Estamos en una encrucijada. Sí, aquello de un cruce de caminos donde es difícil tomar una decisión, si no imposible. Sé que el conocimiento es importante, pero quizás hemos tergiversado su uso y sus formas. Hemos desconfigurado la realidad para reconfigurarla en infinidad de tablas de datos con precisas estadísticas económicas que tratan de aportar conclusiones y respuestas a problemas de carne y hueso.

Cuando escuchamos gritos de auxilio, nos reunimos en una habitación insonorizada para tratar de buscar una ayuda no sólo apropiada sino política y socialmente higiénica. La elegante pulcritud de incinerar la empatía con la excusa de que las emociones no nos permiten pensar correctamente. Ligando así la toma de decisiones adecuadas a una psicopatía aún por definir.

La filósofa Martha Nussbaum lleva años advirtiéndonos de que el PIB (Producto Interior Bruto) no sirve para medir el crecimiento de un país. Si queremos saber cómo le va —así, en general y en específico— a la población, debemos conocer la calidad humana de sus vidas. El crecimiento económico ha de ir ligado a una visión humana de lo que es prosperidad y lo que no. En el cruce de caminos en el que nos hallamos, lo siento mucho, sólo me permito mirar hacia los lugares que me parecen humanamente dignos.

Creo con firmeza que las mejores respuestas evolucionan cada día, que el aprendizaje es constante. También, si yo os dijera qué hacer, estaría haciéndolo desprovisto del conocimiento más necesario, ya que no conozco vuestras vidas; y aunque lo hiciera, no podría elaborar un pensamiento por individuo aquí ni ahora. Sin embargo, es obvio que el mundo está en ebullición. Una nueva conciencia a nivel mundial parece asomarse, pero apenas puede alcanzar a respirar. El conglomerado de sistemas políticos y sociales sobre el que a duras penas nos arrastramos día tras día no deja que la vida resuelva la presente encrucijada. Es posible que este siglo decida si todo se acaba o encontramos un nuevo comienzo.

Dice Yuval Noah en la introducción de su 21 lecciones para el siglo XXI que «si el futuro de la humanidad se decide en nuestra ausencia porque estamos demasiado ocupados dando de comer y vistiendo a nuestros hijos, ni ellos ni nosotros nos libraremos de las consecuencias». El mundo que necesitamos salvar es el mismo que nos ahoga, porque nosotros hemos puesto nuestras manos sobre su cuello primero. Las reglas del juego que no nos permiten dejar de perder están hechas por quienes siempre han ganado. La gente no muere ante nuestros ojos, lo hace detrás, porque si realmente miramos nuestra escasa salud mental colapsa. Nos estamos ahogando, y si bien puede ser necesario que la orquesta siga tocando, también hay que lanzarse al agua para ayudar a quien no sabe o no puede nadar. Y si no puedo llegar a la costa, quizá pueda ayudar a otros a hacerlo.

Lo que tengo claro, sin lugar a dudas, es que necesitamos la vida más que nunca. Vida en un sentido pleno, de aristas incontables y nuevas complejidades. Quizás quienes tenemos privilegios invisibles hemos de echarlos abajo, o usarlos para echar la vista allá lo lejos, a las realidades que nunca miramos, y empezar a construir unos estilos de vida. Radicalizar nuestra empatía y cambiarnos a nosotros mismos a la vez que aprendemos a sobrellevar el peso de las transformaciones. Si hay que salvar, comencemos desde abajo, busquemos nuestros nuevos lugares y que los nuevos pilares no sólo sean más sólidos, sino que hagan más humana la vida. Que seamos más humanos, en general, con todo lo que ello conlleva. No debería ser tan difícil.

Estoy preguntándoos si realmente usamos aparte de nuestra estancia aquí en hacer un lugar mejor para las generaciones que vendrán, para esa mayoría que no tiene una voz porque apenas tiene vida. Os pregunto de nuevo, si estamos decididos a aceptar la necesidad de decisiones difíciles, tomar rumbos que nunca antes hemos imaginado y trabajar con la incomodidad de aún más incertidumbre. Hay quien inevitablemente estará demasiado ocupado dando de comer y vistiendo a sus hijos; hay quien deberá seguir recopilando datos con la esperanza de darles un uso digno. Algunas personas han de usar las palabras para tratar de despertar acciones. Al final la única certeza es que tenemos que vivir; y vivir por aquellos y aquellas que no pueden debería significar luchar por darles vida.


Imágenes: Revolution (Greg Rutkowski, 2017)

Imágenes: Come with me (Hosein Jafarpoor, 2020)

3Imágenes: Quiet Morning (Garrett Kaida, 2015)


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