Hace poco tuve la gloriosa oportunidad de volver a ver The Arrival (La Llegada) en un autobús. La película de Denis Villeneuve, como otras tantas de su filmografía, se caracteriza por el preciosismo estético y los ritmos lentos que dejan espacio a la contemplación visual. Utiliza paletas de colores muy definidas y tiene la capacidad de conseguir una clara identidad visual para cada una de las películas que firma. Así las cosas, se puede deducir que ver The Arrival en un autobús no es la experiencia ideal. No obstante, de los comentarios de la gente pude entender la relación del espectador con la película, y cómo de un espectador a otro puede variar tanto la experiencia en función de tus preocupaciones y forma de percibir un montón de planos y diálogos. Lo que para mí era un sacrilegio (ver una película de esas características en esas condiciones) para otros puede no ser más que un ligero incordio.

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The Arrival

La mayoría de espectadores (y me atrevo a decir esto sin tener un estudio estadístico que me respalde) entiende las películas de manera literaria: atendiendo a su guion y, sobre todo, a los diálogos y la historia lineal. La mayoría de valoraciones de The Arrival se referían a lo que estaba pasando, lo que iba a pasar o lo malo o bueno que era el final; en ningún caso llamaban la atención cuestiones relativas a la dirección o la fotografía. El cine no es literatura, y percibirlo como una cuestión meramente literaria nos hace perder gran parte de la experiencia y, en muchos casos, la esencia de la obra. Hay películas con un componente literario muy importante, como podría ser El Padrino, pero aun así la experiencia de leer la novela de Mario Puzo es necesariamente distinta del visionado de la película de Coppola. Al tratar una misma historia en medios distintos, se ven claramente las diferencias: la película se vale del lenguaje audiovisual mientras que la literatura lo hace de la narración y los diálogos. A través de vías distintas, la película podrá alcanzar cosas que el libro no pudo, y viceversa. De hecho, se suele decir que si una película es buena, es capaz de defenderse si retiramos el sonido. Pese a ser un ejercicio a priori absurdo, porque estás obviando un claro componente creativo, sí que está lejos de ser un ejercicio fútil porque ayuda a apreciar esa narrativa exclusivamente visual a través de la dirección y el montaje: planos mantenidos que expresan la dureza de un momento, gestos actorales que dan a entender sensaciones sutiles, un choque violento de planos, un encuadre de una belleza pictórica que despierta sensaciones indefinibles… Aunque la mayoría del público no perciba de manera clara estos recursos, inevitablemente le están llegando y esa historia que tanto gusta o deja de gustar probablemente tenga buena parte del mérito en este tipo de lenguaje.

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Fotograma de There Will be Blood

Películas como There Will be Blood y No es País para Viejos hacen patente el lenguaje de sus directores, que lejos de limitarse a contar una historia de manera simplemente informativa profundizan en el lenguaje del cine y encontramos, en la primera, decenas de minutos sin un solo diálogo y, en la segunda, muy poca música y una historia bastante escasa si la trasladásemos al papel. Son películas, y la traslación a otro formato, por muy fiel que pretenda ser, no puede reflejar el lenguaje intrínseco y exclusivo de un medio.

Aunque el título de este artículo sea algo agresivo y simplista creo que, en líneas generales, no sabemos ver cine porque nadie nos ha enseñado a ello. Si bien la literatura e incluso la pintura son asignaturas que se desarrollan en escuelas e institutos (de manera muy superficial, eso sí) y tienen una tradición milenaria, el cine es ese arte que goza de cierto respeto y prestigio teórico pero que poca gente considera necesario explorar, a pesar de ser uno de los medios de expresión más asentados e importantes de la sociedad contemporánea. Es lógico no apreciar un buen plano cuando nadie nos ha hablado de lo que podría ser un buen plano, a pesar de que ese plano inevitablemente nos llegue y nos transmita sensaciones, como cuando un soneto nos obnubila, pero no tenemos ni idea de qué es un soneto o qué tipo de rima y métrica ha utilizado el autor.

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Fotograma de No es País para Viejos

Personalmente, mi relación con el cine comenzó de manera accidentada. Veía alguna película de vez en cuando, pero mi relación con ellas era literaria, tal y como estaba comentado. Pero tras ver ciertas películas o profundizar en cuestiones formales del cine, hubo en mí un click que me hizo no poder volver a concebir las películas como simples historias sino como una expresión autoral ligada a una narrativa audiovisual con carácter propio que era capaz de llegar de esa forma a lugares que antes no podría haber imaginado. Es, entiendo, una evolución; no necesariamente a mejor, porque las evoluciones se refieren simplemente a cambios y no mejorías pero, desde luego, siento mayor apego por el séptimo arte y por sus autores que antes. Con esta actitud se llega a una comprensión que considero más productiva, aunque no lo sea precisamente en mi caso.

