Juan Ramón se removía en la cama de tal forma que daba miedo. Las enfermeras habían salido de la habitación tras asegurarse de que los camilleros lo tenían controlado para que no se hiciera daño. No habían conseguido hacerle ver que no se estaba convirtiendo en un vampiro, y la psiquiatra de guardia no estaba disponible todavía porque había colapsado tras la última guardia. Conchita estaba hartísima de la situación, y no por el paciente.

–Como esto siga así acabaré teniendo que llamarme Psiquiatra Psiquiátrez, se nos han quemado todos y yo me metí a enfermera para hacer otras cosas, no para tomar prozac como si fueran caramelos.

Sofía no estaba de mucho mejor humor.

–Yo todavía no he acertado con la quiniela, pero en cuanto consiga más de diez euros, lo invierto en la sanidad pública, te lo prometo.

–Ayudaría que supieras algo de fútbol, no te voy a mentir.

–¡Bueno hija, todavía no soy omnipotente, dame cancha!

Conchita iba a soltarle alguna lindeza, pero se calló al ver el espectáculo del pasillo. La madre de Juan Ramón correteaba tras un hombre que sólo significaba malas noticias. La enfermera lo saludó con un asentimiento de cabeza.

–Buenas noches –la voz de aquella garganta era propicia para ser escuchada en películas en las que a las señoritas les tiemblan las rodillas al oír al hombre en concreto que la poseyera, no pintaba nada metida en el cuerpo de aquel señor, y a Conchita eso la desquiciaba.

–Creo que ya sabe dónde es.

–Sí.

Era un monosílabo seco, y aún así, las ondas del sonido intentaban perrear los tímpanos de todas las personas que le escuchaban. Conchita despachó al hombre con un gesto igual de seco, y se giró hacia la mesa, a hojear los expedientes que se le acumulaban.

Por su parte, el hombre se giró y se encaminó a la habitación. A su lado, justo sobre el oído izquierdo, un sonido sibilante se abrió paso y llegó hasta el cerebro.

–La pones a cien, amigo mío. Qué poca vergüenza. Tú, un hombre dedicado a Dios, poniendo cachondas a enfermeras. Y además a enfermeras casadas. Ay, Ramiro, me haces sufrir…

Ignorando la presencia que nadie más notaba, el hombre vestido de negro abrió la puerta de la habitación. Los gritos de Juan Ramón llenaban la habitación. Los camilleros sudaban la gota gorda intentando controlarlo y, más concretamente, que no se hiciera daño a sí mismo ni a ninguno de ellos. Claramente no sabían lo que tenían entre manos. Ramiro ocultó su malestar tras la máscara de indiferencia que se había acostumbrado a llevar. A su lado, la voz sibilante no contuvo nada en absoluto.

–¡Oh! Puedo perdonarte lo de la enfermera viendo este espectáculo, amigo. Delicioso. Sencillamente, delicioso.

–Por favor, déjenme a solas con él –la voz de Ramiro se abrió paso entre los camilleros. Le molestaba, porque sentía que su voz tenía mucha más entidad que él mismo, y eso no era un buen indicio. Al fin y al cabo, no era suya.

–Señor, no podemos hacer eso –le dijo un camillero.

–No podemos, pero lo vamos a hacer. Un par de minutos, padre. Ni uno más –el camillero más veterano, que ya conocía a Ramiro, cogió a sus compañeros del cogote y los sacó a rastras, sin dejarles protestar. Cerró la puerta tras salir, y Ramiro se quedó a solas con el chico.

Juan Ramón intentaba soltarse los amarres, se mordía los brazos y estaba claramente pasando un mal rato. Ramiro apagó la luz y el chico pareció calmarse en su frenesí. Dejó de gritar y agitarse, y sólo se oía un chisporroteo bajo, cada vez menos importante.

–Por lo más sagrado, si hasta huele a churruscado…

–Este es de los buenos, Ramiro, qué alegría –la voz cada vez parecía más corpórea, de hecho, el sacerdote podía ver un perfil inhumano, una presencia fuera de lo natural–. Ábreme la puerta, anda.

Ramiro se acercó a la camilla, y sacó del bolsillo interior de la americana el óleo que necesitaba. Murmurando por lo bajo unas palabras que nadie debería pronunciar jamás, especialmente nadie con formación religiosa, trazó la cruz invertida en la frente de Juan Ramón, que abrió la boca y jadeó, claramente abrumado por un gesto tan sencillo. El sacerdote se apiadó del chico, que no había cumplido los dieciocho y podría no llegar a hacerlo. En sus ojos florecieron dos derrames, como siniestras amapolas.

