Crecer y desarrollarse en términos fisiológicos es irremediable. Un proceso imparable, quiero decir. Proceso del que somos un sujeto pasivo, con tan sólo una pequeña capacidad de agencia mediante la nutrición, si me apuráis. Esto, que pasa a llamarse envejecer cuando comienza a dolernos la espalda, ejerce un efecto evolutivo, o involutivo, en nuestras capacidades cognitivas; pero lo hace tan sólo de una forma colateral. La responsabilidad de desarrollar estas capacidades recae en nuestras experiencias vitales y el efecto que tienen en nosotros. Y a su vez, obviamente, no está en nuestras manos el control de la mayoría de dichas experiencias. En otras palabras, aprender a no ser una mierda de persona es algo complejo.

Lo que quería decir es que el desarrollo de las personas es algo que ha de tenerse en cuenta como fruto de nuestras comunicación con el mundo; una comunicación recíproca. Las familias, las amistades o enemistades, los conocidos o extraños, y el mundo más alá de nuestra esfera; incluso, y en gran medida hoy día, la comunicación con todo tipo de medios, y sea informativos o artísticos. Al final, todo se resume un poco a que nuestros sentidos absorben conocimiento, lo procesamos como buenamente podemos, y luego eso repercute en lo que podemos aportar al mundo. Sí, estoy hablando de que tu familia te puede arruinar la vida, pero no quiero centrarme en eso.

Uno de estos medios artísticos que puede influirnos es la animación. Pixar tiene un largo historial en tratar de comunicar acerca de las emociones y lo que nos hace humanos. Algo que nunca he logrado entender de la percepción de los medios artísticos que requieren de la imagen, es el concepto de adultez. La animación no está vista, así, a grosso modo, como algo para adultos. Supongo que hay cierta conexión con el hecho de que a temprana edad aprendemos a usar el dibujo para reflejar la información visual que percibimos, o incluso para expresar nuestros pensamientos y emociones transportándolos al lenguaje visual. En edades muy posteriores lo habitual es dejar de hacer uso de esta habilidad, reduciendo así la variedad visual percibida a lo que llamamos ‘realista’.

No sé si es porque las pantallas se han ido instalando en nuestras vidas, con más naturalidad cuando más joven es la generación, pero pareciera que a medida que pasan los años la variedad visual se instala en un mayor rango de edad. Tradicionalmente, los dibujos eran vistos como algo ‘para niños’ incluso a una mayor escala atrás en el tiempo. Y esa es la parte que nunca he entendido, porque la adultez debería conllevar acumular y desarrollar el conocimiento, pero no deshacernos de lo que hemos trabajado en nuestras etapas más infantes porque ‘ya hemos crecido’. Pasa algo similar con el concepto de jugar, pero creo que me vais entendiendo.

Dicho esto, puedo volver a Pixar para recalcar que han hecho esfuerzos por dirigirse y apelar directamente a todo tipo de edades. En esta ocasión, Red habla cara a cara con dos etapas vitales profundamente conectadas, y además dibuja una perspectiva abierta de la conexión entre aprender y enseñar. La adolescencia y la maternidad son catalizadores de cualidades como la empatía y la sensibilidad. En los años previos a la edad adulta es cuando comenzamos a descubrir nuestra personalidad. Los cimientos están construidos, pero aún queda mucho por definir. Desde mi condición, no he experimentado la paternidad, no tengo descendencia, y siempre fui de ese tipo de persona que renegaba de la posibilidad de tenerla. Ahora considero que dependería de una cantidad de factores tal que me resultaría imposible concretar aquí. La cuestión es que ahí reside la esencia de Red. Su propuesta no va dirigida únicamente a nuestra etapa adolescente, sino que engarza con la adultez que se plantea cómo demonios relacionarse con la siguiente generación en su etapa más convulsa. Incluso en el caso de tener que coexistir con esa situación, cuando crecemos hay que aprender a ser algo más que uno mismo.

Ser consciente de que somos una mínima parte de nuestra propia vida requiere de alejarse del egoísmo y egocentrismo que nos hace consumir el aprendizaje de quienes más de cerca nos rodean. Como os decía, no soy padre ni sé si lo seré. Al ver Red, no podía dejar de ponerme en el lugar de la madre, y no alcanzo a comprender cómo alguien podría ser madre o padre sin hacerse preguntas a lo largo de la película. Preguntas que no he de concretar. Sencillamente son personales y están llenas de cuestionamientos hacia los errores que uno podría cometer en dicha situación.

El largometraje de Pixar además está dirigido, escrito y producido por mujeres, algo desgraciadamente impensable hace años. Domee Shi y el resto del equipo consiguen hacer un trabajo que alcanza a personas que ningún otro trabajo del estudio podría alcanzar, pero a mis ojos, Red es una historia para todo aquel que quiera ser mejor persona. Aunque también para quien simplemente sueñe con ser un blandito y suave panda rojo.


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