El cine de terror es uno de los más prolíficos de la historia y también uno de los más cambiantes, adaptando estructuras y enfoques para seguir generando excusas con las que el espectador pueda sentirse libre de coger la mano de su acompañante en el cine, ejercitar la adrenalina con algún brinco sin necesidad de movernos de la butaca o para menospreciar a algún miembro de la pandilla por ser un cagao reconocido. Pero difícilmente para angustiar con esa inherente sensación del ser humano de tener miedo.

Es una palabra fácil de utilizar pero difícil de generar en la industria. Al contrario que la risa o el llanto (también complicadas de gestar) el miedo suele escabullirse con facilidad. Incluso sabe camuflarse en forma de sensaciones como la tensión o el sobresalto, que nada tienen que ver con él. Este forma parte de nosotros y sería imposible llevar una vida saludable en su ausencia, ya que entonces no tendríamos reparo, por ejemplo, en conducir en sentido contrario por una autopista a ritmo de reggaeton hasta que nuestras vísceras se esparcieran por el asfalto tras un accidente. Tirando de fantasía, el miedo sería el duendecillo que se posara en nuestro hombro antes de hacer tal estupidez para indicarnos que existe el peligro de muerte. Y en mi imaginación también nos recomendaría otro estilo musical.

El miedo no es agradable. No es una sensación placentera y, por lo tanto, no es un recurso válido a nivel comercial. Si una película genera verdadero terror lo normal es que sus potenciales espectadores no quieran verla. Parece existir un acuerdo entre obra y consumidores: ella nos dice que vamos a pasar miedo pero en realidad sabemos que nos sobresaltaremos por culpa de la música, por pequeños trucos visuales y de cámara o porque los protagonistas tienen la costumbre de tener armarios con espejo en sus cuartos de baño. No es miedo de verdad.

Hay excepciones a lo largo de la historia, por supuesto, y muchas de ellas no se encuentran lejanas en el tiempo. Hereditary (2018), por ejemplo, sabe jugar con el espectador de forma sublime para que los sobresaltos no sean lo único que incomode en la butaca, aunque siga tirando de clichés y elementos clásicos del llamado género de terror, donde también podríamos enmarcar a otras grandes obras que más bien funcionan como thrillers psicológicos, donde Hitchcock sigue esperando un relevo a la altura. Las hay que directamente apelan a la nostalgia y que no sienten reparos en volver a repetir la misma estructura y fórmula una película tras otra, década tras década, o que se lo digan a Michael Myers y sus apariciones cinematográficas, incluyendo la reciente Halloween (2018).

Pero por delante de todas ellas, para muchos, se encuentra la película más terrorífica de la historia. Aquella que realmente juega con el miedo como elemento humano, psicológico, biológico e incluso teológico. No pretende asustarte ni que vuelques tu bebida favorita por culpa de una conmoción repentina que aterriza gracias a un truco técnico. Más de 40 años después de su estreno existe una cinta que sigue siendo capaz de conectar con los estímulos más primitivos del miedo humano. ¿Por qué El Exorcista sigue siendo terrorífica tantos años después de su estreno, trascendiendo generaciones?

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Para empezar, la estructura de la película y la dirección de las escenas están muy lejos de los estándares del género del terror más actual. Esto, además, lo podemos comprobar muy fácilmente tomando como ejemplo alguna cinta posterior en el tiempo que trate la misma temática, como pueden ser El exorcismo de Emily Rose (2005) o The Possession (El origen del mal) (2012), entre muchas otras. A pesar de ser películas realizadas muchas décadas después, con más capacidades técnicas y de efectos, son incapaces de generar las mismas sensaciones que la obra dirigida por William Friedkin. Por mucho maquillaje y efectos que apliquen estas otras películas, la capa que las envuelve como productos comerciales siempre es visible. La utilización de la música, la dirección, los planos… todos buscan generar ese tipo de terror falso, donde lo único que se despierta es la inquietud.

El Exorcista no sólo deja de lado la utilización de la música como acompañamiento estridente con golpes de efecto, sino que mantiene una capa general de notas concretas que no permiten que el espectador deje de sentir angustia incluso en los instantes de paz. Cuando la posesión avanza en la pequeña Reagan la información se lanza de forma directa, utilizando como única herramienta de alerta a dos elementos simples pero poderosos: los sonidos provocados por la propia niña cuando el resto de personajes están en otra habitación y el recorrido que estos deben seguir en la casa para llegar hasta ella. Son varias las ocasiones en las que se recurre  a ello con escenas donde observamos a un personaje subiendo las escaleras de la casa que conducen al dormitorio de la niña, mientras escuchamos a esta. Ni sustos repentinos, ni trucos de cámara, ni efectos mágicos: sólo el sendero hacia el mismo mal que sabemos que toman los personajes antes de enfrentarse a él de forma directa. No hace falta ni que la niña aparezca en plano.

