Con el estómago lleno, los pies calientes y bajo un cielo estrellado que por aquel entonces parecía mucho más intenso —cuando el avance de la humanidad aún no conocía conceptos como “contaminación lumínica”— algunas mentes inquietas se preguntaron: ¿Qué estamos haciendo?, lo cual derivó en unas cuantas preguntas más como ¿Que estamos haciendo —la humanidad— aquí? ¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué? ¿Quiénes somos? y que acabó —aunque en realidad no era el final sino más bien el principio— con las más importantes de todas: ¿Quién soy? ¿Qué soy?

El cuestionamiento del mundo, el ser, o la nada, enfrentó distintas ideas sobre la naturaleza de la realidad. Parménides, al intentar refutar la teoría del devenir de Heráclito al inicio de su obra Sobre la naturaleza, “descubre” —si es que se puede llamar así al hecho de llegar a una conclusión lógica—, casi de casualidad, el principio de identidad (“Lo que es no puede no ser” / toda entidad es idéntica a sí misma) y provocó por accidente el fenómeno del hombre fragmentado. El principio lógico planteado por el filósofo griego como refutación a Heráclito no podía obviar que su descripción de la realidad no se ajustaba a cómo era (o se percibía) ésta, por tanto, todo lo experimentado por los sentidos debía ser una ilusión que arrojaría la conclusión de dos tipos de existencia: una que sólo puede ser captada por los sentidos y otra que sólo puede ser entendida mediante la razón. Donde Heráclito considera que el mundo proviene de un principio natural, Parménides separa al hombre de la naturaleza y su criterio es que el Ser es igual al pensamiento lógico, por lo que la única forma de llegar al conocimiento del Ser es mediante el uso de la razón y el intelecto.

“Lo que es no puede no ser.”

Sobre la naturaleza – Parménides

Esta división del mundo —donde predomina “el uso de la razón”— ha tenido influencia en el desarrollo de la filosofía Occidental desde la idea de un mundo ilusorio (terrenal) y un mundo de la razón (la eternidad) presente en la doctrina cristiana y otras tantas religiones, hasta otros binomios filosóficos que entienden el Ser como potencia y acto, o que lo separan en apariencia y esencia, y del que Quina se apropia en Final Fantasy IX (Squaresoft, 2000) estableciendo y simplificando su propio orden para la realidad: “sólo hay dos tipos de cosas, las que se comen y las que no”.

El ideario que separa la realidad en dos aspectos cuasi enfrentados pero complementarios es perpetuado y extendido por el cristianismo en Occidente, el mundo verdadero (la esencia, el paraíso) es una promesa y el mundo de las apariencias, aunque sólo un fugaz tránsito, se vuelve determinante para acceder a la Verdad. Para Kant estas apariencias son fenómenos y la esencia es reducida a algo incognoscible, un mundo verdadero que sobrepasa la experiencia y al que por tanto es imposible acceder y al cual únicamente se llega mediante una representación que Kant llama Idea.

Las herramientas de las que dispone el hombre para observar la realidad según el filósofo alemán son la intuición sensible, que permite conocer el mundo a través de los sentidos y la experiencia, y la intuición intelectual, a través de unas facultades hipotéticas basadas en objetos racionales puros en la que existiría el conocimiento a priori —independiente de la experiencia—, y con la que se puede establecer un paralelismo con la exégesis de los mundos de Final Fantasy IX, donde existe Gaia, el mundo (¿físico?) percibible a través de los sentidos —donde se desarrolla la historia principal del juego— y equivalente al mundo de las apariencias, y Terra, cuya existencia es ajena a los habitantes de Gaia y del cual el grupo de protagonistas reconoce tener recuerdos a pesar de haber existido mucho antes que ellos. No es exactamente lo mismo pero sí que existe cierto parecido entre los recuerdos de Gaia que Yitán, Freija, Eiko y Vivi  dicen tener —anteriores a su propia existencia como seres y por lo cual, ajenos a la experiencia— y el conocimiento a priori del que hablaba Kant, además de trabajos posteriores como el del francés Henri Bergson en Materia y Memoria que otorga a la memoria una naturaleza espiritual —en Final Fantasy IX, aunque Gaia sí se muestra como un lugar físico (hecho de materia) y de cuya historia tiene recuerdos el grupo, las zonas de Memoria y el Mundo Cristalino, a las que se acceden tras llegar a Gaia no tienen una naturaleza tan clara pues, pese a que el jugador puede recorrerlo físicamente con el avatar, se dice que el primero (Memoria) es un lugar originado a partir de los recuerdos de Gaia y el segundo (Mundo Cristalino) el origen de toda la vida en el universo, al que se llega a través de la Puerta del Espacio, por lo que si bien en apariencia sí sería un lugar físico (Kuja incluso es capaz de destruir el Cristal de dicho mundo) no parece de la misma naturaleza o condición que Terra por ejemplo—. 

