“Vivo en el edificio American Gardens en la calle 81 Oeste, en el undécimo piso. Me llamo Patrick Bateman, tengo 27 años.

Me gusta cuidarme. Sigo una dieta equilibrada y una rutina rigurosa de ejercicios. Por las mañanas, si tengo los ojos hinchados me pongo una bolsa de hielo mientras hago mis abdominales. Ya consigo hacer 1000. Después de quitarme el hielo me aplico una loción limpiadora de poros. En la ducha utilizo un gel con espuma activada por agua, luego un jabón corporal limpiador de poros de miel y almendra, y para la cara un gel exfoliante.

Luego me aplico una mascarilla facial de hierbabuena y la dejo 10 minutos mientras sigo con el resto de mi rutina. Siempre utilizo un aftershave sin alcohol o con poco alcohol porque el alcohol te seca la cara y te hace parecer mayor. Luego crema hidratante, emulsión antiarrugas para los ojos y al final otra crema hidratante dermoprotectora.

Existe la idea de que un tal Patrick Bateman es una especie de abstracción, porque yo no existo de verdad, sino sólo como ente, como algo ilusorio. Y aunque pueda ocultarte mi mirada fría, si me das la mano notarás que mi carne roza la tuya e incluso tal vez intuyas que tengamos estilos de vida parecidos… Pero yo, sencillamente, no estoy.”

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Patrick Bateman es un psicópata. Guapo, rico, atractivo, inteligente, culto, con éxito. Alguien a quien envidiar… pero un psicópata. Y American Psycho (Mary Harron, 2000) es la historia de este psicópata. ¿No?

Analicemos el inicio de “American Psycho”: Una sustancia de color rojizo salpica un fondo claro sobre el que aparecen datos de la producción, su directora y finalmente el título de la cinta acompañados de la música de John Cale. El tono rojo sobre blanco, la aparición de un cuchillo y el título con ese “psycho” al final establecen una asociación de ideas rápidas en el espectador: sangre, cuchillo, psicópata, asesinato, que enseguida son subvertidas al mostrar un trozo de carne sobre el que cae el cuchillo, el fondo blanco es la superficie de un plato y la sustancia carmesí es una salsa sobre la que descansa la comida. Estamos en un elegante restaurante en el que Patrick Bateman charla animadamente con sus amigos y en menos de 3 minutos ya hemos visto cuál es el tema principal de la película: Nada es lo que parece. Y las apariencias.

La presentación formal de Patrick Bateman en la película es mirando su reflejo en una imagen de “Los Miserables” coloreada de rojo, blanco y azul que, evidentemente son los colores de la bandera francesa, pero también de la bandera americana. Las referencias a la obra de Victor Hugo son bastante frecuentes en el film, cuyo musical de Broadway estaba muy de moda en la época en la que se enmarca la historia, pero no es un detalle que sirva únicamente para ambientar si no que permite profundizar más en la psique del protagonista.

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Son los años 80 y, a diferencia de 2018, donde conocer el grupo, obra, película, o lo que sea, antes de que se convierta en algo mainstream (popular) y una vez alcance la popularidad renegar de ello es un valor añadido, en los 80 estar a la moda significaba estar al tanto de los productos pop. El musical de Broadway de “Los Miserables” es algo en lo que un yuppie neoyorquino como Bateman, al igual que todo su entorno, mostraría interés con tal de estar a la moda. Igual ocurre con los restaurantes del momento que aparecen en la obra y a los que van únicamente porque están en boga en ese momento y cuya popularidad va y viene sin ningún sentido más allá de quienes los visitan. Y lo mismo con la música que escucha el protagonista y la cantidad de tiempo que dedica a analizar canciones pop, donde la gracia está en que, incapaz de entender el porqué de la popularidad de esas canciones, las disecciona en profundidad como si se tratasen de obras maestras intentando racionalizar el porqué son populares, lo que le permite disponer de referentes que utilizar en sus interacciones sociales con las que mantener las apariencias.

