Regodearse de una victoria es como bucear en una bañera: volver a sumergirte en la mierda que te acabas de quitar de encima. Vivimos en una época donde la información sale de la cocina a medio hacer, ya no fiable o no, sencillamente es que estás sirviendo las patatas fritas antes de que el aceite esté tan siquiera caliente.

Cuando llego a casa después de correr, además del acto lamentable de luchar por no arrastrarme por las escaleras de casa, yo también estoy deseoso de una comida rápida y sin demasiada ritualística gastronómica. Para qué nos vamos a engañar, hay hambre y te comes lo que sea, como sea. Mi duda, lanzada desde el máximo respeto, es si estamos todos inmersos en un patetismo constante similar al de mi esqueleto avanzando escalones con la esperanza de que le caiga una hamburguesa no demasiado cruda en toda la cara. Y no sólo eso. Las preguntas importantes son para qué, o a qué coste.

Particularmente, me resulta imposible tomarme en serio incluso a mí mismo. Así que nada me gustaría más que ir a Metacritic para ver una crítica de una revista de fitness sobre el Museo del Prado. Así, cuanto menos, evitaría a National Geographic haciendo un ridículo estrepitoso presentándome un Top Ten de los mejores museos del mundo.

No quiero que se terminen las notas en análisis de videojuegos, ni quiero que cesen las ceremonias de galardones. Es más, quiero saber cuál es el mejor pollo frito del mundo según la revista Time. Lo disfruto. Os soy honesto, hay una necesidad competitiva en la estupidez humana, y de esto último soy espécimen válido para prueba de laboratorio, así que probablemente sea de lo único que “sé de lo que hablo” en todo este texto. Y es que esa es otra, “saber”. Quisiera, con verdadera ansia, saber cuál es el Top Ten de cosas a saber para hacer un Top Ten. Me quitan el sueño este tipo de cuestiones, trascendentales para poder despertar cada día sabiendo que el universo no ha cedido su particular equilibrio a las fuerzas del caos. Cuál es el mejor Oscar jamás otorgado. Una gala decidiendo cuál es la mejor gala de los Oscar. El libro mejor escrito de la historia si todos los libros fueran únicamente escritos en esperanto. Todo esto es puro combustible para seguir abriendo con esperanza cada día las agónicas webs de periódicos y medios culturales.

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Éste es un texto de cinco raspado, y no podríais discutírmelo. Esa es la nota que me gustaba sacar cuando no estudiaba más que dos días antes. Es decir, siempre. No sé qué ganaría con ser mejor. Este texto, quiero decir; yo seguramente habría ganado el título universitario que nunca quise y tampoco es que me sobre sitio para andar acumulando basura.

Lo que os decía, en este estudio pormenorizado de la situación actual del ámbito cultural y los problemas ineludiblemente cruciales con respecto al esclarecimiento de lo magnánimo, es que el mejor juego de 2020 es Downwell. Salió no sé cuándo, pero que yo sepa vas y lo compras ahora y funciona perfectamente.

Soy muy consciente de que todo texto que pretenda ser culturalmente relevante debe citar libros y material lo más inaccesible posible. Así es que abriré un libro y os contaré algo. Ahora vuelvo.

“Creo que, en general, el personaje al que la gente respondió más fue la Muerte”. Esto lo dice Neil Gaiman en uno de sus libros de decir cosas. El de “The View from the Cheap Seats”, concretamente. No es muy académico, pero no me apetecía ponerme a quitar el polvo de la estantería para esto. Si lo traducimos convenientemente, Neil Gaiman nos está diciendo que en los videojuegos la gente va a ver si mata cosas. Incluso en Animal Crossing.

Después de la complicada tarea de mejorar este texto de cara a un escrutinio crítico respetable, podemos dejarlo en empate. Porque estábamos a punto de perder el hilo, pero tampoco lo vamos a ganar. Si hablamos concretamente de cuán importante es decretar qué es mejor y qué es peor entre obras a las que otorgamos un carácter cultural, quizás es porque ser competitivos es un comportamiento inherente a nuestro entendimiento, a nuestra forma de vivir. Y cuando lo estamos negando, para poner un tuit diciendo que deberían acabarse las calificaciones numéricas, estamos dejando paso a… quizás ese otro coronamiento a la mejor película del año que sentenciamos dos días antes, inconscientemente, en la misma red social.

Competir no es malo cuando se trabaja primero, y de forma completamente prioritaria, el desapego por la victoria. El honesto y sincero regocijo de estar impregnado de mediocridad, de estar disfrutando la cultura desde un prisma desprovisto del peso de la memoria.

No recuerdo cuales han sido las mejores patatas fritas que he comido tras haber hecho ejercicio y cansarme hasta abrir el apetito propio de un oso. Sin embargo, todas fueron una necesidad natural propia del contexto que las llevó hasta ahí. Y si tuviera que juzgarlas, sé a ciencia cierta que todas fueron las PFOTY (Patatas Fritas of the Year).


Espada y Pluma te necesita


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