El amor es inherente al sentir humano, y se manifiesta de múltiples formas: para con los amigos, las parejas, los hermanos, los padres, los compañeros de trabajo; también está el fundamental amor propio. Se podría decir que el amor es un sentimiento que está en lo más profundo de la naturaleza humana, una fuerza que teje y desteje y que nos ha permitido vivir en grupos y sociedades.

Es bastante complejo, realmente, definir el amor, así que vamos a pasar por encima de formalismos; que cada cual deduzca de estas líneas lo que es. Pero lo que está claro es que el ser humano necesariamente se relaciona con otras personas para sobrevivir y, más allá de eso, para vivir mejor. Uno puede irse a una caverna cual anacoreta, despojarse de emociones y sentimientos, renegar del mundo en sociedad y abrazar conscientemente la soledad pero, de una forma u otra, la mayor parte de nosotros siempre estaremos conectados por motivos y fuerzas que nos superan.

Si nos ceñimos al amor de pareja es posible detectar que, pese a ciertas bases universales y atemporales, se ha ido matizando y adecuando a las peculiaridades históricas de una determinada sociedad. Como biólogo que soy, e interesado en la antropología y la historia natural, me es imposible no ver los rasgos fundamentales del comportamiento que nos hacen atraernos unos a otros, y cómo funcionan las relaciones en su sentido más básico. No obstante, al igual que veo esa esencia, también veo que el amor en pareja ha sufrido cambios drásticos a lo largo de la Historia humana y rara vez ha habido un motivo biológico detrás. Probablemente, esas pulsiones biológicas a las que hacemos referencia de vez en cuando para justificar nuestros enamoramientos tengan su origen en la cultura, y no tanto en los genes o la fisiología (aunque, inevitablemente, esto también tenga un papel en ello). La prueba está en que no se interpreta de la misma forma el matrimonio en la Edad Media que en la actualidad, pero tampoco se interpreta de la misma forma en España que en Japón o Namibia; es más, el matrimonio no tiene la misma relevancia legal y social ahora que a principios del XIX. De la misma forma, cuesta pensar que el amor entre los cazadores-recolectores tenga las mismas connotaciones y características que el amor en el Londres victoriano.

God Speed (Edmund Leighton, 1900)

La concepción del amor más común en la actualidad, la que impregna nuestra educación y a partir de la que surgen la mayor parte de nuestros productos culturales, es el amor romántico. Nos topamos, entonces, con otra piedra: ¿cómo definimos el amor romántico? Bueno, quizá, yendo a sus raíces: el Romanticismo, más o menos. No es que este movimiento artístico sea el origen de esta forma de entender el amor en pareja, pero sí se dan en él la mayor y mejor manifestación literaria de este concepto de relación humana. La corriente romántica a partir de la que se originó lo que hoy conocemos como amor romántico es el romanticismo histórico-sentimental. Antes de abarcar más de lo que podemos, simplemente tengamos en cuenta que este romanticismo histórico-sentimental es una destilación de ciertos mitos, historias e ideas del amor que habían alimentado a la sociedad hasta entonces. El amor romántico surge, por tanto, en un momento concreto de la Historia, bajo el prisma de unas personas más que de otras y con unas herramientas limitadas y circunscritas a una determinada sociedad. A partir de entonces, y hasta nuestros días, el concepto de amor romántico ha pasado a la cultura popular: las novelas británicas del XIX, el Hollywood clásico, las historias juveniles de los 80, las series para adolescentes de Netflix… Y, como cualquier idea presente en la cultura de masas, pasa a la vida cotidiana. Asumimos esos tropos, esos clichés. Aunque uno nunca haya tenido una relación de pareja, ya sabe (o cree saber) cómo ha de ser, en tanto que es la (escasa y difusa) educación emocional que recibimos y la cultura que consumimos las que nos muestran la hoja de ruta a seguir.

