El año y la década han quedado atrás, pero como yo no quiero quedarme atrás, me uno al resto del equipo para escribir sobre mi 2020. Es absurdo que os escriba lo mal que me ha ido, por lo que voy a disimular que todo ha ido como si viviera en una estructurada vida de clase media con ingresos, trabajo y la paz mental suficiente como para que mi preocupación sea escribir o no esta recapitulación. Dicho esto —que será, en el fondo, muy breve— os comento las cosas que me han gustado este año.

Lo primero, os tengo que confesar, es que mi año empieza en octubre, por lo que ha sido un 2020 cortito, pero intenso. Voy a ser lo menos original posible, pero no por ello menos entretenido —espero, no sé— y ameno posible. Todo el mundo está haciendo listas de lo mejor del año y no me voy a quedar atrás, vaya.

Películas

Si algo he hecho en 2020 es mantener mi suscripción a todas las plataformas, aunque mi economía se sumergiera en un abismo de no retorno. Está la idea generalizada de que la cultura no sirve de nada, pero mentalmente sobrevivo a base de disociar mi vida, por lo que tengo arranques de priorizar el ver una película antes que realizar una tarea burocrática que sólo me va a recordar los problemas que ya tengo. Este año ha sido fructífero; si bien os he dicho que mi 2020 comenzaba en octubre, de la primera película —y tal vez la mejor para mí— de la que voy a hablar —y de la segunda— la vi entre febrero y marzo: Onward.

Portada de Onward, marzo 2020

Los comentarios siempre han sido los mismos: muy bonita, pero ya se nota que Pixar va a buscar la lágrima fácil. La gente que cultiva sus emociones únicamente con metrajes de culto llenos de texto y posiciones de cámara muy bien pensadas les dedico un crucero por su infierno; a las demás personas, espero que veáis la película. ¿Pixar usa la misma técnica para hacerte llorar que ha usado en las otras películas? Qué más da, si lo que estás haciendo es ver la película, no te pagan por pasártelo mal viendo el esqueleto narrativo de las emociones. Son magos, son hermanos, son mundos mágicos, aparece Escocia, hay dragones y fantasía. No necesito nada más para que me encante.

De la siguiente película me gustó 1) el momento en que la vi y 2) el carácter desenfadado que tiene: Aves de presa. El comentario es el mismo que el de Onward: muy bonita, pero ya se nota que [insertar la empresa de turno] va a buscar el feminismo fácil. La gente que va en busca de un metraje verdaderamente feminista a la vez que comercial, le dedico otro crucero por su infierno; a las demás personas, ¡disfrutad de la película! Me pareció genial, Harley Quinn es maravilla y el monólogo que mantiene a lo largo de la película me encanta. La hiena al principio es desencadenante de un trigger warning, pero al final todo sale bien —es una condición sine qua non que en las películas que vea no haya ningún tipo de final fatídico para los animales— y la dinámica de amigas muy amigas haciendo el cafre mientras aprovechan para pasárselo bien derrotando a señores es justo lo que necesito el 90% del tiempo. Margot Robbie es genial y la fotografía holo es fantástica.

Aves de presa, Harley Quinn y su hiena de mascota

Hay 2 más, que para no hacerme largo simplemente las voy a citar. La primera es Estoy pensando en dejarlo, que salió en Netflix en septiembre. Me gustó, sobre todo, porque capté muchas indirectas de los diálogos. Pero también me gustó porque es muy triste, porque tiene el número de baile y porque tiene un cerdito que concentra toda la nostalgia del mundo. La segunda no es de este año, pero la he visto ahora y es Mary y la flor de la bruja. Es del Estudio Ghibli nuevo que no me acuerdo cómo se llama y no es la mejor película del estilo ni mucho menos, pero cuando la vi —mientras la estaba viendo— me sentía muy feliz y tranquilo, y eso siempre es mejor que una superproducción megatrónica o un metraje de culto admirado por grandes señores que saben de cine porque han pagado 30mil euros para saber. Os la recomiendo porque es muy bonita y me gustó mucho el paisaje. La historia no es la gran cosa, pero es muy amena Y LAS CASITAS, adoro las casitas y el clima en esa película; vete a dormir un rato, Makoto Shinkai.  

