Las primeras obras fantásticas, entendidas como tal, datan de la segunda mitad del siglo XVIII (El Castillo de Otranto, El Diablo Enamorado), aunque el cariz fantástico ha invadido multitud de obras desde que la literatura es tal cosa (Las leyendas artúricas o El Cantar del Mío Cid sirvan como ejemplo.)

Aunque es difícil trazar una línea que separe a la literatura fantástica del resto, han contribuido a la evolución de la misma obras como Drácula, Frankenstein, las novelas de aventuras e intriga de Stevenson, los relatos de terror romántico de Lovecraft, las disparatadas obras de Lewis Carroll y otras tantas obras del siglo XIX y principios del XX.

Tras tantas vacilaciones entre unos y otros géneros, el papel que Tolkien (coetáneo y amigo de C.S. Lewis, que no trataré en este texto, pero conviene nombrarlo por su importancia) en todo esto es el de dar una implantación sólida a la Fantasía. Más bien, Tolkien abre el género de la fantasía épica: grandes personajes con grandes empresas, en un mundo propio en peligro.

J R R Tolkien

Si bien su primera gran obra, El Hobbit (1937), es más un relato de aventuras con un tono amable, ya se deja entrever la idea épica que Tolkien culminaría con El Señor de los Anillos: un universo construido de cero, con razas, criaturas, leyendas y países completamente propios. El mayor logro de Tolkien, aún hoy día, es el de haber levantado un edificio de piedra que perdurará siglos: El Hobbit, El Señor de los Anillos, El Silmarillion y el resto de cuentos y poemas que forman parte de este universo son el resultado de un trabajo de años, del esfuerzo de un hombre por construir y contar una Historia completamente nueva.

Tolkien renovó el género fantástico, dotándolo no sólo de cierto prestigio, sino afirmando con hechos que el trabajo del escritor de fantasía podía ser el de construir algo con martillo y cincel, y transportar al lector a un mundo distinto al suyo, pero perfectamente constituido en su contexto. No hay más que hojear El Señor de los Anillos para darse cuenta de todo lo que hay encerrado en sus páginas: nuevas lenguas, runas, personajes con fecha de nacimiento y muerte, calendarios perfectamente coherentes, leyendas propias, apéndices que se limitan a portar datos. El estilo de Tolkien empapa a sus obras de cierto aire no sólo de epicidad, sino de (falsa) historicidad.

Y una vez construido el mundo, se presenta un conjunto de personajes que llevarán a cabo una misión importante en él, en un mundo que les supera en su vastedad.

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La influencia de Tolkien perdura hoy día: Se dice que una obra es “tolkeniana” cuando tiene orcos, trols, enanos, elfos y otras criaturas que, si bien no todas fueron creadas por Tolkien, éste se encargó de recogerlas de la mitología nórdica y celta y darles forma e Historia; también se dice que “tolkeniana” es una obra que sigue un esquema épico.

 

Pero creo que no conviene ver a Tolkien como “la culminación de la literatura fantástica”, sino como el inicio de algo más grande y diverso. A día de hoy los libros de Tolkien siguen siendo leídos y alabados (más aún después de que El Señor de los Anillos fuese llevada a Hollywood), pero un lector actual se puede encontrar con varios problemas. En primer lugar, el estilo de Tolkien es lento, presenta la historia con detalle y de forma sosegada, a fuego lento. Hasta la más mínima acción parece tener importancia, y la capacidad descriptiva de Tolkien va tan lejos que es posible imaginar sus edificios hasta el más mínimo detalle. Esto obliga al lector a tomar una actitud activa frente a la lectura. En términos prácticos, a más de uno se le puede hacer una lectura “dura”, y es comprensible.

El otro gran problema al que quizá se enfrente el lector actual al leer a Tolkien es la propia naturaleza de la historia y los personajes: tenemos a Los Buenos, que se aliarán para luchar contra Los Malos. El Bien contra el Mal. La Luz contra La Oscuridad. Ya sabéis. Y sus personajes son típicos, estereotipos, vistos una y mil veces. Este último problema es más herencia de nuestros tiempos que del propio Tolkien: él no creó los clichés del enano furioso, el hechicero sabio y los elfos tremendamente bellos; otros autores, repitiendo y copiando fórmulas hasta la saciedad, lo han hecho. Si a alguien hay que echarle la culpa, que sea a otros.

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Así, nos encontramos, desde hace dos o tres décadas incluso, en una tesitura en la que el género fantástico necesita de una renovación. Y aquí hay quienes esperan al nuevo Tolkien. La Segunda Venida de Tolkien, el descenso de los cielos de alguien que acabe con la tradición tolkeniana y nos vuelva a abrir los ojos con un giro radical del género. Hay quien señaló como ese “segundo” Tolkien a J.K. Rowling, dado el éxito de Harry Potter; y, de manera más decidida y tardía, a George R.R. Martin.

 

Esta actitud, la de esperar la figura que lo cambie todo, me parece nociva en un mercado cultural cada vez más diverso. Es fácil señalar a ese escritor, y subirlo a un pedestal del que nadie podrá bajarlo hasta que venga otro Tolkien y el ciclo se repita hasta el fin de los tiempos. Pero las cosas han de cambiar. Y llevan varios años haciéndolo.

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Sí, las cosas cambian, pero no por un nuevo Tolkien, sino por un movimiento renovador del género que implica a muchos escritores, muchos enfoques distintos. Hay notas en común entre autores: en general, vemos cómo se rompen y retuercen los clichés que llevamos arrastrando tantos años, se huye del maniqueísmo y de los personajes planos, se presentan enfoques más grises, las tramas se vuelven más complejas… Las tramas políticas y la construcción de personajes de Canción de Hielo y Fuego, de George R.R. Martin; la nueva visión amarga y gris de los héroes y el folklore polaco de la Saga de Geralt de Rivia, de Andrzej Sapkowski; las muchas novelas de Brandon Sanderson; la prosa poética (aunque ciertamente más conservadora) de Patrick Rothfuss; la narrativa cruda de Joe Abercrombie… Todos aportan su visión de este cambio, aunque sea un movimiento en una dirección común: hacer madurar la Fantasía. Ninguno va a deshacer todo lo caminado para volverlo a construir, todos trabajan sobre hombros de gigantes, como asimismo trabajó Tolkien en su día.

 

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Por supuesto, hay quien se sigue limitando a mal-copiar a Tolkien, o sacarse de la manga un nuevo Harry Potter que le permita bañarse en oro; otros autores crean “fantasía juvenil”, confundiendo “juvenil” con “simple y de baja calidad.” En fin, malas prácticas del mercado editorial. No criticaré el enfoque más clásico de la literatura fantástica, pues es totalmente legítimo y todavía se puede aprender de él, pero sin duda tengo en más estima a aquellos que tratan de hacer más madura o sorprendente la fantasía.

 

La Fantasía se consolida. Ya no es ese género monótono en el que Tolkien era una especie de dios. En su heterogeneidad, la literatura fantástica permite infinitos enfoques y posibilidades. Es un buen momento para amar la Fantasía.

 

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