Jean-Paul Sartre intentaría poner remedio en su obra El Ser y la Nada (1943) a esta fragmentación del hombre entre una mitad racional y otra sensible. La realidad física de la materia que es la apariencia afecta irremediablemente a la esencia de lo que esta es, no existiría por tanto tal disociación en la identidad de las cosas o los seres. El Ser es apariencia y esencia, potencia y acto, porque no existe una separación que revele u oculte a uno u otro sino que es el conjunto de todas ellas. Lo que aparece es sólo un aspecto del objeto o sujeto y el objeto o sujeto está íntegramente en ese aspecto.

Definir la identidad propia, algo que al no profundizar demasiado en ello podía parecer en principio sencillo, se torna en una serie de complejidades y preguntas: “Yo soy yo” es una respuesta tautológica sobre la identidad (“¿Quién soy yo?”) que no avanza nada, pues va más allá incluso de responder a “¿Qué soy yo?”. La materia es a la vez esencia y apariencia, siendo estas características indivisibles de ella y del Ser, pero la identidad no se limita únicamente a esta distinción o no, la identidad propia se compone de múltiples capas, todo sujeto no es simple sino múltiple, está compuesto de múltiples partes.

Todo el conjunto de aquello que responde a “¿Quién soy yo?” son multitud de aspectos que contestarían a quién soy y cómo me siento como ser humano, quién soy y cómo me siento respecto a mi identidad nacional, mis creencias, mi pensamiento político, mi sexualidad, mi creatividad, gustos personales, la forma de relacionarme con mi entorno y de qué manera encajo o no en mi propio contexto de la sociedad, y un largo etcétera que ayudarían a definir aquello que soy a la vez que establece el límite entre Yo y el Otro. De nuevo el hombre fragmentado pero todo partes de una misma unidad indivisible, el sujeto es múltiples partes pero lo es todas a la vez. La identidad de Yitán es parte genómido y parte ladrón de la banda de Tantalus y pertenece a ambos grupos, siendo ambas partes indivisibles de lo que Yitán es.

La identidad entendida entonces como identidad de grupo diluye la identidad del sujeto, eliminando su concepción como Unidad y entra en conflicto con los límites del Ser ya que “Yo soy yo y solamente yo” en tanto que lo soy pero mi construcción como sujeto (y la personalidad) es conformada también respecto a los demás y las relaciones que establezco o no con el conjunto de la sociedad (familia, amigos, vecinos, entorno, país, etc…). Entonces, las distintas identidades que aparecen bajo ese paraguas de identidad de grupo pueden ser dispares o no por las diferencias de circunstancias vitales para cada sujeto y, pese a ser diferentes —en su relación sujeto-identidad de grupo—, aludir a un mismo sentimiento de pertenencia que se aglutina en torno a la misma idea en todos los distintos casos pero que sin embargo no parte de los mismos lugares para cada uno, llegando a ser confusa incluso y pudiendo identificarse varios sujetos con la misma idea de grupo y adoptar esto como parte de la identidad propia aunque esa idea de grupo sea diferente para cada uno. La relación de Garnet y Steiner con el pueblo de Alexandria por ejemplo es distinta pero ambos comparten un mismo sentimiento de pertenencia a la nación, lo mismo ocurre con Yitán y el resto de miembros de Tantalus y cómo se sienten respecto a la banda, o entre los propios miembros del grupo que maneja el jugador respecto a dicho grupo.

