Ya escribí en esta misma página sobre las exageradas reacciones que tiene el público ante la negativa de los creadores de plegarse a unas exigencias y expectativas determinadas. Viendo los casos recientes, con las redes sociales como rings y los autores como dummies, quizá se pueda deducir que esta desconsideración por la creación ajena ya se ha instaurado y que es fruto de nuestra moderna sociedad. Probablemente haya parte de verdad en esto, y ahora todas estas reacciones sean mucho más visibles, pero en cierta manera lleva ocurriendo desde siempre. Incluso en la ficción podemos rastrear el miedo del autor al secuestro de su obra. Uno de los casos más evidentes y conocidos es el de Misery, la novela de Stephen King.

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Imágenes de la fantástica versión cinematográfica de Misery, dirigida por Rob Reiner y publicada en 1991.

Stephen King es conocido en EE.UU prácticamente por todos y ha vendido cientos de millones de libros. Por todo eso, es también una persona tremendamente expuesta. Esto ha hecho que, en determinados momentos de su vida, haya tenido episodios de acoso por parte de fans. En 1984 publica Los ojos del dragón, un libro de fantasía épica que enfadó a los fans porque se desligaba del terror que hasta entonces había hecho King. Esto, junto con problemas de adicción a las drogas y al alcohol que atravesaba el autor, le lleva (de manera consciente) a escribir una obra que es una prolongación explícita de sus miedos frente al secuestro de su propia obra: Misery.

Paul Sheldon, un escritor de best sellers, sufre un accidente en una carretera y es auxiliado por una enfermera entrada en edad llamada Annie Wilkes. Ella se declara su fan número uno, está completamente enganchada a las novelas de Sheldon y no puede dejar de esperar la siguiente. Lo que en principio se manifiesta como una historia relativamente convencional, a las pocas páginas acaba derivando de manera casi abrupta en una Annie de actitud ambivalente para con el escritor: por una parte lo ama pero, por otra, se enfada con Sheldon cuando descubre que su personaje preferido en las novelas muere. Este está, claro, a su merced, atado a una cama y dependiente de medicación. La imaginación y falta de escrúpulos de Annie para la tortura de aquel a quien ama con tal de que este le escriba un libro a su medida, de lo que acaba yendo el grueso de la novela, son terroríficas y a su vez tienen un poso importante de realidad. Misery se convierte así en la magnificación del secuestro de la obra (y el escritor) por parte del fan.

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Las obras nacen de las mentes de los autores, sufren un proceso de creación y culminan, con suerte, en su distribución y consumo por parte del público. El problema surge después de esto: mucha gente se apropia de la obra, la hace suya antes que del autor, y quiere que los personajes actúen de acorde a sus opiniones. Secuestra las obras igual que Annie Wilkes secuestra a Paul Sheldon. Hoy en día se llega a hablar de un Síndrome Misery para los casos modernos en los que esto ocurre. ¿De quién es Star Wars, de George Lucas y compañía o de los fans? ¿Las letras de Bob Dylan son suyas o son de todos? ¿Tenemos derecho a reclamar que rehagan la octava temporada de Juego de Tronos porque no nos gusta cómo ha acabado ni qué han hecho los protagonistas? ¿Conviene insultar a George R.R. Martin o Patrick Rothfuss a ver si se dan un poco más de prisita en escribir el siguiente volumen de sus archiconocidas sagas?

Quizá la cuestión sea que estemos mezclando churras con merinas. Los productos cuya envergadura o resonancia con una determinada sociedad les hace pasar a la cultura popular son, de alguna forma, de todos, en tanto que ya están en la calle y podemos consumirlos, disfrutarlos, analizarlos, discutir en torno a ellos, divulgarlos. Son de todos, pero no son de nadie. No le corresponde a nadie decirle a ningún otro qué debe escribir, o cómo debe rodar. Las obras son patrimonio del autor, no patrimonio del fan. De lo contrario, lo único que quedará es gente sin vocación ni voz autoral escribiendo para responder a unas exigencias determinadas, y que todo ello derive inevitablemente en la homogeneidad cultural (como se puede ver que ocurre en las grandes producciones o best sellers que tienen como objetivo último vender entradas y libros a cuanta más gente mejor).

El consumo crítico poco tiene que ver con el secuestro de la obra; es pasar por el filtro de lo personal la obra ajena y devolver con ello reflexiones interesantes. Pero no es poseer una obra ni el derecho a que nos hagan a medida aquello que nos guste. En ese caso, acabaríamos como Annie Wilkes, exigiendo a Paul Sheldon que nos hagan a medida una edición de nuestro libro favorito. Libro que acaba haciendo y, por cierto, él mismo dice ser el peor que ha escrito nunca.

 

PD: Hay un documental que recomiendo sobre la respuesta de los fans frente a La Amenaza Fantasma de George Lucas, que se llama El Pueblo contra George Lucas. Una muestra muy interesante de este Síndrome Misery del que hablamos.


SOBRE EL AUTOR

FICHA JORGEGMACIA


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