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Sobre la propia música de El Exorcista y casi a modo de anécdota, cabe destacar que se decidió utilizar como una de las piezas principales de su banda sonora a la mítica Tubular Bells de Mike Oldfield, que no se compuso pensando en esta película y que para nada pretendía generar una sensación de desasosiego o terror. Si el bueno de Mike ya hubiese sido considerado como uno de los compositores más talentosos de la historia en aquellos tiempos contemplaríamos la duda de si hubiese accedido a que su creación apareciese en la película. Sin embargo, a pesar de que esta canción sólo se utiliza en un par de ocasiones a lo largo del film y en ninguna de ellas la posesión es la protagonista, la unión entre El Exorcista y Tubular Bells ha quedado instaurada en la mente de millones de personas. Todavía recuerdo, cuando era pequeño, el terror que me producía esta pieza cuando mi padre escuchaba el disco en el salón de casa, cuya única explicación se debe a la relación con la película que mi pequeño cerebro ya confeccionaba. Otra pequeña demostración de que todo lo que envuelve a esta obra, incluso lo que no se relaciona en ella de forma directa con los momentos más terroríficos, queda impregando en nosotros como algo maligno.

Sí, el tiempo pasa por todos y un visionado actual puede deparar algunas risas gracias a frases como “mira lo que ha hecho la cochina de tu hija” o efectos que pueden mejorar algunos filtros de Instagram. Su factura técnica no acompaña de la mano a su evidente importancia en la historia, pero incluso se antepone a estas circunstancias. El miedo sabe sobrevivir y continúa conservándose mejor que otras de sus hermanas del género de los años 70, como La Matanza de Texas (1974) o Nosferatu, vampiro de la noche (1979), gracias a ese misterioso aura difícil de explicar pero sencillo de experimentar.

Quizás una de las claves continúe siendo la creencia entre la cultura popular de que El Exorcista, tanto la película como la novela en que se basa, plasma unos hechos reales. Y es verdad, pero a medias. El caso en el que se basó William Peter Blatty para escribir su libro tiene a un adolescente de 14 años como protagonista, varón, que poco tiene que ver con Reagan. En 1949 la Iglesia Católica tuvo que practicar un exorcismo al chico en Maryland y Missouri, Estados Unidos, después de una serie de inexplicables sucesos y de un estado difícil de comprender por los médicos que habían intentado diagnosticar sin éxito a este paciente. Aunque parezca ficción, los exorcistas existen de verdad y han ejercido a lo largo de toda la historia, incluso en la actualidad, donde se siguen practicando ceremonias oficiales por parte de la Iglesia con jóvenes, generalmente mujeres adolescentes, que sufren estados de este tipo. Hay muchas teorías al respecto y algunos estudiosos siempre han sugerido que estas supuestas posesiones por parte de entes malignos o demonios no son más que chaladuras fácilmente explicables por diversas enfermedades mentales conocidas o no, algo que probablemente sea cierto. Sin embargo, tal y como plantea muy bien la propia película, hay ciertos elementos que comparten algunos posesos que siguen siendo muy complicados de explicar por la ciencia: hablar en lenguas muertas como el latín o el sánscrito con total fluidez sin haberlas estudiado (el equivalente a algún que otro máster en la Rey Juan Carlos) y otros fenómenos físicos no conocidos y difícilmente amparables en las susodichas afecciones. Es decir, que el tema de las posesiones demoníacas continúa siendo en el siglo XXI uno de los más polémicos referenciados en el cine, cuya explicación espera una respuesta totalmente convincente. Además, aunque la hubiera, el espectador entiende como plausible ese estado en contraposición a otros como monjas espectrales asesinas o muñecos que cobran vida y sienten una especial predilección por los cuchillos jamoneros.

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A esto también podríamos sumar la maldición que El Exorcista parece poseer, pues el rodaje no fue fácil y sucesos inquietantes se dieron cita tras el estreno. En el libro Hollywood maldito de Jesús Palacios podemos echar un vistazo a alguno de los acontecimientos que favorecieron a la leyenda negra de la película, como el incendio que asoló los decorados del set de rodaje que dejó inservible casi todos ellos excepto la habitación de Reagan, curiosamente, que quedó impoluta. La muerte de los actores Jack MacGowran y Vasiliki Maliaros cuando la película todavía no se había estrenado ayuda, sobre todo al saber que sus personajes también fallecen en la ficción. No parecen ser acontecimientos orquestados por el mismísimo Satán pero ayudan a incrementar su estado de mito y favorecen a nivel comercial. Benditas tragedias, que pensaría algún magnate hollywoodiense.

Los métodos poco ortodoxos del director, William Friedkin, suman puntos al marcador de El Exorcista para entender que nunca veremos una película similar en el cine. O, al menos, habría que esconderlos muy bien para no producir un escándalo mundial. Abofetear a los actores justo antes de grabar, disparar armas de fuego, utilizar chillidos de animales reales en el matadero… son sólo algunos de los ejemplos de procedimientos a los que Friedkin echó mano para que los actores se mostraran tal y como deseaba o para lograr que ciertas escenas alcanzasen sus expectativas. El fin justifica los medios.

El Exorcista, cuatro décadas después, continúa siendo una de las mejores películas de la historia en el género del terror, siendo además una de las pocas que han sabido engendrar el miedo real en sus espectadores durante dos siglos. Juega con las sensaciones más primitivas del ser humano, pues el demonio no deja de ser la representación del mal más absoluto o su propia personificación dependiendo de las creencias de cada uno, uniendo una estructura que no se sigue por otras cintas del género y una dirección muy poco convencional. Las leyendas (reales o no) siempre acompañarán a esta película y los innegables traumas que a algunos nos causó su visionado se siguen repitiendo generación tras generación. Si quieres pasar miedo de verdad, no ese al que el género nos ha acostumbrado en los últimos años, esta obra continúa siendo la mejor elección pasen los años que pasen.


SOBRE EL AUTOR

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