Hace unos cuantos años que perdí mi fe en la música. Al decir “fe” me refiero a querer dedicar mi vida a ella, por supuesto. No sé si la estoy recuperando, o si es demasiado tarde. Seguramente sea esto último, pero eso no va a evitar que siga disfrutando de ella hasta el día en que me metan bajo tierra, en una vasija o donde sea. Tampoco estaba seguro de si empezar hablando de mí, porque al fin y al cabo, quién soy yo; pero quién es Amaia Romero, o quién eres tú.

Hacía un puñado de años que no teníamos Operación Triunfo en nuestras televisiones, ya sabéis, ese programa donde entra gente joven a una academia de música y salen de allí envueltos en fans y una sobreproducción de medios queriendo saber de sus vidas. No sé si podríamos usar la expresión “nadie daba un duro”, en referente a las esperanzas puestas en el formato, porque el murmullo del gentío siempre resuena más pesimista de lo que es. Lo cierto es que siempre hay dudas cuando se recupera algo que funcionó en el pasado pero se explotó hasta la extenuación. La buena noticia es que al menos no había nadie con gafas de sol en el plató. Todos sabemos el resultado: un éxito de audiencia y una ganadora cuya victoria nadie se atrevería a poner en entredicho.

Hará falta tiempo y lágrimas para que Amaia Romero sea otra persona un poco diferente a la que es hoy día. Ya sabéis, tiempo porque cómo van a cambiar las cosas si no, y lo de llorar es porque lloramos, sin más. Tarde o temprano todo el mundo llora, es una prueba irrefutable de que estás viviendo. Lo de llegar a ser otra persona no es porque tenga que cambiar; sé que ya lo estabais cuestionando, o eso creo. Sin embargo, el tiempo y vivir suelen ser una combinación con un resultado invariable: cambiamos.

Vivimos en una sociedad, para bien o para mal, en la que perdemos el culo por fotografiarnos con la persona conocida que acabamos de cruzarnos. Persona conocida, que al fin y al cabo significa eso, que mucha gente reconoce su cara, el porqué da exactamente igual, aunque finjamos que no. Amaia bien lo sabe, lo de salir de un programa de televisión y de repente todo el mundo saca el móvil y se pone a hacerse selfies contigo. Como vivir en un documental rodado por todo el mundo alrededor de ti. Así es que, por qué no, ella ha tenido su propia forma de documentar el año de producción de su primer disco, así como la consecuente gira.

Sinceramente, no sé de dónde salen las decisiones inteligentes, o en qué etapa de la vida pasamos a tomarlas más a menudo, si es que alguna vez varía ese porcentaje. Lo que sí sé es que este documental ha sido una decisión inteligente. No sé si mejor o peor, pero “Una vuelta al sol” es inteligencia pura. Sí, sé las sensaciones equívocas que están dando estas palabras. Creo que ya va siendo hora de despojarse de cierto lastre: ser inteligente no es saber aprovecharse de los demás, saber ocultar tu malicia y sacar rédito de forma sibilina. Eso es estupidez permitida, sin más. No, tampoco quisiera yo usar la inteligencia como una alegoría agasajadora de una falsa madurez. La niñez y la simpleza no están reñidas con la virtud que aquí quiero poner de relieve.

Continuamente, hasta la saciedad, Amaia habrá tenido que escuchar cuán inocente o natural es. Si no se han sucedido esos adjetivos con infantil o ingenua, porque somos así, confundimos lo normal con lo extraño, y una respuesta tan simple como “lo siento” nos enternece cuando la escuchamos en mitad de ese campo de batalla que es la televisión. Lo más probable es que no haya nada extraño ni extraordinario en Amaia, y esa es la clave de que, por ejemplo, haya firmado el mejor disco que este país ha visto nacer en mucho tiempo. Bueno, perdonadme, no sé si el mejor en comparación a otros, ni me importa, pero sí que es inmejorable en sí mismo, en sus límites.

Si la exposición mediática te hace crecer, desde luego debe ser algo similar a ese niño en proceso de educación que te empuja en una fila de espera, metiendo prisa de forma abrupta. Apostaría mi poco dinero a que realmente llamamos crecer a movernos hacia delante, como si supiéramos hacia dónde vamos, o para qué. No hay madurez ninguna en poder irte de viaje a donde quieras, o tener acceso a unas posibilidades creativas y socioeconómicas que antes no tenías. Eso sólo va de dinero y burocracia, no de que tu cerebro haya cambiado en absoluto.

No sé cuánto habrá crecido Amaia en los casi tres años que han transcurrido desde que entró a la academia hasta que nos tiene a la gente de a pie, a los “cualquiera” hablando de su documental. Lo que sí sé es que ha aprendido qué aprender. A ser líder pero no demasiado, a perder la naturalidad que inevitablemente se evapora cuando tienes cámaras delante, pero guardarla en el bolsillo sin que nadie se dé cuenta, para luego, para sí misma. Mantiene su capacidad de agradecimiento y sus pies siguen raspando las suelas de sus zapatillas contra el asfalto, con la liviandad de dejarse llevar lo justo y necesario.

A mis dieciocho años, mi hermano me regaló el libro “Cobain íntimo”. Hace más de una década de ese momento, y el libro llevaba fácilmente un lustro sin moverse de la estantería. Hace unas pocas semanas estuve recolocando la habitación, cuando desempolvé ese pedazo de biografía dudosamente autorizada de Kurt Cobain. Qué hago yo con esto ahora, me preguntaba. Si yo ya he dejado esta etapa atrás. Lo de madurar, que os decía, pues yo creyéndomelo, por supuesto. No sé qué habrá sido de la camiseta de Nirvana clásica, esa que nunca jamás nadie ha tenido, que llevé mil veces mientras rasgaba la guitarra con los amigos. Otro recuerdo que se va.

Ahora sé que estaba recuperando el libro en cuestión porque estaba dando un paso, sin querer, de nuevo hacia el camino de esta cosa que es la música y los artistas. A plantearme de nuevo qué estamos haciendo creando olas mediáticas alrededor de personas, simplemente por el hecho de que les apasione la música. Simplemente, porque al final eso es lo que pasa, que a Amaia le gusta la música. Lo demás viene después, e irá hacia donde tenga que ir. Sé que suena a poco, pero igual es que siempre queremos demasiado. Abandonamos la razón de ser y nos perdemos en todo ornamento.

Que al final, incluso aunque no quieras tocar nada por si acaso rompes algo, el tiempo pasa, las cosas pasan, contigo o sin ti. Un día se te muere el pez que tenías en casa y ya no puedes hacer nada, salvo congelarlo. Nadie gira alrededor de ti, eso sólo es una falsa sensación, pero si tienes un poco de suerte y te das cuenta de que todos giramos alrededor del mismo astro, puedes ir a la velocidad adecuada. Y así es como se puede protagonizar un documental lo suficientemente natural como para ser mejor que algunos libros que supuestamente documentan el éxito y el fracaso a posteriori, aunque sean fantásticos regalos para seres queridos.

Perdón, no quería decir natural, quería decir inteligente.


Espada y Pluma te necesita


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