Esta semana quisiera dejar constancia de lo que ha sido mi experiencia leyendo a Mónica Ojeda y asistiendo al Festival del Ruido Solar. Para mantener el talante superficial de esta sección, intentaré no abordar más que la impresión y la reseña de esta novela que me ha acompañado durante la entrada al año 2026.
¿Qué me ha llevado a leerlo?
Debo ser sincero: una publicación en Facebook. Es una red social que apenas uso, salvo de repositorio congelado de mi tiempo de adolescencia, pero a la que de vez en cuando entro porque es el único medio que tengo para contactar con ciertas personas. Allí no solamente tengo amigos de infancia y familiares, sino que también tengo a mis antiguos profesores —antes era Facebook, y no Instagram, lo que se daba para retener, de alguna manera, la idea de que nada cambiaría porque ahora ya nos teníamos en Facebook para hablarnos diariamente.
En 2024, mi profesora de Castellano subió su primera lectura anual, Solito, y fue una experiencia maravillosa que, sin embargo, disfrutó más mi madre que yo. Este año, no obstante, al ver que había empezado con una novela cuyo título era Chamanes eléctricos en la fiesta del sol y se describía como una novela lisérgica decidí a pedirla prestada en la biblioteca cuando leí el siguiente fragmento:
«Soñé con el cadáver de un hombre con marcas de herraduras en su pecho. Trataba de decirme algo, pero tenía la boca en la nuca y cada vez que la abría salía de ella un silencio intolerable.
(p.142)
Muchas veces he buscado una foto que me muestre el aspecto real de ese cuerpo pisado por un caballo.
Mi padre.
Los muertos no tienen rostro. Por eso en el mundo de abajo un muerto es igual a cualquiera.»
Algo que echo de menos en mis actuales compañeros docentes de Lengua Castellana es la avidez por la cultura que desbordaban mis profesoras de Lengua —tanto castellana como catalana—. Las lecturas que veo recomendadas a los alumnos de mi centro hoy en día son malenvejecidas, antiguas, unas veces de calidad mediocre y otras veces con un único criterio, que es el de haber ganado algún premio literario de alguna editorial educativa. No hay asomo del libro en el aula, no hay pausas de lectura en el departamento de lenguas, no hay charlas sobre la cultura que nos envuelve, solamente quejas que laurean un glorioso pasado o la repetida discusión sobre el último capítulo de la interminable telenovela de la tarde que lleva diez años en emisión.
Contexto de la novela
Aunque lo he descubierto ahora, resulta que el libro salió publicado el 15 de febrero de 2024 en la editorial Penguin Random House. Su autora es Mónica Ojeda, nacida en Ecuador en 1988 —¡ sólo 12 años más que yo!— y la novela describe, precisamente, el momento en el que se está por inaugurar el Festival del Ruido, un evento musical secreto y escondido en las cumbres del Chimborazo.

Es la primera novela que leo de la autora, por lo que no puedo hacer una comparativa con sus anteriores obras, pero sí que me ha sorprendido el hecho de que las reseñas no coinciden con el libro. He ojeado en la biblioteca los títulos que tenían de ella, Nefando y Mandíbula, y he visto una marcada tendencia al terror, pero no he visto tal cosa en esta fiesta del sol. Quiero decir, sí que hay terror, pero este está del lado en el que no hay novela. Normalmente, el terror se configura, dentro de lo cotidiano, como algo subalterno, que está al acecho de todos y a la vista de ninguno, salvo del lector. Pero en Chamanes eléctricos, el terror es lo que está a la vista de todos, lo habitual, lo que no requiere ser escrito como una ficción, y es la vida, el disfrute y el placer lo que se describe como verdadera magia y nudo de la novela, como aquello que es secreto y está escondido de todos, desaparecido, como dice la propia Mónica.
¿De qué trata?
La novela aborda el viaje físico y espiritual de Noa, una joven de Guayaquil, a través de tres eventos importantes: el Festival del Ruido Solar en el Chimborazo, el Inti Raymi en el volcán de Kapak Urku, y la visita a su padre en el Bosque Alto. Es una experiencia que empieza con la huida de casa por parte de Noa y Nicole, su amiga de toda la vida, y el relato va construyéndose de manera poliédrica a través de las voces de distintos personajes que, de manera similar a los cinco amigos de Las Olas de Woolf, van tejiendo el tapiz de sucesos que empieza con el encuentro de un viejo que vuelve del Festival y culmina en la desaparición de Noa en las cumbres de las montañas, como si hubiera quedado atrapada en sus telas de niebla.