Pero si el Yo es la suma de muchos aspectos y capas, cabría preguntarse entonces si no es en realidad el propio Yo una parte más del Todo o dónde se establece el límite que separa el Yo, del Otro, cuestión que el propio Yitán se plantea una vez llega al Lugar de los Recuerdos:

“(Entonces… ¿Quiere decir que al principio todos los seres éramos uno?)”

Yitán – Final Fantasy IX (Squaresoft – 2000)

Y que Steiner había resuelto previamente estableciendo ese límite cuando Vivi conoce a los magos negros y empieza a poner en duda su propia naturaleza:

“Usted es usted y ellos son ellos.”

Steiner – Final Fantasy IX (Squaresoft – 2000)

Delimitar entonces hasta dónde llega la existencia se vuelve necesario como parte de aquello que define la identidad. La realidad de un objeto o sujeto cualquiera es que está ahí y no es yo ni otro. Yitán es Yitán y sólo es él, y es fácil diferenciarlo del resto de personajes de la obra como alguien con entidad propia porque posee una serie de rasgos únicos que lo identifican como puede ser su aspecto, personalidad, historia, características, e incluso la capacidad de ser manejado por el jugador, pero estos rasgos no son aplicables a la totalidad de objetos dentro de Final Fantasy IX; los NPCs (non-playable characters), por ejemplo, están desprovistos de algunos de estos y sólo poseen como elementos únicos y característicos cualidades como el aspecto, el nombre, su texto o el espacio y contexto que ocupan. Los magos negros comparten un aspecto similar entre muchos de ellos —cuando no idéntico— y una gran parte de los que aparecen durante la aventura ni siquiera tienen texto o nombre —y cuando lo tienen se diferencian del resto simplemente por un número de serie— su identidad por tanto se la otorga su contexto y relación con el entorno, como decía Gustavo Bueno. Un ejemplo más visual de cómo funciona la identificación es la forma de clasificar a los ciudadanos por parte del estado mediante el DNI (Documento Nacional de Identidad) explicada por el filósofo español, en la que la respuesta esperada por la autoridad o el Estado cuando pregunta la identidad de un sujeto es su clasificación dentro de esa serie numérica que es dicho documento, y no que conteste un “Yo soy el que soy” igual que dijo Yahveh a Moisés, quedando claro que la identidad es —al menos en parte— en su correspondencia con el contexto y entorno. 

Tal es así que los genómidos (una raza creada sin alma por Garland para funcionar como recipientes) ni siquiera se distinguen en nombre o aspecto, las únicas diferencias entre ellos son macho o hembra y aquello que dicen —aunque todo es en relación a su naturaleza cuasi como objetos en espera de recibir un alma—, y sin embargo, no son la misma cosa pues cada uno existe dentro de su propio límite y no son el Otro, por lo que tienen identidad propia. Esto es aplicable a cualquier objeto: dos objetos idénticos en sus partes se diferencian en oposición en tanto que uno es uno y no el otro y el que ocupa por ejemplo un espacio no puede ocupar a la misma vez el mismo espacio que otro, por lo que sus circunstancias e historia —su “memoria”, entendida esta como los acontecimientos de su pasado— serán siempre distintos al del otro objeto idéntico ya que determinado punto del espacio lo ocupaba él y no el otro objeto en determinado momento, y es por consiguiente esto lo que lo define, identifica y diferencia.

steiner

Ante tales complejidades, Final Fantasy IX adopta la forma y apariencia de casi un cuento infantil a la vez que abandonó la estética pesimista y de ciencia ficción que durante las tres entregas anteriores se había ido estableciendo —quizás en una simplificación que malentendió el término madurez—, retornando a los orígenes de fantasía medieval con los que había nacido la saga. Esta vuelta nostálgica a la apariencia (temática) de los primeros juegos cumplía dos funciones, la primera: simplificar, o más bien presentar de forma más sencilla y amable, el mensaje tan complejo del juego con preguntas acerca de la identidad; y la segunda: acompañar de forma simbólica uno de los temas del título como es la pertenencia y la vuelta al hogar —relacionada frecuentemente con la identidad mediante preguntas como “¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos?”—, entendiendo ese “hogar” no como un espacio físico sino como el lugar al que sentir que perteneces, ya sea una ciudad, un pueblo o unas personas.