Casa de la abuela de Mary, en Mary y la Flor de la Bruja

Series:

Si hay algo que consuma más que las películas son las series. Me he hartado un poquito de las series con capítulos de una hora, pero hay unas cuantas series que han sido las series del año para mí. Dada mi vagancia y que el 70% de las lecturas que acabé este año 2020 fueron para escribir el TFG, sustituyo la categoría de Libros por esta de series que es mucho más interesante.

La primera, la más importante, la que me ha roto el corazón: La maldición de Bly Manor. No me gustan las películas de miedo, pero al mismo tiempo me generan el morbo suficiente como para querer verlas. La maldición de Hill House me pareció regular, pero no fue gran cosa. Sin embargo, Bly Manor ha sido espectacular para mí. Hay una cosa importante en esto: cuando las series o películas o videojuegos tratan determinados temas, ya puede ser la mayor bazofia del mercado que hay un 99% de posibilidades de que me guste. Ese 1% son las películas de Masaru Hosoda. Cuestión, que a nivel técnico —que es el que menos me interesa—, Hill House puede que sea mejor que Bly Manor, pero en Bly Manor se trata uno de mis temas estrella: el olvido. Pero no el olvido como se trabaja, por ejemplo, en Sabrina Chillin’ Adventures donde olvidan a la protagonista, sino que se trabaja el olvido como una voluntad de dejar de existir. Bly Manor es precisamente eso, un olvido que se acerca más a la voluntad de un lotófago que a la realidad de un golpe en la cabeza. Además, hay muchas escenas en las que los cuatro protagonistas hablan durante 20 minutos de cosas aleatorias en el jardín mientras atardece y todo va bien, y no hay que temer nada, y es genial, y es terrible, y es todo lo magnífico y triste que puede ser una serie que trabaje con este tema. Es espléndida, maravillosa, la mejor del 2020.

La Maldición de Bly Manor, las dos protagonistas tomando algo

Sé que Alejandro ha escrito 800 palabras, así que me vais a perdonar si me extiendo un poco más, es para compensar mis meses de hibernación. Otras dos series, magníficas: Kipo y Hilda. Ambas series las empecé este año aprovechando que sacaban nueva temporada y han sido una delicia. Por una parte, Kipo ha acabado este año; una humana que vive bajo tierra sale, por primera vez en su vida, a un exterior que está lleno de animales, bichos y demás bestias. Su intención es volver a casa, pero en el camino se lleva a un montón de amigos. Escribí sobre esta serie y un aspecto que me gustó mucho de ella en mi blog personal, por lo que no me voy a extender mucho. Por otra parte, Hilda ha estrenado este año la segunda temporada.

Kipo y la era de las bestias mágicas, escena del cielo en el segundo capítulo

La primera vez que salió Hilda no me gustó. Bueno, no es que no me gustara, pero el estilo artístico en ese momento no me llamaba la atención y la historia tampoco. Eso fue en 2019, pero ahora, en 2020, y queriendo que mi vida se reduzca simplemente a un equilibrio entre estabilidad económica básica y estabilidad emocional, Hilda ha llegado a mí como una luz de salvación. También voy a hablar de la serie en mi blog personal —no creo que Espada y Pluma deba aguantar mis mamarrachas—, pero a grandes rasgos, ¡MIRAD HILDA! La historia me ha dejado de gustar en bastantes puntos de la trama; al principio cuando sucede cierta cosa, cuando están en cierto lugar y deciden hacer ciertas cosas o cuando cierta criatura es tratada de cierta forma por la propia Hilda. Hay muchos puntos que trabaja la serie y que no entran en esos temas que aseguran el éxito en mi clasificación de mejores series de la vida. Sin embargo, aún con todo, ha logrado entrar en ese palco. Y es que es una serie cruda y dulce a partes iguales, con sus colores tan expresivos y con sus espacios tan bien diseñados. Me ha gustado mucho la mitología usada y cómo han incluido a los tres protagonistas en ella, además de fascinarme el cómo han trabajado la entrada en la adolescencia de Hilda entre la primera temporada, aún niña, y la segunda temporada, madurando no sólo por sus aventuras, sino porque está creciendo. Es algo que no había visto antes que se llevara tan bien. En fin, cuando tenga algo más extenso sobre ella, os lo diré.

