Marcela estaba ya cansada de Grisóstomo, un granjero poco educado y preadolescente que le había dado por enamorarse de su prima, una robusta y musculosa granjera de piel bruna y voz de choto llamada grácilmente Marcela. Hacía algún tiempo, Marcela había logrado perder al niñato en el bosque, pero aparecieron dos señores que lo ayudaron. A su vez, no le bastó su mala suerte que su padre Leovigildo estuvo de acuerdo con el casamiento entre los primos.

—Pero necesitas tener hijos y que crezcan para cultivar; con 12 años que tienes pronto se acabará tu juventud. Tu primo no está tan mal: tiene un ojo a la virulé y le faltan dientes, pero lo importante es que tenga un buen corazón. —Repetía siempre su padre.

Marcela, agotada, acudió al bosque donde había la leyenda de un malvada bruja que ponía maldiciones a los benditos y bendecía a los malditos. Escapando del par de forasteros medio imbéciles que ayudaban a su primo, Marcela logró llegar al bosque, recóndito y espeso como él solo, y caminando por un lecho de hojas negras se encontró una extraña madriguera con raíces azules. De ella emanaba un moribundo hedor que echó atrás la idea de acudir a la malvada bruja.

“En los cuentos siempre dicen que hay que atravesar peligros para obtener lo que se quiere. Como estoy en esta mierda de novela caballeresca voy a meterme en esta madriguera” —pensó Marcela. Y todo sucedió como tenía que suceder hasta que recordó sus marcados músculos fornidos por el calor de la fragua que no tenía y quedó atascada entre las preciosas ramas azules de la madriguera.

Pasó un buen rato hasta que Marcela oyó a lo lejos un inocente silbido que venía brincando hacia ella.
—¿Qué haces en mi casa?—Dijo la voz que silbaba
—¿Es usted la bruja malvada del bosque?
—Bueno, malvada no, yo soy Marvá
—Da igual como se pronuncie, ¿Es usted…
—Marvá es mi nombre, no soy malvada —la interrumpió la bruja malvada.
—QUE NO SOY MALVADA, SOY MARVÁ —vale vale, no te me enfades tía joe qué humos.
—A lo que íbamos —continuó la bruja— ¿Querías entrar a robarme o cómo?
—No, yo solo venía a verla, Marvá. —Dijo con un tono grave.
—Ah, bueno, pues sal de mi conducto de ventilación y te concedo el deseo que quieras.
—Marvá, cariño, si me he quedado aquí es porque no puedo salir.
—¿No venías a verme? —preguntó la bruja.
—Sí, pero creía que usted estaría al final de esta madriguera como en Alicia.
—¿Yooo? —preguntó retóricamente ofendida la bruja Marvá— yo vivo en un chalet como los vampiros de Crepúsculo, a mi no me jodas con tus cuentos de setas y conejos.
Hubo un breve silencio que lo volvió a romper la bruja Marvá.
—A lo que íbamos, ¿Tu deseo es que te saque de la madriguera?
—No, yo quería que me librase de Gris, un niño que no para de acosarme.
—¿Y dónde está ahora? —Preguntó la bruja mirando a todas partes.
—No está aquí, he venido a pedir ayuda y me quedé aquí, atrapada.
—Pero si él no está aquí, ¿No es tu deseo? Te has librado de él.
—Yaa, —resopló Marcela— pero pretendía que me librases de él sin quedar condenada a quedarme encallada aquí.
—Pero entonces, ¿Tu quieres salir de ahí o que te libre de tu pastor prepúber?
—Las dos cosas —alzó la voz Marcela.
—Ah pos no se puede. —Dijo pensativa Marvá.— Eso es trabajo de mi hermana, la Bruja Malvada.
—¿Pero no era usted? —Preguntó Marcela sorprendida.

—¿Yooo? —se hizo  la ofendida otra vez— Nooo, esa es mi hermana, pero está de Erasmus en Escocia, 1 año en Hogwarts la muy asquerosa. Solo me ha traído un pin que compró de oferta en la tienda de Muggles que hay ahí.
—¿Pero entonces no me puedes sacar de aquí? —Preguntó Marcela angustiada.
—Sí, claro, pero sólo eso?
—Y librarme del pesao
—¿¡De Pessoa!? ¡Cómo te atreves a hablar así de nuestro Dios Pessoa, niñata consentida! —Gritó (con razón) enfurecida.
—Gris, Grisóstomo, el pastor acosador. —Dijo haciendo un facepalm.
—¿Qué ase illa? Que el facepalm es del siglo XXI y tu no llegas ni al XVII —le vaciló la bruja Marvá mirándola raro.— Bueno, da lo mismo, no me he sacado el bachillerato de magia porque me dio peresa —continuó Marvá— peró llegué a dar Introducció a la Metamurfòsi I antes de irme. Mira, como no soy tan tiquismiquis como mi malvada hermana Malvada te voy a hacer una propuesta: te saco del árbol y como no puedo ni matar ni eliminar a ningún ser vivo, pos puedo convertirlo en cabra. Créeme, no se notará.

Y llegó la gran ceremonia que Leovigildo, padre de Marcela, había organizado con amor. Y resultó veraz la propuesta de la bruja, porque vamos, aún no me explico cómo nadie se dio cuenta de que acabó casada con una cabra.


Espada y Pluma te necesita


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