–Te abro la puerta a este cuerpo, Satana, a esta pobre alma que sufre y a todo lo que ella alberga…

–¡Ramiro por Dios, que me muero de hambre! –al lado del cura parecía materializarse por momentos un ser de colmillos afilados, que salivaba con descontrol e impaciencia.

El chico respiraba a duras penas y se aferraba a la mano de Ramiro, que estaba manteniendo los dedos en contacto con la frente sudada como podía. La habitación empezaba a caldearse de forma bastante desagradable.

–… y te otorgo permiso tácito para que te alimentes de todo lo que no pertenece al dueño del cuerpo, toda aberración maligna que corrompe a este mártir…

–¡Ramiro, venga! ¡Que se te ahoga!

–Amén –acabó el sacerdote.

El olor a azufre le inundó las fosas nasales y le mareó por un instante, pese a que ya lo esperaba. Una luz rojiza empezó a iluminar la mano de Ramiro, mientras el demonio pasaba a través de su contacto al cuerpo de Juan Ramón, a alimentarse. La esclera de uno de los ojos del chico empezó a teñirse de negro, mientras se asomaba hasta allí en busca del ser que estaba ocupando un cuerpo que no le pertenecía.

El proceso estaba en marcha. Sólo quedaba esperar a que Tarzu hiciera su trabajo. Ramiro sabía que lo haría. El pacto le obligaba.

Ramiro salió de la habitación dejando al chico profundamente dormido, limpio de toda influencia demoníaca. El sacerdote sentía que necesitaba darse una ducha, sumergirse en un barril de lejía o hervirse entero, porque sentía sobre la piel el chapapote que Tarzu se había dedicado a lamerse de los dedos tras salir del cuerpo de Juan Ramón.

–Pues no era para tanto. Mucho ruido y pocas nueces.

Ramiro ignoró la voz del demonio. Ya daba bastante mal fario ver un cura con la cara quemada, no hacía falta que la gente le oyera hablar solo por la calle.

–Pero el chico era muy simpático. Y tenía razón, se estaba convirtiendo en un vampiro. Qué putada. ¿Sabías que se estaba quemando hasta con la luz eléctrica? Menudo mindundi de demonio vampírico, la verdad. Debilidad a la luz eléctrica. Con el precio que tiene la electricidad no me extraña, pero vaya, que en el siglo en el que estamos obligues a un pobre chaval a vivir a la luz de las velas, que se te quema el ataúd por menos de nada, si es que es un peligro público… Un aficionado. Me empiezo a cansar de que manden a chapuzas a hacer estas cosas. Yo lo hacía mucho mejor. ¿Te acuerdas, Ramiro?

Ramiro se acordaba. Pasó de largo el bar, saludando con la mano al dueño, como llevaba veinte años haciendo. La primera vez había tenido que entrar a usar el baño porque Tarzu intentaba matarlo por la vía rápida. No consiguió asfixiarlo, sólo que lo vomitase. Desde aquel día eran inseparables, les unía el Pacto. La vida de una niña que había escogido el peluche equivocado en una tienda de juguetes había puesto al límite a un Ramiro al que le habían negado la formación de exorcista. Y desde entonces estaba solo contra aquella bestia. No se arrepentía, pero era cansado, y ciertamente sacrificado. Y Ramiro prefería ni siquiera plantearse qué podía ocurrir cuando él muriera y Tarzu quedara libre.

–Mmmmmmm… Ramiro, esa chica esta poseída –dijo Tarzu.

–Tienes un serio problema de obsesión con las minifaldas, tú –masculló Ramiro.

La chica, que pasaba a su lado, lo miró fatal hasta que se dio cuenta de que era cura y se hizo la loca. Ramiro se sintió muy mal pero sabía que no podía explicarse. Escuchó a Tarzu reírse.

–Bueno, pues te dejo que subas a casa, que debes estar cansado…

Ramiro le enganchó por el cogote mientras el demonio se iba convirtiendo en una chica e intentaba seguir a la joven que se alejaba.

–Tú subes conmigo.

–¿Aún no te has cansado de mí? –lloriqueó el demonio, lagrimeando una sustancia negra y maloliente

–Jamás. Adoro tu apacible compañía –aseguró Ramiro.

–Y mira en qué lío nos has metido por adorarme. Siempre mal, Ramiro, siempre mal –Tarzu sonrió, y su saliva asquerosa manchó la mano del insorcista, que le apretó el cuello hasta que le dolieron los nudillos.


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