Casa de Hilda

Por último, y a modo de agilizar esta lista de la compra, os pongo dos series más: Sabrina Chillin’ Adventures y Dorohedoro. La primera, Sabrina para abreviar, se estrenó el 31 de diciembre y me la terminé enterita el mismo día, por lo que entra en el ranquin de 2020. Además, la tercera parte de la serie se estrenó a principios de año, por lo que se estrenaron no una, sino dos partes de la serie, es decir, la mitad. La serie ya ha terminado y me ha gustado mucho en general, aunque no me ha gustado el final que le han dado. Escribiré sobre ella también, pero ya dejo el testimonio de que el especial de Navidad es la mejor parte de toda la serie. Por otra parte, está Dorohedoro. No entra en esos temas que me ganan automáticamente; de hecho, la violencia de ese estilo suele tirarme muy atrás. Sin embargo, la vi en una tarde de lluvia, con una taza de leche con canela y miel, con el nórdico a modo de bata manta y cosiendo, por lo que me pilló muy relajado y cada vez que pienso en la serie pienso en esa escenografía. Además, sacaron un par de capítulos hace poco que son una maravilla costumbrista digna de un Stendhal lúcido y visual.

Sabrina Chilling Adventures, escena de los desayunos

Por último, en esta sección quiero dar el bonus extra a Digimon Adventure 2020 porque es Digimon y no necesita nada más para gustarme, pero como sólo he visto 10 capítulos —que me han gustado mucho, por cierto— no me veo con la potestad suficiente como para juzgar la serie como MI serie del año. Cuando tenga el dinero suficiente para la suscripción de Crunchyroll, me pondré al día.

Digimon Adventure 2020, parte de los créditos

Videojuegos

Finalmente, llegamos a la sección estrella de los videojuegos. No sé hasta qué punto es estrella, porque la última publicación de la revista sobre un videojuego específico fue en septiembre, pero aún así, el toque cultural de Espada y Pluma siempre ha tendido —o intentado tender— hacia la cuestión jugabilística.

Aquí voy a hacer un podio más que esperable de los cinco juegos del año para mí en orden ascendente, es decir, en el cuarto lugar un juego que implique ese lugar, y en el primer lugar uno que implique eso. Sin más preámbulos y para la sorpresa de nadie, en el quinto lugar está Children of Morta. El juego es espacialito, no tanto por el rechazo que me produjo en un primer momento, sino porque es un género que suelo aborrecer mucho: el rogue-like.  Había dos cosas que me atraían del juego: la parte artística y la historia con sus personajes; había una cosa que no me atraía: la idea de que el juego avanzara en la historia sin pedírselo, al mismo tiempo que me quedaba encallado en la primera mazmorra. Si bien es cierto que mirándolo con perspectiva Children of Morta no es un juego difícil, el hecho de que al principio la historia avanzara sin esperarme me estresaba mucho. De algún modo que desconozco y con muchísima suerte en los objetos que me tocaron, logré superar al primer jefe y todo se hizo muchísimo más ameno.  

Children of Morta, familia escuchando los cuentos que lee el tío Ben

La historia no me pareció la más espectacular, pero los personajes y las dinámicas costumbristas son de las maravillas más preciosistas que puede tener un juego. Todos alrededor del fuego escuchando historias de una tía lejana, o leyendo un cuento, o cada uno con sus cosas; cómo la oscuridad va comiendo poco a poco el afuera, cómo los peces dejan de nadar y cómo la oscuridad de la montaña se apodera de todo aquello que la familia Morta había protegido durante tantos años. Es un juego mágico.