Es interesante esa comparación con Virginia Woolf, salvando las distancias, y que Noa tuviera una construcción similar a la Monja gitana de Federico García Lorca:
«Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.»
Al igual que Noa, la monja está descrita no por lo que es, sino por aquello que perfila los límites de lo que no es. A lo largo de Chamanes eléctricos, los diferentes narradores imbricarán sus propias preocupaciones con la lenta transformación de Noa, del mismo modo que el claustro interior de la monja del poema de Lorca se describe a través de la libertad que galopa ante sus ojos mientras urde aves en silencio.
¿En qué destaca?
Es una pregunta ciertamente difícil, por lo que voy a intentar glosar diferentes apartados.
Estilo y personajes
Si hay algo que ha hecho que la novela me encandile de la manera en que lo ha hecho ha sido el estilo poético que rezuma en cada línea-verso. Es una prosa poética de calidad exquisita que equilibra de una manera que me ha gustado mucho el límite entre música y palabra. Como vengo de haber leído a Louise Glück, temía que la fuerza de los fragmentos fueran el único fuelle de todo la obra, pero no ha sido así.
Para empezar, cabe destacar su artesanía a la hora de mantener la intensidad aun cambiando de voz. Cuando narra Pamela, por ejemplo, una percusionista que Noa y Nicole conocen en el Festival del Ruido, el estilo parece acelerado, caótico, y el párrafo se expande hasta que calla. Sin embargo, mantiene el mismo estilo poético que Ernesto Aguavil, el padre de Noa, que escribe porque el habla se le ha hecho maldita. No significa que escriban igual, sino que, como pudiera otrora verse en la heteronimia pessoana, todos hablan de lo mismo a su manera: que la vida está conjurada en la violencia.
La música piensa mejor que la cabeza porque no sabe temer, va hasta donde el pensamiento tiene miedo y nos lleva al principio: a as historias que cuentan que los cantos salen de los cuerpos rotos, que unen lo desunido y cosen lo descosido, que los instrumentos no suenan, sino que cantan. Yo oí en mi tambor el canto del ciervo y de los músicos jóvenes que fueron atraídos por la sirena, pero también a los sepultados por los terremotos y las erupciones, a los que morían en las callen y en sus casas por culpa de la injusticia y del hambre, sí. Los que estuvimos en El Altar hicimos una cosa contra la muerte: permanecer vivos y despiertos y brillantes a los pies de los rayos y de la tormenta. […] La música hace que la pena sea rabiosa y conmovedora e incluso alegre, ajá, porque si la sentimos es que algo aún guardamos dentro que nos hace cantar, algo sensible dispuesto a surgir de las cenizas para retornar de otra forma. La fiesta se arma sobre lo perdido y sobre lo que perderemos, decía Mario con toda la razón del mundo, lo malo es que nada de verdad revive y lo que se pierde nunca regresa sino su fantasma, pero la música pide un sacrificio y una resurrección, le exige a la vida seguir después de la muerte y nos asegura que el poder matar no es nada al lado del poder de conjurar. Nos dice: un asesino es poco frente a quien le devuelve la vida a un muerto.»
(p.241)
Es en esta declaración de Pam, con su estilo casi caótico y oral, que se concentra todo el núcleo estilístico y argumental de la novela. Por una parte, el estilo aparentemente coloquial que se urde con una profundidad reflexiva solo alcanzable a través de la poesía y la música, hicimos una cosa contra la muerte, permanecer vivos; y por otra, la constatación de que la violencia que nos une a la vida de manera inextricable únicamente está dotada de crueldad cuando es tocada por el ser humano.
Esta segunda idea se ve de manera preclara en la narración de Ernesto Aguavil, el padre de la protagonista, Noa. A diferencia del resto de personajes que llevan su nombre por título, a Ernesto solamente lo leemos a través de su diario y sabemos de él que vive alejado de la sociedad. No queda claro cómo conseguimos inmiscuirnos en este diario, y la fecha —10 años antes de los sucesos del Festival y el Inti, según el calendario andino— confunde la continuidad de la historia. Sin embargo, es interesante leerlo porque, como dice él, la escritura pertenece a la tierra, y el habla al agua. El agua diluye la onda de cualquier inquietud, pero en la tierra queda la huella y se hace pozo. Ernesto, al permanecer fuera de la sociedad humana, ve las cosas con una distancia telúrica que no tienen el resto de narradores.
