Desconozco en qué momento comenzamos a aceptar el sentido de nuestra vida. Su ausencia, su vacío e inalterable verdad. Su acometida cuando en la infancia conocemos la tristeza por primera vez, es similar al árbol que, creciendo fuerte e inamovible, ve cómo una de sus ramas cruje y cede a la fuerza del invisible viento. Una brisa que vence al firme convencimiento de una felicidad pura natural. Propia de la dicha que debería ser vivir.

Decimos salir hacia delante, que no hacia atrás, para referirnos a la capacidad de superar el presente. En nuestra inocente forma de entender la vida y su proceso como línea unidireccional: ve hacia delante, siempre.

No tengo la capacidad de saber si alguna vez habéis visto a alguien morir, pero os puedo garantizar, por experiencia, que no hay nada grandilocuente en ello. Es una sensación miserable y vacía. Más aún cuando ha sido alguien que ha marcado tu vida profundamente, y has visto deteriorarse con el paso de los años frente a ti. Ni siquiera golpea, cuando has sido testigo de cómo el tiempo avasalla con tus recuerdos y apenas deja un ligero rastro de compasión, que te esfuerzas en vano para mantener vivo mientras te arrastras buscando un atisbo de verdad. Una verdad que, sin embargo, sólo ha existido en un fragmento de respiro, lo que tu corazón tardó en comenzar a contraerse antes de esparcir la mentira por toda la nueva realidad.

No hay nada en la muerte que explique la vida, y sólo el regusto amargo del tiempo nos incita a conectar lo que nunca tuvo relación alguna. La necesidad de explicación a menudo nos hace olvidar nuestra condición humana. Cómo el azar es el Dios de la precisión que nos ha dado a luz, o cómo la historia es fascinante por toda la ficción que alberga. No hay nada malo en renunciar al contenedor donde llevas toda tu existencia mintiéndote a ti mismo en busca de un alivio innecesario. Tan sólo acepta la ausencia de grandeza.

Me complace cuando hablamos de juicio final, porque no existen abogados ni testigos más que tu propia conciencia para decirte si, cuando te levantas, por la mañana o cuando sea, tienes derecho a poner los pies en el suelo e intentar no sufrir demasiado en este parque de niños corrompidos por el miedo a la muerte, que es la tierra. Porque creo que algo así es esta masa que navega por el espacio, más o menos.

Poco importa lo que yo crea, pero mucho lo que percibáis. Si la desesperación por no poder hacer frente a la vida alguna vez os acecha, no tengo ningún consejo que daros. Al final seréis vuestra única verdad, aunque os cueste aceptarlo. Y así algún día, quizás, tengamos algo de honestidad para compartir.

Imágenes: Chessboard (Semiya Pape – 2020).

Espada y Pluma te necesita


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