El cuarto juego es igual de bonito y he echado la friolera de 190 horas que han sustituido a unas cuantas más que posibles inestabilidades emocionales temporales que pudieron dárseme en verano y que no se me dieron gracias a este maravilloso juego: Ni No Kuni y la ira de la bruja blanca. Siempre les recuerdo a mis amigos que cuando un juego tiene grindeo no me gusta. Grindeo yo lo entiendo como ese momento en el que empiezas un juego e inmediatamente te piden diez troncos de madera o diez trozos de carne para absolutamente nada. Ese tipo de grindeo que hay en muchos juegos dista bastante de otro tipo de repetición que hay en juegos como Ni No Kuni o Digimon Cyber Sleuth, y es que a diferencia de la repetición por la simple repetición, en estos juegos hay una repetición con un objetivo claro autoimpuesto. En Digimon gasté unas cien horas para conseguir a un Digimon específico muy difícil de conseguir a la altura en la que estaba de la historia; me pasé todo ese tiempo repitiendo rutinas que el juego no me exigía porque tenía un objetivo claro: conseguir determinado compañero. En Ni No Kuni sucede algo parecido: muchísimas horas las he pasado repitiendo una zona donde hay pequeñas criaturas que permiten subir mucha experiencia sólo para conseguir a un espíritu con forma de gato con alas y a un dragón que tiene cara de dormido. Sin embargo, ese objetivo no era del juego, era mío, por lo que ese grindeo no me resultó pesado, al contrario, me encantó porque me sentí realizado al conseguir mi objetivo. Este tema lo volveré a sacar en el primer puesto, pero volviendo a Ni No Kuni: me ha gustado muchísimo, hay una paz especial en ese juego que he visto en muy pocos juegos y aunque la historia me parece muy mal llevada, creo que era lo de menos.

Bosque dorado en Ni No Kuni

Las cosas que más me han gustado han sido las relaciones entre el personaje y la historia —que no es lo mismo que la historia y el personaje—, los escenarios y las subtramas que se desarrollan ajenas a la trama principal. Con esos tres aspectos, he tirado un montonazo de horas disfrutando de este título que recomiendo, a diferencia de Children of Morta, a todo el mundo.

En el tercer puesto, y ya entramos en el bronce, está el juego que tengo más fresco, pues lo empecé en las navidades gracias a un amigo que me lo ha prestado, y saqué el platino a la semana: Spiderman. Spiderman, ya lo dije en el Podcast sobre Marvel, es el superhéroe que menos me disgusta de los avengers, pues de por sí, el tema de los superhéroes no me llama para nada, y menos me llamaba el mundo de los vengadores. Respecto a las películas de Iron Man o Capitán América, no era difícil que el Spiderman de Holland estuviera en el primer puesto de películas que más me han gustado del UCM. Sin embargo, este videojuego ha sido totalmente diferente: he disfrutado realmente de Spiderman, me he quedado boquiabierto mientras me columpiaba con las telarañas por los edificios sorprendentemente bien dispuestos, he sentido las historias de los enemigos y me he quedado fascinado con cómo está todo hecho. Es un juego perfecto. Sólo usé el viaje rápido las cinco veces del trofeo pertinente, pero es que las demás veces no lo he necesitado. Hay un placer indescriptible en sentirte realmente Spiderman. La historia me ha gustado muchísimo más que en las películas por el hecho de que después de jugar sí que he tenido ganas de coger un cómic y saber más de los personajes, y eso es la primera vez que me pasa porque yo suelo aborrecer los cómics. La aleatoriedad de lo que sucede en la ciudad, el hecho de que haya tantas cosas al mismo tiempo funcionando, no hay pantallas de carga entre una zona y otra, tampoco hay cambios bruscos, todo funciona con una ligereza y una fluidez brutales.

Spiderman casi al final del primer acto

Cuando vi un gameplay del juego, junto a mi poco interés en los vengadores, solté que no me llamaba para nada la atención. Y era cierto, porque ver un gameplay de Spiderman es un aburrimiento. Sin embargo, al jugarlo la sensación es completamente distinta. Las cosas aburridas que veía en el gameplay, como el combate o columpiarse, a la hora de jugarlo uno mismo se convertía en un verdadero vértigo y adrenalina de la buena. El combate, que me parecía demasiado automatizado en el gameplay, es súper satisfactorio cuando lo juegas, e ignoras esa automatización porque el juego no quiere que pelees bien, quiere que te sientas bien y poderoso peleando. Y lo consigue. Es brutal. No lo veáis, jugadlo.

