I.

Las sábanas decían que el monstruo estaba en su cabeza, pero ya había mirado ahí dentro, con cuidado para no romper alguna conexión del cerebro. Ahora tenía las manos viscosas, y no podía ir al baño a lavarlas. El monstruo estaba ahí debajo. Lo sabía y casi podía verlo. Casi, porque si se asomaba a comprobarlo con sus propios ojos, los perdería. Los ojos, esa era la clave. Apenas tenía uñas, la punta de sus dedos estaban en carne viva, en algunos casos; en otros, unas tiritas ya secas y malgastadas cubrían parcialmente los estragos que sus dientes habían hecho.

Introdujo los dedos maltrechos de la mano derecha en su cavidad ocular izquierda. Un golpe seco fue suficiente. Si no podía bajar, al menos podía enviarlo a él. Dejó caer por el borde del colchón el ojo, lentamente y con cuidado. Todo estaba negro. Cerró su párpado derecho para ver mejor, pero no cambió nada. A veces parecía vislumbrar unas sombras, pero debía ser su imaginación.

Los dedos treparon por el edredón, un hilo de luz traspasaba la ventana, y dibujaba una figura encorvada en la pared. Fue en ese momento cuando reaccionó a tiempo y lanzó la sábana al suelo. Sonó cómo la criatura impactaba en el suelo, haciendo sangrar a los oídos que lo escuchaban. Ahora la bestia caía desde el tímpano hasta los hombros, viajaba de un lado a otro, sólo necesitaba el contacto de una forma u otra. Se apresuró a buscar en la mesilla de noche, necesitaba algo para cortar de raíz la sangre. Las tijeras podrían funcionar, pero había una caja de cerillas y recordó que el fuego espantaba al monstruo. Un movimiento seco y rápido, más que suficiente para tener una pequeña llama acercándose al cuello. La sangre parecía absorber la luz del pequeño trozo de fósforo. En pocos segundos la habitación estaba iluminada por las llamas, y las sombras acechaban por todas partes. Habían huido de su escondite, y ahora todo el lugar eran sombras.

Comenzaba a oler a quemado, necesitaba escapar de allí. El único lugar seguro sería el que ha dejado. Su cueva. Debajo de la cama ahora es la cama. Se abalanzó hacia el borde del colchón y se precipitó hacia lo que hubiera más allá. Su ojo izquierdo. De pronto se encontraba frente a él. Ya no había sombras. Ahora por fin podía ver al monstruo en la cama.


II.

Algo suena en la cocina. Creo que es por la mañana, así que tendría sentido, tengo que volver a dormir.

Están sonando metales por el suelo. Hay un largo camino hasta la cocina, no sé si debería. Puede que aún sea de madrugada. Con la mano a tientas, me deslizo desde la cama hasta la puerta. El suelo está frío, incluso mi propio pelo cayendo por los hombros me da escalofríos. Entra una ligera brisa por alguna parte, pero no he tenido tiempo de orientar su sentido. Ya estoy casi en el pasillo, y siento cómo el marco de la puerta trata de atraparme. Mis brazos apenas son capaces de salir de la habitación, y encogiéndome logro caer hacia el pasillo. Tendida en el suelo puedo escuchar mejor el ruido de los metales. Resuenan lentamente, queriendo que escuche cada parte de ellos chocar una y otra vez contra las baldosas.

Es un sonido similar a cuando lanzaba sus cuerpos contra los cristales esparcidos por el suelo. Ahora no puedo disfrutar de sus carnes desgarrándose y pidiendo compasión. El pasillo parece más largo de lo que recordaba. Mis pasos hacen un sonido casi tan placentero como el de la carne y los cristales.

Disfruto cada segundo de un camino plagado de sangre bajo mis pies y no puedo esperar a ver de nuevo sus cuerpos ensartados en los mismos cuchillos con los que preparaban la comida. Sé que están ahí, esperándome al final del pasillo.

Apoyo mis manos en las paredes y mis muñecas se retuercen mientras avanzo. Me cuesta mover las piernas, las rodillas se agrietan, siento cómo la piel va dejando paso a la carne. Me acerco cada vez más, pero el siguiente eco es siempre mayor que el anterior. Son los últimos pasos, los reconozco.

Entonces llevo la mano hacia delante, allí donde estaba la puerta, hasta ahora. No alcanzo a tocarla. Parece un hueco en algún lugar de mi rostro. Puedo sentir el dolor dentro de mí a medida que trato de encontrar el final. Algo cae sobre mi brazo. Se deshace al impacto, como una lágrima que proviene del lugar donde estoy: la cuenca vacía de mis ojos.


Ilustración de portada: Daylight Horror, de Logan Preshaw (https://www.artstation.com/artwork/L2yJQw)

Ilustración interior: H.P.L. was right #02, por DOFRESH (https://www.artstation.com/artwork/2Lg1y)


Espada y Pluma te necesita


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