Estas dos vertientes se pueden observar durante toda la historia. La búsqueda de un lugar al que pertenecer está presente en por ejemplo cómo Yitán cuenta que abandonó Lindblum y Tantalus un tiempo en busca de sus orígenes para acabar volviendo más tarde con la banda a la que considera su hogar, la princesa Garnet descubriendo que en realidad pertenece a Madain Sari, el pueblo de los invocadores, Freija y cómo parte de Burmecia en busca de Sir Flatley —su “hogar”— y en el camino pierde su propia tierra igual que el resto de burmecianos, en las ciudades de varios de los protagonistas que son atacadas o destruidas durante la aventura, Steiner queriendo devolver a la princesa a su hogar, los magos negros al encontrar un nuevo sitio donde vivir juntos, Vivi intentando descubrir sus orígenes, etc… Pero la narrativa, aunque dura, cruda e incluso difícil, posee una capa de amabilidad, simpleza e incluso humor para presentarla. Final Fantasy IX adapta algunos de los tropos y formas del humor y los cuentos clásicos en sus personajes.

Se puede identificar a Yitán con un pícaro como Aladdín, ambos protagonistas de bajo rango social que sobreviven delinquiendo y que se encuentran con la princesa queriendo escapar de palacio. Al mismo tiempo, Garnet en un punto concreto de la trama pierde la voz, recordando a la figura de la sirenita. Steiner es, en un primer momento, la parodia de la figura del ideal caballeresco, presentado en principio como oposición a Yitán (con el que llega incluso a combatir) para ser inmediatamente despojado de ese aura de virtud a través del humor —ese mismo combate se resuelve con un Bom (un enemigo consistente en una bola de fuego que va agrandando su tamaño hasta explotar) que se coloca detrás del caballero y este se niega a mirarlo pese a las advertencias del héroe—. Y Vivi es una suerte de Pinocho moderno o un Pinocho invertido, pues el hijo de Gepetto comenzaba siendo un niño de madera plenamente consciente de su naturaleza —y buscando convertirse en un niño de verdad— y el mago negro recorre el camino contrario, descubriendo durante sus andanzas que en realidad ha sido creado como un muñeco —y preguntándose acerca de su identidad en el proceso—. 

Conviene recordar que, a pesar de ser uno de los temas centrales de la obra, la identidad y su búsqueda no tiene porqué estar presente en todo el grupo de protagonistas ni limitarse únicamente a estos —el Gran Duque Cid hasta acaba convertido primero en bicho buri y luego en rana para más adelante volver a ser humano— y Final Fantasy IX se vale de los personajes necesarios empleándolos como recursos para apoyar su narrativa cuando así lo requiere —tengan estos un papel a priori de más o menos peso—.   

Lugares como la zona de Memoria en Gaia son una muestra del peso que otorga Final Fantasy IX a los recuerdos y la experiencia para construir la identidad individual, y la pérdida de esta (la memoria) aparece en varios personajes, pero no es algo inmutable ni estático o determinante. Si bien Yitán y Garnet al principio de la aventura han olvidado sus orígenes y más adelante recuerdan de dónde vienen en el proceso de descubrir y definir quiénes son, esto no es algo definitivo y en la parte de la historia de Freija ocurre un proceso similar pero opuesto con Flatley perdiendo la memoria después de separarse de la burmeciana. Ambos personajes vuelven a reunirse al final del juego pese a que el primero no recuerda nada de su relación con la segunda, pero la memoria y la experiencia no es algo que esclavice y si las ciudades (Burmecia, Lindblum —el hogar—) se pueden reconstruir, entonces las relaciones con las personas también. Da igual si la memoria y los recuerdos se destruyen porque se pueden crear nuevas experiencias, juntos. Si quiénes somos tiene que ver con lo que vivimos se pueden vivir nuevas experiencias y volver a crear hogar con aquellos a quienes se quiere.

