitiva tal y como está planteada en la mayoría de versiones, nos remite a un ensalzamiento del esfuerzo: quienes más trabajan, y menos desperdician el tiempo, son los que prosperan y hacen frente a las contingencias del entorno (un lobo, en este caso). De esta forma, se advierte a los niños de que utilicen su esfuerzo para hacer frente al ambiente, siendo este un medio y un fin en sí mismo. Un medio, porque te permite vivir mejor; y un fin, porque se le termina atribuyendo en sí mismo un valor, haciendo del esfuerzo una virtud. Además, en la versión de Disney, los dos primeros cerditos se ve cómo tienen tiempo para tocar alegremente la flauta y el violín, respectivamente; el mayor, sin embargo, está ocupado uniendo ladrillos. Por tanto, además de suponer un ensalzamiento del esfuerzo, se desdeña el tiempo libre y, especialmente, el tiempo libre dedicado a cuestiones no productivas, como la música, en este caso. “No tiene tiempo de jugar, de cantar, de bailar, sólo sabe trabajar”, le cantan los dos cerditos menores al mayor, cuando está todavía terminando el techo de su casa. Sólo después se permite tocar el piano; primero, el trabajo.

Se puede criticar la ideología que emana la fábula desde tres puntos de vista: el natural, el social y el filosófico.

El natural. La fábula de los tres cerditos se plantea en base a una serie de presupuestos que quizá no tengan demasiado que ver con la realidad, aunque se hayan popularizado. El esfuerzo, o dicho de otra forma, la cantidad de tiempo y energía invertidos en una tarea, no influye más que parcialmente (nunca completamente) en el resultado externo que se desea. Dicho de otro modo, el esfuerzo individual no garantiza el éxito individual, porque las condiciones materiales del entorno son siempre decisivas. ¿Qué le garantizó el éxito al mayor de los hermanos? ¿Su esfuerzo o el ladrillo que pudo comprar? La paja y la madera con las que los hermanos menores construyeron sus casas eran, por muy bien construidas que estuviesen estas (lo mucho que estos se esforzasen), fácilmente expugnables por el lobo. Yendo más allá, ¿tendría sentido esta fábula si en la zona no hubiese lobos? ¿Qué diferencia hubiese habido si en lugar del lobo hubiese acudido una oveja? ¿Podían siquiera los cerditos tener información acerca de la fauna y los peligros del entorno? Según la interpretación popular de la fábula, a mayor esfuerzo inicial, mayor tranquilidad le sigue. Si bien es cierto que la correcta adaptación al entorno conlleva una mayor probabilidad de sobrevivir, esto no garantiza la supervivencia. Y, además, el esfuerzo no es más que un mediador que, en ocasiones, resulta innecesario. La ley por la que se rige el ser humano, como cualquier otro ser animal, es la del mínimo esfuerzo. No porque seamos holgazanes por naturaleza, sino porque desperdiciar energía cuando puedes no hacerlo es absurdo. Por tanto, aunque en el cuento el esfuerzo se plantee como medio y fin, es únicamente un medio, y ni siquiera uno especialmente importante en determinadas condiciones. Lo importante son las condiciones y, en segundo lugar, la correcta adaptación a ellas. El esfuerzo como fuerza capaz de garantizar la estabilidad no parece ir en consonancia con las observaciones que cualquiera puede hacer de su entorno, donde podemos ver a cientos de personas esforzándose (y, además, correctamente) en su trabajo o sus relaciones personales para acabar “fracasando” en ellas. Por el contrario, también podemos observar personas que, sin un esfuerzo consciente ni aparente, logran lo mismo, o más, que el resto. ¿Es, entonces, el esfuerzo tan decisivo?

El social. ¿Qué hubiese pasado si todos los cerditos se hubiesen juntado en una misma casa y cada uno de ellos hubiese dedicado su esfuerzo a una tarea especializada? El mayor podría haber dedicado su tiempo y energía a construir la ansiada vivienda de ladrillo, mientras que los dos cerditos menores podrían haberse dedicado a la siembra de cereal, búsqueda de alimento y exploración de las cercanías de la casa. Esta es la forma, en esencia, en la que funcionan las sociedades modernas: con la especialización del trabajo grupal, estableciendo distintos niveles de organización, jerarquización y especialización: primero en hordas familiares, luego en tribus plurifamiliares, y por último en estados e imperios (con todas las fórmulas intermedias que obviamos). La fábula de los tres cerditos, sin embargo, está cargada de individualismo, que quizá emana del liberalismo sistémico de la época en la que se pensó. En la fábula no se aprecia cooperación, relaciones horizontales o transmisión de información; en la fábula se muestra un sálvese quien pueda donde la única herramienta que cada hermano tiene para hacerle frente a la adversidad es el esfuerzo individual. Un esfuerzo que únicamente te salva a ti mismo y que, como hemos visto anteriormente, ni siquiera te garantiza salvarte.