La niebla de hoy fue espesa y el sol quedó escondido. A mediodía empezó a paramar y mientras regresaba a la finca volví a ver al cóndor asomándose entre las nubes.
Me puse nervioso:
Imaginé la guadaña oscura sobre mi cabeza. Desde lejos un cóndor puede parecerse a un hombre vestido de luto. […]Es extraño que la mente odie
lo que el cuerpo y los sentidos aman.No está aquí para decirme nada. Sin embargo, siento el aviso desafiando mi inteligencia. Me habla de mi estado de ánimo y de la forma en que percibo la vida estos días.
De la espera, y de la angustia que viene con ella. […]
Se oyeron truenos y me preocupé por Sansón.
Aceleré el paso.Un perro sensible les teme a las tormentas.
Adivina en el estruendo la presencia divina.Lo que está afuera no nos dice nada, sino lo de adentro. Mariana decía que de eso no había escapatoria y tenía razón: por lo de adentro me alejé de ella y me vine a la montaña. La niebla, la lluvia, los truenos y el frío son mis hermanos, no el calor ni los insectos, ni los reptiles. Yo no podía vivir en los manglares porque lo interior no me lo permitía.
Ni los colgados,
Ni los decapitados,
ni los desmembrados me asustaron.Solo morir en el calor, entre cangrejos y caimanes.
(p.140-141)
Cuando llegué a la finca encontré a Sansón junto a la puerta. Pese a los truenos, dormía igual que duermen los niños.»
Ernesto me recordó a un maestro que nace muerto, alguien similar a Alberto Caeiro. El cóndor estaba allí probablemente a causa de algún animal muerto en las inmediaciones —alguna vaca, una liebre o un venado—, pero es la mente, el interior, lo que interpreta aquello como un augurio. De manera sutilísima, la vida real, la que percibimos desde la comodidad de nuestra lectura y que entendemos como el verdadero terror, se cuela en la obra a través de tres versos que dan sentido a todo el pasaje: ni los colgados, ni los decapitados, ni los desmembrados.
Me parece muy interesante ver esta construcción de un horror a la inversa, como mencioné antes, pues el horror no es la razón de la espectacularidad de la novela, sino la sociedad real, la vida que, en esencia, se presenta como terrorífica. El diario de Bosque Alto es, por lo tanto, un viaje al revés. Es pararse ante el trueno, la lluvia y los rayos y seguir durmiendo porque se ha llegado a la conclusión de que la verdadera violencia se encuentra en lo que realmente se ve a diario en las calles de Quito y Guayaquil, y esa violencia real es razón suficiente para huir a la violencia natural de las cosas, de la misma manera que con las novelas de fantasía se huye de un mundo irrespirable, y el dragón se convierte en algo más tolerable que las decapitados, los colgados y los desmembrados.
Personajes: diablumas, ballenas y vuelos de bruja
Entre estas huidas también quiero destacar las narraciones de Mario y Pedro, así como las figuras del Poeta y las cantoras. El estilo de escritura de Mario es tierno y local, con diminutivos y determinaciones de nombres propios, y a diferencia de Noa y su familia, Mario huye de sí mismo. Es el personaje que mejor saca a relucir las costumbres reales de la cultura andina porque él es un Diabluma:
Subí al valle por la danza del sol. Llevé la forma del Diabluma conmigo. Con mis compas de la academia hicimos un grupo para ir al Ruido Solar juntos. Queríamos bañarnos en la cascada sagrada, ser Diablumas y prender el fuego de la fiesta. […] Yo quería ser una cabeza de diablo y encarnar la luz y la oscuridad del mundo. Llevamos nuestras máscaras y nuestros látigos. Nuestros zamarros de piel de borrego. Nuestra cincha. Un Diabluma tiene dos rostros: uno que mira hacia adelante y otro que mira hacia atrás. Tiene colores y doce cuernos. Solo el Diabluma prende el fuego de la fiesta del dios sol, eso se sabe. […]
Si me preguntan, la danza del sol debe entenderse antes de hacerse. Es un baile de la Pachamama y de los astros. Es de la fertilidad. Un bailarín tiene que superar su agotamiento y no rendirse, por eso hicimos el rito. Tres noches nos bañamos en la pakcha y cogimos la fuerza de la naturaleza y el diablo. Limpiamos nuestras máscaras en el agua. Saboreamos la tierra. Un Diabluma tiene dos rostros limpios y dos lenguas: una por delante y otra por detrás. Son lenguas revoltosas, lenguas de perro alunado. […] Dicen que puede aparecerse una gallina negrísima mientras te bañas. Nosotros no vimos ninguna y nos dio harta pena. […] Hubo un tiempo en el que las cosas se hacían bien y al Diabluma se lo llamaba Aya Uma, que significa cabeza espiritual. Fueron los españoles quienes lo endiablaron. Por eso el Julián le dice Aya Uma, pero a mí me gusta más decirle cabeza de diablo. No por nada, solo que ya me acostumbré a bailar con mi diablo rojo ají encima: de esta manera le digo yo al genio endemoniado que me sale a veces. Si me cabreo, me pongo colorado y destruyo lo que tengo cerca. Me metí a bailar para botar esa ira mala de dentro. Soy un Diabluma y no un Aya Uma. Tengo dos caras: una por delante, otra por detrás.»
