El musical despierta pasiones desde prácticamente la invención del cine sonoro con The Jazz Singer (Crosland, 1927). El género, fácilmente definible e identificable, ha acogido desde superproducciones a cintas de presupuesto más comedido, y en muchos casos ha alcanzado el éxito por sus características tan especiales, que son percibidas de manera directa y casi visceral por el espectador. Encontramos ejemplos desde de los clásicos incontestables como el El Mago de Oz (1939) y Cantando Bajo la Lluvia (Donen y Kelly, 1959) hasta éxitos más recientes como Chicago (Marshall, 2002) o La La Land (Chazelle, 2016), pasando por gran parte de las películas clásicas de Disney o los recientes biopics de estrellas del pop. Hay una electricidad inherente a este género que hace que sus escenas sean recordadas, homenajeadas y repetidas hasta que calan en el inconsciente colectivo.

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Una de las propuestas más interesantes dentro de un género que tantas manifestaciones ha tenido es la de John Carney (1972). El cineasta irlandés nos ha dejado una trilogía de musicales que presentan distintas estéticas y escalas de producción, pero con un denominador común: una música pop con aire fresco y propio y el mostrar a los pequeños músicos que se esfuerzan por escalar algún puesto en la industria musical mientras tienen que lidiar con los problemas de las sociedades en las que se insertan. Carney no es un esteta, no se recrea en las formalidades visuales, sino que prefiere una dirección más sobria, pero no por ello sus películas dejan de tener una fuerza incontestable y un calado hondo en las temáticas que trata, sean sociales o personales. Inserta la música en la historia de manera que nadie baila porque sí, como acostumbra a hacer el musical clásico, sino que los protagonistas son músicos y la música nace de ellos y sus circunstancias.

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La obra más humilde y quizá cruda de Carney es Once (2007). La película abre con una escena en la que el protagonista (Glen Hansard) toca con el mayor de los entusiasmos una canción en la calle ante la atenta mirada de absolutamente nadie, hasta que aparece el personaje de Marketa Irglova para alabar su música. Así comienza un conato de relación pseudoromántica, desde la casualidad, y por la casualidad puede deshacerse en cualquier momento. Los personajes están sumidos en la pobreza, son músicos que pretenden ser también personas dignas. Guitarras rotas, estudios de mala muerte, pisos donde la pintura se cae a pedazos. Once es una historia sobre lo injusta y arbitraria que es la vida, sobre personas que se encuentran y comparten momentos que no acaban de cuajar en algo mayor, aunque cada uno de aquellos ya lo es en cierta manera. Una película rodada con muy poco dinero, que nos traslada sus temas desde la sobriedad formal, pero con certeza emocional. Sus escenas musicales son puras, sencillas; simplemente un puñado de personas compartiendo su música, sirviéndose de ella como pegamento. Once es el desgarro de la voz de Hansard y la suave voz de Irglova, es un juego de contrastes entre lo peor y lo mejor de la vida de dos personas corrientes a las que el mundo trata injustamente.

begin_again_poster.jpgCon su siguiente película, Begin Again (2013), Carney se aferró a algún convencionalismo más a pesar de un presupuesto también comedido, pero en todo momento se mantuvo en esa línea intimista y de hondura social. En Begin Again ya vemos cómo Carney utiliza más recursos formales, aunque en ningún momento se recrea en ellos y deja que sean los actores quienes transmitan. El personaje de Keira Knightley es abandonada a su suerte por su novio, tras haber alcanzado este el éxito comercial y a pesar de ser aquella una parte fundamental de su éxito creativo. A partir de ahí el personaje de Mark Ruffalo, un productor musical venido a menos, divorciado y alcoholizado, entra en escena. Harto de ver la mediocridad en la música pop, encuentra en el personaje de Knightley un auténtico diamante en bruto. La historia de Begin Again vuelve a hablarnos de cómo la música une a las personas, pero también de como la música puede ser el único reducto a través del cuál podemos escapar cuando no tenemos nada más. Ese halo de esperanza, ese sentimiento de trascendencia en medio del hormiguero que es Nueva York. Una historia de cómo sacar adelante la música a cañonazos, con todas las fuerzas que a uno le quedan y desde donde haga falta.

Quizá sea la que menos fuerza musical tenga de todas las que vayamos a tratar en este texto; sin desmerecerla en absoluto, quizá sus temas no apetezcan ser escuchados una y otra vez como si ocurre en los otros dos casos, quizá porque se inserten en las tendencias del pop independiente más actuales.

8e49163f39fffefe9ac96df15f3f61ccMi película favorita de John Carney es Sing Street (2016). En ella Carney se traslada a los barrios comunes de la Irlanda de los 80, cuando la crisis económica azotaba al país. El protagonista, un adolescente de clase media recientemente empobrecido, se ve obligado a trasladarse a un colegio público y católico donde sufrirá la más estricta normativa del clero rector y el bullying por parte de sus compañeros. Comienza entonces la película más adolescente y clásicamente romántica de Carney, pero entendiendo perfectamente cuál es el tablero de juego y ofreciendo una visión muy interesante de la adolescencia, la época donde toca volar, enamorarse, soñar y estrellarse. Es una película que llega hasta realidades profundas sin abandonar el tono amigable, que no trata con condescendencia al adolescente, sino que le da herramientas para explicarse a sí mismo.  La música de esta película es fantástica, eléctrica y vibrante, brillantemente interpretada, con Ferdia Walsh-Peelo a la cabeza. El pop-rock y el indie de los 80 está presente, pero también la escenografia y estética que músicos como Bowie normalizaron en la época, donde la música, además de eso mismo, era celebración, evento y se interpreta a través de lo visual, de la iconografía generada por los grupos y la puesta en escena.

Volvemos a encontrarnos a un grupo de gente que no vive en las mejores condiciones. Hablamos de huérfanas, pobres, acosados y acosadores; nos volvemos a mover en estratos bajos, desde donde nace la música casi como un milagro.

Es un musical maravilloso. En su superficie es un drama romántico, pero a poco que se explore en su trasfondo uno encuentra los temas trascendentales del paso a la adultez en medio de la pobreza y el desarraigo. Lejos de vararse en una relación amorosa pastelosa, la relación que se establece entre los enamorados es arbitraria, tortuosa, movida en parte por el deseo y en parte por la realidad del contexto social y las necesidades egoístas de cada uno de ellos. Aunque en su estructura es un drama romántico entre chico y chica bastante común, en su ejecución va más allá y, lejos de estorbar, aporta al sentido último de la película.

John Carney es todavía un director joven, uno que todavía no ha trabajado (ni parece que vaya a hacerlo) las grandes producciones (sus películas citadas han costado 0.15, 8 y 4 millones de dólares, respectivamente), aunque su extraordinario estilo hace que luzcan como películas de mayor envergadura. Su cine nace del amor por la música y los músicos de guitarras rotas y teclados amarillentos. Aunque en todos sus musicales muestra una relación amorosa heterosexual superficialmente convencional, más allá de abrazar el tropo lo altera sutilmente y ofrece visiones alternativas a esta premisa. Sus películas son interesantes a varios niveles y en sus distintas capas, desde el plano musical hasta la reflexión social que nos ofrece. Son películas recomendables tanto para quienes quieran iniciarse en el musical, ya que encontrarán películas sobrias en lo formal, pero con mucha pasión; tanto como para quienes tienen ya más bagaje en el género, que encontrarán una nueva visión respecto a los grandes clásicos.


SOBRE EL AUTOR

FICHA JORGEGMACIA


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