Si hiciésemos un experimento natural en el que soltásemos a tres hermanos en unas lomas llenas de lobos, con unos pocos materiales a su disposición y donde apremia el hambre, es absurdo pensar que lo más probable es que cada uno de ellos trate de sobrevivir por su cuenta. Lo razonable es pensar, en base a todas la experiencias previas, que los tres hermanos se agruparían para hacer frente a las contingencias ambientales: el frío, la lluvia, la escasez de alimento, el lobo; cualquier cosa de estas es intuitivamente más fácil de sortear con un esfuerzo colectivo.

La fábula de los tres cerditos puede convertirse en perniciosa porque en su fondo encontramos el desligamiento del individuo del resto, donde hay ganadores y perdedores, y estos últimos dependen de los primeros para su supervivencia.

El filosófico. Esto sirve de puente a las dos aproximaciones anteriores. Aquí trataremos de entender si tiene sentido aplicarse a la vida cotidiana de cada uno la moraleja de los tres cerditos (a mayor esfuerzo, invariablemente mayor recompensa). Aunque se puede abordar esta cuestión desde numerosos frentes y escuelas filosóficas, nos remitiremos a la filosofía grecorromana más eminentemente práctica: el estoicismo, a la que pertenecían Epicteto, Séneca o el emperador Marco Aurelio. Para entender de manera profunda esta escuela (y quizá de otra forma no se pueda hacer) hay que hacer un ejercicio de indagación teórica y repetición cotidiana, pero nos adelantaremos unos cuántos pasos y trataremos de deducir qué podría pensar un estoico de esta fábula.

Dos de los pilares del estoicismo son el Deseo y la Acción. El Deseo, sencillamente, es qué deseamos que ocurra en nuestra vida. La Acción es, también sencillamente, cómo y en base a qué principios debemos actuar.

El Deseo ha de ir en consonancia a la naturaleza, es decir, no conviene desear cosas que se escapan de nuestra (pequeña) influencia; la Acción debe ir en consonancia con esos deseos. Se ha de utilizar la razón para entender la naturaleza y su funcionamiento, y una vez entendida, saber qué se puede esperar de ella y cuál es nuestra parcela de acción. Así, entre otras cosas, evitamos frustraciones. Por ejemplo, en el cuento, no conviene desear que no aparezca un lobo, porque eso no depende de nosotros; conviene desear, en cualquier caso, poner todas las barreras posibles para que ese lobo no nos dañe. Puede parecer, en principio, lo mismo, pero a nivel de filosofía personal es radicalmente distinto: no nos centramos en los resultados (que nos coma el lobo) sino en lo que le precede (el uso de nuestro conocimiento y habilidades para aumentar las probabilidades de que no nos coma el lobo).

Por tanto, un estoico dejaría clara una cosa desde el principio: puedes hacer todo lo posible, utilizando la razón, para apartarte del lobo; pero, que el lobo venga o no, y que sea o no capaz de sortear tus obstáculos, no depende completamente de ti, porque estás inevitablemente limitado por el entorno. El esfuerzo personal, en este caso, queda en entredicho como fuerza capaz de modificar a gusto nuestra vida; nuestra vida no depende completamente de nosotros, sólo parcialmente. No obstante, el estoicismo, pese a la confusión generalizada, no consiste en sentarse hierático a observar crecer la hierba y despreocuparse por todo a nuestro alrededor; antes al contrario, el estoicismo es una filosofía de acción.

Otra particularidad estoica de su disciplina de la Acción, está relacionada con la Ética y la vida social. Para un estoico, nuestras acciones no han desligarse nunca del bienestar social. Los estoicos estaban convencidos de que la virtud únicamente se podía alcanzar con un correcto desarrollo moral y de la vida en común. Se ha de mirar al prójimo y contribuir a su bienestar, porque esa es el camino para una vida virtuosa. Bajo esta premisa, por muy bueno que sea cada uno de los cerditos construyendo casas, no podrían ser virtuosos, porque deciden voluntariamente desligarse del resto y vivir sus vidas desde el individualismo. El esfuerzo personal, desligado de una comunidad mayor en la que se inserte para conseguir una reciprocidad, es vacuo.

La visión estoica no es sólo una ocurrencia filosófica más, sino que es la que más ha trascendido a lo largo de los siglos entre las distintas sociedades que trataron de darle un sentido práctico a la vida, sea desde el secularismo o desde la religiosidad. El porqué es tan sencillo como radical: porque está en consonancia con la vida natural y la vida en sociedad, que es el verdadero marco de actuación del ser humano.

No conviene tomarse este texto como un mero ataque al cuento de los tres cerditos, porque sería algo infantil. Más bien, la fábula nos ha servido como medio para comprender cómo cierta ideología (el liberalismo, la cultura del esfuerzo, etc.), pese a estar desligada de la realidad, está muy presente en el arte popular de forma que permea y arraiga con mucha facilidad en las distintas sociedades. Como este cuento hay cientos más, y quizá conviene darle una vuelta a las moralejas de algunos de ellos; no tanto para enmendar la plana, sino para comprender mejor cómo funciona realmente el mundo. ¿Con qué probabilidad una tortuga ganaría la carrera a una liebre, por mucho que se esforzase y quisiera?


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