(p.27-29)
Mario es realmente evocador porque funciona al revés de toda la obra. Es un personaje que aparentemente está bien, va a una Academia de baile y el Ruido Solar es un simple divertimento, un intento casi adolescente de probar lo prohibido. No obstante, a diferencia de los otros —de Nicole, Mariana, Noa, Ernesto…—, él huye de sí mismo usando esa doble cara-máscara que oculta la violencia. A lo largo de la novela vemos que la máscara se va adhiriendo a la cara de Mario y hay momentos donde siente que ya no se la puede quitar. Acude al Inti en el Kapak Urku, y allí se transforma definitivamente en algo inhumano.
De Pedro, el buscador de rocas espaciales y pasados innominados, quisiera destacar su última experiencia para tratar a otro de los grandes personajes de la novela, el Poeta:
Estábamos cansados, pero las dimensiones del cráter [de Kapak Urku] hicieron llorar a Carla de la emoción.
Quiero que veamos juntos el país entero, me dijo.
Muchos de sus lugares favoritos se estaban destruyendo por el aumento del calor y por la guerra. Si pienso en eso me pongo contento de que viéramos El Altar y el tayta antes de la Gran Erupción. Uno se alegra de cosas así cuando ya no hay futuro del que alegrarse.
En la caldera escuchamos música y vimos el baile de los Diablumas durante casi una hora sin sentir nada. El volcán muerto era majestuoso, como sacado de un planeta donde la vida recién se estuviera formando. Hablamos de eso en voz baja y el dolor de estómago apareció lento. El vientre nos ardió y nos hormiguearon piernaas. Mareado, con el cuerpo en llamas, caminé hacia el Poeta que tocaba la guitarra sobre una piedra. Murmuraba una canción en kitchwa que entendí como si fuera español.
¡Sé kitchwa!, le grité a Carla, pero cuando me giré la niebla no me dejó verla ni a ella ni a nadie.
Me perdí. Solo alcancé a escuchar la música acelerada, los saltos de los bailarines y la canción del Poeta:Hay sirenas con charangos,
quenas y rondadoresCantan en las aguas de los volcanes
huaynos, sanjuanitos y yaravíes.Ananay, ananay.
Sirenas andinas protegen
el canto de las ballenas.
Sirenas cantan en los Andes.Ananay, ananay.
Sus volcanes sueñan con el mar,
sueñan con el mar.(p. 231-232)
Empujé las nubes con mis manos, avancé dando tumbos hasta que mis pies se mojaron con el agua de la laguna. La voz del Poeta sonaba alto y retumbaba contra las paredes de piedra del cráter.
¡Hay sirenas precolombinas! cantó ¡Sirenas nadan en los lagos de los volcanes!
Entonces, de lo más profundo de la laguna, saltó una enorme ballena que tenía el torso y la cabeza de una mujer.»
De este fragmento me gustan dos cosas: el primero es que se descubre la verdadera Naturaleza ritualística que llevaba a Pedro a buscar piedras de otras galaxias. El magnífico pareado de «Sus volcanes sueñas con el mar, sueñan con el mar» unen el presente con un pasado tan lejano que evoca el tiempo en que los Andes estaban sumergidos bajo el vasto océano, y en esa conexión entre pasado-mar, presente-tierra y futuro-cielo, Pedro atisba en la voz del poeta aquello que lo une todo: la palabra. Aquello que en un plano normal de la existencia representa únicamente un acto comunicativo, aquí se advierte como la transfiguración total de la realidad, y a través de la palabra se invoca a todo el Tiempo junto, que acaba materializado en una ballena con torso y cabeza de mujer.