Volviendo al reflejo de su cara en la imagen de “Los Miserables”, la lectura sutil y a la vez más sencilla es: Patrick Bateman es el modelo a imitar, un triunfador, el máximo exponente del modo de vida americano; con una novia atractiva, un trabajo de éxito, una cartera abultada, trajes de marca, amantes, un piso de lujo, relojes caros… Bateman está definido por sus posesiones: Tanto tienes, tanto vales.

Él mismo lo considera así. Su monólogo inicial empieza diciendo: “Vivo en el edificio American Gardens en la calle 81 Oeste, en el undécimo piso. Me llamo Patrick Bateman, tengo 27 años.” Es decir, antes que su nombre o su edad, su carta de presentación es el piso donde vive y la zona en la que está situado.

Un piso cuya decoración es totalmente aséptica y en el que predominan los colores blanco y negro. Los muebles, los cuadros, el suelo del cuarto de baño… Todos tienen esta división de colores como un reflejo de la psique de Patrick Bateman que se divide entre el yuppie de éxito y el psicópata, el yin y el yang. Podríamos pensar que toda esta escenografía es solamente fruto de intentar representar un estilo moderno y minimalista acorde a esa figura de hombre de negocios de éxito, pero esta división entre espacios es algo frecuente a la hora de diferenciar a distintos tipos de personajes, como las casas de Marty Hart y Rust Cohle en “True Detective”; y en la propia película se muestran otras casas de gente con un nivel de vida y estatus acorde al del protagonista en las que hay más color (Paul Allen) y más objetos personales (Courtney Rawlinson) ayudando a enfatizar el contraste con la de Bateman.

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Patt, como él mismo se presenta en varias ocasiones durante la historia, aparece como un buen chico. Su perfil de hombre de éxito no se limita solamente a los negocios: Es mostrado como alguien políticamente correcto y sensato, pero conforme avanza la narración y más conocemos de él más descubrimos que eso es sólo la fachada que muestra en sus interacciones sociales y no su verdadero ser. En la versión en papel Bateman llega a comentar literalmente: “Me siento hecho una mierda, pero tengo un aspecto excelente”.

Aunque tanto película como novela comparten muchos rasgos en común como situaciones e incluso diálogos, el paso entre esas dos caras del protagonista es mucho más abrupto en la versión de Hollywood, en la que vemos una escalada bastante rápida en el comportamiento de Patrick, pasando de dar discursos en pro de los derechos civiles a amenazas que la película camufla como enfados puntuales y no como muestras de psicopatía y que además no son percibidas como tales, hasta desembocar finalmente en la agresión física cuando apuñala a un vagabundo en la calle y que inicia una espiral de violencia, haciendo además un retrato preciso que indica que no es algo nuevo en la vida del personaje.

Sobre las amenazas y el cómo son percibidas, tanto en libro como en película se juega haciendo dudar al espectador y al lector sobre si los crímenes e incluso los insultos proferidos por el yuppie ocurren únicamente en su mente o si por el contrario los ha realizado realmente pero el resto de personajes no lo escuchan debido al sonido ambiente como el ruido de un bar, o la música de la discoteca.

Pero en el libro esa escalada de violencia se toma muchos más momentos, y podemos ver por ejemplo cómo comenta casi de pasada, como un simple detalle sin importancia, que va a masturbarse con una escena de una película en la que matan a una mujer con una taladradora eléctrica. No es la única diferencia entre ambas versiones: En la película se hace más énfasis en la figura del psicópata y así vemos situaciones como cuando Patrick Bateman hace un chiste sobre la cabeza de una chica clavada en un palo, que se repite en ambos medios pero con distintas reacciones. En la versión del libro la broma es recibida entre risas por todo el grupo mientras que en la cinta el resto de personajes intercambian miradas incómodas por el chiste.

Ese énfasis en el protagonista juega quizás algo en contra del subtexto que proponía la novela: La crítica social al modo de vida de los yuppies neoyorquinos, asociada a una serie de comportamientos y aspectos negativos reflejados mediante la imagen de Patrick Bateman.