Steiner deconstruye la figura del caballero andante yendo más allá de la simple parodia. Pese a presentarse como una ridiculización de estos y portar sobre sus hombros muchos momentos humorísticos que suavizan el tono de las escenas y aportan un toque cómico como contrapunto a los momentos de mayor intensidad, él mismo también se cuestiona su papel dentro del grupo y en el mundo. Es un caballero que cree que debe obediencia ciega a quien lo nombró tal, pero la figura del caballero medieval estaba atada sobre todo por el código de caballería en el que se juraba valor, cortesía, lealtad y proteger a los indefensos, cuyos últimos dos puntos entraban en conflicto al deber fidelidad a la reina Brahne mientras la monarca está cometiendo actos atroces contra ciudades indefensas y sus habitantes. De ser poco más que un autómata, el soldado, gracias a su contacto con Yitán, Vivi, etc… Crece y adquiere nuevos puntos de vista con los que redefine su noción de caballero, lo que le permite comportarse como un ente individual que, aun rigiéndose por una serie de normas y valores autoimpuestos, toma sus propias decisiones permitiéndose incluso amar y confesar su amor a Beatrix, quien estaba a punto de abandonar el castillo de Alexandria dando por concluida su misión —”es el momento de dejar esta alcoba… Mis recuerdos se quedan con mi fiel acero. Mi misión ha terminado…”—.  

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El grupo de personajes relacionados con la realeza lo cierra la princesa Garnet1, heredera del trono de Alexandría que escapa del castillo y de la mirada de su madre al notar el cambio en el comportamiento de la reina. Aprovechando el intento de secuestro por parte de Tantalus —y pidiéndole ella misma a Yitán que la secuestre— parte rumbo a Lindblum para pedir ayuda al Gran Duque Cid, renunciando en el proceso a parte de su yo para esconderse de sus perseguidores o quizás, sumándole capas de profundidad a este. El proceso de búsqueda de la identidad por el cual transita la heredera al trono de Alexandría es quizás de los más evidentes u observables. Explícitamente se muestran sus esfuerzos por modificar su forma de hablar y expresarse e incluso adopta el pseudónimo de “Daga” para evitar ser descubierta. En ella conviven varias naturalezas: la princesa del reino, la invocadora adoptada de Madain Sari —de lo cual no tiene (tenemos) recuerdos al principio—, y la aventurera Daga que acompaña a Yitán. Pese a esto, las dudas de la joven parecen ser más en torno a cómo ser quien quiere ser que a descubrir quién es y quién quiere ser, y así lo verbaliza durante la historia:

“Al conocer a Yitán pensé que podía cambiar […] Al convertirme en reina pensé que debía cambiar”.

Garnet – Final Fantasy IX (Squaresoft – 2000)

“¿Cómo ser una verdadera reina? ¿Cómo lograr que el pueblo me acepte como tal?” 

Daga – Final Fantasy IX (Squaresoft – 2000)

Garnet es consciente de sus limitaciones bajo el yugo de la reina Brahne pero lejos de aceptar el papel de damisela en apuros toma parte activa pidiendo a los miembros de Tantalus que la secuestren para poder advertir a Cid sobre la monarca, la princesa por tanto tiene claro cuál es su papel (identidad) y no es simplemente que lo acepte de buena gana, sino que ella es quien decide ser y hace lo posible para desempeñarse en su labor como heredera al trono que debe de proteger a su pueblo, su conflicto interior se debe por tanto a no saber cómo llevar esto a cabo, pues sus actos no consiguen impedir que su madre destruya varias ciudades o que Kuja ataque Alexandria. El tema de la experiencia vuelve a cobrar importancia para lograr llegar a ser el sujeto que desea, aprendiendo de los errores cometidos y aceptando las circunstancias que la han ido rodeando —como la muerte de su madre (adoptiva) que acepta sin ningún rencor hacia ella, o su naturaleza como invocadora—, consciente de que son estos actos la que la convierten en quien ella desea y conforman su identidad, dice a Yitán: “No olvides cómo he sido hasta ahora” para posteriormente cortar su cabello, simbolizando esta catarsis. 