Es un pasaje que repite una imagen antes invocada por el poeta al inicio del libro. Durante las primeras páginas de la novela, Nicole nos introduce en el Festival del Ruido Solar con la siguiente escena:
Recuerdo la gente llevándose las manos a la cara.
Recuerdo flores doradas, sikus y guitarras eléctricas.Somos del viento y de la noche.
Primavera oscura, sasaka mía,
primavera oscura en la noche más larga.
Haku wichayman, haku wichayman.
Ballenas cantan en los Andes.(p.25)
Ninguna ballena ha bebido jamás agua pura del páramos, sus cuerpos no han descansado en la montaña ni recibido la protección del volcán, pero el Poeta hizo que apareciera frente a nosotras. El encantamiento ocurrió en ese instante, cuando los versos alimentaron nuestro viaje alucinatorio. La ballena se alzó grande y oscura delante del nevado, atravesando el fuego de los Diablumas con su cola y tragando viento. Sé que lo que digo no puede ser verdad, que ese tipo de animales no existen en las alturas y, sin embargo, la oímos llorar como si le doliera estar allí.
Qué bonita bestia, me dijo Noa. Y con la llegada del ocaso la ballena creció aún más y tomó el color desigual de la luna.»
Desde la perspectiva escéptica de Nicole, la aparición de la ballena es tan impensable e inverosímil como para el lector. Magia, quizás. Sin embargo, es muy interesante darse cuenta de que el viaje a través del libro no lo ha hecho únicamente el elenco de personajes, que tras el Ruido suben a El Altar, sino que el lector también ha viajado y, como Pedro, ha redescubierto la ballena como una epifanía de todo lo que hubo, hay y habrá antes, durante y después de la Humanidad.
Es interesante ver el contraste, entonces, de Noa con Pamela, Pedro y Mario, los tres narradores más destacados junto a la narradora principal, Nicole. Los cuatro parecen ir al Ruido buscándose a sí mismos, pero en realidad están ajenos a la realidad, pues están imbuidos por un espíritu de vida y muerte que los atonta y al mismo tiempo los hace como son: Mario busca paliar su carácter destructivo a través de la danza; Pamela, junto a Fabio, construye tambores con pieles de seres vivos par darles voz ante la muerte, pero no acepta el propio tambor que lleva dentro; Pedro busca la vida en las estrellas, en la Galaxia, pero en realidad no deja de tener la pueril inseguridad de una novia que no acaba de quererlo. Nicole, por su parte, se construye como un personaje-cuidador, y su única función es la de cuidar a Noa como si fuese una madre cuidando a su hija enferma, pero el Ruido no encaja con ella porque concibe que la huida no es el camino, sino el final.

Noa, en cambio, se vuelca a la vida, al sentido, al cuerpo y a la muerte.
Es a través de los padres de Noa, Ernesto y Mariana —quien no tiene voz, por cierto—, que atestiguamos la razón por la que Noa y su familia huyen de Guayaquil, pues la ciudad se había convertido en un campo de balaceras diarias. Se nos explica que la familia de Noa cae en la obligatoria desgracia de huir de allí cuando, tras haber echado a un indeseado de su casa, reciben en la puerta de entrada una cabeza de perro encharcada en sangre y cinco dientes humanos.
A diferencia de sus compañeros, diametralmente distintos entre sí, pero iguales en su forma de huir de sus realidades, Noa es quien huye del horror atávico y quien, por lo tanto, se convierte más tarde en una desaparecida. Es por eso que a medida que acaba la novela, la huida de casa con la que empieza la historia queda atrás. Incluso en el momento en el que Noa llega a encontrar a su padre, evento que Nicole lleva esperando tanto tiempo para ver cumplido su papel de guardiana, Noa parece ida, como si hubiese entendido calladamente las razones que tuvo su padre para huir. Invirtiendo los papeles, entonces, es Noa quien ahora, tras reencontrarse con su padre después de tanto tiempo, decide huir una noche llevada por los Diablumas y arrastrando y arrasando consigo toda la casa del Bosque Alto.
