Según el poema de la creación babilónico, Enûma Elish, escrito sobre el año 1.200 antes de Cristo, Marduk —dios de la antigua Babilonia— se enfrentó al caos, personificado en una figura femenina, también diosa de la creación: el Tiamat.

En la Grecia de Sócrates, Pitágoras y compañía, las Erinias fueron seres mitológicos femeninos que personificaban la venganza. Las Moiras —parcas en Roma, nornas en Escandinavia—ponían fin al destino de las personas, cortando el hilo de la vida. Pandora fue la primera mujer creada bajo las órdenes de Zeus, y sirvió para llevar consigo el mal y transportarlo al mundo de los hombres.

Eva, también ejemplo de primera mujer, trajo el pecado junto a su maldición, al comer del árbol de la vida. La mujer de Caín, padre éste de la civilización humana al ser el primer hombre nacido fuera del paraíso, ni siquiera tiene nombre. La mujer de Lot, sobrino de Abraham que es elegido para salvarse de la malograda Sodoma, huye por su condición de único ser justo en la ciudad, pero su mujer de nuevo no goza de nombre alguno —a partir del Sefer haYashar, libro de Jasher, datado en 1552, recibe el nombre de Adit, cuya pronunciación deriva a Edith, que es como hoy día es llamada—. Recordemos, dicho sea de paso, que la mujer de Lot desobedeció a Yahveh, mirando hacia atrás en la huida y así convirtiéndose en estatua de sal. Podríamos seguir añadiendo que sus hijas no son consideradas seres puros —sí así Lot— y que terminan procreando con su propio padre.

En el poemario de la creación Las metamorfosis, escrito por Ovidio, se relata la no poco conocida violación de Tereo a Filomela, a la que cortó la lengua para acallarla. No hace tanto, en la Edad Media, cabe no olvidar la caza de brujas. Brujas, porque como dice el libro Malleus Maleficarum, el gran tratado sobre la brujería y su caza, escrito poco antes del año 1.500: «La experiencia enseña que la perfidia de la brujería se encuentra más frecuentemente entre mujeres que entre hombres». Además de: «La mujer es una quimera. Su aspecto es hermoso, su contacto fétido, su compañía mortal».

Al contrario de la mayoría de dichos ejemplos, los casos históricos de reivindicación de la mujer quedan lejos del conocimiento popular trascendido a lo largo de generaciones. Véase cómo respecto a la revolución francesa a cualquiera puede, como mínimo, sonarle aquella Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; no tanto así la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Éste último texto fue redactado en 1791 por Olympe de Gouges, quien fue guillotinada el 3 de noviembre de 1793. Mismo año en que, bajo la misma vía, fue sentenciada a muerte Madame Roland, inspiradora de los girondinos.

Todavía quedará quien se aferre al «las cosas siempre han sido así», a pesar de que ya en 1792, desde Inglaterra y observando de cerca los hechos de la revolución francesa, Mary Wollstonecraft dijo en su Vindicación de los Derechos de la Mujer: «cabe esperar que el derecho divino de los maridos, así como el derecho divino de los reyes, pueda ser combatido sin peligro en este siglo de las Luces. Que los hombres, orgullosos de su poder, dejen de utilizar los mismos argumentos que los reyes tiránicos, que no afirmen engañosamente que la mujer debe ser sumisa porque siempre lo ha sido».

Si nos trasladamos a principios del siglo pasado, Virginia Woolf en Un cuarto propio dibujaba con claridad y precisión el problema de la mujer para ser libre como integrante de una sociedad. Una libertad que en aquel momento, 1929, era aún escasa. Tan sólo hacía cuarenta y siete años que las mujeres casadas en Reino Unido podían, legalmente, ganar su propio dinero. Es en la razón económica, junto a la educativa, donde encuentra uno de los principales problemas del desarrollo de la mujer, ya que ninguna de sus anteriores generaciones había podido dedicarse plenamente a ningún otro asunto que no fuera el hogar y los hijos. Ella encuentra la capacidad de observar desde una nueva perspectiva su situación histórica cuando, a través de una herencia, consigue una independencia económica que antes no había podido tener; su tiempo ahora puede dedicarse a un desarrollo intelectual del que antes no podía gozar, debido a la falta de estudios. Si privas a una persona de independencia económica e intelectual, ésta no puede desarrollarse como individuo.

La anteriormente citada Mary Wollstonecraft, ya expresó un pensamiento similar siglo y medio antes, al decir que «desde hace tiempo he considerado la independencia como la gran bendición de la vida, la base de toda virtud; y siempre la alcanzaré reduciendo mis necesidades, aunque tenga que vivir de una tierra estéril». Sin embargo, aún hoy día se resalta a menudo la mujer independiente como un fenómeno singular. El susodicho libro de Virginia Woolf trata de unas conferencias dadas en los colleges femeninos de Cambridge. Con la idea de prepararlas entre manos, trató de documentarse y encontró que «mirara donde mirara, los hombres habían pensado sobre las mujeres y pensado distinto» y termina por, en una de sus conclusiones, dirigirse a la mujer en estos términos: «¿sabéis que sois, quizá, el animal más discutido del universo?». El sábado 27 de octubre de 1928, tras realizar las conferencias los días 20 y 26 del mismo mes, escribió Virginia Woolf en su diario: «dulcemente les he aconsejado que beban vino y que tengan su propio piso o habitación».

Cierto es que ahora, en nuestros países tan eminentemente desarrollados, no creemos en diosas del caos; la gente prefiere hacer chistes sobre cómo conducen las mujeres (sí, aún). No creemos en el árbol de la vida; pero sí en cómo una mujer con minifalda nos está incitando al pecado. Dudo que dejemos nuestros destinos a las parcas; pero adoptamos la expresión mujer fatal, del latín fatalis y fatum, que sería como decir que es la mujer que trae la muerte consigo —no sin su belleza medusea, que sería lo mismo que decir traicionera.

Nuestra historia siempre ha sido la del ser humano extirpándose continuamente la mitad de sí mismo. Todo esto de lo que os he hablado es tan sólo una pizca, un pequeño atisbo, de la historia que está por venir y equilibrará un mundo desbalanceado. Un mundo donde la mujer sea libre y completa. Y así, el mundo también esté completo.

Imágenes: Lowpoly – learning go (Milan Vasek, 2015).

Imágenes: reading book (Pegah Arabi, 2020)


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