Es en Vivi donde la problemática de la identidad está más presente debido a la naturaleza artificial de los magos negros. Vivi Ornitier es, como ya se ha dicho antes, Pinocho invertido. Acompañar a Yitán, Steiner y Daga en su aventura le lleva a descubrir que en realidad no nació, sino que fue creado por Kuja, no es una marioneta convertida en un niño de verdad sino al revés: empieza la trama siendo un “niño” —según lo que él cree— para acabar averiguando que en realidad es un muñeco, una herramienta creada para la guerra. Si en el caso de Garnet era el proceso de búsqueda de su identidad lo más explícito, con Vivi —y los magos negros— lo es directamente la cuestión de la identidad, el “¿Quiénes somos?” que comparte con el resto de los de su “raza”, con los que también comparte orígenes y destino. Para Vivi encontrar su encaje en el mundo parece prácticamente una carrera a contrarreloj debido a su naturaleza, pues su vida tiene fecha de caducidad igual que el resto de hechiceros artificiales y el propio Kuja. Sin embargo la realidad es que, aunque focalizado en estos personajes, es un problema universal: nadie es para siempre, todos tenemos fecha de caducidad y antes o después dejaremos de existir, por tanto la cuestión que importa es qué hacer con el tiempo del que disponemos.  

“Yo… Yo llegué aquí con el nº36… Construimos esta aldea y empezamos a vivir juntos, aunque había muchas cosas que no entendíamos… Pero un día el nº36 dejó de hablar y de moverse… Un amigo mío, que sabe mucho, dijo que eso se llama “morir”, y que a los muertos hay que esconderlos bajo tierra. Ahora el nº36 está aquí debajo, aunque yo no sé muy bien por qué… Algún día saldrá de ahí, y lo llevaré al estanque para que se lave…”

Mago Negro nº56 – Final Fantasy IX (Squaresoft – 2000) 

Al adquirir consciencia como individuos —y conscientes también de su naturaleza fugaz— los magos negros comienzan a aprender conceptos como “la muerte” y a temerla, pero en lugar de una respuesta airada como la de Kuja —o Roy Batty contra su creador en Blade Runner (1982, Ridley Scott)— deciden aprovechar su vida junto a los suyos a la vez que desarrollan personalidades singulares que los diferencian e identifican como individuos únicos, dejando de ser esas herramientas sin alma fabricadas para obedecer a los humanos y convirtiéndose en seres con propósito, carácter propio y una razón de ser :

“Temía a la muerte e intenté escapar.

Pero ahora sé que lo más importante para mi es esta aldea…”

Mago Negro nº56 – Final Fantasy IX (Squaresoft – 2000) 

El último enfrentamiento del título transcurre, convenientemente, en la Colina de la Angustia, pues aquí se plantea una duda final: Si la vida produce angustia, entonces ¿Por qué vivir? Frente a esta idea defendida por la Tiniebla Eterna —enemigo final de Final Fantasy IX— que no encuentra sentido a la existencia pues todo lo que vive está condenado a morir —y por tanto es mejor no existir para evitar el sufrimiento ante la perspectiva de dejar de existir— los protagonistas contestan con el propio acto de existir, pero la lógica parece indicar que para encontrar sentido a la existencia primero se debe conocer quién es uno mismo, pues cada individuo tendrá una raison d’être diferente (o propia) en función de su propia identidad, igual que la razón de ser de un martillo por ejemplo es la de clavar clavos y la de un bombero apagar fuegos, pero para llegar a la segunda conclusión primero deben de haber llegado a que son un martillo y un bombero respectivamente.