Los desaparecidos
Se que quizá está quedando una reseña algo larga, pero temo olvidarme de aquellos aspectos tan concretos que estoy comentando cuando pase el tiempo. Los desaparecidos son un concepto que la novela usa para englobar a todas aquellas personas que desaparecieron durante algún festival. Ante la violencia de la sociedad, al principio de la novela intuí que se referían a verdaderos desaparecidos, como los de Mariana Enríquez en Nuestra parte de noche, pero poco a poco fui descubriendo que estos desaparecidos reaparecen en el Ruido Solar y son, como sirenas, quienes captan a las almas perdidas para llevárselas a lo desconocido.
No es hasta casi llegando al final que esta idea cobra sentido. En el Ruido Solar participaban diferentes grupos de música entre los que destacan los chamanes eléctricos, que invocan los rayos en el Chimborazo y cuyo concierto despertó la yeguada; el Poeta, que invoca ballenas con su canto; y las Cantoras, que conectan sus voces con la tierra. El pasaje anteriormente descrito del Poeta me cautivó mucho, pero luego, cuando Noa y Nicole coinciden en la misma tienda, se descubre, a los ojos de Nicole, que el Poeta es en realidad un joven de unos veinticinco años que abandonó los estudios. Igualmente sucede con las Cantoras, que siempre se presentan varias siendo una, y sus pasajes cortos y similares a una misa no me llamaron la atención.
No obstante, a medida que vamos descubriendo lo que está sucediendo en la novela, descubrimos que son ellos, chamanes, Poeta y Cantoras, parte de los desaparecidos. Es algo que me gustó mucho porque solo entendí al final, pero lo entendí también como una anagnórisis, como un descubrimiento que le otorga sentido a todo lo que ha sucedido con ellos, y como una catarsis. En los bailes del fuego de los Diablumas, Mario percibe un diablo con la máscara quemada, y páginas después, cuando Ernesto es invadido por Diablumas en el Bosque Alto, se desvela que uno de ellos lleva un acial que luego descubrimos que representa al Poeta. A partir de pequeños destellos, a la vez que vamos descubriendo el horror de la realidad de Ecuador —las agrupaciones barriales, las palizas a niños, los cuerpos colgando de los puentes— también vamos descubriendo que los desaparecidos son aquellos que han conseguido salir de la crueldad estructural que configura la historia del país, pero lo han hecho sacrificando su propia identidad, diluyendo lo que les hace humanos para transformarse en niebla y aire.
Todos querían ver lo que el Poeta imaginaba y atendían a su voz tanto como a los rayos, al volcán y al ritmo de los instrumentos. Lo hacían para olvidarse de lo agotador que era resistir a las catástrofes entre los escombros: para inventarse un instante en el que fuera posible vivir y no solo sobrevivir.
[…] Aguanté porque al menos una de nosotras debía mantener los pies en la tierra y cuidar de la otra. Noa nunca me pidió que asumiera ese papel, pero yo lo asumí como siempre lo había hecho, como si cuidar me diera un propósito en el mundo que de otro modo no tendría. Si dejo de cuidarla, pensé, lo único que me quedará será este rencor hacia una vida envejecida antes de tiempo. Nadie es joven con la muerte agarrada a los talones: lo primero que te quita la violencia es la juventud. Entonces pensé en lo triste que era admitir que, incluso en esa montaña donde lo que llevamos dentro es pequeño, yo era incapaz de imaginarme un futuro.»
Y seguidamente a este pasaje en el que se nos concluye la razón de ser de Nicole, se nos describe, como en un cuento de hadas, el final de cada uno de los personajes, que poco a poco se van hundiendo en la laguna del volcán, volviendo a la tierra, siendo tragados por el agua al ritmo inarmónico de la vida que los atropella.
Encontré a Noa sangrando cuando su voz ya había pasado a formar parte de la música. Tenía una herida en la ceja y cantaba en dirección a los glaciares imitando a las cantoras, imitando al Poeta, solo que con un tono agudo y grave a la vez, sufrido y contento, ahogado y firme, una voz doble que jamás había escuchado y que me echo hacia atrás de la impresión. […] Las cantoras la acompañaron haciendo sonidos inquietantes, modulaciones de la voz y repeticiones inarmónicas. Se clavaron los dedos en el cuello y los movieron como si pudieran tocar sus propias cuerdas vocales. Masajearon sus manzanas de Adán y, agitando sus mandíbulas, lograron parecer una sola voz de tres cabezas.
(p.282-283 ambos fragmentos)
El Poeta se arrodilló con los brazos en dirección al cielo. ¡Somos hijos de las cenizas!, cantó. ¡Es desde la muerte y contra la muerte que la música se levanta!