Hay un interés en remarcar aspectos superficiales por encima de las desviaciones mentales del protagonista de manera que estas puedan ser extendidas a todo un estrato social. Por ejemplo, la cantidad de tiempo fílmico que dedica la película a la rutina diaria que realiza Patrick por las mañanas para estar joven, guapo y en forma es el mismo que dedica a cubrir su jornada de trabajo.

Tanto tienes, tanto vales”

Comparemos cómo retratan el trabajo “El lobo de Wall Street” y “American Psycho”, ambas ambientadas en más o menos la misma época y cuyos protagonistas comparten clase social y oficios relacionados con las finanzas: “El lobo de Wall Street” comienza con un anuncio corporativo y a los cinco minutos a Jordan Belfort ya le están explicando los entresijos de Wall Street y en qué consiste su trabajo; y durante toda la película lo vemos trabajar y su evolución desempeñando esta labor. Sin embargo en “American Psycho” el trabajo no tiene ninguna importancia, hasta el punto de ni siquiera saber exactamente a qué se dedica Patrick Bateman.

No es sólo la cantidad de tiempo que se dedica en la narración al espacio de trabajo, como ya se ha mencionado, si no la forma en que lo hace. Cualquier mención a su forma de ganarse la vida es de forma vaga y escueta, pasando muy por encima de esto frente a las descripciones exhaustivas y detalladas que hace de todo lo superficial, como marcas de zapatos, colonias, bebidas, trajes, etc… En su primera escena en el trabajo, y tras la descripción total de su rutina por las mañanas, contrasta que en su despacho solamente habla de actividades de ocio: Le cancelan una cita para boxear, él cancela una cita para tomar una copa, hace dos reservas para comer, un comentario sobre la ropa de su secretaria y ve un documental. En ningún momento vemos qué es lo que hace para llevar el nivel de vida que lleva, y hasta cuando disimula una llamada de teléfono en el trabajo delante del detective privado lo hace hablando sobre moda y trajes. El oficio de Patrick Bateman es sólo el medio del que se sirve para poder aspirar al nivel de vida que quiere aparentar, y así lo utiliza cuando habla de su trabajo para intentar impresionar a las mujeres. Su prioridad es siempre ese mundo de apariencias bajo el que se esconde y que le permite dar rienda suelta a sus verdaderos instintos; cuando acaba con la vida de Paul Allen entra en pánico no por el crimen que acaba de cometer, si no al descubrir que su víctima vivía en un piso más caro que el suyo.

Cada momento de tensión sufrido por Patrick Bateman va seguido de un estallido de ira que necesita de una vía de escape a través del sexo o la violencia, y esto está reflejado en el montaje de la película: Justo después de la escena de las tarjetas, Bateman apuñala a un mendigo en mitad de la noche. La primera visita del detective privado provoca que se machaque con ejercicio mientras ve una película gore y finalmente acaba llamando a las prostitutas. La escena de la segunda entrevista con el detective privado, cuando lo descubre en una mentira, va seguida de una escena de sexo con Courtney. Mary Harron intercala estos planos estableciendo una relación  de acción – reacción entre ellos.

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Como el psicópata que es, Patrick Bateman entiende las emociones de quienes lo rodean de manera que es capaz de manipularlos pero no de empatizar con ellos; la cuestión es que conocemos esto porque es él mismo quien cuenta su historia al espectador, pero para el resto de personajes mantiene esa apariencia de normalidad y éxito propia de los yuppies de finales de los 80. Bateman responde a unos estereotipos asociados a ese modo de vida como son el materialismo, el éxito económico, el culto al cuerpo y la apariencia, la superficialidad en las relaciones humanas, el consumo de drogas, sexismo, clasismo, narcisismo, misoginia… Pero esto es extensible a todo el grupo, lo que nos puede llevar a preguntarnos: Si nada es como parece, ¿sabríamos de la psicopatía del protagonista si él no nos hubiese dejado verla? Más aún, sabemos que Bateman es un psicópata por lo que vemos de su intimidad, pero sus comportamientos en público no difieren en absoluto de los del resto del grupo. Entonces, ¿quién nos asegura que sus compañeros no ocultan los mismos secretos que él?


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