Extrapolando al mundo de Gaia, la identidad de Garnet por ejemplo sería la de una princesa (futura reina) y su función la de gobernar y proteger a los habitantes de su reino, la de Steiner la de un soldado y su función la de obedecer órdenes y defender a la reina, etc… pero como ya se ha visto, no es así pues supondría una tautología: “soy un soldado porque obedezco órdenes, obedezco órdenes porque soy un soldado” que además limitaría la identidad a su utilidad.

Y sin embargo, Yitán, creado para sustituir a Kuja y convertirse en el “Emisario de la Muerte” se opone a esto incluso de manera inconsciente al llevar una vida de ladronzuelo, algo que lo definiría como alguien innecesario bajo esa perspectiva capitalista en la que la identidad está definida por la utilidad del individuo y se vuelve, a la vez, en alguien imprescindible bajo sus propios términos.

“¡Calla! ¡Nadie me dice quién soy ni qué debo hacer!”

Yitán – Final Fantasy IX (Squaresoft – 2000)

El protagonista decide él mismo quién es y proclama que nadie es innecesario —como bien le dice a Kuja—, pues el mero hecho de existir ya es importante en sí mismo. ¿Qué necesidad tiene el mundo de Yitán o Kuja? Serían no simplemente innecesarios sino que su existencia sería nociva para el mundo en tanto que su función (para lo que fueron creados como sujetos) era destruirlo, pero la existencia de Yitán lo que hace es salvarlo. Podría argumentarse que esto es porque primero existe Kuja el cual lo pone en riesgo, pero sin todos los acontecimientos ocurridos durante Final Fantasy IX, incluida la intervención de Kuja, los genómidos habrían seguido atrapados en Terra como recipientes sin alma.

Pese a las dudas que lo invaden al hablar con Garland, Yitán decide apoyarse en sus amigos igual que él había sido anteriormente un apoyo para el resto (Vivi, Daga, Amarant…) y quizás es esto lo que lo diferencia del villano: Yitán Tribal es creado como un genómido pero experimenta la niñez, es abandonado por el villano en Lindblum, criado por Tantalus como uno más de la familia y posteriormente forma grupo con Garnet, Vivi, Steiner, Freija, Eiko, etc… esa experiencia por tanto conforma gran parte de su personalidad, mientras que Kuja nace directamente en su forma adulta, sin experiencias de niñez ni un sentimiento de arraigo u hogar. 

“Hemos creído en ti tanto como tú has creído en nosotros.”

Daga – Final Fantasy IX (Squaresoft – 2000)

No somos entonces aquello para lo que fuimos creados y esto no puede constituir nuestra identidad, pues no hay un propósito definido en nacer sino que somos lo que vivimos. El problema de los genómidos es que debido a su naturaleza no han vivido y por consiguiente no han podido crecer con la experiencia. Es, como dice Freija “como si les hubieran robado el tiempo…”, a la vez que no han tenido un hogar, pues hogar es donde o con quien se vive y ellos únicamente se dedicaban a existir, no a vivir, siendo entonces meros objetos. Cuando Yitán pregunta a Mikoto cuál es su nombre y la llama hermana le está dando un lugar al que pertenecer, pero lo que no hace es darle un propósito —ya que ni él mismo lo sabe y el imponerle un objetivo habría sido despojarla de nuevo de su identidad para reconvertirla en un objeto— sino que le da la opción de descubrir para qué quiere vivir y definir ella misma quién es “Mikoto”, buscar ella misma ese propósito si es que lo necesita y quién es pues, al final, el sentido de la vida es vivirla.

“Quién sabe cuál es su verdadera identidad…

Pero buscarla es parte de la vida.”

Steiner – Final Fantasy IX (Squaresoft – 2000)

1 Para un análisis más detallado de la figura de Garnet en Final Fantasy IX recomiendo el texto “La princesa Garnet de Final Fantasy IX o el regreso de la Fantasía” de Paula Rivera Donoso en Presura.


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