Lucía llevaba un par de horas sentada en el sofá, sin moverse. Estaba acabando de decidirse. La moral y la ética cada vez le pesaban menos. Y no podía esperar a que dejaran de pesarle, tenía que quitárselas ya. La noche llegaría pronto, ya no había tiempo para trabas por si lo que iba a hacer estaba bien o no. Se levantó y fue directamente hacia el sótano. Allí estaba, en el centro. El caldero de cristal que había hecho su bisabuela, preparado para la acción. La chica se acercó a una de las recias estanterías y empezó a recoger los botes que necesitaba. En cualquier otra ocasión habría necesitado llevar el tomo de Pócimas en la mano para poder ver la lista de ingredientes, pero ahora no la necesitaba. La había memorizado durante meses, mientras estaba segura de que iba a hacerlo. Y ahora era el momento de atreverse. No habría otra ocasión mejor.

Fue colocando los tarros y botellas en la gran mesa que tenía junto al caldero. Los puso en el orden el que los utilizaría, como le habían enseñado a hacer. Primero los ingredientes secos. Los pétalos y las hojas muertas, el mechón de su propio pelo, las cenizas de la primera hoguera que habían encendido en el aquelarre más reciente, los quince bigotes de gato blanco. Luego los líquidos, el vino tinto y el vinagre de rosas. Lucía valoró durante unos largos segundos coger también una botella de whisky pero prefirió estar serena. No necesitaba alcohol para atreverse. No quería necesitarlo. Así que fue directamente a por la garrafa de agua de lluvia, y la vació en el caldero. Lo puso a calentar y esperó.

En cuanto notó que faltaba poco para que empezase a hervir, comenzó a poner los elementos dentro, removiendo con cuidado. El agua se tiñó de un color asqueroso con las cenizas, pero el vino y el vinagre convirtieron el grisáceo en un borgoña interesante. Cuando todo estuvo listo, bajó la potencia y se sentó en el sillón orejero a esperar otra vez. Ahora sí que necesitaba una copa.

En aquella discoteca era totalmente imposible entender nada en absoluto. La música estaba tan alta que básicamente se escuchaba estruendo y el cuerpo vibraba. Era la mejor forma de que todos pudieran estar allí mezclados y bajo control. La sala estaba casi a oscuras, excepto por la zona en la que estaba situada la barra, y aquello era suficiente. La pista estaba atestada de gente, y los laterales demasiado oscuros como para cotillear si no se formaba parte del cotilleo. De todas formas las noches de los sábados aquello siempre estaba lleno, claro. Lucía notó las vibraciones del sonido nada más entrar en la sala. Intentó echar un ojo a la pista para ver por dónde podría llegar antes a la barra, pero sabía de sobra que era en balde. Había demasiados cuerpos mezclados, así que se metió en la marabunta como pudo. Esquivó a un par de licántropos que se mordían, claramente drogados, y dio la espalda al grupo de hadas que bailaban demasiado juntas, creando una nube de polen iridiscente a su alrededor. Vio varios chicos, que claramente eran muy jóvenes para estar allí, pero aquella noche no le importaba nada. Llegó a la barra con una gota de sudor bajándole por la espalda, y le hizo un gesto a Miguel, el camarero, para que le pusiera una copa. Él la intuyó, y le hizo un par de gestos para preguntarle si quería lo de siempre. Lucía le respondió asintiendo, así que él le puso el chupito de licor de cereza habitual. Cuando se lo puso delante la bruja no pudo evitar mirar el lugar en el que deberían estar los ojos del camarero, los párpados hundidos en lo que nunca había habido globo ocular alguno. Él lo supo y sonrió, pero rápidamente se centró en una de las hadas, claramente pasada de rosca, que había conseguido llegar hasta la barra. Lucía miró a su alrededor, pero no le vio por ninguna parte. Unos segundos después notó una mano en la cintura, y al girarse a mirar se lo encontró de cara. Sonreía con mucho más encanto que Miguel, con unos dientes mucho más puntiagudos y con unos labios mucho más sensuales. Y con los ojos. La empujó suavemente para que lo acompañase, y Lucía se bebió el chupito justo antes de hacerlo.

Los reservados eran tan oscuros como el resto del local. Pero en aquél habían encendido una vela, y Lucía podía ver bastante bien a su acompañante. Aunque la llama bailase y eso hiciera bailar también las sombras, no importaba, se lo conocía de sobra. Lo había mirado muchas horas como para no conocer los hoyuelos en las mejillas y la mandíbula cuadrada, el pelo revuelto y los cuernos que se ocultaban pero reaparecían si miraba por el rabillo del ojo. Le había pasado el brazo por los hombros mientras hablaba de cómo estaban las cosas últimamente, de los acuerdos a los que había tenido que llegar, de cómo cada vez había más híbridos y de que el territorio se había convertido en algo muy difuso.