¿En qué se manifiesta, por tanto, el amor romántico? En primer lugar, en una serie de mitos, creencias o ideas por las que se debe interpretar a una pareja: el conseguir a tu alma gemela como fin último de tu vida; el establecer la validez de uno mismo en base a la del otro; la omnipotencia del amor, como fuerza que todo lo puede arreglar y solucionar, y por el que vale la pena luchar pese a la destrucción ajena; la exclusividad del sentimiento amoroso hacia una única persona; la predestinación de una persona por otra (la creencia de que existe una “media naranja” para cada uno); el matrimonio como fin último y único del enamoramiento; el amor de pareja como mejor (e incluso único) amor posible; la aceptación de la validez (e incluso necesidad) de los celos, como prolongación de cierto sentimiento de inseguridad por la desposesión del otro; etc. En segundo lugar, el amor romántico también se manifiesta en una suerte de ciclo inevitable que hay que seguir: primero, el enamoramiento, que siempre ha de ser apasionado, rápido e incluso “a primera vista”; si no funciona este, se pasa al cortejo, que también parece tener sus pequeñas etapas, tropos y reglas; después, la aceptación de la pareja y el conocimiento progresivo de esta; por último, como habíamos mencionado, el matrimonio (o el vivir juntos, o el noviazgo estrecho, o como se quiera) y los hijos.

Más allá de sus características, la realidad es que en la práctica el amor romántico plantea muchos inconvenientes: en muchos casos las relaciones no son horizontales, sino verticales (el hombre queda por encima de la mujer); se prioriza la relación por encima de las propias personas que están en ella; se otorga el perdón al otro incluso cuando no es merecido; las relaciones son siempre fines y nunca medios para alcanzar la felicidad, etc. Todo porque alcanzar la pareja definitiva es el fin último de la vida humana; en el amor romántico buscamos completarnos, más que complementarnos. La felicidad parece llegar cuando llega la pareja; no antes, ni durante, ni independientemente de ello. Por eso, los problemas del amor romántico no empiezan ni acaban cuando ya es efectiva la relación: también ocurren cuando nos enamoramos. Cuando no tenemos pareja el ecosistema social en el que vivimos se encarga, directa o indirectamente, de hacernos sentir mal por ello, de apremiarnos a que consigamos una pareja. “Conseguir”, digo, porque conseguimos una pareja en tanto que es un logro. Hemos vencido, como si el otro fuese un premio a nuestro esfuerzo y dedicación.

En muchos casos, como muchos poetas románticos pusieron en verso, se desea el amor, más que a alguien en concreto; primero viene la necesidad del amor y, después, la atracción por una persona, en la que volcamos las esperanzas del cumplimiento de nuestras ideas preconcebidas. Las personas han de encajar a la fuerza en el molde del amor romántico, antes que encontrar un equilibrio más personal y específico.

Amor eterno, poema de Gustavo Adolfo Bécquer.

Además, aunque se suele hacer referencia al impulso biológico irrefrenable del enamoramiento, es probable que los enamoramientos tal y como los entendemos hoy en día no existirían si no se estuviese predispuesto a enamorarse de una manera muy determinada. Dicho de otra forma, es la cultura del amor romántico la que nos hace enamorarnos, o la que limita la forma en la que nos enamoramos.

Algunos cuentos medievales (o de inspiración medieval) solían incluir la escena del caballero que veía a una dulce doncella desnuda en el río, de tez pálida y cabellos dorados; y observándola entre los arbustos en la linde del bosque, el caballero queda prendido y enamorado de ella para siempre. El poder del amor a primera vista, que hace que dos absolutos desconocidos queden unidos para siempre por Dios, Cupido o el destino.

Hace poco vi un tuit de una chica que, durante el confinamiento, miraba por la ventana de su habitación y de vez en cuando encontraba su mirada con la de otro chico. El giro de guion es que en pocos días ya eran pareja y, aparentemente, felices. Veo, no sé si de forma equivocada, un común denominador entre ambas historias. No diré que las parejas que surjan de la casualidad o a partir de estas experiencias no puedan ser felices, sanas y maravillosas; y tampoco le quiero otorgar un matiz negativo. Pero sí que es interesante ver cómo actúa la maquinaria de fondo. Es probable que la historia de la pareja de la ventana no hubiese tenido nunca lugar si ambos no hubiesen estado predispuestos a vivirla, es decir, que en la mente de ambos orbita la historia del caballero y la dama, o sus manifestaciones culturales más recientes. ¿Hubiese tenido lugar esa misma historia si ambos, o alguno de los dos, hubiese sido educado emocional y sexualmente bajo otros parámetros totalmente distintos? Es probable que no, y de igual manera cruzasen las miradas, pero ambos hubiesen seguido con lo suyo. Mismo estímulo, distinta respuesta. Los procesos para establecer relaciones son cambiantes, por mucho que hayamos asimilado los ciclos y tiempos románticos como los único y preferibles.

