“El público desapareció, la propia Ardee se había evaporado. Las hojas de sus aceros parecían moverse por sí solas, atrás y adelante, arriba y abajo. Ni siquiera tenía que molestarse en mirarlas. Concentró toda su atención en los ojos de West […]”. La Primera Ley: La Voz de las Espadas. Capítulo: Los Bárbaros a las Puertas. Joe Abercrombie.

Jezal dan Luthar es esgrimista. Por las descripciones que nos ofrece Abercrombie en La Voz de las Espadas, intuyo que usa en sus entrenamientos una espada ropera y una daga, al estilo de los espadachines más expertos del siglo XVII. Y la sociedad que nos retrata, dicho sea de paso, también refleja ciertos usos y costumbres de aquellos siglos en los que hasta el más pobre tenía una espada al cinto y un sombrero de ala ancha para ocultarse el rostro.

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Combate a espada ropera y daga.

Lo interesante de ese párrafo, más allá del combate en sí, es la abstracción misma del personaje. Por unos momentos, el mundo que hay a su alrededor se esfuma y sólo cabe en su mente el contrario y sus aceros. Ni el público, ni su amada, ni sus problemas están presentes cuando entra en el círculo de tiza.

Dicha abstracción, esa concentración absoluta en lo que estás haciendo, es algo difícil de encontrar en nuestros días. Las nuestras son vidas ajetreadas: una sucesión de exámenes que tienes que preparar a contrarreloj, trabajos que te estresan, comidas malsanas y rápidas, la imposibilidad de encontrar tiempo que dedicar a tus cuatro hobbies y, cuando por fin lo consigues, que el resto de tus preocupaciones invadan tu rato de ocio.

Llevaba tiempo buscando algo que me permitiese que, por grandes que fuesen mis preocupaciones, me evadiese de de ellas. Los videojuegos, la literatura, el cine, escribir esto que estoy escribiendo y otras tantas cosas, son algunas de ellas. No obstante, no hay vez que no baje el libro un momento y tenga que pensar en ésta o aquella persona; o que no pulse START y deje el mando para repasar un par de conceptos del examen de mañana que no tengo claros. Si bien el grado de abstracción que consigo es alto, no es óptimo, y no consigo por completo desligarme de mis quehaceres. Con la Esgrima Histórica lo conseguí.

En el capítulo del que he extraído el párrafo con el que he abierto el texto, Los Bárbaros a las Puertas, vemos a un Jezal imbatible tras retomar con intensidad y concentración los entrenamientos de esgrima. No obstante, el motivo por el cuál Jezal hace lo propio, no es el misma que el mío. Jezal pretende cerrar la boca de todos aquellos que lo consideran un noble de tres al cuarto incapaz de tomarse un asunto con seriedad. Buscaba complacer a su padre y ser aplaudido por el público.

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Combate actual de Espada Larga

“Jezal, henchido de placer ante aquellas muestras de reconocimiento [los aplausos del público tras hacer un espectacular tocado] sonreía de oreja a oreja mientras un hormigueo de satisfacción le recorría todos los músculos. Ahora entendía para qué había estado entrenando.”

Los motivos por los que uno practica Esgrima Histórica hoy en día son variados. Hay quien lo hace por diversión, quien lo hace por mejorar su forma física, o quien acude a probar y se engancha a eso de dar estocadas. No obstante, si algo nos une a todos es el amor por la espada; aún más: el amor por el arte de la espada. La sensación, en última instancia, de que estás haciendo algo importante.

Los torneos en Esgrima Histórica son accesorios. Se acercan más a eventos de celebración y reunión que a la mera competición. Jezal, no obstante, entrena no por amor al arte, sino para acudir al Certamen de Esgrima y conseguir así vítores y galones, alzando su innata nobleza. Un medio para un fin un tanto turbio.

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Antes sugería que la Esgrima Histórica conseguía abstraerme de las idas y venidas de mi moderna vida. Me calzo las medias, me pongo mi camiseta de sala, cojo una hora el transporte público para que me lleve a la otra punta de la ciudad, portando a hombros y espalda el peso de gambesones, guantes, careta y algún que otro tratado. Y entonces llego a sala, saludo a mis compañeros, y empiezan dos horas donde mis problemas se alejan. Mientras el acero está en mis manos, cuando escucho la explicación del instructor o al reírme con mis compañeros de armas, los asuntos que hace un rato me parecían prioritarios entonces están ausentes. No cabe lugar para lo cotidiano en una sala de armas.

Me gusta pensar que la Esgrima Histórica es una forma de abrir un portal a otro tiempo. No será la primera vez que digo que la vida moderna tiene muchas carencias para mí; nos soportamos, pero no nos llevamos especialmente bien. La dinámica de sala no es la misma que la de una sala del siglo XVI, somos gente moderna, al fin y al cabo, pero aprecio sobremanera este acercamiento tangible a otro tiempo y la abstracción que consigo.

Si algo evoca el combatir son sentimientos puros, humanos. Satisfacción de hacer bien una técnica, rabia porque ese día estés lento y te tropieces con tus propios pies. Buenos o malos, no dejan de ser sentimientos que perfectamente podrían tener Jezal dan Luthar, Jon Nieve bajo el Muro, un joven Fiore dei Liberi o un español del siglo XVII cuando acudía a la plaza a que el maestro de esgrima le enseñase un par de tretas.

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