En el segundo lugar está el videojuego más fantástico de todos y al que llevo casi un año jugando casi diariamente sin ser la ludopatía que me causaba el LoL: el Animal Crossing New Horizons. Animal Crossing lo petó en el confinamiento y les salió redonda la jugada, pero más allá de eso y de los posibles problemas filosóficos que puede llegar a presentar el juego, es un artefacto sanador de la naturaleza que ha llegado a mi vida como un catalizador para disociar de la realidad. Me puedo hacer mi casita, tengo los vecinos que quiero, puedo decorar como quiera, todo queda bien y todo es bonito, no hay agresividad, no hay formas en las que el juego pueda sacarte de tus casillas. Lo que me ha sacado de mis casillas, sí, es el mando. Da la casualidad de que mi Nintendo Switch es una de las que viene con el Joy-Con drift, es decir, que el botón de mover a los personajes funciona solo. En un juego como Animal Crossing, donde prima la quietud y la contemplación relajada del paisaje que has construido, el hecho de que mi personaje se moviera solo todo el tiempo me estresaba bastante. Como soy pobre y no tengo dinero ni para enviarles mi mando a los de Nintendo, pues me aguanto y hago lo que puedo, pero eso no es algo malo del juego, sino de la consola —y eso que los juegos que juego no necesitan apretar los botones salvo en Bayonetta y algún otro, ni que jugara al League of Legends o al Fortnite en la Switch— por lo que no es un aspecto intrínseco que criticar del juego.

En el primer puesto a mejor videojuego del 2020, ya para ir terminando este extenso texto de mi vida, está una de las obras que más me han gustado del año y, posiblemente, de la década. No por nada, no tiene nada que lo haga sumamente especial, como mucho único, pero es que tiene esos temas TAN claves que, antes incluso de jugarlo, hacen que haya un 99% de posibilidades de que me fascine. Y sí. Me ha fascinado, me está encantando y estoy llorando desconsoladamente en una catarsis poco vista hasta ahora: Spiritfarer.

Mirad, os lo digo ahora: si todo va bien, en el segundo número del libro físico de Espada y Pluma, que será 5 veces mejor que el primer número, tendréis un artículo hablando de este juego. Sin embargo, ahora os puedo hacer una pincelada. El juego es ser Caronte, pero en versión chica sencilla de Toledo que va a la costa cántabra de vacaciones en verano y se alquila un barco. Pero es que el juego no tiene la gracia en la muerte. No es lo importante del juego. Ni siquiera creo que sea importante el recado o la historia de cada personaje. Ni siquiera es que tenga un botón para abrazar y para dar de comer. Ni siquiera es el grindeo de materiales, que es de lo que hablan la mayoría de los jugadores que lo han probado y reseñado. No. Es la saudade. Spiritfarer es tan bueno porque es un videojuego que trabaja con la saudade.

Aunque la mayoría de gente, incluso portuguesa, asuma la saudade como nostalgia o morriña, la verdad es que nuestro Señor Pessoa decía que era una palabra intraducible, pues la saudade se trata de un dolor similar al de la nostalgia, pero con la diferencia de que el dolor que sientes es por algo que no ha sucedido. La saudade de una infancia que nunca hubo, la saudade de un amor que nunca estuvo, la saudade de una muerte que nunca sucedió… La saudade es sentir nostalgia de un pasado imaginado. Y esa es la magia de Spiritfarer. Todos los animales están relacionados con nosotros de alguna forma, pero lo que en un principio implica una relación narrativa con la protagonista —una es la mejor amiga, otra es una conocida, otra es una mentora…— se convierte rápidamente en una relación personal de los animales con nosotros como jugadores. Ya no es que estemos sintiendo el dolor que siente la protagonista al abrazar a una señora Erizo, sino que es el dolor que siente el jugador al abrazar a una señora Erizo. Y es que realmente ese dolor no es de algo que me haya sucedido, pues de momento ninguna de las líneas narrativas que proponen los personajes la he sufrido en carne propia o cercana, pero está todo tan… tan… bien llevado, tan tranquilo y despacio, que el dolor del otro lo siento yo, y cuando una señora Erizo me pide que le acompañe al barco siento un dolor por algo que nunca he vivido, y que aún así soy capaz de sentir. Esa saudade, esa tristeza y ese dolor que nunca has vivido, pero que de alguna forma eres capaz de sentir sin saber muy bien cómo, eso es Spiritfarer.

No escribo tan bien como Iker, pero espero que os hayan gustado estas recomendaciones de mi año y esperemos que este 2021 vaya muchísimo mejor para la revista, para mis compañeros redactores y para vosotros, lectores y lectoras, que os mantenéis al pie del cañón aún en tiempos de sequía creativa. Gracias.


Espada y Pluma te necesita


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