Hacemos cosas, pero no sabemos muy bien por qué. Nos levantamos por la mañana con el ceño ya fruncido, con la única esperanza de que el día sea sólo un poco mejor que el anterior, porque que sea bueno es demasiado pedir. Estamos enfrascados en trabajos y estudios que no disfrutamos; sino que nos agobian y aprisionan, que intentamos “despachar” lo antes posible para ponernos con otra cosa. Deambulamos por relaciones inconsistentes porque dicen que hemos de tenerlas a toda costa. La sociedad nos impone un millón de necesidades absurdas que hacen imposible la realización personal casi por definición, que nos neurotizan y trastornan. Queremos vivir sobrevolando tantos edificios que terminamos por yacer bajo tierra.

Todo eso es problemático, pero, aunque nuestra vida más laboral, sentimental o académica esté aparentemente fastidiada, siempre nos quedarán nuestras aficiones, ¿no? Espacios de ocio, lapsos de no hacer nada o hacer lo que más nos gusta. Leer, ver anime, jugar a videojuegos, ponernos una película, hacer calceta, resolver sudokus, ver un partido de la Premier League, jugar con el gato o cocinar una tarta al whisky. Sin embargo, en muchas ocasiones me encuentro con que ni yo ni otra mucha gente disfrutamos de lo que nos gusta. Esos espacios de ocio y esparcimiento se convierten en lugares hostiles.

Aunque no nos demos cuenta, las dinámicas con las que nos relacionamos con el ocio y las aficiones acostumbran a olvidar por completo el propio disfrute. Consumimos cultura, en muchos casos, a fuerza de obligación e insana necesidad. Lo que nos mueve a ver una película no siempre es el disfrute inherente a esa actividad, sino otra serie de motivos mucho más mediocres y retorcidos: “es que se está hablando mucho de ella, habrá que verla”; “madre mía, todo lo que ha salido este año, tengo que ponerme o no podré seguirle el ritmo a la actualidad”, “tengo que verla, si no ¿qué clase de persona seré?”. En el fondo, lo que nos estamos imponiendo es la necesidad de consumir productos culturales para elevar nuestra categoría intelectual o adherirnos a la cháchara social del momento. Si bien esto se puede dar de manera secundaria y puede ser interesante, en origen son fuerzas muy mediocres comparadas con la fuerza inherente que tiene la curiosidad o el disfrute por lo que tenemos entre manos.

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Pero, me diréis, es que tenemos que consumir cultura. Es necesario. Tenemos que estar al día, informados y formados, surfear la ola del mainstream y también domeñar la cultura clásica; no perdernos nada para ser mínimamente dignos. Yo creo que no, que nada de eso es necesario. Necesarios son los nutrientes, el agua, el espacio, las relaciones personales y alguna cosa más, el resto de lo que nos llega son sólo suplementos vitamínicos. Es positivo tener una relación interesante con la cultura, leer y jugar; ir al cine o a la ópera; pintar cuadros o representar una obra de teatro. Todo eso es apasionante, siempre que no nos lo impongamos como una necesidad vital o social. Algo que, por otra parte, no resiste un análisis lógico: millones de personas han vivido y viven sin tener a mano una oferta cultural abundante, y pese a ello viven, disfrutan de la que tienen y aprenden con ella. No tenemos que hacer nada. No tengo por qué estar al día de nada si no me apetece. No tengo por qué leer clásicos si no me gusta leerlos. Da igual que no hayas leído El Quijote.

Da igual. Esa es la realidad. Ninguno somos tan importante, ni tenemos necesidad de tener más responsabilidades de las que ya se nos han impuesto. ¿De verdad es importante que no haya leído la Ilíada o que no conozca el mito del Sísifo? ¿Importa mucho que no haya visto Harry Potter o no haya jugado a Grand Theft Auto V’? Evidentemente, si lo hiciese sería fantástico, aprenderé; pero si no lo hago, igualmente seguiré viviendo y no pasará absolutamente nada.