—Pero supongo que todo esto no te interesa en realidad, y solo me estás escuchando porque eres una bruja educada —dijo de repente, sonriendo. “Oh no, ahí están los hoyuelos”, pensó Lucía.

—Te escucho porque eres interesante —respondió la bruja, intentando mantenerse bajo control. Le estaba costando mantener las manos quietas y no usar las uñas.

—¿Sabes? Tú también eres interesante, pero hoy no has abierto la boca. ¿Te pasa algo, amiga?

La palabra amiga le sentó como un puñetazo en la boca del estómago, pero Lucía procuró que no se le notase. Parpadeó y sonrió, fingiendo que todo estaba bien.

—Nada en absoluto. Pero me encantaría otro chupito de cerezas.

—Claro, te tengo aquí escuchando mis discursos sin nada que beber, ahora mismo te lo traigo.

El demonio se levantó del asiento, rodeó la mesa y salió del reservado. Lucía, que no había quitado ojo del trasero de los vaqueros que llevaba, sacó de la riñonera de cuero el frasco en el que tenía el filtro. De los cinco litros que había puesto en el caldero, tras la reducción le había quedado apenas un cuarto de litro. Y por el color que tenía probablemente un dedal sería suficiente para tumbar a un caballo. Claro que no se trataba de un caballo. Así que cogió el vaso de tubo que él tenía sobre la mesa y vació parte del contenido tras el asiento. Luego vació el frasco en el vaso, y removió el líquido con la varilla plegable que llevaba guardada. A simple vista no se apreciaba diferencia en el color del vaso, así que guardó a toda prisa el frasco y la varilla y sacó el móvil para disimular. El demonio reapareció poco después, con una copa en una mano y la botella de licor en la otra.

—Más vale que sobre —dijo, sonriendo de nuevo.

Lucía sonrió de vuelta, guardando el móvil. Se atusó el pelo casi sin darse cuenta, mientras él volvía a su lugar.

Llevaban hablando bastante rato. Lucía estaba más relajada, en parte por el licor de cereza, pero en parte también porque él se había bebido prácticamente todo el vaso, y cada vez estaban más cerca. Ahora ya lo tenía prácticamente hablándole al oído.

—¿Sabes que los demonios tenemos un olfato bastante fino?

—¿Más que los vampiros? —preguntó ella, intentando no centrarse en que notaba su aliento en el cuello.

—No tanto, pero notamos el olor de forma interesante —en aquél momento él pasó la punta de la nariz por su cuello, y la respiración de Lucía se alteró.

—¿Badariel? ¿Qué haces?

—Lo que quieres que haga. Si no, no habrías puesto tanto vinagre de rosas en mi vaso.

La bruja se quedó paralizada. Tenía muchas preguntas en la cabeza, pero las más importantes eran cuándo se había dado cuenta y por qué se había tomado la copa adulterada de todas formas. Y si habría represalias por ello, claro. Aunque aquella última era la que menos le importaba. De todas formas, Badariel no se alejó ni un poco de ella, volviendo a rozar su nariz en el cuello de Lucía.

—No he…

—Ahórratelo. No me importa que lo hayas hecho, no me afecta. Pero está muy feo.

—¿No te afecta?

—En absoluto. Soy inmune a los filtros de amor. Incluso a los que están tan bien preparados. Además olía desde que he entrado.

Lucía cerró los ojos, deseando morir en aquel mismo momento. El demonio dejó escapar una risa, alejándose un poco. La miró de cerca, con los ojos cerrados, los párpados cubiertos de purpurina, las pestañas temblorosas, el pintalabios ya casi ausente porque se había quedado en el borde de la copa mientras bebía. Badariel le acarició la melena gris, casi distraído. Ella seguía con los ojos cerrados.

—Podrías haberlo dicho. Habría sido más fácil.

—Nunca es fácil que te rechace un demonio.

—Oh, querida… —Badariel se acercó nuevo, oliéndole el cuello. Ella misma olía a vinagre de rosas, a vino tinto y a cenizas. Frunció levemente el ceño, pensando que al final quizá sí le hubiera afectado un poco el filtro de las narices—. Las relaciones nunca son fáciles.


1 Imagen: Coral (Rossdraws – 2016).


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