En Euphoria el escenario lo conforman cuerpos contorneantes por el ritmo de la fiesta, las drogas consumidas o el sexo animal. Euphoria es la adolescencia dramatizada, iluminada por el neón y apuntalada por todas y cada una de las dolencias de la transición más autodestructiva del ser humano. Euphoria no es la adolescencia de nadie, pero sí es la adolescencia de todos en formato 16:9 y destilada hasta llegar a lo que la propia adolescencia de uno parece que tiene que aspirar a ser: una explosión de imágenes, descomplejos, bailes inacabables, fiestas sin dueño, amores que arreglan otros amores, sexo sin complicaciones y drogas que ojalá no hicieran daño. La serie de Sam Levinson es, en cuerpo y forma, una panorámica por todas las peligrosas vías de escape de una generación de adolescentes puteadísima por su contexto, plasmado en una sucesión de ascensos y caídas personales que deterioran a los personajes.

El sexo es omnipresente en Euphoria. La relación que los personajes tienen con el sexo es siempre una respuesta a su entorno. El sexo no es simplemente sexo, sino que se convierte en algo más, en un juego de poder, en una forma de sentirse mejor con uno mismo o un canal directo para transmitir un mensaje. Y el porno, como manifestación audiovisual hiperaccesible y de consumo masivo, se convierte tanto en profesor de sexualidad como en herramienta para perpetuar ciertas prácticas y rutinas sexuales.

El porno no es el sexo; podríamos decir que es una parte del sexo, pero tampoco es exactamente eso. El porno es un producto audiovisual con una ideología muy concreta que transforma el sexo que practicamos. Las ideas que transmite el porno permean a los consumidores, inevitablemente. En las mentes especialmente plásticas y, sobre todo, jodidas de unos adolescentes en transformación, la pornografía ejerce un efecto nocivo en tanto que se estandarizan una serie de ideas machistas o violentas fuera de un contexto seguro y pactado. En el porno no sólo no hay consentimientos mutuos, sino que en ocasiones se muestran violaciones o se dan por hecho prácticas de alta agresividad. Los cuerpos del porno son una fracción muy pequeña del abanico de cuerpos que existen, y las cosas son más grandes y voluptuosas de lo que acostumbran a ser. El porno está hecho para el hombre heterosexual, en tanto que este encuentra en él un espacio para ejercer su dominio y practicar sus fantasías sin la responsabilidad que debiera haber fuera de la pantalla. Las mujeres acostumbran a ser bobas y complacientes (o, todo lo contrario, femmes fatales si es lo que a uno le pone), meros instrumentos a disposición del hombre. La humanidad se sustituye por una estética del cuerpo; se etiquetan los vídeos en función de si las modelos son pelirrojas o asiáticas y se crean categorías decididamente tránsfobas o racistas. El porno se manifiesta en un catálogo a disposición del hombre; las páginas porno son un Netflix en que el eliges bondage, rubias, teen o lésbico en función tus apetencias diarias y tus deseos más irracionales.

El porno erosiona y confunde a los personajes de Euphoria. Para Kat, el sexting se convierte en una manera de sentirse viva y mantener a flote su autoestima. Un montón de viejos trastornados le ofrecen montañas de billetes por verla en lencería y tratarla como una diosa. Parece un negocio redondo, pero que acaba por dañar la moralidad de Kat e impedir que disfrute de una relación duradera y sana. Es más, acaba por desechar a los tíos si no rinden en la cama, aún cuando hace sólo unos meses se avergonzaba de no haber perdido la virginidad. En un entorno donde el sexting, las webcams de pago y OnlyFans se están estandarizando, normalmente como un fructífero negocio personal, la mercantilización del cuerpo y la sexualidad frecuentemente convierte a las beneficiarias de dicho dinero en víctimas de acoso, fetichización y cosificación. El debate de si son objetos sexuales o sujetos sexuales es legítimo, pero la realidad de los perjuicios que ocasiona es más urgente que cualquier debate ontológico.

El porno es fuente de hipocresía e incoherencia: el mismo que lo consume, desprecia a quienes aparecen en él. Cassie, con tal de complacer a sus parejas, es grabada en muchas ocasiones manteniendo relaciones sexuales, pero eso trae muchos problemas a su imagen. A los hombres les pone grabar a su novia, pero a su vez detestan que su novia sea tan indecente. Por eso suben esos vídeos sin consentimiento como venganza cuando cortan la relación. Estos vídeos pornográficos se convierten, también, en una amenazada. En un arma arrojadiza. A la vez que son canales de placer, son vías de ataque a la dignidad de los sujetos.

Más allá de las relaciones directas de los personajes con la pornografía, la mayoría de mujeres de la serie parecen no disfrutar del sexo cuando están con un hombre: se ven obligadas a ser complacientes con sus parejas, dejar que estas ejerzan su poder para que sientan que son fuertes, dominadores e importantes. El sexo, bajo los ideales del porno, actúa como proceso de deshumanización; un disfrute unilateral. La pornografía contribuye inevitablemente a que la relación de la sociedad con el sexo sea cercana a esas fantasías. Las personas se vuelven consumibles, tanto en las relaciones esporádicas como en las duraderas. Todos nos frustramos por no ser eso y no llegar a hacer eso. Las relaciones seguras se desvanecen, y las mujeres acaban por no saber lo que son; asumen que lo normal es que haya cierta violencia y dolor. Un poco de celos y posesividad no son para tanto. Lo normal es ser complaciente y que disfrute él. Sus deseos por delante de mis necesidades. Su placer por encima de mi dignidad. El porno no será el sexo de muchos, pero cambia el sexo de todos.

Euphoria, pese a los neones y su explicitud visual, no es una serie erótica, ni pornográfica. Es de una realidad agria y gris. Un mosaico que nos muestra realidades palpables. El porno, como las drogas, representan cómo al éxtasis a corto plazo le suele llegar la destrucción a largo plazo.


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