¿Es el amor romántico una desventaja para todos? Pues, para todos, probablemente no. A algunos les irá mejor que a otros. El amor romántico, al fin y al cabo, es un molde poco dinámico: ciertos individuos, con unas características y circunstancias favorables, pueden tener suerte y encajar bien en él, pero otros muchos lo intentarán en vano y se culparán a sí mismos, como si en ellos estuviera el problema, y no en el molde que se empeña en permanecer invariable. 

La pregunta, entonces, es: ¿por qué asumimos e interiorizamos sin reparos una concepción del amor tan limitada, problemática y arcaica? ¿Cómo romper con él y, sobre todo, cómo construir algo mejor?

Nuestra sociedad, en general, apenas discute su concepción del amor romántico, ni pone esfuerzos en deconstruirla. Simplemente la asume, y trata de lidiar con ella. Esto está reforzado porque apenas recibimos educación emocional en las escuelas y nuestros padres poco más pueden hacer que reproducir lo que a ellos un día también les contaron, con apenas unos pocos matices. Esto no quiere decir que no nos eduquemos emocionalmente, sino que nos educamos por otros cauces. La cultura de masas nos educa sentimentalmente de la misma forma que el porno nos educa sexualmente, con todos los problemas que eso implica.

No es justo decir que toda la cultura, ni siquiera toda la cultura popular, muestre la misma superficialidad en el tratamiento del amor ni la misma consideración de este. Pero sí es cierto que este tipo de obras más transgresoras son las menos, y aquí intento hablar de cómo se educa la mayoría.

He estado tentado de poner ejemplos concretos de obras que caen en el tópico del amor romántico, pero son tantas y tan diversas que creo que es mejor que hable en general y cada cuál revise las suyas, para que se dé cuenta de hasta qué punto lo tenemos asumido. ¿Cuántas canciones han sido y serán escritas que exponen, de una forma u otra, cómo es preferible la muerte a la ausencia de tu amada? ¿Cuántas letras nos dicen que no merece la pena seguir viviendo si no es con ese alguien especial? Animo a que cada cual vaya a sus listas de reproducción de Spotify o YouTube y se ponga a revisar esas canciones, que al fin y al cabo son transmisores potenciales del mito romántico. ¿Cuántas películas, clásicas y modernas, nos hablan de la relación de amor perfecta, con todas sus fases, mitos y clichés? ¿Cuántas series hemos visto que reproducen al dedillo, muchas veces a través de adolescentes, este tipo de relaciones románticas que acaban derivando en relaciones posesivas y tóxicas? De la misma forma, invito a que todos revisemos nuestras Listas de Netflix o Amazon para comprobar que son muchas. Y siempre habrá matices, y siempre habrá peculiaridades; pero, en el fondo, el mito repta y se reproduce, y de esta forma seguimos pensando el amor de una forma muy similar a cómo lo pensaba Gustavo Adolfo Bécquer. El arte nunca refleja la realidad, sino que plantea una idea, una verdad. Y se establecen equilibrios con la sociedad que las consume: la cultura depende de la sociedad, y la sociedad depende de la cultura. Los mitos se inician en la sociedad, se plasman y moldean en el arte, y vuelven de esta forma a la sociedad; y así sigue en un proceso eternamente reiterativo. Si nos es más o menos fácil asumir que una película de acción no refleja en ningún caso la realidad, sino una distorsión conveniente de esta para entretenernos y generar una estética concreta, tampoco deberíamos asumir que lo que se refleja en las películas románticas sea mucho más que la interpretación particular y parcial de un autor de un fenómeno extraordinariamente complejo.

En la cultura popular más reciente se ven fenómenos curiosos respecto a la ruptura del amor romántico. Creo que a partir de los 80 (podemos poner el límite un poco antes o un poco después) se comenzó a destruir muchos mitos, a relacionarnos bajo una mayor libertad sexual y a vivir en sociedades cada vez más tecnificadas. Si uno mira Friends, por ejemplo, se da cuenta de que todos los personajes tienen interiorizada esta concepción del amor romántico y su meta en la vida pasa por encontrar a la pareja definitiva a toda costa. Por el camino, por supuesto, se ponen de manifiesto prácticamente todos los problemas que hemos mencionado antes. No obstante, también se puede ver cómo algunos de los personajes cambian de pareja constantemente o explicitan proclamas progresistas para la época. En definitiva, Friends es como la sociedad de la que surgió: confusa y confundida. Bebe de la sociedad, porque de ella surgen muchas de sus ideas, pero también la alimenta, en tanto que sirve para reforzar estas y aportar otras nuevas.