Las cantoras se metieron en la laguna. […] Las vi corear con los labios azules y con los cabellos flotando como algas sobre el agua del nevado. […] Noa siguió caminando al revés, igual que en sus noches de sonambulismo, y a mí me asustó verla entrar en el ojo del volcán y sumergirse de espaldas a la niebla que cubría los picos de la montaña. Estaba fuera de sí, a ciegas, bufando y sacudiendo el pelo como un caballo. Las cantoras la rodearon enseguida y le acariciaron la garganta. Sus movimientos fueron tan ceremoniosos que creí que la harían cantar en el fondo de la laguna, que la ahogarían jugando a lo que estuvieran jugando, así que corrí hasta la orilla para rogarle que saliera.
¡Sal ya, por favor!, le grité nerviosa, y Noa me extendió su mano como invitándome a entrar.
Ven, me dijo.
Recuerdo que empezó a cantar con las caderas hundidas en la laguna y que su canto sonó como si viniera de un cuerpo mucho más grande y fuerte. Que una de sus voces era aérea y la otra subterránea. Que una parecía viva y la otra muerta. En ese momento no entendí por qué quiso hacer lo que estaba haciendo, pero escuchándola, viendo su mano llamándome al agua, me di cuenta de que Noa sabía que yo no iba a seguirla y que, antes de dejarme, ella ya se había ido. Para mí, los desaparecidos eran personas sin horizonte que se divertían huyendo de la amenaza y de la desolación y que, absurdamente, pensaban que un canto las redimiría. Ningún canto iba a desahogarme de lo que me ahogaba por la música no detiene ni las bombas ni las erupciones ni los terremotos ni repara el daño. Lo único que me hubiese aliviado habría sido que Noa regresara conmigo a Guayaquil, pero su canto me dijo que eso ya no ocurriría.»
Los desaparecidos son en realidad aquellos que disponen en su huida las esperanzas de una expiación. No solo del horror, sino también del futuro, de lo que será. La realidad del mundo actual es espantosa porque nos obliga a verla así, y es la crueldad que el ser humano ha desarrollado en sociedad la que incita a las personas a considerar una vida sin futuro. La huida a la Naturaleza a través del canto como si fuese una huida de la violencia es irreal, pues el canto no elimina las bombas, no calma terremotos ni erupciones. Pero sí que en el interior de uno, en el despertar de una regresión a lo Natural, al origen, la violencia está eximida de crueldad.
Inciso
Mónica Ojeda publicó en su Instagram una fotografía con una melodía que podría evocar a las voces difónicas que recorren toda la novela.
¿Qué es lo que no me ha gustado tanto?
Curiosamente, el tema y la trama. El tema de los festivales de música, el uso de drogas para divertirse y el mundo y la sociedad que envuelve las raves no me llama para nada, y debo reconocer que si no hubiese sido por su portentoso estilo de escritura y por la magnífica pausa que supuso el primer Diario del Bosque Alto, hubiese abandonado la lectura enseguida porque la primera parte —la presentación de los personajes y del festival del Ruido Solar— se me estaba haciendo agotadoramente larga.
Logré rescatar que Nicole y Noa llegaron al festival, que conocieron a diferentes personas y que juntos vivieron cuatro espectáculos, tres de ellos muy claros y uno intuido: el concierto de los Chamanes eléctricos, la interpretación de El poeta y las cantoras, la yeguada y la erupción o terremoto. No entendí realmente si el festival de Ruido se terminó porque el Poeta invitó a todos los personajes al Inti en El Altar o porque la tormenta invocada y la yegua blanca de ojos ciegos implicaban el augurio de la Muerte transida por un terremoto o erupción.
En este sentido, la trama del inicio y la que separa las diferentes partes se me hizo confusa. En Las olas de Woolf, por ejemplo, el inicio es caótico, pero al contemplar la primera escena de los cinco niños corriendo en el jardín de la escuela el lector entiende cómo funciona el poliedrismo laberíntico de la novela. Aquí, sin embargo, no hay un hilo tan claro, sino que cada uno intercala sus preocupaciones con la manera en la que perciben un evento y, pese a quedar patente el suceso, todo se acaba interpretando caóticamente. La primera parte de la novela Ruido solar, quizá las más farragosa, queda explicada en las sucesivas partes, cuando la trama sale del festival mismo, pero el intercalado del Diario del Bosque Alto y los sucesos en el Kapak Urku se confunden y se entremezclan y no acabo de entender cómo se han sucedido las cosas realmente.