Creo que la frase lectura obligatoria es un contrasentido, la lectura no debe ser obligatoria. ¿Debemos hablar de placer obligatorio? ¿Por qué? El placer no es obligatorio, el placer es algo buscado. ¿Felicidad obligatoria? La felicidad también la buscamos.

Borges

Para nuestros espacios de ocio hacemos listas interminables de lo que hemos visto y nos ha gustado o no nos ha gustado. Las valoramos numéricamente, como si eso nos diese más control sobre nuestros gustos. Utilizamos un tiempo muy valioso en rellenar bases de datos con todas las películas, videojuegos o libros que hemos consumido ese año, y nos marcamos retos para el siguiente. Tratamos nuestros hobbies con apatía cartesiana. Nosotros mismos, influidos por el exterior, nos metemos en una rueda de consumo por obligación, de cuantificación de las pasiones. ¿Para qué? ¿Importa que haya visto 100 películas en vez de 10? ¿Le tengo que demostrar algo a alguien? Veía hace tiempo cómo un youtuber de videojuegos y cine abría su cajón de películas pendientes, con ojos cansados, y resoplaba y maldecía porque todavía no se había puesto con la filmografía de Tarkvoski. Qué daño al bien moral y qué herida en su orgullo parecía suponer eso. Para él ver al cineasta ruso es una obligación, una necesidad que se ha generado, quizá para responder a unas expectativas sobre él mismo que son igualmente ilógicas. ¡Vaya problema, no haber visto a Tarkvoski todavía, si es casi un motivo de alegría! Dudo mucho que la actitud contraria sea la actitud adecuada o sana. ¿Cuántos de nosotros disfrutamos de las lecturas obligatorias en secundaria? Seguramente, un porcentaje muy bajo. Y muchos de nosotros ahora somos, pese a ello, lectores habituales, porque hemos encontrado la dinámica con la que disfrutamos de la actividad.

Por otro lado, consumir cultura por obligación no es sólo insano y cansado, sino que es hasta contraproducente para el objetivo que buscamos. Como decía, la fuerza de la obligación es mucho más mediocre que la fuerza del disfrute. Las personas que más cine ven, que más libros leen y que más videojuegos juegan son las que se despreocupan, incluso quitan cierta importancia, a esa tarea. Simplemente, se dejan llevar y permiten que sus pasiones les permeen a ellos y a sus tiempos de ocio.

Hay gente con cierta ansiedad de rendimiento debido a la cultura; debido a que no llega a ciertas obras a tiempo o a que no logra alcanzar sus objetivos de consumo anuales. La ansiedad (el miedo, la autoflagelación en última instancia) es síntoma inequívoco, por leve que se manifieste, de que nuestra relación con la cultura no es la adecuada. No estamos aquí para cumplir con nada ni nadie. Cada libro que leamos, cada película que veamos o cada videojuego que juguemos ha ser una fuente de placer y disfrute, directo e indirecto, ocioso e intelectual, pero nunca una imposición dañina y absurda. Empezaremos a disfrutar de cada obra cuando seamos conscientes de que no tenemos en absoluto por qué consumirla.


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SOBRE EL AUTOR

Un pensamiento

  1. Pues yo debo ser un tío muy raro, porque no hago nada de todo eso que cuentas. O al menos no conscientemente. Nunca he ido a ver una peli porque sea “lo que toque ver”, sólo si de verdad me interesa verla por mí mismo, ni leo los libros cuando se supone que toca leerlos. Me he leído los dos primeros libros de Harry Potter hará un par de meses, pero es que antes no me había apetecido. No sigo modas, ni me interesan, en general, a menos que lo que vea me inquiete a nivel personal. No me importa si determinado estilo de música es el que hay que seguir, sólo si me gusta lo que escucho, me da igual si es de los 50 o del 2020, o del S. XVIII; la buena música es la que te mueve algo por dentro, todo lo demás es superfluo. Sí que es verdad que la sociedad te impone cosas, en muchos aspectos, y que es fácil dejarse llevar. Deberíamos preguntarnos si aquello a lo que dedicamos tiempo nos llena lo bastante como para gastarlo. La gente cree que lo más valioso es el dinero, pero no es cierto, es el tiempo.

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