Llevo un año, quizás algo más, saliendo a correr aproximadamente una hora al día con cierta regularidad. Es decir, no me va la vida en mantener una rígida disciplina en ello, pero se puede decir que tengo un hábito al respecto. Ya era algo que hacía antes, simplemente era algo que llevaba a cabo sin ningún tipo de orden ni concierto. También he practicado todo tipo de deportes, a veces inmiscuyéndome más, a veces menos. Hasta hace poco nunca me había parado a pensar qué lleva a una persona como yo, tremendamente tranquila en su día a día, y que se pasa gran parte del tiempo pensando en escribir o leer, a realizar ejercicio físico de forma rutinaria.

El ego del escritor es un animal difícil de domar. Es una bestia silenciosa que suele adormecer la capacidad (y deber) de autoexigencia. Escribir aparenta ser sólo un trabajo intelectual, como si todo fuera obra y gracia de un pequeño genio anidado en un rincón de la habitación. Esto pareciera aligerar la carga que sobrevuela sobre un trabajo que mucha gente ni siquiera considera como tal.

En De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami, uno de los escritores más leídos a nivel mundial de las últimas décadas, decidió compartir a golpe de pluma su afición a correr diariamente; dando lugar así a un ensayo que dice tanto del ejercicio en cuestión como de la composición no abstracta del escritor. Sin genios, de carne y hueso. Yo no soy él, ni él es yo, pero compartimos casi idéntica edad en esto de salir a correr en serio, y en tomarnos lo de escribir como algo de por vida.

Murakami no da pie a ningún tipo de aura intelectual cuando habla de sí mismo. Explica de forma sencilla cómo se considera una persona que funciona más gracias al puro esfuerzo físico que a su mundana inteligencia. Esto es algo que la gente debería llegar a comprender en algún momento, y es que escribir supone un esfuerzo físico tremendo. A menudo el cerebro de la persona que junta las letras es sencillamente funcional. Es la perseverancia lo que construye la pura dedicación de horas y horas con estricta disciplina, sentado en una postura que poco a poco te va diezmando físicamente, como si escribir te drenara lenta y sigilosamente toda tu energía y la transformara en lo que la gente ve como resultado final. Mientras, el mundo a tu alrededor cree que es todo un festival de magnífica creatividad teniendo lugar en la cabeza al tiempo que el cuerpo no hace gran cosa.

El escritor japonés rehúye del pensamiento de apariencia profunda. Desde el principio deja bastante claro que, en realidad, mientras corre no piensa en nada. Ha escrito el libro viéndose a sí mismo desde fuera, pero desde dentro del corredor reside una búsqueda de la calma que escribir no puede dar. Cuando dice que no piensa en nada, por cómo luego va explayándose en sensaciones, asumo que correr le otorga una vía de escape, tanto intelectual como física. De alguna forma, reponer energías en esto de escribir a veces se hace a base de descargar cuerpo y mente de una manera drástica, terminando exhausto tras una maratón, por ejemplo.

Bajo el envoltorio de un libro de memorias se encuentra un acto de expiación, como si tuviera que dar explicaciones por su forma de ser y de encarar un trabajo que aún resulta opaco para la mayoría del mundo exterior. Es la voz de un escritor más, que se siente y expresa como tal, a ras de suelo. Ni siquiera trata de exponer todo esto como algo positivo. A todas luces la descripción de sí mismo que termina dibujando es la de una persona que sólo piensa en sí misma. Desde una perspectiva de autoexigencia, pero también obsesiva. Es completamente consciente de que debe su éxito a millones de lectores, simplemente cuando todo el ruido de las adulaciones desaparece, al final, se encuentra solo con sus piernas, frente a un camino interminable, el sol quemando la piel o la lluvia congelando sus pensamientos, y poco más. Resulta que escribir también puede ser eso: correr, cruzando una meta tras otra tomando algún descanso.

Para mí, que estoy un poco más lejos de ganar un Nobel de Literatura, dejar durante un rato los libros, cuadernos, bolígrafo y teclados para salir a sentir el oxígeno un tanto más de cerca (gracias a Dios no vivo en Madrid), supone un alivio que sólo sé ver a posteriori. Como digo, soy un animal que se mueve con naturalidad en la calma, pero siento que escribir sobrecargara el cuerpo de una energía que se queda estancada si no realizo ejercicio físico con regularidad. Pareciera que, tras salir a correr y dejar que el cuerpo repose, la ya no tan joven maquinaria que me mantiene vivo reordenara sus piezas y comenzara de nuevo a trabajar, con los engranajes bien engrasados y un poco menos de óxido aquí y allá. Sé que pienso en muchas cosas cuando salgo a correr, y es cierto que termino no acordándome de casi nada; a veces casi me gustaría llamarlo meditación. Ya suelo trabajar en el ambiente más tranquilo posible, así es que para encontrar el vacío recurro a la adrenalina y al esfuerzo físico. Hay algo de la búsqueda de un equilibrio en todo esto. Aún no lo sé porque no he tenido toda una vida para pensar sobre ello, pero me gustaría poder volver aquí, dentro de unas cuantas décadas, y responderme a mí mismo de qué quería realmente hablar cuando hablaba de correr.

Espada y Pluma te necesita


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