Quizá Friends no sea el mejor ejemplo, pero sí es una serie tremendamente popular que refleja bien este quiero-y-no-puedo constante en la destrucción de los mitos del pasado. Estamos, quizá, en una época en la que desde ciertos colectivos (el feminista, el LGBTQ+, etc.) se están planteando muchas cuestiones y destruyendo los mitos del amor romántico para plantear nuevas realidades, y eso ya se deja ver cada vez con más frecuencia en la cultura popular. No obstante, todavía queda mucho que plantearse y un largo camino que recorrer. Porque cabe hacerse una pregunta: destruimos el amor romántico, pero, después, ¿qué queda? Ocupamos la Sorbona, asaltamos el Palacio de Invierno, derrocamos al dictador, pero ¿en base a qué ideas gobernaremos después? A menos que se reflexione y se trabaje previamente, tras la caída de un pensamiento hegemónico sólo quedan cenizas, escombros y vigas torcidas.

Fotograma de Friends. Las tres protagonistas se prueban vestidos de boda para sentirse mejor, en una metáfora de cuáles son sus sueños y aspiraciones.

Quizá destruir el amor romántico no sea tan difícil; lo complicado y crucial es construir tras ello algo mejor, más placentero, más horizontal y, quizá, más humano. Porque corremos el riesgo de que lo que venga después sea igual de malo o incluso peor. Una forma de destruir el amor romántico, en un irreflexivo intento de hacer lo opuesto a este, puede ser el siguiente: Si el amor romántico es el lazo eterno, necesario y trágico con el amante, para romper con él podemos desapegarnos de todo el mundo, tratarlos como objetos de consumo y llegar a una (falsa) independencia emocional. ¿De verdad es eso mejor? ¿No parece más bien un intento malsano de protegernos con raíz en el individualismo y el cinismo? ¿Por qué construir únicamente en base a la oposición aparente al amor romántico?

En cierta medida, es eso lo que está ocurriendo. Aunque creo que el amor romántico sigue siendo considerado sin ninguna duda el amor hegemónico y la aspiración última, sí que es cierto que se están produciendo cambios. Vivimos en una sociedad cortoplacista, individualista, donde prima la estética por encima de la razón y gran parte de nuestra comunicación se produce a través de redes sociales, algunas de ellas específicas para encuentros o relaciones románticas. En este caldo de cultivo, es inevitable que se altere la forma en la que nos relacionamos unos con otros. Este tema daría para un nuevo texto, pero, sin duda, quizá estemos en el momento de la Historia reciente en el que más valoramos a los demás por su superficie, donde pensamos más a corto plazo y en busca de nuestros intereses propios. En esencia, creo que, si ahora mismo cayese el amor romántico por completo, lo que quedaría sería básicamente la consideración de los demás como objetos de consumo. Por eso incido tanto en que no sólo es cuestión de destruir lo que ya hay, sino que hay sentarse a pensar, deconstruirnos todo lo que haga falta y adquirir la consciencia suficiente, de nosotros mismos y de la sociedad, como para construir algo mejor de cara al futuro.

Dentro de lo extremadamente flexibles que somos los humanos, como individuos y como sociedad, es posible plantear el amor de muchas maneras. No somos seres fijos, sino que hemos demostrado poder expandir nuestros pensamientos mucho más allá de lo que lo hicieron nuestros padres y abuelos. Falta, a mi modo de ver, capacidad para imaginar una realidad mejor que la actual, y fortaleza y valentía para plantearlo y hacerlo presente. Y, claro, plasmarlo en la cultura, en los libros, en los teatros, en el cine, en la poesía, en la música y en las redes sociales. El amor no es sólo una cosa pasajera y para enamorados, sino que es una cuestión primaria que estructura la sociedad y nuestra forma de ver y enfrentarnos al mundo. Y si la deconstrucción del amor romántico no pasa por la consciencia serena de lo que ha sido (y es) el amor y lo que queremos que sea en el futuro, corremos el riesgo de toparnos con problemas próximamente. Otros problemas, quizá; pero problemas, al fin y al cabo.

Porque quizá los mejores lazos son los que no se necesitan, pero se prefieren; los que pueden aflojarse sin desatarse; los que están fabricados de empatía y no de áspera cuerda. Quizá el amor deba estar al servicio de las personas y no las personas al servicio del amor. Y todo eso es nuestra responsabilidad construirlo.


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