Por una parte, en el Diario del Bosque Alto conocemos a Ernesto Aguavil, padre de Noa, que escribe porque considera el habla como algo acuoso que le es ajeno. En el diario nos explica que vive en la finca de su madre, una curandera de la localidad cuya afición por la quimerización de naturalizaciones de animales horrorizaba a Ernesto desde pequeño. Las quimeras de su madre —búhos con cuernos de ciervo y patas de cordero, vacas con colas de zorro…— estaban escondidas en su habitación, y Ernesto la mantenía cerrada desde que había regresado al Bosque Alto. La razón de la huida de Ernesto se debía a dos razones: la exterior, porque no aguantaba vivir en aquello en lo que se había convertido Guayaquil, con su violencia, sus cadáveres y sus niños de cara desfigurada derretidos en el asfalto durante días, y la interior, porque descubrió que esa crueldad le impedía amar al prójimo y que, por lo tanto, debía abandonar a su mujer, Mariana, y a su hija, Noa, y huir del mundo.
Arriba solamente está en contacto con Dios, y similar a Alberto Caeiro, Dios está en cada una de las cosas de este mundo y, por lo tanto, él mismo es la Naturaleza. Esa aparente paz se tambalea en sueños, pues las pesadillas de un mundo pasado regresan a Ernesto cada noche, junto al abandono de su hija, las voces que salían de la garanta de su madre sin ser, ninguna de ellas, de su madre, y la muerte y desfiguración de su padre, quien fue pisado por una yegua. El primer diario acaba con la llegada de Nicole y Noa, y el segundo comienza con la confesión de no reconocer quién de las dos es su hija. Ernesto acoge a las chicas en su finca, y Noa le pide dormir en la habitación de su abuela. En su proceso de transformación, Noa usa los animales-quimera de su abuela, empieza a cantar con dos voces que no son suyas, abre el libro de conjuros y deja de hablar con su padre. Una noche, Ernesto descubre que su casa es acechada por Diablumas, pero luego se descubre que es Noa quien los llama, y el Diario acaba con Ernesto confesando que nunca querrá a Noa, y que el diario es por tanto la única dedicatoria de su amor. Noa, por su parte, huye del Bosque Alto junto a los Diablumas —los desaparecidos, pues se descubre que el Diabluma con acial era en realidad el Poeta— tras haber discutido con Nicole.
Ahora bien. Se supone que todo pasa diez años antes que los eventos del Ruido, y la supuesta conexión que habría entre los dos tiempos —el diario y las Fiestas del Sol— no existe, aparentemente. Es algo que puedo, como lector, llegar a reconstruir, pero no me ha gustado que quedara en una nebulosa hermética porque no se trata de una situación, sino de un suceso, de una acción.
Tampoco me gustó que hubiese personajes que quedaran en el aire —la mayoría, salvo los narradores— y aunque puedo entender que la novela debe centrarse en Noa, el hecho de que haya personajes sin voz se contradice con la cualidad que comentaba al inicio de esta reseña, es decir, la del lector que descubre a Noa a través de lo que no es, de los límites que conforman las fronteras de su persona.
Conclusiones y opiniones
Es una novela digna de mención y de formar parte del canon literario actual. Debe mantenerse en la memoria de esta época extraña que estamos viviendo en la que todos huimos de una crueldad que parece reinstaurarse con la naturalidad del vuelo de un cóndor. El estilo me parece sublime y motivo suficiente para seguir a la autora en sus otras y futuras obras. Chamanes es un viaje en doble sentido, de adelante para atrás y de atrás para adelante. Es contemplar cómo todos huimos de lo que es y fue para intentar llegar al futuro que la vida nos promete, pero que las grandes instancias, los empresarios, el narcotráfico y, al fin y al cabo, el dinero, nos impide conseguir. Es una novela que anuncia que en la palabra a la tierra, al aire y al agua se encuentra esa conexión con uno mismo.
Un poco como decía Pessoa:
Que pensará isto de aquilo? Nada pensa nada. Terá a terra consciência das pedras e plantas que tem? Se ela a tiver, que a tenha… Que me importa isso a mim? Se eu pensasse nessas coisas, deixaria de ver as árvores e as plantas e deixava de ver a Terra, para ver só os meus pensamentos… Entristecia e ficava às escuras. E assim, sem pensar, tenho a Terra e o Céu!»
Alberto Caeiro (1946)

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SOBRE EL AUTOR