La mayoría de espectadores entiende las películas de manera literaria

Por todo eso, The Arrival es una película que no se entiende por completo sin su estética, su dirección y su montaje. Tampoco se puede entender sin su guion, por supuesto. Pero ese viaje en autobús me ayudó a entender las diferentes posturas y bagajes que tienen los espectadores al ir al cine y la distancia que muchas veces existe entre los autores, empeñados en narrar de una determinada forma, y el público, que tiende a sobrevalorar una parte que no siempre es el foco principal. No es problema de nadie, y a la vez es problema de todos. Sería interesante que se incorporase la educación cinematográfica en la sociedad con tal de tener más herramientas con las que explorar uno de los mayores medios narrativos de la sociedad actual.


SOBRE EL AUTOR

FICHA JORGEGMACIA


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5 thoughts

  1. El cine no es ni será una mejora de la literatura; ambos son expresiones artísticas y buscan llevar dicha expresiones mediante paradigmas distintos. Diría que tenemos la mala costumbre de ver a todas las películas con el mismo ojo crítico; hay gente que le aburre ver películas del estilo de S.T.A.L.K.E.R; lentas, pero con un ambiente absorbente, porque las ven con la misma perspectiva con la que mirarían una película de Terminator. Si se aprende a ver el arte cinematográfico con distintas perspectivas (dependiendo de la obra), se logrará valorarlas mejor; incluso, eso nos permitirá dar análisis y críticas mucho más objetivas de las mismas.

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    1. Sobre todo creo que nos aburren demasiado las películas lentas, y se usa ese adjetivo siempre como peyorativo, cuando no es más que descriptivo. El Padrino, 2001, El Séptimo Sello o Casino son películas lentas, que no pesadas; cocidas a fuego lento, que tienen un ritmo propio y que no serían igual (ni tan buenas) de tener un ritmo más acelerado que buscase el mero “entretenimiento” que mucha gente les reclama.

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  2. Es una cuestión de experiencia personal, en mi caso, y casi diría que en el de todo el mundo. No se puede valorar correctamente aquello para lo que no se tienen los parámetros adecuados. Cuanto más cine vemos, más experiencia adquirimos sobre el medio (esto vale para todo en la vida, supongo), y mejor podemos apreciar los aspectos no tan directos en un filme, o no tan obvios; lo que subyace. Si nos quedamos solo con la superficie, nos perdemos cosas, así de simple. Muchas películas funcionan a varios niveles: está lo narrativo, la historia, que es lo que todo el mundo capta antes que nada. (Tradicionamente el cine tiene un componente predominante narrativo; se quiere contar algo, aunque exista también el esperimental, por ejemplo). Pero hay muchísimos elementos que pueden forma parte del cine. Basta con tirar del cine de autor para quedar desbordado por ellos. Así, no es de extraña que el espectador medio, habitualmente consumidor del blockbuster del mes, no pueda entender muchos niveles del lenguaje cinematográfico.

    Ojo, que no tengo nada en contra del cine “palomitero”, el de mucho ruido y pocas nueces (o poco contenido). El cine como simple evasión, sin otras pretensiones, es un opción tan válida como la que más… si sabes a lo que vas. Y para gustos, colores, que no todo el mundo quiere ver una película llena de silencios, planos generales abiertos hasta el infinito, primeros planos enlazados sólo de los ojos de los actores…

    Lo que ocurre, creo, es lo que decías en el artículo; que no nos han preparado para saber valorar un montón de recursos cinematográficos que van más allá de movimientos de cámara espectaculares, como si sólo con eso se hiciese una película “buena”.

    No, no nos ensñan a valorar el cine, del mismo modo que tampoco nos enseñan a valorar la música, por ejemplo. Es algo meramente de elección personal. Resulta lógico pensar que (tal vez) el 80% del oyente musical no va a escucar en su vida una pieza de música clásica, al menos no de forma voluntaria, cuando se le bombardea sistemáticamente con productos creados para usar y tirar, la mayoría de ellos hechos con pantilla y estudios de mercado. Y no estoy diciendo que haya que escuchar música clásica, (aunque lo pienso), sinó que la música contiene muchísimos tipos de lenguaje, y que si sólo escuchas uno de ellos, o unos pocos, nunca conocerás todo lo que es capaz de transmitirte. Yo no escucho toda la música que se hace, pero sí hago el esfuerzo de ponérmela para poder descartar la que no me gusta, la que no me aporta nada a nivel personal. El cine es lo mismo (en ese aspecto). ¿Cómo vas saber si algo te gusta si ni lo intentas de verdad?

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