Era de noche. Allí, por lo menos. Pero podría haber sido de día. De hecho, también era de día. Solo que no allí. En algún lugar, en la otra punta del mundo, en aquel momento era de día. Pero allí era de noche. Y Él estaba durmiendo.

Metido en su cama. Tapado con el edredón. No es que hiciera frío. Pero estaba más cómodo así. Se sentía mejor. Mejor consigo mismo, más seguro. No tenía miedo de los monstruos, no esperaba que saliera algún ente del armario e intentara devorarlo. Pero prefería dormir tapado. Con la cabeza apoyada en una almohada blandita. Con el cuerpo tapado por un edredón que le daba seguridad.

No creía que fuesen a salir entes del armario. Tampoco creía que fuesen a salir entes de su ordenador, encendido. La pantalla mostraba el escritorio. Minimizada estaba la ventana del navegador. Él no pudo verlo, pero de pronto se maximizó. Ocupó toda la pantalla. Y, sin que el teclado se moviese, sin que nadie apretase ninguna tecla, en el buscador se escribieron unas palabras. Y, sin que el ratón se moviese, sin que Él lo pidiese, el buscador empezó a hacer su trabajo: empezó a buscar. Hizo cosas raras. Empezó a calcular cuántos resultados a esa búsqueda existían. Empezó por 0. Rápidamente sumó 100. Y después restó. Y sumó mil. Y restó de nuevo, esta vez demasiado rápido. Y volvió a sumar. Y restó. De pronto, los resultados se multiplicaron, había millones de resultados a esa búsqueda que nadie había empezado, millones de resultados que nadie quería encontrar.

Pero ahí estaban. Uno de los resultados se abrió, solo. Él seguía durmiendo, en su cama.
La página se cargó, con suficiente lentitud como para poder ver desfilando por la pantalla filas de ceros y unos, que cambiaban y bailaban a placer, porque nadie les indicaba cómo hacerlo. De pronto, la pantalla se quedó en blanco. Y empezaron a aparecer líneas de código. Líneas que nadie escribía, pero daba igual. Porque el código tenía vida propia. Y se multiplicaba. Y se escribía. Y ocupaba todo el espacio, sin límites. Porque en el ciberespacio no hay fronteras, y eso implica que no hay límites.

Y aquí es donde empezó lo imposible. Cuando unas líneas muy concretas del código (de la 149151 a la 27161919) cobraron algo así como corporeidad. Es imposible. Por supuesto. Pero eso al código le daba igual. Por eso empezó a cobrar la forma de una mano, y por eso mismo la mano empezó a salir de la pantalla. Llena de órdenes, de letras, de signos, esa mano de código salió, y la siguió una muñeca, y un antebrazo. Y todo, todo un cuerpo siguió a aquella mano. Era un cuerpo que podría ser catalogado como femenino. Pero acababa de salir de una pantalla, y estaba formada por código, de manera que no era algo tipificable. El ente se acercó a la cama. Observó al que dormía, con la cabeza en la almohada, con el edredón sobre el cuerpo, protegido. Inclinó la cabeza hacia un lado, como si intentara comprender. No pareció que le importase realmente. En la pantalla, las líneas de código seguían corriendo, Ya iban por la 2011223110511.

El ente de código, como una máquina que de pronto se hace consciente, se acercó más a la cama. Alargó una mano. Él se removió en sueños. Y el ente le cogió del cuello.

Él se despertó de pronto, sin aire. No era muy consciente de si estaba despierto o aún soñaba, pero estaba sumergido en la oscuridad y, de lo que sí era consciente era de que se estaba asfixiando. Lanzó sus manos a su garganta, y agarró los dedos que le impedían respirar, intentando zafarse de su agarre. Apretó, araño, e intentó pelear. Se agarró al antebrazo de su atacante. Y entonces, en medio de la oscuridad, escuchó una voz. La voz que tendría algo compuesto por código.

Deja de toquetearme.

Presa del pánico, Él luchó más. Con más ganas. Con menos aire en los pulmones. Le empezaba a arder la zona de las costillas, y se le nublaba la vista. Si no hubiera estado todo tan oscuro, habría sido consciente de ello. La voz volvió a hablar, mientras él boqueaba, intentando conseguir un aire que se negaba a entrar en su sistema respiratorio. 

La resistencia es inútil.

Él no quiso darse por vencido. No podía. Estaba a punto de perder su vida. Necesitaba aire. Aquellas manos no perdían fuerza. Lo seguían asiendo con una fuerza claramente sobrehumana. Porque no pertenecían a ningún humano. Siguió debatiéndose incluso cuando una de las manos le soltó el cuello (cosa que no le permitió recuperarse, ya que el ente parecía perfectamente capaz de asfixiarle con una sola mano), y le metió el puño en la boca. 

Come código y muere. 

Efectivamente, cuando Él tuvo aquél puño hecho de código en la boca, dejó de necesitar el aire que intentaba conseguir. Dejó también de debatirse. Dejó de vivir. 

El ente le soltó el cuello y sacó el puño de la boca del cadáver. Ya no era Él. Ya no era nada. El ente se dio media vuelta y, a la luz tenue de la pantalla, se miró la mano derecha. Le faltaban dedos, líneas de código, que ahora formaban parte del cuerpo inerte de la cama. 

La simulación tiene sus límites.

Con un movimiento fluido, el ente (aparentemente femenino) se volvió a asomar a la pantalla. Las líneas de código la abrazaron, devolviéndola a su lugar. La línea 132221114215 fue la última línea de código que se escribió, cuando el ente ya había entrado del todo. Entonces, con la misma vida que lo había escrito, el código se borró, signo a signo, rápidamente.

En apenas tres minutos, en aquella pantalla parecía no haber ocurrido nada. Ni siquiera en el buscador estaba registrada la búsqueda.

Sin embargo, sobre la cama, bajo el edredón protector y con la cabeza apoyada en la almohada blandita, el cadáver de Él se enfriaba.


Espada y Pluma te necesita


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